No le digas a mi madre que trabajo en la Casa Real

13 abr 2013
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A la tatarabuela del Rey, Isabel II -cuando veía que se acercaba la Gloriosa y detrás la 1ª República- se le ocurrió la idea de presentarse a las elecciones generales cómo candidata a la Presidencia del Gobierno. Los generales O´Donnell y Serrano, ambos amantes de la Reina, la convencieron de que eso era un oxímoron político e Isabel dio marcha atrás. Fue una de las primeras “borbonadas” de la familia (borbonear es un verbo transitivo y se conjuga cómo desbarrar) aunque lo que Isabel II quería, con su exótica propuesta, era legitimar la monarquía, que ya a mediados del siglo XIX, estaba muy cuestionada.
Isabel tenía muy pocas luces, pero no hay que tener muchas para darse cuenta de que la legitimidad democrática es también el pecado original del actual monarca. Hay otras legitimidades que tiene el Rey. Él mismo las explicó muy bien ante el pleno de las Cortes, cuando juró cómo sucesor a la jefatura del Estado: “Quiero expresar, en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida del 18 de julio de 1.936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra Patria encauzase de nuevo su destino”
Con esa legitimidad, si es que tan respetable palabra se puede emplear en este caso, lleva el monarca reinando casi cuatro décadas, protegido por una Constitución que se votó sin condiciones democráticas y que declara al monarca irresponsable ante la ley y ante los ciudadanos. Es tan irresponsable, que los grupos parlamentarios están estos días dándole vueltas a las formas y a las palabras que tienen que utilizar, para preguntar indirectamente al Gobierno si el Rey tiene o no tiene una cuenta corriente en Suiza. O sea, la cuenta 10.031 de la Sogenal- Sociedad General Alsaciana del Banco de Ginebra. El Rey no responde ante las cámaras legislativas y, de hecho, pasa de ellas. En 2006, cuando empezaba a vislumbrarse el declive de su tan bien fabricado prestigio, no hubo forma de que el personal se enterase de los detalles de la cacería en Rusia, en la que el Rey mató al oso Mitrofan, previamente drogado. El entonces senador Iñaki Anasagasti no se lo pudo preguntar al Gobierno directamente. Preguntó si el embajador de España en Rusia había participado en “tan deplorable incursión cinegética”. Sobre el Rey solo se puede preguntar tangencialmente, de forma oblicua, sin mirar a los ojos… sin molestar y sin esperanzas de que nadie conteste.
Así, con esa legitimidad franquista y con esa impunidad medieval, el Rey ha ido montando el impresionante tinglado que ahora los ciudadanos, cada día más estupefactos, comienzan a conocer. Entre revoloteos de faldas, la complicidad de los sucesivos gobiernos “socialistas” y “populares”, la benevolencia de la prensa y la colaboración de las grandes finanzas, el Rey se ha labrado un patrimonio, que tampoco sabemos con certeza a cuánto asciende. La opacidad es tal que ni el Parlamento, ni el Tribunal de Cuentas, ni la Fiscalía, ni los tribunales, ni siquiera la comisión de secretos oficiales del Congreso, tienen acceso a esta información. Algunos medios extranjeros especializados, como EuroBussines, han fijado su patrimonio en 1.700 millones de euros, lo que es como el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, porque la Familia Real procede del exilio y no poseía en España patrimonio alguno. Cuando Alfonso XIII perdió el trono todas sus propiedades pasaron al Patrimonio Nacional y ahí continúan.
Los últimos tiempos los resume bien el titular de la publicación italiana Dagoscopia: ¿Juan Carlos pierde la cabeza o la corona? De la pérdida de cabeza empezó a dar síntomas evidentes con la cacería de elefantes, que nos dejó esa agria sensación que dejan las tomaduras de pelo, un patético “perdón, me he equivocado, no volverá a ocurrir” y un espléndido videojuego de Undercoders: Juancar vs elefantes: misión Botswana. Después… el apocalipsis: Urdangarín, la imputación de la Infanta Cristina, Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, la cuenta en Suiza….El monarca se ha empeñado en dar la razón a Thomas Jefferson: “Ninguna casa real ha presentado un hombre con sentido común en veinte generaciones”
De la pérdida de la Corona el que habla con más elocuencia es el CIS, que desde hace año y medio ha dejado de preguntar en sus encuestas por la imagen que los ciudadanos tienen del Rey. En las últimas publicaciones del 2011 el monarca suspendía estrepitosamente y la nota seguía bajando.
No es que ahora el Rey haya cambiado de conducta y -a la vejez, viruelas- se haya convertido en lo que los estadounidenses podrían calificar de “monarca gamberro”. Siempre ha sido así, pero el personal no lo sabía porque no se lo contaban. Por ejemplo, en 1.992 el Gobierno se gastó varios miles de millones de pesetas en acondicionar los Reales Alcáceres de Sevilla para que el Rey trasladase allí su residencia durante la Exposición Universal y recibiese a los mandatarios extranjeros. Buen intento de Felipe González, que no tuvo ningún éxito, porque el monarca, durante ese tiempo, donde estuvo fundamentalmente fue en Palma de Mallorca. Allí residía su amiga de entonces Marta Gaya. Casi nadie se enteró de la borbonada en aquellos tiempos, en los que se vendía y compraba la imagen de un Rey cachondo y simpático, en una España que no paraba de crecer. La monarquía no era entonces un problema lacerante y el Rey se dedicaba a sus asuntos en segundo plano.” Reina pero no Gobierna”. Los republicanos activos eran una minoría exótica y hasta el PCE era un poco juancarlista. Pero la crisis económica y los errores del monarca han dado la vuelta a la situación. La monarquía esta tan agotada cómo esta Constitución que ampara sus irresponsabilidades.
Ya no hacen gracia sus borbonadas y los ciudadanos -boquiabiertos por las noticias que van llegando sobre la Casa Real- piden algo tan elemental cómo saber a qué demonios se ha estado dedicando realmente el jefe del Estado durante los últimos 38 años y qué se esconde debajo de las alfombras de la Zarzuela. Tom Wolfe lo habría dicho así: “No le digas a mi madre que trabajo en la Casa Real. En realidad ella piensa que toco el piano en un burdel”.
Si hoy viviera Isabel II -esa reina tan elemental- se le ocurriría convocar un referéndum sobre la monarquía…para ver si así la legitimaba. Pero Mariano Serrano y Alfredo O´Donnell se lo volverían a desaconsejar. Por eso llegará la Tercera.


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