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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

Lo que pesa la mochila esa

11 jul 2008
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La amnesia no se impone por decreto. El pasado nos persigue a los humanos mientras exista alguien empeñado en refrescarnos la memoria. Dicen en su entorno que Mariano Rajoy era perfectamente consciente de la citada obviedad cuando decidió emprender y pilotar el último giro al centro del Partido Popular, ya se trate de una mudanza definitiva o de una excursión dominguera. Sabía que no resultaría fácil borrar del calendario político la estrategia radical de los últimos cuatro años. No ya porque se lo recuerde el PSOE a la menor oportunidad, sino porque en el dichoso viaje está pisando muchos callos en sus propias filas. Por si le quedara alguna duda, a estas horas afronta Rajoy una nueva rebelión que no por intuida deja de ser incómoda y arriesgada. El PP vasco cerrará hoy su congreso con la ausencia de la todavía presidenta, María San Gil, y de Jaime Mayor Oreja, autor intelectual de la política que su formación ha seguido en Euskadi durante la última década.

No es que la nueva dirección del PP surgida en el congreso de Valencia esperara una escenificación dulce del cambio que se pretende. Pero lo cierto es que no hay precedentes en democracia de la celebración del congreso de un partido a la que no acude la presidenta saliente. Ni siquiera para soltar un discurso de despedida. Sostienen los devotos de San Gil que de este modo “hace menos daño al PP”. Extraño argumento. Es como si Aznar y Acebes hubieran dejado sus sillas vacías en Valencia. Ese silencio habría resultado mucho más clamoroso que los discursos críticos que
pronunciaron.

En los últimos días, se han sucedido las dimisiones de varios dirigentes guipuzcoanos que siguen los pasos de San Gil. Ayer mismo, otro nombre simbólico y adorado por el PP, el de la alcaldesa de Lizartza Regina Otaola, se sumó a la rebelión con el anuncio de un voto en blanco a la nueva Ejecutiva. Y lo expresó incluso antes de que se conocieran los nombres que la forman, para que no quedara la menor duda de que, a estas alturas, importaba poco quiénes fueran los candidatos.

La escisión en el PP de Euskadi tiene difícil marcha atrás. Quienes han apostado por el cambio que plantea Rajoy se declaran indignados con las formas empleadas por San Gil y sus fieles, y por la campaña emprendida desde algunos medios de la derecha. Antonio Basagoiti, Alfonso Alonso o María José Usandizaga, hasta hace cuatro días “héroes de la lucha por la libertad en Euskadi”, son tratados ahora como traidores o cobardes. Uno de los dirigentes dimisionarios ha calificado de “ignominia” la ponencia política que hoy se aprobará porque la considera demasiado “light”.
Para algunos de los “rebeldes”, todo lo que no sea acusar al PNV de complicidad con ETA es “demasiado light”.

Y Aznar no se calla

La mochila que lleva Rajoy es ciertamente pesada. Tiene que cargar con los símbolos que él mismo contribuyó a elevar a los altares; con las piedras que le lanzan sus adoradores mediáticos; con la sombra amenazadora de Esperanza Aguirre que se mantiene a la espera; y con los reproches que le dedica José María Aznar cada vez que abre la boca.

Rajoy intenta hablar del paro, de la crisis y de los puntos débiles de Zapatero, pero la mochila pesa y pesa. Ayer mismo, mientras el PP presentaba un plan contra la corrupción en Estepona, él tenía que acudir a un homenaje a Carlos Fabra, eterno amo del partido en Castellón y todo un ejemplo de lo que no es transparencia política. Pero Fabra acarreó unos cuantos votos para el congreso de Valencia y no tiene planes anticorrupción, aunque sí memoria.

Rajoy confía en la otra crisis

06 jun 2008
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Las encuestas encargadas por el PSOE y el PP sobre los resultados electorales del 9 de marzo parecen coincidir en lo esencial: el PP fue derrotado por su radicalismo y por el débil liderazgo de Mariano Rajoy entre sus propios votantes, frente a la imagen moderada del PSOE y la credibilidad de José Luis Rodríguez Zapatero. Esos datos explican en parte el giro en el discurso de Rajoy y el consiguiente carajal organizado en sus filas. Anteayer, el líder del PP avanzó un paso más en su mensaje del viaje al centro: “No podemos quedarnos en una esquina”. Es una forma diáfana de reconocer que su partido se ha tirado cuatro años en el monte. De modo que Rajoy afronta esa conclusión convencido de que tiene ahora otros cuatro años por delante para suavizar mensajes y convencer al espacio central del electorado de que no es el lobo. Cabe preguntarse cómo pretende superar el pequeño escollo de que él mismo dirigía a sus huestes por el agreste monte y ahora decide bajar al valle y abandonar a unos cuantos en la citada esquina sin mayores explicaciones ni gestos de arrepentimiento. Tal contradicción ya es un obstáculo para ganar credibilidad, pero aún más complicado es resolver el segundo problema que apuntan las encuestas. La encargada por el PSOE refleja que el 58% de los votantes de derechas no ve a Rajoy como líder. No lo ven los votantes y es evidente que no lo ven muchos de sus propios compañeros de filas.

De Valencia a Galicia

Faltan quince días para el congreso de Valencia. A Rajoy le habría gustado salir de la capital del Turia con una cerrada ovación y un equipo de fieles en la cúpula del partido habiendo soltado ya el lastre de los nombres más contaminados por el radicalismo: Zaplana, Acebes, Mayor Oreja… a ser posible con el asentimiento mudo de su padrino, José María Aznar. Pero eso en el PP es como pedir que llueva hacia arriba. Aunque Juan Costa no se atreva a dar el paso final en Valencia con una candidatura alternativa y pese a llevar cargadita de avales la cartera, Rajoy ya no puede evitar salir tocado de la convención. Es prácticamente imposible que consiga un porcentaje de apoyo superior al del último congreso (81,8%), en el que las abstenciones sólo podían explicarse por problemas de transporte o gripes de última hora. Esta vez no sólo se vaticina mayor abstención, sino que existe el riesgo de que los sectores críticos, sin un cartel alternativo, se planteen jugar al voto en blanco, mucho más vergonzante para quien lo recibe que la abstención.

Superado el trago con mayor o menor desgaste, el reto siguiente pasa por las urnas. Rajoy sólo conseguiría recuperar alguna solidez en el liderazgo si saliera bien parado de los comicios previstos en los próximos meses. Incluso desde el PSOE reconocen que el PP, a pesar de su crisis actual, tiene un año por delante para llegar a las elecciones europeas en disposición de cosechar un buen resultado. Esa cita siempre ha sido utilizada por los ciudadanos para el voto de castigo. Rajoy se subirá a la grupa de la crisis económica e intentará culpar a Zapatero de las subidas de las hipotecas, los precios de los alimentos, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la escalada imparable de los carburantes. Esa es la principal y casi única baza política que puede jugar el PP en la oposición. Su pretendido giro al centro implica que ya no puede denunciar la ruptura de España ni criminalizar a los nacionalismos ni manifestarse contra el Gobierno por la política antiterrorista. La moderación no admite esos disparates. Pero sí puede colocarse bajo la pancarta de los nuevos parados o de quienes temen que los inmigrantes ocupen sus puestos de trabajo. Se trata de que la crisis económica de los próximos dos años consiga por sí misma desgastar a Zapatero más que el debate político.

Pero antes de llegar a las europeas, Rajoy debe afrontar otras dos paradas en su viaje al centro. La de las elecciones vascas no pinta bien, porque la madre de todas las batallas se producirá entre el PNV y el PSE. Todos los sondeos pronostican una caída del voto del PP, a costa del cual puede crecer el apoyo a la UPyD de Rosa Díez. No sería el mal resultado vasco, en cualquier caso, la mayor herida de Rajoy en su calvario. Donde realmente se la juega es en su propia tierra. El actual PP de Galicia ha sido una apuesta personal del pontevedrés, que consiguió pasito a pasito deshacerse del clan de la boina que tanto ayudó a Manuel Fraga a perpetuarse en el poder. El PSOE aspira a ganar, por primera vez, en votos y a seguir gobernando con el apoyo de los nacionalistas del BNG. Si Rajoy no logra ser profeta en su tierra, donde hasta ahora no ha surgido una sola voz crítica, desde otras latitudes del partido lo echarán a los leones. Y para qué mencionar el traje que le cortarán sus locutores de cabecera.