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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

Un debate antiguo y bastante prostituido

08 sep 2009

El único “periódico global en español”, más conocido y admirado como El País, anda últimamente descubriendo un montón de cosas. Entre ellas, que hay un barrio en Barcelona donde se practica la prostitución a plena luz del día o de la noche. Es el mismo barrio que tan bien han descrito durante décadas Manolo Vázquez Montalbán o Juan Marsé, con sus lumis y sus chulos, pero el periódico global acaba de enterarse. Por si existiera alguna duda acerca de la veracidad de la historia, el periódico global compró y publicó las fotos de felaciones y otros actos sexuales en plena calle.  Y se ha abierto un debate público sobre un antiguo asunto: la alegalidad en la que se mueve en España el enorme negocio de la prostitución.

Como en cualquier otra polémica, todas las posiciones son lícitas y respetables si se argumentan con honestidad. Se puede defender la abolición del oficio de prostituta si uno considera que por encima de la voluntariedad o esclavitud del mismo está la dignidad de la mujer. Se puede optar por la regulación del ejercicio de la prostitución, aunque sólo sea por mejorar las condiciones de vida de quienes la practican y por facilitar la lucha contra las mafias del sexo. Se puede apoyar la solución que han decidido los suecos o la que prefieren los holandeses. Ninguna es perfecta.

Lo que empieza a apestar en este debate es la hipocresía. ¿Se trata de acabar con la esclavitud de la prostitución o simplemente de que no sea visible? A qué espejo se mirarán por la mañana los dueños de un diario (global o provinciano) que denuncia la prostitución callejera y ocho páginas más atrás publica la siguiente reflexión: “Somos las chicas más ardientes, morbosas y picantes. Dúplex lujoso. 100 euros”. ¡Qué País!

El contrato de Rajoy tiene pinta de temporal

12 may 2009

En circunstancias normales, un debate sobre el Estado de la Nación supone un examen a la gestión del Gobierno. Primer error de cálculo de Rajoy. Ni España ni el mundo atraviesan circunstancias normales. Zapatero tendrá muchos defectos, pero domina el arte de la táctica política. Convirtió un debate anunciado como simulacro de moción de censura en una especie de sesión de investidura. Y dejó a Rajoy mirando a Cuenca. ¿Quería usted huevos? Tres docenas.

Casi todos pensaban que el presidente intentaría salir del paso “vendiendo ideología” o algún mensaje sonoro como prorrogar el subsidio del paro. Y se encontraron con el anuncio de un paquete de medidas concretas destinadas a las pequeñas empresas, a los autónomos, a quienes dudan si es o no el momento de comprar casa… pero sobre todo dirigidas a poner las bases de un nuevo modelo de economía sostenible, que no vuelva a depender de la especulación del ladrillo. El tiempo mostrará si acierta o no.

Rajoy tenía la oportunidad de proponer alternativas creíbles. Cero patatero. Dijo que los socialistas “no saben leer”, pero fue incapaz de leer o pronunciar una sola propuesta. Se agarró, desesperado, al drama de los cuatro millones de parados. El contrato de Rajoy como líder del PP tiene hoy más carácter temporal que anteayer.

A Rajoy le pierde el retrovisor

04 mar 2008
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Llegó Zapatero, sacó el ‘libro blanco’ y marcó el debate. Le bastaba al candidato socialista con empatar anoche la segunda vuelta. Once de los trece sondeos realizados sobre el primer asalto del combate le dieron ganador, incluidos los realizados por los medios más entusiastas del PP. Así que Mariano Rajoy llegaba a la cita con la obligación de ganar. Y no pudo ser.

Zapatero no se conformó con no meter la pata, que era su prioridad. Entró dispuesto a noquear al rival con la combinación de dos armas: el anuncio de medidas concretas de futuro y la puesta en evidencia de la demagogia que empapa los ejes del discurso del PP. Especialmente en la primera parte del debate, el contraste fue notable. Mientras Rajoy seguía enredado en la misma cesta de los huevos, la inmigración y la política antiterrorista, Zapatero anunció un plan concreto de medidas económicas de choque y un compromiso público de apoyo al PP «haga lo que haga» contra ETA si gana las elecciones.

Rajoy debía suplir ayer la agresividad por la credibilidad; los reproches por la presentación de alternativas. Sólo hubo un atisbo en el discurso final, pero se empeñó en recordar a su ya célebre niña. No miraba al cronómetro, sólo al retrovisor. Y en el espejo seguían el 11-M, Irak…

La niña del exorcista aún tiene futuro

29 feb 2008

A los cuatro días de su nacimiento, la niña del alegato final de Mariano Rajoy en su primer debate con Zapatero ya reina en YouTube y en los teléfonos móviles. Recibe mil apodos, desde Rajoydi hasta Esperanza pasando por la niña del exorcista. No es seguro que el padre de la criatura haya sido Pedro Arriola, gurú demoscópico del PP, o Antonio Solá, asesor personal de Rajoy. O los dos juntos, porque la historia guarda muchas semejanzas con otras dos: la que incluyó el candidato demócrata norteamericano Barak Obama en su ya célebre discurso de New Hampshire, y un spot electoral de Cristina Fernández de Kirchner durante la campaña que la llevó el año pasado a la presidencia de Argentina. Obama hablaba de “las esperanzas de la niña que va a una escuela que se cae a pedazos en Dilon” y doña Cristina narraba el nacimiento y evolución de Dolores Argentina, una pequeña que llega al mundo durante la peor crisis económica de ese país, en 2001, y va observando cómo a lo largo de su niñez se van resolviendo todos los problemas gracias a la gestión de Néstor Kirchner, el marido de la susodicha.

Ya no sorprende que el PP haya bebido de diversas fuentes para alumbrar ese tragicómico relato en el que su candidato, mirando a la vez a los papeles, a la cámara y a un reloj colgado a su izquierda, dice que quiere que esa niña nacida en España “tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo. Que se pueda pasear por todo el mundo sin complejos, porque sabrá idiomas…”. Y no extrañan las semejanzas porque también han copiado propuestas de Sarkozy y de Merkel y hasta vídeos mexicanos. Lo que se llama un talento natural para la originalidad en el marketing político.

De miedo

Sin embargo, en el contexto del primer cara a cara entre Zapatero y Rajoy, parece más adecuado el paralelismo con aquel terrorífico personaje interpretado por Linda Blair en El exorcista. De la película dirigida en 1973 por William Friedkin, nominada a diez Oscar y basada en hechos reales, todos tenemos grabada en nuestro disco duro de la memoria la escena en la que la niña Regan, presuntamente poseída por el diablo, hace girar su cabeza como una peonza al margen del resto del cuerpo, con los ojos inyectados en sangre, brazos y piernas temblando espasmódicamente… Vamos, un horror absoluto. Como absoluto era el suspiro de toda la sala cuando la niña se quedaba ya tranquila y cada miembro del cuerpo regresaba a su posición natural. Así de relajado se quedaría un espectador poco avisado después de ver a Rajoy acusando a Zapatero durante hora y media de todos los males que en España han sido, incluso de algunos otros en el extranjero. La historia de la afortunada niña permitía irse a la cama con la idea de que el demonio había sido por fin expulsado del plató.

En el PP, consideran que el debate fue un éxito, a pesar de que esos noventa minutos fulminaran los tímidos intentos de Rajoy en los primeros días de campaña por aparecer como un líder moderado y centrista. El lunes, Rajoy salió a ganar pertrechado con el mismo armamento que ha utilizado durante toda la legislatura. En el PSOE, reconocen que Zapatero debió mostrarse más contundente en las respuestas, pero también confían en los sondeos que auguran una alta participación y una tendencia al alza del voto útil en la izquierda.

Lo cierto es que los mítines han perdido interés y la campaña gira casi exclusivamente en torno a los debates. Nadie cree que hagan cambiar el voto, pero sirven para algo fundamental: reforzar o dilapidar la credibilidad de un candidato ante los indecisos o los perezosos. El próximo lunes, Rajoy está obligado a compensar los excesos del debate anterior y a comportarse como hombre de Estado, capaz de plantear propuestas de futuro. Esta vez, será Zapatero quien abra cada bloque de contenido, y por tanto puede marcar la iniciativa en el tono y los asuntos concretos. Rajoy cerrará el debate sin  variar el fondo de su mensaje: “Yo o el caos”.

Las películas basadas en hechos reales suelen fallar precisamente en la exageración absoluta de lo ficticio. Ese truco sólo da resultados en el género de terror. Y los ciudadanos, ante un aluvión de malos augurios, tienden a hacerse algunas preguntas sencillas: ¿pero yo vivo mejor o peor ahora que hace cuatro años? ¿Y este candidato me inspira confianza o no? Sus propias respuestas influyen mucho más en el voto que un mareo de cifras mejor o peor maquilladas. La mayoría de los ciudadanos vota, como proclama el PP, con cabeza y corazón, y en los momentos más trascendentales que hemos vivido en democracia la gente ha votado con todas sus fuerzas, como sostiene el PSOE, y con toneladas de sentido común. La niña del exorcista puede dormir tranquila. Aún tiene futuro.

«La credibilidad, estúpido»

22 feb 2008

Se trata de uno de esos golpes de ingenio del marketing político que termina convertido en un tópico. Su inventor fue James Carville, jefe de la campaña que llevó a Bill Clinton a la presidencia de Estados Unidos en 1992. Para mantener a su equipo volcado en una estrategia bien definida, Carville colgó un cartel en las oficinas centrales de la candidatura demócrata con tres mensajes escritos: 1: «Cambio versus más de lo mismo»; 2: «La economía, estúpido» y 3: «No olvidar el sistema de salud». Se trataba de un simple recordatorio interno para los colaboradores de Clinton, pero la segunda frase se convirtió pronto en una especie de eslogan no oficial de la campaña que terminó sacando a George Bush padre de la Casa Blanca después de una sola legislatura en el poder. Desde entonces, la ocurrencia ha sido utilizada hasta el hartazgo con mil acepciones. Sin embargo, casi todos los análisis políticos sobre la relación entre situación económica y resultado electoral coinciden en que no se trata de dos factores inevitablemente encadenados.

El Partido Popular descubrió a finales de otoño pasado que los primeros indicios de un cambio de ciclo económico, sumados a la crisis de las hipotecas en Estados Unidos y el estallido de la burbuja de la construcción en España, podían servir para recuperar la estrategia de «la economía, estúpido». En política se copia tanto o más que en periodismo. Los asesores de Rajoy, que han fusilado sin pudor propuestas, mensajes y hasta vídeos de las campañas de Sarkozy o de los últimos candidatos de la derecha de Guatemala y México, necesitaban un hilo argumental que permitiera instalar también entre la ciudadanía la primera frase de la pizarra de Carville, o sea, la necesidad de un cambio. Se trataba de aprovechar las nubes de la economía para sembrar cierta psicosis de crisis y convencer luego a los votantes de que hace falta un cambio en el Gobierno. Sin una intensa ola que extienda esa convicción, resulta casi imposible sacar del poder a alguien que sólo lleva una legislatura en La Moncloa. Al menos en España no se ha dado el caso en 30 años de democracia.

La gran laguna

Tiene sentido el nuevo discurso cuando resultaba evidente que ya no servían el 11-M ni el proceso de paz como cuñas fundamentales de un argumentario en buena parte desmontado simplemente por la realidad de los hechos. Pero faltaba aún algo esencial en toda estrategia política y electoral: «La credibilidad, estúpido». Un candidato puede llegar a disponer de los medios y los contenidos más atractivos y mejor hilvanados desde el punto de vista político, pero muy difícilmente logrará transformarlos en una mayoría electoral si no consigue que la gente le crea. Para empezar, convendría que los datos que sustentan los mensajes electorales fueran ciertos, porque una visión notoriamente sesgada de la realidad termina dañando la credibilidad del candidato. Además, es imprescindible transmitir una imagen de absoluta convicción en lo que uno dice. Si se trampea  el contenido y además uno pone cara de no creerse lo que dice, el batacazo parece más que probable.

Esto es en parte lo que ocurrió anteanoche con el debate televisado entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Hasta en las filas del PP se admite con pesadumbre la derrota de su superfichaje. Y el asunto no es menor. Pizarro era la guinda que le faltaba al pastel del discurso electoral sobre la gestión económica, el sustituto de un añorado Rodrigo Rato, el único que podía compensar con una savia nueva y ajena a la política profesional la mayor experiencia del actual vicepresidente para Asuntos Económicos. Tan convencidos estaban en el partido de que el populismo de Pizarro iba a arrasar frente a la sabiduría tecnicista de Solbes que el turolense cometió incluso el clamoroso error de elogiar la labor de su adversario nada más empezar el programa, o el patinazo de criticar la subida de las tarifas eléctricas, cuando todo el mundo sabe que él presidía una eléctrica de la que salió con más de doce millones de euros en el bolsillo.

Ese debate desmontó una vez más varios mitos. Demostró que la política y la economía interesan, porque más de cinco millones de españoles soportaron sin pestañear un mareo de cifras; echó por tierra algunas máximas de la telegenia: se puede ganar un debate sin disponer de un físico arrebatador ni de una sonrisa hechizadora. Lo fundamental es la credibilidad que se transmite.

Todas las encuestas calculan unos cinco millones y medio de electores que se declaran indecisos, dato que no resulta creíble. La inmensa mayoría no espera a los debates ni a la jornada de reflexión para decidir quién le ofrece más garantías de buen gobierno. Pero un debate sí puede afectar a la credibilidad de un candidato.