
Hay que reconocer que desde que Lindsay se ha echado una novia DJ con un caché discotequero que para sí lo quisieran Pakikorrín o Sofía Cristo, y ha cambiado las interminables noches de farra con amigas descerebradas por apacibles veladas caseras delante de su ordenador junto a la flaca Sam para actualizar su página de MySpace, la muchacha ha ganado muchísimo interés.
Lindsay ya no es esa infame actriz borrachuza y algo drogadicta con propensión a enamorarse del hombre erróneo (y casado) que todos conocíamos. No. Ya no. La señora Lohan es ahora una célebre y aguda comentarista online que lo mismo le canta las cuarenta a su propio e impresentable padre, que le da lecciones a Sarah Palin sobre cómo hay que educar a los hijos y lo importante que es explicarles el fascinante mundo de los anticonceptivos para evitar esos embarazos adolescentes tan mediáticos, o la vuelve a emprender semanas más tarde contra la mujer del momento para poner en evidencia su falta de preparación como futura vicepresidenta y su urgente necesidad de ver algo de mundo (por mucho que Palin diga que Rusia se ve desde Alaska, la cosa no cuela, es más; queda muy cateta).
Lindsay Lohan ya no es esa –1. que tú te imaginas… MARI TRINI 2. oscura clavellina, que va de esquina en esquina… I.P.– ; ahora es una cronista de actualidad. Como Belén Esteban en El Programa de AR. O como yo mismo. Terrible competencia.

¿Qué tiene de especial ver cómo los famosos, los artistas, los políticos o los aristócratas llevan a sus hijos al colegio? ¿Por qué la vuelta al cole o la primera jornada escolar se han convertido en un género periodístico? ¿Dónde está lo interesante? ¿En descubrir que ellos también madrugan? ¿En democratizar sus compañías y captarlos rodeados de madres y padres anónimos?
¿Cómo se viste uno para llevar a sus retoños al colegio cuando sabe que esa mañana aquello va a estar plagado de cámaras porque será también el primer día de una infanta heredera? ¿Qué hacer si al dejar a vuestro hijo lloroso os solidarizáis con su pena y se os saltan las lágrimas? ¿No os da miedo aparecer horas más tarde con el moco al aire en Está pasando y padecer la ira divina de Peñafiel, ese insigne caballero español?
¿No os aterra pensar que a vuestro hijo le pueda dar por robarle el tentempié de media mañana a Leonor y acabéis metidos en un lío por hurto del Patrimonio Nacional?
¿Cómo le explicas a tu hija que un traje de princesa no se compone de pichi gris con falda tableada y rebequita azul marino? ¿Qué va a ser de Disney, de Mattel y de Menkes ahora que los tules y las lentejuelas han quedado demodé? ¿Se pasarán al diseño de uniformes escolares en estampado animal para que JLO pueda llevar a sus mellizos al colegio vestida de Cavalli, a juego con ellos, como hicieron ayer los príncipes con Leonor?

Me sorprende y me intriga la atracción que últimamente parece sentir el mundo de la moda por los espacios burdelescos: desde la intervención veraniega en Madrid de la calle Ballesta, que transformó por unas semanas siniestros bares de alterne en tiendas chic y talleres de modistos de vanguardia, pasando por la reconversión del mítico Bailén 22 –un burdel bien barcelonés de toda la vida– en una discoteca bautizada como Lotus Theater, hasta la última ocurrencia de un grupo de diseñadores holandeses, que han decidido reciclar los escaparates de las putas del barrio rojo de Amsterdam para exhibir en ellos sus últimas colecciones.
Me intriga y me preocupa que esa nueva corriente de ocupación textil de lo que fueron huecos de transacciones carnales no sea más que una cortina de humo , de gasa, de seda, de algodón, de lo que sea, para cubrir operaciones de especulación inmobiliaria, para limpiar barrios de tradicional mala fama a golpe de dobladillo asimétrico bajo una impostura de modernidad desprejuiciada, o incluso una osada, paternalista y pretenciosa hipocresía que se venda como una devolución de la dignidad perdida. Miedo me da.
Me inquieta esta nueva fiebre de la moda en los burdeles. Casi tanto como cuando Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo titulan con “puta” : Memoria de mis putas tristes o La puta de Babilonia. Porque, en todos los casos, me parece lo mismo: pura decadencia.
Janet, esa que parece la hermana sensata de los Jackson, está de gira por Canadá y anoche llegó a Vancouver, donde se apareció sobre el escenario vestida de tal guisa que me hace replantear por completo la primera parte de este párrafo y negarlo todo hasta llegar a Canadá (propulsado por el aire expelido por mi grito de horror, probablemente).
Janet -esa que nos parecía la única Jackson cabal, esa que enseñó un pezón en horario familiar hace unos años y montó la de Robert es Mitchum- yo creo que ha decidido dejarse de problemas y optar por atuendos resistentes a las asociaciones familiares de meapilas. A la vista está (si es que uno puede soportar esta visión sin sufrir el salto al vacío de ambos globos oculares).
Givenchy viste a Madonna en su última gira mundial. Gaultier hace lo propio con la Kylie (que lo ha flipado con las memorias de Tallulah Bankhead, y ahora anda diciendo por ahí que quiere emular a la actriz de la época dorada de Hollywood y hacerse bisexual. La lectura, que es muy mala, Minogue, te lo digo yo). Y Tinky Winki (el Teletubbie morado) parece que por fin ha encontrado una musa para iniciar una prometedora carrera como modisto internacional: Miss Ja Ja (Janet Jackson).
Si fuera así, Tinki Winky, una cosita te digo; si yo estuviera en tu peluche, no dejaría pasar la oportunidad para viajar hasta España y postularme como diseñador de los trajes de funky para el Mira quién baila de esta temporada. Anita O. y Terelu Campos. Ahí tienes un filón creativo. Te lo digo yo.
Recuerdo que hace algunos años, pocos, los periodistas de carrera andaban indignadísmos contra las hordas de advenedizos que saltaban de las portadas de las revistas, los realities televisivos y las sábanas sucias hasta los sofás de los platós para hacerse opinadores omniscentes y ubicuos en tertulias donde se hablaba de la nada a gritos. De aquella época, apenas quedan restos –si acaso, Belén Esteban o Lecquio en el corro de ARQ– , gracias, por un lado, al supuesto declive del chisme televisivo y, por otro, a la admirable capacidad de reacción de los profesionales del periodismo chismoso, que supieron reciclarse y demostrar que ellos eran capaces de ser tan marrulleros, indecorosos, e impresentables como los amateurs. Y a fe que lo consiguieron.
Hoy, vivimos una nueva era del intrusismo profesional contra el que tanto clamaban los cotillas federados y que en este caso, no les afecta a ellos, sino que perjudica a los otros, a aquellos personajes que durante un tiempo fueron capaces de compaginar portadas con opiniones en directo. Los pobres. Que hoy se ven relegados a bolos en discotecas de polígono industrial, mientras su lugar en las crónicas rosas lo ocupa una política republicana de los EEUU, Aznar, una ministra francesa embarazada, una princesa con retoques faciales o el renacimiento capilar de José Bono. Es triste, pero es así.
Al menos, antes sabíamos que era todo por dinero. Bendito parné.
Bird, el protagonista de la desasosegante Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé acaba de ser padre de un hijo monstruoso, una criatura que pareciera tener dos cabezas. Llevo apenas 50 páginas de la novela y ya sé eso. Y que lo que más desea Bird en el mundo es viajar a Africa, escapar de su encerrona matrimonial y no volver a pasarse borracho cien días seguidos. O sí. Me quedan 140 páginas para saber si finalmente su retoño sobrevive, si él vuelve a darle a la frasca con fruición y qué sucede con su fantasía africana. Supongo que lo averiguaré todo esta tarde, tumbado en la playa, disfrutando de mi último día de veraneo sin vacaciones antes de regresar a mis tareas otoñales, volverme a poner las mechas rubias de escribir pies de foto y olvidarme de tanto gafapastismo agosteño con ínfulas literarias.
Mañana será septiembre que, más que un mes, siempre me ha parecido una estación. Mañana se acaban las rebajas, María Teresa Campos vuelve a la televisión para prepararle el desayuno informativo a Ana Rosa Quintana; todo un hito, casi como ver a Kristel Carrington cardándole el peinado a Alexis Colby.
Septiembre de Venecia festivalera, con Charlize Theron fucsia de día y fucsia de noche, con Woody Allen y su VCB (Vicky Cristina Barcelona) de estreno en San Sebastián, con DVB (Victoria y David Beckham) y su nuevo perfume, que Vicky presentó ayer en un centro comercial de Manchester.
Septiembre para la Semana de la Moda de Nueva York –donde Vicky B., otra vez ella, amenaza con presentar su primera colección de vestidos–, para la Pasarela Cibeles (que trataré de evitar por todos los medios a mi alcance: cuchillas, somníferos sumergidos en ginebra, lo que sea).
La infanta Elena estrenará nuevo puestazo en una fundación, Madonna actuará en España, veremos la vuelta al cole de los pequeños borbones y de otros infantes postineros en el ¡HOLA!, a Ortega Cano marcarse unos bailes en televisión, y Mercedes Milá volverá a fascinarnos con esos estilismos semanales y vértigos del sujetador balconet, que para mí se han convertido en lo único apasionante de las últimas ediciones de Gran Hermano. Vertiginosos escotes apuntalados que a partir de septiembre veremos publicitar a Dita von Teese, nueva imagen promocional de Wonder Bra. Dita, una mujer admirable que ha sabido sacarle partido a la desproporción de una copa de martini, justo al contrario que Ava Gardner, que quedó atrapada dentro. O que yo mismo, que como el hijo del protagonista de la novela de Oé que estoy leyendo, hoy me he levantado con media parte del cerebro fuera del cráneo, culpa de la deliciosa cena de anoche, en la que volvimos a abusar de los Dry Martinis en el aperitivo. Otra vez.
(Fin de de mis Lecturas de verano. Ha sido un placer. Gracias a todos por todo. Y ahora, con vuestro permiso, me voy a quitarle el polvo a los estantes de la vitrina, que tiene que estar bien limpia para mañana).
Acabo de leer en People que David Duchovny, Californicador y escéptico investigador de lo X, anda a traspiés entre la realidad y la ficción, confunde expedientes con calificaciones morales, sostiene a su último personaje televisivo por los cuernos y ha ingresado voluntariamente en un centro de rehabilitación para adictos al sexo. Joder, qué putada (una expresión que debe de estar prohibidísima en esa clínica, sospecho).
He dado con la rijosa adicción del actor nada más terminar con La escala de los mapas, la primera novela de Belén Gopegui; un libro de una belleza rara y contundente que he leído ensimismado, sin más interrupción que las repeticiones en voz alta de algunos párrafos que podría tatuarme en los antebrazos o hacer grabar en mis copas de martini: “La realidad pone yogures muertos en la nevera, y deja paso a las corrientes frías, y cojean las mesas por su causa, y se derraman los vasos. Es entonces cuando vienen los sueños.”
Es entonces, también, cuando recurro a las palabras ajenas que, durante este mes que ya termina mañana, me han servido como lupas para agrandar la fecha de caducidad en las tapas de los yogures pasados de fecha que he vaciado para hacer con ellos rudimentarios comunicadores, atados con un hilo a través del cual me llegó el crepitar de la caspa pisada con tacones Louboutin en fiestas veraniegas ibicencas y marbellís, el rumor de los bañistas sardos al paso de Ana Botella por la orilla de sus playas, sin pareo pero con ataduras pectorales en el traje de baño.
Citas de otros que me han servido para calzar mesas cojas sobre las que Madonna se ha contorsionado para celebrar su 50 cumpleaños después de que los abogados de la Duquesa de Alba redactaran sobre ellas un comunicado de prensa plagado de gerundios negando inminente escena de matrimonio ducal.
Páginas que nunca escribiré con las que he ido secando estos treinta días las gotas de Singapur Sling derramado de los vasos de tubo en coctelerías nacionales y de importación.
El sexo compulsivo de Duchovny me salta a los ojos –metafóricamente, por supuesto, por suerte, por el bien de mi rimmel waterproof– y el deseo se cuestiona su origen en la maravillosa novela de Belén, “¿Y si nuestros cuerpos fueran grandes conglomerados de memoria, si decir Te deseo equivaliera a decir Te recuerdo con el cuerpo?”
Nada de eso se escribe así en la realidad. Por eso vienen los sueños, la lectura ansiosa de párrafos de salvación que me ayudaran a soportar este agosto sin vacaciones y las cosas recibieran el nombre que Juan Ramón exigió: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!” Inteligencia ajena, claro está, que me sirviera para nombrar las cosas de los demás. Mañana trataré de conseguirlo por última vez. Podría haber aprovechado esa Lectura de verano final para despedirme, pero yo siempre he sido más de la penúltima. Quienes me conocéis, lo sabéis.
Ayer dejamos Helsinki a toda velocidad, después de que yo fuera capaz, en el tiempo récord de tres cuartos de hora, de: UNO, entrar en pánico al descubrir que solo teníamos habitación en nuestro hotel hasta anteanoche, cuando yo creía que aún nos quedaba un día más en la ciudad, DOS, reservar a toda prisa una habitación –a precio de bótox– en uno de los pocos hoteles que aún tenía vacantes, TRES, descubrir en el taxi de camino al nuevo hotel que nuestro vuelo no salía hoy, sino ayer, y CUATRO, anular la reciente reserva de la habitación, tomar un autobús hasta el aeropuerto y volar a Barcelona, sin más incidentes que las incomodidades que provoca un avión con los portaequipajes repletos de las chinoiseries de nuestros compañeros de vuelo, la mayoría procedentes de Pekín.
Bienvenidos a casa. Lo primero que he hecho esta mañana al despertar en Barcelona, después de enfundar los cojines en Marimekos y dar con un hueco para los portavelas de Alvar Aalto en los cuarenta metros cuadrados de nuestro apartamento, ha sido salir al kiosco para hacerme con el primer número del nuevo Vanity Fair español, el de la reina Rania en portada. Escribir la reina Rania me provoca una inevitable asociación con el nombre colombiano de Kermit, de Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo: la rana René en la Plaza Sésamo de la televisión de Colombia. Debe de ser ese el motivo por el que esa señora me provoca tanta risa, por eso será. No creo que tengan nada que ver las perlas cultivadas que la reina jordana engarza una tras otra en su entrevista con Angela Rodicio para el VF. En absoluto. “(…) por una parte, se trata de una gran familia, la jordana y, por otra, de mi pequeña familia: la que forman mi marido y mis cuatro hijos. Mi objetivo es conseguir un buen equilibrio”. Jajaja. Ya me ha vuelto a dar la risa otra vez. Maldita rana René. Respiro hondo para seguir leyendo esa apasionante entrevista a tiara abierta: “Ser reina es responsabilidad y deber, un trabajo y un servicio público a mi pueblo, lo cual es un honor para mí”.
Un concepto de la monarquía con el que coincide plenamente Mario Conde, otro de los entrevistados en este número inaugural de la feria de las vanidades nacional: “(…) tengo claro que el Rey y su padre han hecho una labor por España por la que debemos estarles agradecidos. Por ello le tengo fidelidad y respeto, además de cariño”. Conmovedor.
Les ha quedado tremendamente familiar este número inaugural del Vanity patrio: Raina y su gran familia jordana, Mario Conde, el rey y su padre. El juez Bermúdez y el dichoso libro de su mujer. Los Agnelli radiografiados en su odio opulento. Manolo Blahnik, su hermana y una sobrina. Elena Ochoa y Norman Foster. O los Coppola, padre e hija, como protagonistas de un anuncio a doble página de Louis Vuitton. Ya lo dijo la gran Cayetana de Gurruchaga: “La familia unida, jamás será vencida… aunque esté jodida”.
Michael Jackson, igual que hizo Madonna hace algunas semanas, también cumple 50 años este mes. Mañana mismo, para ser más exactos, el cantante mutante se convierte en cincuentón. Y si Madonna pasó por su época estética de amante clandestina de JFK gracias a su imposible look Marilyn Monroe ochentero, Jackson ha decidido ir incluso más lejos y celebrar su medio siglo disfrazado del fantasma de Jackie O.
“Dios bendiga a América y a sus iconos”, pensé al ver ayer a Jacko de paseo por Los Angeles, vestido con distintos tonos de negro, cubriéndose la cara con una fantástica peluca ala de cuervo a media melenita y unas enormes gafas de sol, ideales para una travesía a bordo del yate Cristina (Onassis, por supuesto). Una nueva indescriptible estampa del rey del pop (en el exilio interior) que me recuerda unos versos magníficos de un poema que Margaret Atwood escribió en los setenta y yo leo a bordo de un autobús urbano que nos lleva a una isla de Helsinki: “Los demás comensales te observan/ admirados algunos, otros simplemente aburridos:/incapaces de decidir si eres un arma nueva/ o solamente una nueva publicidad”. Unos versos que sonaban muchísimo mejor en su inglés original y describen a la perfección el estupor interrogante que me provoca Michael Jackson en cada una de sus nuevas apariciones jackianas: horror o sentido del espectáculo comercial. Destrucción íntima o venta al por menor. Yo ya no sé qué pensar.
Con esos versos en la cabeza, recorro la isla, un museo al aire libre entre arboledas con reproducciones a tamaño real de distintas construcciones de la arquitectura tradicional finlandesa. Un sitio perfecto para agradecer, pese a todo, la vida en el siglo XXI. “Si nos inventáramos historias/ sobre lo que contiene esa habitación/ no tendríamos que entrar nunca”. Son otros versos de Atwood que leo en el autobús, de regreso al hotel. Unos versos perfectos para agradecer, pese a todo, la vida en el siglo XXI.
¿Un arma nueva o solamente una nueva publicidad? Me repito la pregunta al abrir en mi portátil la edición digital del ¡HOLA! de esta semana, donde la Duquesa de Alba de perfil ocupa el centro de la portada, que anuncia en exclusiva las imágenes del protagonista de la noticia: un señor con quien Cayetana no piensa casarse pero a quien le une una entrañable amistad. Un señor que se llama Alfonso Díez, es cincuentón como Madonna y Michael Jackson, y aparece retratado de frente, enmarcado en un recuadro a la izquierda del rostro de la Duquesa y en diagonal con el otro gran perfil de portada de esta semana: la princesa Letizia y su nueva nariz, prescripción facultativa convertida en asunto de Estado: “Tras operarse del tabique nasal, se aprecia una nariz más armónica”. Una apreciación con la que, sin duda, coincidirán los diseñadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en mi modesta opinión los más beneficiados por el cambio radical de la princesa.
Tras disfrutar enormemente de Viajes con mi tía de Graham Greene –espléndida relectura de verano–, he empezado Detrás del hielo, la más reciente novela de Marcos Ordóñez, un señor que escribe en el Babelia unas crónicas teatrales que me sulibellan y cuya Comedia con fantasmas, biografía novelada de Enrique Rambal, un actor y director teatral español de principios del siglo pasado a quien Orson Welles consideró un genio, me parece una delicia imprescindible. Dicho queda. Y una vez dicho eso, añado que Detrás del hielo empieza mal. Con un capítulo que da título al libro y cuenta una historia que yo ya había leído, con variaciones, en varios libros de Paul Auster: “Detrás del hielo, su hombre seguía intacto, eternamente detenido en la edad que tenía cuando los dos se perdieron en la tormenta. Intacto y con los ojos abiertos.”
Por suerte, unas decenas de páginas después, casi lo arregla con una reflexión sobre la lectura con la que me identifico plenamente: “Hay quien dice que la lectura forma la personalidad. Con los años, llegaría a pensar que en mi caso contribuyó a disolverla, a multiplicarla, porque siempre me identificaba con los protagonistas de las historias”. Totalmente de acuerdo. Así me va. Y así le va a ir de bien, gracias a mí, a Telefónica, que a partir de ahora piensa cobrarles un extra en la cuota de identificación de llamadas a todos mis amigos. Un extra que justifica por la dificultad de cruzar los datos de mi número de teléfono con el de mis lecturas de cada momento y que, por lo visto, puede ser un pastón. Ayer precisamente, recibí varios corre–e–os de algunos de mis amigos. Todos decían lo mismo: “No me llames. Ya te llamaré yo.” Ah, qué recuerdos de juventud.
No quiero ni pensar por cuánto pretenderá Telefónica multiplicar los 0,58 euros mensuales por el servicio de identificación de llamadas a los allegados de Anita O., que un día te llama como bióloga, otro como una madre ofendida que busca venganza, al siguiente como guionista, y al rato como actriz de éxito internacional. Otro dineral, estoy seguro.
En el caso de Margaret Thatcher, siempre que la BT cobre por mostrar el número del llamante en la pantallita del teléfono fijo, supongo que la cosa es más peliaguda. Según una biografía escrita por su propia hija, la que fuera Dama de Hierro sufre demencia senil, mezcla sus recuerdos y sólo conserva intacta la memoria de sus once años como nefasta presidenta de Gran Bretaña. Supongo que a Margaret, que anda olvidándolo casi todo entre whiskazo y whiskazo, se la trae al fresco que el aparatito le muestre el nombre de quién la está llamando. E imagino que cuando la viuda de Pinochet reciba una de sus llamadas desde Inglaterra, leerá “Marga” en el cristal líquido de su terminal, y tendrá miedo a levantar el auricular por si la Thatcher vuelve a preguntarle por la salud del dictador. Telefonica Chile sabe que tiene en Lucía Hiriart de Pinochet a una cliente cautiva del servicio de identificación de las llamadas.