Los Beckham descubrieron hace unos días que les robaban en su mansión inglesa gracias a los padres de Victoria, que se encontraron con algunas de las pertenencias de su hija y yerno a subasta en eBay. Lo cual deja claro, ante todo, que los suegros de David son de lo más observador. O que pasan gran parte de su tiempo libre en el palacete que el futbolista y su consorte poseen en Hertfordshire; husmeando en los armarios, abriendo los cajones y curioseando en el vestidor.
David Beckham tiene un problema con sus suegros. Que conocen al dedillo el catálogo de sus pertenencias, y deben de pasarse el día entero googleando Beckham para saber cómo les van las cosas en Los Angeles y así poder fingir ante sus amigos que su Vicky les llama a diario para compartir sus grandes éxitos –no musicales, afortunadamente–, los nuevos lanzamientos comerciales y las simpáticas gracias de sus nietos.
La BBC anunció el viernes que la policía del condado de Hertfordshire había detenido a una pareja de empleados de la casa de los Beckham por el robo: Eric Emmett y su mujer, June, quienes lo niegan todo, se declaran inocentes y aseguran a la prensa –con una precisión porcentual que asusta– que sólo el 1% de lo publicado por los periódicos es cierto. Creo que tienen razón –lo que elevaría el porcentaje de verdad publicada al 5 ó 6 %– y que lo hicieron los suegros, angustiados tras una semana sin noticias nuevas de su hija en internet
El domingo, durante la recepción de la Fiesta Nacional en el Palacio Real, el rey habló con los periodistas allí presentes sobre la crisis; les dijo que había que “aguantar el tirón”. Lo que no deja de ser un buen consejo, aunque no parece una gran solución, ni propone dejarse de inyecciones de capital público a la banca privada para perpetuar la usura agradecida, y empezar a pensar en nuevas vías de financiación que no jalen de nuestros impuestos.
Una solución no; varias son las que podría poner en práctica la familia real para engordar las arcas del estado y, como esos patriotas VIP que son, tranquilizarnos a todos. ¿Cómo? Muy sencillo. Capitalizando el interés general que despierta su vida y milagros, y accediendo a vender en exclusiva los entresijos de la separación de Elena y Marichalar. O el proceso quirúrgico de Letizia. O las primeras letras de Leonor. Nacionalizando su intimidad al mejor postor: People, OK, ¡HOLA! u Oprah, para después ingresar el importe de las exclusivas en las arcas del Estado español.
Y mientras los herederos lo dan todo por la patria, los reyes podrían alquilarse para cenas de postín alrededor del mundo, al estilo de las galas benéficas monegascas o las recaudaciones de fondos para las campañas de los políticos norteamericanos, con el cubierto a precios desorbitados y total amortización de toisón de oro y tiaras.
Yo creo que, con esas medidas, podríamos mejorar las cosas, aguantar el tirón.

Genoveva Casanova –ex mujer de Cayetano Martínez de Irujo, un hijo de la Duquesa de Alba que era novio de Mar Flores cuando ella se hizo un bonito reportaje en la cama con Lecquio que fue portada del Interviú – protagoniza esta semana en el ¡HOLA! una de las portadas más delirantes desde el reportaje de la boda kabuki de Sara Montiel con su doble de pestañas además de marido cubano.
Genoveva, esa ex mujer, abre la revista con una imagen que bien pudiera ser el resultado de una mala digestión de laxantes que hubiera sufrido el estilista de Mónica Naranjo tras haber visto Titanic por decimocuarta vez. De la portada, ella salta a la página 76 y, a partir de ahí, no para durante 17 memorables páginas de reportaje, plagadas de entrañables estampas tailandesas, trajes de alta costura, mucho templo, mucha calle y mucho aborigen que trata de competir sin éxito con la gran estampa de la exclusiva: Genoveva, apoyada en sendos ¡elefantes! y bajo este glorioso entrecomillado: “Los seres humanos no sabemos, en concreto, lo fuertes que somos hasta que no nos vemos en el trance de tener que serlo”. Conmovedora aseveración y enseñanza vital que me dejó, en concreto, las varices garrapiñadas y los pezones al bies. Estado que se agravó al descubrir que una de las estilistas del reportaje… ¡había estudiado conmigo la carrera! ¡Santo cielo! ¿Qué nos pusieron en los cafés de esa facultad? En fin, besitos, Isabel Ottino.
No me invento nada. Lo leo. En el ¡HOLA! de esta semana:
En lugar de irse de compras a la Quinta Avenida, Carla Bruni siguió atentamente la intervención de su marido en la ONU. Impresionante ¿No es Madame Sarkozy alguien increíble?
La Infanta Cristina viajó a Nueva York para respaldar a la soberana jordana y a otros líderes del mundo en su lucha contra la pobreza. ¡No! ¿En serio? En lugar de irse de compras por la Quinta Avenida, la infanta prefirió intervenir en un foro impulsado por Rania de Jordania, luchar contra la pobreza de la mejor manera posible: viajando en avión privado hasta Nueva York. Heroico.
La hija de los príncipes Michael de Kent se desprendió de algunas prendas de ropa para donarlas a una ONG. Vestidos de Vivienne Westwood y Ralph Lauren en la sucursal de Oxfam de Notting Hill, la misma donde también han donado sus trajes Victoria Beckham o Keira Knightley. Y donde Carla Bruni tampoco fue de compras durante su visita oficial a Londres; prefirió quedarse en Buckingham.
ADRIEN BRODY: Este verano, durante una fiesta en Cannes, una señora se nos acercó y nos dijo: “Gracias por haber hecho que vuelva a creer en el amor” ¡Qué gracia! Precisamente lo mismo que les dije yo hace unos días a Raphael y a Natalia Figueroa, cuando coincidimos de compras por la Quinta Avenida, que parece tan vacía ahora que Carla Bruni y la infanta Cristina se dedican a enmendar el mundo y no andan por ahí.
Cuenta el actor James Franco en una reciente entrevista a la revista gay OUT que nada más terminar de rodar una escena donde se besaba con Sean Penn para la película Milk de Gus Van Sant, Penn le escribió un sms a Madonna –con quien os recuerdo que estuvo casado durante cuatro años, cuando ella todavía era una bomba sexual y él aun no; justo al contrario que ahora– donde le decía: “Acabo de desvirgarme besando a un tío. He pensado en ti. No sé por qué”. Yo tampoco, y la verdad es que no me inquieta demasiado.
Lo que sí me interesa, y mucho, es la inteligente treta de los publicistas de la productora de Milk, capaces de encontrar un gancho perfecto para insertar en un medio especializado una excelente pieza promocional donde no falta ni un elemento del perfecto pack marica: joven actor guapo heterosexual que describe con entusiasmo cómo fue su beso fingido para la pantalla con otro actor heterosexual madurito interesante, quien nada más terminar de rodarlo se lanzó a su teléfono móvil para escribir un mensaje a una de sus ex mujeres que, casualmente, no es otra que Madonna, presidenta del sindicato de divas gays. Es perfecto. Es genial. Es una forma fantástica de atraer a un público a quien el argumento de Milk –la lucha por los derechos civiles en los 70– probablemente le importa un bledo. Pero que no querrán perderse una escena donde aparece Madonna en la mente de un actor que se besa con otro.

Con lo tranquilos que estábamos, con lo bien que le iba a Britney desde que le hicieron la última ITV, le dosificaron los cheetos alucinógenos y la dejaron flaca otra vez. Qué lástima. Con lo bien que marchaba todo, hasta ayer.
Hasta ayer, cuando leímos en The Sun que Adnan Ghalib, ese paparazzi chungo que se echó la Spears de novio durante su mala racha, ha confirmado nuestros peores miedos: hay un vídeo de Britney en pleno coito. Con Ghalib, por supuesto, pues menudo es de profesional el individuo. Una grabación porno de ¡dos horas! –esto explica muchas cosas, Brit, querida– donde la cantante aparece completamente desnuda, lúbrica y luciendo una peluca rosa, prótesis colorista gracias a la cual el documento audiovisual traspasa la frontera de lo puramente pornográfico para convertirse en un nuevo género: el hardcore du coiffure.
Un documento excepcional no apto para espíritus sensibles o alérgicos al pelo artificial que el paparazzi anda tratando de vender al mejor postor y que acabaremos viendo anunciado en las webs para adultos, llegará a nuestros correos electrónicos en forma de correo basura, y nos tendrá entretenidos una temporada. Hasta que, dentro de algunos años, forme parte de una instalación artística junto a los vídeos de Pamela Anderson o Paris Hilton, donde el nombre del autor de la pieza, Adnan Ghalib, será el único que conozcan los visitantes del museo.
Gore Vidal en la segunda parte de sus memorias, de su propio libro de los muertos, Navegación a la vista, se acuerda varias veces de Paul Newman. Hoy, vuelvo a leer esos recuerdos después de un par de meses, precisamente cuando acabo de saber que Newman ha muerto:
(…) Paul demostró ser nuestra estrella entre las estrellas. Las mujeres a veces se comportaban de forma extraña cuando lo veían. Una vez estábamos caminando por la avenida Madison y una joven corpulenta se acercaba en dirección opuesta; él metió rápidamente la barbilla en el cuello del abrigo para esconder sus ojos de azul ártico. También apretó el paso. “Sigue andando”, me susurró mientras pasábamos por su lado. De pronto se oyó un estrépito a nuestras espaldas. “No te vuelvas”, dijo él, volviéndose; luego echó a correr. “¿Qué ha pasado?, pregunté. “Se ha desmayado”, dijo, y se subió a un taxi.
Más memorias. Tennesse Williams en las suyas:
Paul Newman también es extraordinario. Le cuesta mucho entrar en un papel, pero cuando por fin lo consigue, es maravilloso.
Y yo, ¿de qué me acuerdo ahora que ha muerto? De su angustia en La gata sobre el tejado de zinc; de su rabia y de su miedo. De preguntarme por qué todas las mujeres pensaban que Redford y él eran los más guapos, y no verlo, no entender. De su magnífico papel de Sully Sullivan en Ni un pelo de tonto; mi Newman preferido por cómo transformaba su mirada en pantalla a Melanie Griffith en la mujer más deseable del mundo. De su cara dibujada en los frascos de salsa. Y poco más. Tampoco creo que a él le interesara un lugar de honor en los iconostasios. Paul Newman no parecía una estrella que se construyera en la fascinación de los demás. Tenía cosas mejores que hacer. Morirse en casa, bien rodeado, por ejemplo.
“Se ha muerto Paul Newman“, me han dicho. Y lo primero que se me ha pasado por la cabeza ha sido: “Liz, cabrona, los has enterrado a todos”.

Trece periodistas de distintos medios, Penélope Cruz y yo en uno de los salones del Hotel Arts me hacen pensar por primera vez en el trece como número fatídico a evitar para la próxima: mucho mejor Pé y yo a solas. Otra vez será. Primera comparecencia europea promocional para la película de Woody Allen de la actriz que no es ni Vicky, ni Cristina ni Barcelona, que entra en la sala sobre unos tacones inconmensurables bajo la campana de sus vaqueros, nos saluda uno a uno con la mirada mientras se sienta con una sonrisa, pregunta si no tenemos frío, y se abriga con una chaqueta Chanel que nosotros olvidamos traer. Imperdonable falta de previsión la nuestra.
Penélope habla, sonríe, se carcajea, mueve sus manos –preciosas y desnudas– en el aire y nos muestra quién no es: ni Audrey ni la Loren, ni esa antipática diva que nos pretenden vender a microfonazo sucio por los aeropuertos, ni la ex de, ni la novia de quien sea. Ni siquiera un icono capilar publicitario.
La Cruz es una actriz, una encantadora de serpientes que nos seduce en apenas media hora, suficiente para hacernos olvidar todas las estupideces que hayamos podido leer o escuchar sobre ella, y nos convence de que tales despropósitos sólo pudieron surgir de la distancia que da la mezquindad.
Penélope es una estrella internacional, una construcción de fantasía perfectamente medida, una inteligentísima ficción con voz suave, amplio vocabulario y ojos para todos. Que ayer nos hizo elegir entre su magia blanca de proximidad o el ilusionismo amarillo de los demás. Yo, por supuesto, me quedo con la magia, y ni siquiera me atrevo a husmear para descubrir los trucos.

La Reina de Inglaterra no estaba contenta con la novia de su nieto y heredero Guillermo. No le parecía bien que la muchacha, con 26 años, no tuviera más oficio que el de consorte en prácticas, y por eso Isabel II le habría sugerido que se dedicase a alguna actividad digna de las chicas de su clase: la caridad. Y Kate, que debe de ser un primor, le hizo caso y organizó una fiesta benéfica discotequera sobre patines para la que se puso un body de lentejuelas con los hombros al aire, unos microshorts y unos calentadores.
– Ahí la tienes, abuela.
– ¡La madre que me parió!
Dicho y hecho: la mismísima Reina Madre en ectoplasma se apareció gintonic en mano para sentarse junto a su hija ante el ordenador con el hellomagazine.com en pantalla.
– Parece una fulana.
– Lo sé, mamá.
– ¿Y qué piensas hacer? Las columnas de esos sitios las forran con gomaespuma.
– ¡A mí me lo vas a contar!
– Ya me imagino, ya.
– ¿Me das un trago?
– Claro, hija, bebe.
Anoche Isabel II volvió a tener pesadillas. Soñó que le gritaba “¡Muérete!”a Felipe de Edimburgo, y a la mañana siguiente lo encontraba en la portada de The Sun, asfixiado bajo una bolsa de Harrod’s.
“¡Imposible!”, pensó con alivio nada más despertar, “no hay bolsas de Harrod’s transparentes. No se le vería la cara.”
– No subestimes a Al Fayed…
– ¡Mamá, por favor!

Pues la infanta Leonor mochilera en portada, lo mismo que en Lecturas, Diez Minutos o Semana. Una exclusiva con las imágenes garrapiñadas de Bustamante y su mujer –que es Chica Garci; no luce tanto como ser Chica Almodóvar pero suena más decente– mientras exhiben a su recién nacida, que se aburre como una ostra mientras sus padres, pintorrejeados cual bóveda barroca, le hacen ojitos a la cámara.
Arantza Sánchez Vicario de segundas nupcias con un vestido en encaje transparente y escote palabra de honor. Lo juro. También aparece (poco) uno que debe de ser el marido nuevo y llevaba un chaqué gris brillante (según las malas lenguas, para dejar ciegos a sus acreedores).
Sale Gunilla von Bismarck de rojo en una fiesta donde coincidió con Joan Collins, el Papa cuando estuvo en París, donde Sarkozy le organizó una recepción preciosa con Carla de Dior, Luis Alfonso de Borbón y esa ministra embarazada que es amiga de Aznar. Un jolgorio.
Con todo, lo anterior queda eclipsado por el espectacular reportaje de Borja Thyssen y Blanca Cuesta en su casoplón de Ibiza. Un reportaje que no he entendido muy bien si han hecho para dejar claro que la hija de los Cuesta está fenomenal de salud, o porque Borja se ha quitado la barriga y se ha hecho unos tatuajes nuevos que quería lucir. Sea como fuera, lo importante, queridas amigas cazafortunas mías, es que Borja vuelve a estar en sazón.