Opinion · Bulocracia

La mujer al servicio del hombre

Las mujeres españolas siguen lejos de los hombres en oportunidades, en sus condiciones laborales, sus salarios, su reconocimiento profesional y personal… Aunque parece milagroso lo que han logrado alcanzar hasta ahora si tenemos en cuenta cómo se las ‘educaba’ hace décadas, durante el régimen de Franco.

La mujer debía ser ante todo una fiel esposa siempre a disposición de su hombre, y la que no se casaba simplemente era rarita. El franquismo no hablaba de mujeres, sino de esposas. La mujer, como tal, realmente no existía para casi nada e incluso se atacaba a la que osaba estudiar o a la que se decantaba por el deporte. La mujer en la época de Franco era un bulo en sí misma, porque desde niñas se las preparaba únicamente para servir a un varón. Ni más ni menos.

La máxima expresión de lo que el régimen quería como modelo de mujer la encontramos en la Guía de la buena esposa, un librito lamentable de 1953 que a simple vista no dejaba duda de que eso era obra de un hombre, aunque no era así, ya que la supuesta autora era Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador de la Falange, para la denominada Sección Femenina del único partido existente.

Esta guía con los once mandamientos de la buena esposa comenzaba por el estómago: “Ten lista la cena”. La idea era que cuando éste llegara a casa, en el momento que él quisiera, su mujer le hubiera preparado una rica comida y así el hombre se daría cuenta de que ella había estado todo el día pensando en él.

“¡Luce hermosa!”, con exclamaciones, era la segunda obligación de toda esposa, no se fuera a arrepentir el macho de la elección que había hecho: “Descansa cinco minutos antes de su llegada para que te encuentre fresca y reluciente”.

“Sé dulce e interesante”, porque “una de tus obligaciones es distraerlo”, era el punto número tres, mientras que el cuatro aludía a la obligación de las mujeres de tener su único hábitat, su casa, totalmente impecable.

El quinto punto ya era idílico, porque decía que una buena esposa debía “hacer sentir en el paraíso” a su hombre. Y eso que estaba el precedente de Eva, a la que no le fue muy bien por allí.

El punto seis, “prepara a los niños”, era tontería comparado con el siete, que se refería a la obligación de las mujeres de “minimizar el ruido” para no turbar el descanso de su guerrero.

El apartado ocho, por si la mujer decaía, era “procura verte feliz”; el nueve “escúchalo” porque “recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos”; y luego, punto diez, “ponte en sus zapatos”, como si realmente pudieran hacerlo.

Para finalizar, punto once, “no te quejes”, ya que “cualquier problema tuyo es un pequeño detalle comparado con lo que el tuvo que pasar”. Es decir, si una mujer caía gravemente enferma, eso no era nada comparado con los quehaceres diarios de su hombre.

Y a pesar de todos estos poderosos ‘argumentos’, a pesar de que a todo hombre se le presuponía preparado para la vida y a las mujeres había que apuntarles cómo ser, las españolas sobrevivieron para contarlo, y hoy sus hijas y nietas reivindican igualdad de verdad. Reivindican poder ser mujeres y solo mujeres, con los mismos derechos reales y oportunidades de los hombres, y al margen de ellos si les da la gana. Y seguro que lo consiguen.