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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

Monsieur Trichet o el movimiento de la estatua

27 oct 2008
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Solía decir Salvador Dalí: “Lo mínimo que se puede pedir a una estatua es que se esté quieta”. Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, parece tener vocación de estatua. Hace meses que los gobiernos y los mercados (y hasta el sentido común) reclaman rebajas urgentes y pronunciadas de los tipos de interés que reduzcan las cargas hipotecarias de las familias y faciliten el consumo. A Trichet le ha costado horrores abaratar el dinero medio punto, hasta el 3,75% cuando en EEUU está ya en el 1,5%. Actúa como una estatua o como si la caja fuera suya.

Trichet argumenta que su obligación consiste en controlar la inflación. Y no se sonroja. ¿Controlar la inflación cuando la economía está casi paralizada? ¿Cuando el precio del barril de petróleo ha bajado en cuatro meses de los 146 a los 60 dólares? ¿Cuando los precios de las materias primas, incluidos los cereales, reflejan caídas históricas mensuales? ¿Cuando el paro se dispara porque la gente no consume y las fábricas no venden?

La prioridad de una autoridad monetaria debería ser la de adelantarse a los problemas y reducir sus efectos en la economía real. Ya que Trichet parece ir siempre por detrás y nunca por delante de los acontecimientos, al menos no debería estorbar. Ayer insinuó que bajará los tipos el 6 de noviembre. ¿A qué espera? Muévase la estatua. Hágalo ya. Y un punto mejor que medio.

Unos ganan poco y otros deberían ganar menos

09 oct 2007
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Ningún político honesto (y la mayoría lo son) espera hacerse rico con el servicio público. En democracia, lo conveniente es que todo aspirante a un cargo lo asuma y lo ejerza con el convencimiento de su carácter provisional. Tal utópica obviedad es compatible con el hecho de que los políticos que alcanzan las más altas cumbres no hacen dinero, pero desde luego hacen amigos, y a los amigos favores, y una cosa lleva a la otra y… Vamos, que tampoco se conoce el caso de un ex ministro o un ex presidente del Gobierno en la frontera de la pobreza. Pero es una verdad palmaria que los salarios de los políticos en España son bastante más bajos que los de otros países democráticos.

Se nos antoja disparatado que el presidente del Gobierno, sea quien sea, tenga un sueldo sensiblemente inferior al de un montón de altos cargos que incluso él mismo nombra y cuyo esfuerzo y estrés son perfectamente descriptibles.

Otra cuestión es la administración local, donde los alcaldes se autoadjudican el cheque mensual mientras sus concejales lo aprueben. Y más grave aún: no pocos malgastan el dinero público en viajes, coches oficiales, asesores misteriosos o jefes de protocolo. La política municipal, la que mejor percibe el ciudadano, es precisamente la más caótica y peor controlada en cuanto a nóminas que entre todos pagamos. Por ahí empieza la quizás injusta mala fama de los políticos.