Una de las primeras órdenes dictadas por los hermanos Kennedy en 1961, recién llegados a la Casa Blanca, fue la de asesinar a Fidel Castro. Con un rifle de mira telescópica, por envenenamiento en el desayuno o apuñalado. Los planes aparecen detallados en documentos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) desclasificados entre 2003 y 2005. Eisenhower había autorizado 170 grandes operaciones encubiertas en ocho años de mandato; los Kennedy pusieron en marcha 163 en dos años y medio. “Operación encubierta” quería decir entonces y ahora “operación ilegal”, ya consistiera en matar a un político, sobornar a otro o derribar un régimen. Punto y aparte. La primera reunión oficial mantenida por Barack Obama el pasado 5 de noviembre, a las pocas horas de ser elegido presidente de Estados Unidos, fue con los responsables de la Seguridad Nacional. Pasarán probablemente 50 años hasta que se desclasifique el acta o la grabación de esa cita en Chicago, donde quizás Obama fuera informado en detalle sobre las operaciones encubiertas ordenadas por George W. Bush.
Lo cierto es que los inquilinos de la Casa Blanca, ya fueran demócratas o republicanos, han mantenido desde finales de los años cuarenta la peligrosa costumbre de utilizar la CIA para controlar palacios y alcantarillas en medio mundo. El respeto a los derechos humanos es algo que no encaja en la filosofía fundacional de la CIA. Por eso tiene prohibido actuar dentro de las fronteras norteamericanas, al menos oficialmente.
A partir del 11 de septiembre de 2001, el enemigo a batir ya no era un barbudo comunista ni un dictadorzuelo latino poco fiable, sino el terrorismo islamista y todo humano viviente mínimamente sospechoso de un parentesco lejano con los talibanes o con Al Qaeda. La Guerra contra el Terror declarada unilateralmente por Bush a raíz del 11-S consistía, entre otras muchas cosas, en aplicar el modelo de las operaciones encubiertas de la CIA al nuevo enemigo y a destajo. Disparar antes de preguntar. Detener primero y torturar hasta arrancar una confesión. Vuelos secretos. Guantánamo.
¡Señor, sí, señor!
El documento desvelado el pasado miércoles en el Congreso por el ministro Moratinos confirma el contenido de los papeles publicados por El País y demuestra lo que todo el mundo sabía: Aznar dio luz verde en enero de 2002 al aterrizaje en España de aviones norteamericanos que podían transportar a prisioneros detenidos ilegalmente en cualquier otro país. Añadió Moratinos que, a día de hoy, no hay pruebas de que las aeronaves del Pentágono o de la CIA que efectuaron escalas en aeropuertos españoles entre 2002 y 2006 llevaran dentro a secuestrados camino de Guantánamo. El ministro incluso justificó la autorización otorgada por Aznar bajo el paraguas de la OTAN y la ONU con motivo de la Operación Libertad Duradera contra los talibanes de Afganistán.
Ese último punto de la intervención de Moratinos dejó en el Congreso un aroma a pasteleo difícilmente justificable. A quien realmente perjudica el escándalo de los vuelos secretos es al Gobierno de Zapatero, que nunca autorizó las ilegalidades de Bush, pero que aparenta haber hecho la vista gorda a las escalas efectuadas durante su mandato. Por mucho que insista Moratinos, quizás con el objetivo único de no envenenar la relación con la Administración de Barack Obama, ni la ONU ni la OTAN arroparon nunca actuaciones contrarias al derecho internacional. Los documentos desaparecidos en Exteriores y hallados en el archivo del Comité Permanente Hispano-Norteamericano, ubicado en el Ministerio de Defensa, constatan los cabezazos de Aznar y de su ministro Piqué ante la petición concreta de Estados Unidos para que España colaborase en el objetivo ilegal de Guantánamo, cárcel repleta de individuos encerrados sin pruebas, sin asistencia legal, sin juicio previo y sometidos a torturas.
Aznar ya fue juzgado políticamente con la derrota electoral del PP y su apellido aparecerá en la ilustre compañía de Bush, Rumsfeld o Cheney cuando se desclasifiquen los documentos de la guerra sucia contra el terrorismo islamista. Si hubo o no responsabilidades penales lo decidirá la Audiencia Nacional. Entre tanto, los deseos de una gran amistad con Obama no deberían impedir que el Gobierno revise el Tratado Hispano-Norteamericano. Hoy no hay forma de controlar lo que la CIA transporta en sus aviones.
Se llama Philip Falcone. Tiene 45 años, una lesión de rodilla de cuando jugaba al hockey profesional y un cerdo llamado Pickles con el que comparte apartamento en Manhattan. Es uno de los cinco “amos del universo” que han multiplicado en los últimos años sus ya imponentes fortunas a base de manejar hedge funds, fondos de alto riesgo que apuestan por la caída de valores bursátiles ligados a las subprime y a otros productos derivados, opacos y desregulados. Fan declarado de John Lennon, cree en el karma y en la energía positiva y lleva el corte de pelo y las gafas redondas del difunto beattle. Quizás hoy, sábado, 15 de noviembre, Falcone se afeite tarareando a Lennon con alguna pequeña variación: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras el G-20 se empeña en hacer planes para otra cosa”.
Advertencias o amenazas
Ni Falcone ni los otros cuatro jinetes del apocalipsis (Kenneth Griffin, James Simons, John Paulson y George Soros) parecen excesivamente preocupados por lo que pueda salir esta noche (hora española) del National Building Museum de Washington, donde se reúnen los líderes de las mayores potencias del mundo y de los países emergentes para analizar el origen de la crisis financiera global y establecer los principios comunes que permitan solucionarla y evitar nuevos colapsos en el futuro.
Por si a Zapatero, a Lula, a Gordon Brown o a cualquier otro socialdemócrata se le ocurriera llegar demasiado lejos en sus hipotéticas pretensiones de refundar el capitalismo, Falcone y sus cuatro colegas en el arte de la especulación lanzaron anteayer unas cuantas advertencias que sonaban a amenazas: primero, ellos no son culpables de nada; segundo, que nadie se pase de la raya en la regulación y vigilancia de los mercados financieros porque su negocio corre peligro; y tercero, si su negocio corre peligro, las cosas les irán muy mal a los millones de inversores de todo el mundo que han colocado la pasta en las mismas cestas.
Orgullosos del desastre
Aquí nadie se arrepiente de nada. Pero no ya los magos de las finanzas, sino tampoco los políticos que desde distintos rincones del mundo les facilitaron el suculento ejercicio. En vísperas de la cumbre que hoy se celebra, dos de los tres protagonistas de la vergonzante foto de las Azores, George W. Bush y José María Aznar, han lanzado mensajes dignos de un programa de humor negro. El casi ex presidente de Estados Unidos mostró una intensa emoción al desvelar que se equivocó al proclamar que quería a Bin Laden “vivo o muerto”. Se arrepiente de lo dicho, no de lo hecho. Ni de los miles de vidas que han costado sus decisiones de cowboy ni de su entrega absoluta a los principios del neoliberalismo ultraconservador. Bush sostiene que el capitalismo es poco menos que el paraíso y que ni se plantea “reinventarlo”. Menos mal que a partir del 20 de enero se dedicará a escribir un libro en el que, sin la menor duda, justificará todos los disparates de su presidencia. Sólo faltaba que las soluciones a la crisis dependieran de este genio.
Aznar, por su parte, ha debido de pensar que la autodefensa de Bush resultaba un poco endeble, así que envió ayer una carta a Le Figaro para defender la “herencia de libertad” que su amigo americano ha “regalado” al mundo.
No hacían falta tales advertencias, pronósticos y golpes de pecho para intuir lo que en realidad importa de la cumbre que hoy se celebra en Washington. Efectivamente, como dice Solbes, uno no se desayuna un café con churros y por la tarde refunda el capitalismo. Lo trascendente de la presencia de España radica exactamente en eso: formar parte del núcleo que a partir de hoy creará grupos de trabajo para concretar nuevas medidas de regulación del sistema financiero. Las propuestas que Zapatero leerá durante ocho minutos recogen principios generales compartidos con la Unión Europea. No hay un discurso ideológico de defensa de la socialdemocracia frente al neoliberalismo. No considera que sea momento ni lugar. Quizás dentro de cien días, en la siguiente cumbre a la que ya asista Obama, del que también se espera más de lo que podrá dar.
Si hubiera que apostar por un resultado de la cumbre de Washington, sería lo más parecido a aquella canción de Serrat: “Un marco previo que garantice unas premisas mínimas que faciliten crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz, de este a oeste y de sur a norte…”
Un asesor de Zapatero suele definir uno de los rasgos que le caracterizan del siguiente modo: “Cuando alguien se ha tirado quince veces por la ventana y ha caído de pie, es muy difícil convencerle de que bajar por la escalera resulta más seguro y no una pérdida de tiempo”. La verdad es que no fueron pocos los dirigentes del PSOE, incluso miembros del Gobierno, que se llevaron un buen susto hace dos semanas al escuchar a Zapatero anunciar con absoluta rotundidad que España “tiene que estar y estará” en la cumbre de Washington. Y los temblores se extendieron al conocerse el formato decidido por George Bush para la famosa cumbre de “refundación del capitalismo”: serían convocados los países del G-20, las mayores economías del mundo y las potencias emergentes. Nadie más. Muchos pensaron que esta vez el presidente podía partirse la crisma.
La llamada clave
Zapatero continuó insistiendo en que estaba “completamente seguro” de que España asistiría a esa cumbre, con silla, voz y voto. Lo decía públicamente y manifestaba la misma contundencia en privado ante sus propios ministros y compañeros de partido. Eso sí, no desvelaba las razones que le llevaban a arriesgar tanto.
Los temblores no cedieron hasta ayer mismo, cuando Nicolas Sarkozy confirmó oficialmente que cederá la silla de Francia para que el presidente del Gobierno español tenga voz y voto el próximo día 15 en Washington. El máximo mandatario galo acudirá en su condición de presidente de turno de la Unión Europea. Sólo falta la invitación oficial de Bush, pero ayer mismo un portavoz de la Casa Blanca confirmó que aceptaba la propuesta. ¿Por qué Zapatero se la jugó el pasado 21 de octubre?
La explicación, hoy, parece bastante clara. Aquel martes por la tarde se debatían en el Congreso los Presupuestos Generales de 2009. El presidente abandonó de repente el hemiciclo para hablar telefónicamente con Sarkozy. Luego convocó por sorpresa una rueda de prensa e hizo el arriesgado anuncio. No hace falta pasar por Harvard para deducir que Sarkozy ya se comprometió durante aquella conversación a dar el paso que ahora se confirma.
Éxito diplomático
Tras la cumbre europea de ayer en Bruselas, Zapatero se mostró más prudente que en los últimos quince días; agradeció la posición francesa y reconoció que la presencia final española resultaba “difícil”. Es otro rasgo de Zapatero: disfruta mostrando humildad cuando el éxito está conseguido. Y hay que reconocer que, salvo sorpresas de última hora, se trata de uno de los mayores éxitos de la diplomacia española. O más bien del equipo responsable de política internacional en La Moncloa. Quienes conocen bien los circuitos internos sostienen que se nota la mano de Bernardino León, ex secretario de Estado con Moratinos y hoy al frente de la Secretaría General de la Presidencia del Gobierno.
Se trata de un éxito rotundo no sólo por la conveniencia de figurar en la foto que componen los líderes del mundo, sino porque esa presencia destroza uno de los ejes que el PP ha venido utilizando en su estrategia de desgaste del Gobierno. La tesis de que España no pinta nada en política internacional desde la cumbre de Aznar con Bush y Blair en las Azores (ni falta que hacía para el desastre que originó) se va al traste. Especialmente cuando Zapatero es aupado al escenario no sólo por un colega ideológico como puede ser el primer ministro británico, Gordon Brown, sino sobre todo por Sarkozy, referente de la derecha española (al menos hasta la tarde de la famosa llamada telefónica).
El PP ha apoyado oficialmente la pretensión del Gobierno de participar en la refundación del sistema financiero, pero varios de sus dirigentes lanzaban al mismo tiempo una batería de desprecios. Montoro definió a Zapatero como un “mendicante” y González Pons desarrolló un argumento sorprendente: “España debe estar en la cumbre de una manera digna, no en una silla prestada por Francia en el año del bicentenario”. Sí, sí: se refiere al bicentenario de la Guerra de la Independencia, cuyas celebraciones han costado un pico a los contribuyentes madrileños para mayor gloria de Esperanza Aguirre y José Luis Garci. Que se preparen las tropas de Sarkozy, porque en el PP no están dispuestos a olvidar tan fácilmente el 2 de Mayo. ¿Quién dijo que el PP no apoya la recuperación de la memoria histórica? Una cosa es la represión franquista, que debe ser cosa de historiadores, pero que un gabacho le preste una silla a España… ¡Qué falta de dignidad!
Desde las reuniones de “apaciguamiento” que Neville Chamberlain y Hitler mantuvieron en 1938, la obsesión psicológica por pisar la alfombra de un “parlamento en la cumbre” ha marcado a casi todos los dirigentes que en el mundo han sido. “Tras superar las estribaciones de la política nacional, se sienten atraídos por las cumbres de la política internacional como si ésta fuera un imán”, explica David Reynolds en su imprescindible ensayo Cumbres: seis encuentros de líderes políticos que marcaron el siglo XX (Ariel).
La rotundidad con la que Zapatero ha proclamado que España “tiene que estar” en la cumbre de “refundación” del sistema financiero puede levantar la sospecha de que el presidente del Gobierno haya encontrado, como todos sus predecesores, ese punto G de la política que al parecer provoca un inescrutable placer a sus protagonistas. Porque asume un alto riesgo al abrir esa batalla diplomática sabiendo que Bush no le perdonará jamás (ni falta que hace) haberse rebelado contra su deshilachado imperio.
Tiene sobradas razones Zapatero para defender que España debe pertenecer al G-8 y, por supuesto, al G-20, grupo que a Aznar le pareció poca cosa cuando se fundó. Otra cuestión es si merece la pena el órdago que ha lanzado, por mucho valor político que se otorgue a la fotografía del 15 de noviembre. Porque EEUU ya ha aclarado que no va abordar en esa cumbre ninguna refundación del capitalismo: ni eliminación de paraísos fiscales ni prácticamente nada de lo que plantean Brown, Sarkozy o Zapatero. Como mucho se organizarán “grupos de trabajo” y se “sentarán las bases” para nuevas cumbres en 2009. Reynolds señala la importancia de conocer el ascenso hasta la cima, pero también la de saber “cómo bajar de esas alturas”. Chamberlain se arrepintió de la “histórica” foto de Múnich.
Un par de certezas entre tanta incertidumbre. 1: Si la banca española está más saneada que la de otros países no es porque nuestros banqueros sean mejores, sino porque no se les ha permitido ser peores. La codicia no conoce fronteras. 2: Si un número importante de clientes decide retirar de los bancos sus ahorros, nuestro sistema financiero hará “crash” como cualquier otro. Conclusión obvia: todo depende de la confianza.
Confianza es lo que intenta transmitir el plan Bush, un pequeño tapón en una enorme vía de agua. Confianza es lo que pretenden trasladar en los próximos días los gobiernos europeos con nuevas medidas de garantía de los depósitos bancarios. Confianza es lo que Zapatero busca comunicar con las reuniones que ha convocado para la semana que viene en Moncloa, adelantándose a la hipótesis de que surja en España algún agujero bancario.
Confianza es lo que pusieron varios miles de ciudadanos al invertir sus ahorros en entidades cuyos depósitos no están garantizados por el Banco de España, lo cual no quiere decir que vayan a perder su dinero, sino que no estaban al corriente de esa circunstancia. Confianza es lo que produce no olvidar la evidencia de que nadie da euros a ochenta céntimos.
Confianza es lo que ganarían los gobiernos si acordaran también poner freno a la ingeniería financiera y a los millonarios bonus de ejecutivos sin escrúpulos.
Se ve que Mariano Rajoy ha librado el fin de semana, o quizás no se haya recuperado del susto al enterarse de que su predecesor, José María Aznar, hace ¡2.000! abdominales diarios en el garaje de su casa. Si es que así es complicado consolidar un liderazgo. Cuando la sombra que te persigue es culturista y no se cansan de adjudicarle idilios y paternidades, ¿qué puede uno hacer para centrar la atención sobre la crisis económica?
El caso es que el líder de la oposición no ha contraprogramado un solo acto, lo cual ha permitido a Rodríguez Zapatero sacar abdominales ideológicos y anunciar que su Gobierno conseguirá capear el temporal sin recortar los gastos sociales. No sólo mantiene sus compromisos de seguir subiendo las pensiones mínimas por encima del IPC o de invertir mil millones de euros en 2009 en ayudas a las familias con personas dependientes. «¡Que no me pidan dinero para empresas en dificultades que antes obtuvieron grandes beneficios!», advirtió ayer el presidente en las campas leonesas de Rodiezmo, donde culpó de la actual situación económica a la política neoconservadora de Bush y de sus imitadores.
Los portavoces de guardia en el Partido Popular tiraron de argumentario y, en lugar de responder a las recetas de Zapatero, le acusaron por enésima vez de desviar la atención con asuntos como el aborto, la eutanasia o la memoria histórica. Sostiene el PP que estos temas no interesan a nadie, aunque no explica en qué encuesta se basa para afirmarlo.
A la espera de que hoy, lunes, reaparezca el líder de la oposición, ejerció el papel de voz crítica o escéptica el secretario general de UGT, Cándido Méndez. No es que amenazara con una huelga general a Zapatero si se le ocurre olvidarse de defender los intereses de los trabajadores, pero por si acaso le recordó que no sería la primera vez que el “sindicato hermano” se echa a la calle. Sobre todo si Corbacho sigue enredando.
Se trata de uno de esos golpes de ingenio del marketing político que termina convertido en un tópico. Su inventor fue James Carville, jefe de la campaña que llevó a Bill Clinton a la presidencia de Estados Unidos en 1992. Para mantener a su equipo volcado en una estrategia bien definida, Carville colgó un cartel en las oficinas centrales de la candidatura demócrata con tres mensajes escritos: 1: «Cambio versus más de lo mismo»; 2: «La economía, estúpido» y 3: «No olvidar el sistema de salud». Se trataba de un simple recordatorio interno para los colaboradores de Clinton, pero la segunda frase se convirtió pronto en una especie de eslogan no oficial de la campaña que terminó sacando a George Bush padre de la Casa Blanca después de una sola legislatura en el poder. Desde entonces, la ocurrencia ha sido utilizada hasta el hartazgo con mil acepciones. Sin embargo, casi todos los análisis políticos sobre la relación entre situación económica y resultado electoral coinciden en que no se trata de dos factores inevitablemente encadenados.
El Partido Popular descubrió a finales de otoño pasado que los primeros indicios de un cambio de ciclo económico, sumados a la crisis de las hipotecas en Estados Unidos y el estallido de la burbuja de la construcción en España, podían servir para recuperar la estrategia de «la economía, estúpido». En política se copia tanto o más que en periodismo. Los asesores de Rajoy, que han fusilado sin pudor propuestas, mensajes y hasta vídeos de las campañas de Sarkozy o de los últimos candidatos de la derecha de Guatemala y México, necesitaban un hilo argumental que permitiera instalar también entre la ciudadanía la primera frase de la pizarra de Carville, o sea, la necesidad de un cambio. Se trataba de aprovechar las nubes de la economía para sembrar cierta psicosis de crisis y convencer luego a los votantes de que hace falta un cambio en el Gobierno. Sin una intensa ola que extienda esa convicción, resulta casi imposible sacar del poder a alguien que sólo lleva una legislatura en La Moncloa. Al menos en España no se ha dado el caso en 30 años de democracia.
La gran laguna
Tiene sentido el nuevo discurso cuando resultaba evidente que ya no servían el 11-M ni el proceso de paz como cuñas fundamentales de un argumentario en buena parte desmontado simplemente por la realidad de los hechos. Pero faltaba aún algo esencial en toda estrategia política y electoral: «La credibilidad, estúpido». Un candidato puede llegar a disponer de los medios y los contenidos más atractivos y mejor hilvanados desde el punto de vista político, pero muy difícilmente logrará transformarlos en una mayoría electoral si no consigue que la gente le crea. Para empezar, convendría que los datos que sustentan los mensajes electorales fueran ciertos, porque una visión notoriamente sesgada de la realidad termina dañando la credibilidad del candidato. Además, es imprescindible transmitir una imagen de absoluta convicción en lo que uno dice. Si se trampea el contenido y además uno pone cara de no creerse lo que dice, el batacazo parece más que probable.
Esto es en parte lo que ocurrió anteanoche con el debate televisado entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Hasta en las filas del PP se admite con pesadumbre la derrota de su superfichaje. Y el asunto no es menor. Pizarro era la guinda que le faltaba al pastel del discurso electoral sobre la gestión económica, el sustituto de un añorado Rodrigo Rato, el único que podía compensar con una savia nueva y ajena a la política profesional la mayor experiencia del actual vicepresidente para Asuntos Económicos. Tan convencidos estaban en el partido de que el populismo de Pizarro iba a arrasar frente a la sabiduría tecnicista de Solbes que el turolense cometió incluso el clamoroso error de elogiar la labor de su adversario nada más empezar el programa, o el patinazo de criticar la subida de las tarifas eléctricas, cuando todo el mundo sabe que él presidía una eléctrica de la que salió con más de doce millones de euros en el bolsillo.
Ese debate desmontó una vez más varios mitos. Demostró que la política y la economía interesan, porque más de cinco millones de españoles soportaron sin pestañear un mareo de cifras; echó por tierra algunas máximas de la telegenia: se puede ganar un debate sin disponer de un físico arrebatador ni de una sonrisa hechizadora. Lo fundamental es la credibilidad que se transmite.
Todas las encuestas calculan unos cinco millones y medio de electores que se declaran indecisos, dato que no resulta creíble. La inmensa mayoría no espera a los debates ni a la jornada de reflexión para decidir quién le ofrece más garantías de buen gobierno. Pero un debate sí puede afectar a la credibilidad de un candidato.
A los pocos meses de llegar José María Aznar al poder, el añorado talento de Manuel Vázquez Montalbán tuvo la deliciosa osadía de ejercer puntualmente de consejero del flamante presidente del Gobierno. “Acéptese a sí mismo –le dijo– y descubra que no hay que ir por ahí con gesticulación postiza, sino plantarse tal como es: un antipático peligroso. Conozco el paño porque yo he sido antipático casi toda mi vida y no es que haya mejorado con la edad, sino que he llegado a la conclusión de que los demás no se merecen la sinceridad de mi antipatía. De todo aquel que me considera simpático me apunto el nombre y un día u otro lo pagará muy caro”. Por si no hubiera derrochado suficientes signos con anterioridad, Aznar ha dejado clarísimo en la última semana que, consciente o inconscientemente, sigue sólo a medias el consejo montalbaniano. Le importa un bledo si cae bien o mal, o si lo que dice beneficia o perjudica al Estado, a la justicia, al Partido Popular, al Real Madrid o al bien común. Pero le faltan la ironía y la humildad necesarias para no castigar al prójimo con su prepotencia.
No cabe sorprenderse. Se trata del mismo Aznar que, el 20 de mayo de 1997, declaró a The Wall Street Journal: “Yo soy el milagro”. Maldita la gracia que le debió de hacer a su entonces íntimo Rodrigo Rato. El mismo Aznar que en 2000, una vez finiquitados sus pactos con nacionalistas catalanes y vascos, proclamaba: “A mí no me gobierna nadie”. El mismo que, el 5 de julio de 2002, contó ufano: “Yo también puse los pies encima de la mesa y le respondí a Bush: ‘Yo hago diez kilómetros en 5 minutos y 20 segundos’; es la primera vez que superamos a Estados Unidos en algo”. El mismo lector de poesía, admirador del tan cursi como imprescindible “If” de Rudyard Kipling cuando escribe: “Si puedes arrinconar todas tus victorias / y arriesgarlas por un golpe de suerte, / y perder, y empezar de nuevo desde el principio / y nunca decir nada de lo que has perdido”. Aquí resuenan los días del 11 al 14 de marzo de 2004. Y ahora, conocida la sentencia y los hechos probados, Aznar se pasa la verdad por el arco del triunfo y sostiene lo que sostuvo.Impasible el ademán.
Daños colaterales
Si sólo se tratase de orgullo, prepotencia, falta de escrúpulos o simple iluminación, bastaría con un análisis psicológico del personaje. Y encontraríamos puntos comunes que, al margen de la biografía concreta, tienen mucho que ver con la erótica del poder, el síndrome de La Moncloa y otros males a los que no escapan pacientes de ideología diversa. Pero este caso concreto contiene aristas políticas mucho más afiladas. Existen muy pocas opciones que expliquen las barbaridades que públicamente mantiene el ex presidente del Gobierno:
A) La dirección del PP transmite fuera de focos que ha decidido “pasar la página del 11-M” y alejarse de las teorías de la conspiración. Si no es “estrictamente necesario”, ya ni siquiera añaden la inmoral muletilla del “apoyo a cualquier otra investigación”, fórmula nada disimulada de despreciar la sentencia. Aznar, en esta hipótesis, va obviamente por libre y hace caso omiso a la estrategia del partido.
B) La posición oficial que transmite la dirección del PP es falsa y en realidad cree que le interesa que Aznar y algunos otros pesos pesados mantengan encendida la mecha de las dudas sobre los atentados hasta las elecciones de marzo. Bien por cálculos electorales ciertamente enrevesados o bien por contentar o contener a los popes mediáticos que no piensan rectificar ni abandonar la montaña de falacias acumuladas en estos tres años y siete meses.
Cualquiera de las dos opciones tiene, además de múltiples objeciones éticas, una consecuencia letal para el futuro político de Mariano Rajoy. Por enésima vez, las apariencias le muestran como el sucesor nombrado a dedo por un padrino que sigue manejando los hilos. Ni se ha atrevido a desautorizar las palabras de Aznar sobre la sentencia, ni tampoco ha expresado una opinión diferente que deje al Presidente de Honor fuera del terreno de juego.
Todas las encuestas siguen reflejando un suelo firme en las expectativas electorales del PP y una debilidad fundamental: la valoración del liderazgo de Mariano Rajoy, la más baja que ha obtenido cualquier Jefe de la Oposición en los treinta años de democracia. No disimula que está donde está “porque tocó”, que no es un killer de la política como su antecesor o como algunos que le rodean, desde el ambicioso Alberto Ruiz-Gallardón a la autoproclamada “lideresa” Esperanza Aguirre. Pero quizás se va acercando la hora de saber si Rajoy está más interesado en ganar o en perder. Quizás la duda ofende, pero la ofensa no resuelve la incógnita.