1-. Dice Zapatero que adelanta las elecciones para aportar “certidumbre política y económica”. Cuesta entender tal motivo, que habría sido igualmente válido hace dos semanas, cuando Zapatero creía que abrir un proceso electoral podía provocar “inestabilidad política y económica”.
2-. Hace tiempo que se barajaba la fecha del 27 de noviembre. Finalmente se ha elegido el 20-N. Dice Zapatero que para él se trata de “una fecha cualquiera”, y justifica la decisión por el calendario festivo y con la intención de facilitar que el nuevo Gobierno haya asumido plena responsabilidad el 1 de enero. El 20-N no es “una fecha cualquiera” para ningún ciudadano español mayor de 40 años o lector más joven de un resumen histórico del último medio siglo. En noviembre es festivo en todo el Estado el día 1, el 9 en Madrid… pero las fiestas autonómicas no justifican el cambio del 27 al 20. Es loable la pretensión de que el nuevo Gobierno esté formado antes de Navidad, aunque daría exactamente lo mismo que se estrenara después de Reyes. En cualquier caso, no hay margen para la elaboración y aprobación de Presupuestos.
3-. Más allá de la carga simbólica del 20-N, nunca se habían anunciado unas elecciones anticipadas con casi dos meses de antelación sobre la fecha legal de disolución de las Cortes (26 de septiembre). ¿Por qué decide Zapatero anunciarlo hoy y no en septiembre? Tal incógnita abre la caja a múltiples interpretaciones. Hay quien lo adjudica a una cuestión puramente anímica: si da lo mismo a efectos políticos o económicos, al menos Zapatero cierra antes de las vacaciones el ciclo político y cede a las presiones políticas y mediáticas que le exigían acelerar el ‘cambio’. Un mensaje a propios y extraños: “pista al artista”; “todo vuestro”. Después de haber renunciado a parte de sus principios (incluidas las primarias internas), que nadie pueda decir que ha sido egoísta en el manejo de los tiempos.
4-. ¿Es mejor o peor para el PSOE el adelanto electoral? Otro debate ficticio. Tiene pros y contras, como casi todo en la vida política y en la otra. El 20-N estrecha el margen de consolidación de otras opciones en la izquierda, al tiempo que agota el lapsus esquizofrénico de un Gobierno que ha aplicado ajustes duros y presenta un candidato con un programa que pretende ilusionar a los sufridores de esos mismos ajustes.
5-. ¿Y al otro lado del río? La rueda de prensa de Rajoy este mediodía demuestra que nada cambia cuando uno se considera vencedor antes de que arranque el partido. Después de meses reclamando un adelanto electoral como receta mágica para solucionar la crisis financiera, el paro, el endeudamiento… El PP no puede estar en contra de ese anticipo. Pese a haber sido informado con antelación, Rajoy se ha limitado a una introducción de manual y luego ha leído el discurso preparado, sin poder disimular el agobio de tener que soportar (contra su costumbre) una rueda de prensa con preguntas. Dice que gobernará “desde el centro, desde la moderación…”, o sea que se ve en la necesidad de aclarar que no comparte los mensajes extremistas y apocalípticos de parte de su equipo. Ese eterno viaje al centro, interrumpido por su comentario a los periodistas: “Os veo después de las vacaciones”. ¡Qué tensión!
6-. Una vez despejadas las intenciones de Gobierno y PP, no es fácil dilucidar los efectos que el calendario produce en el paisaje político y electoral. Rubalcaba irá a por todas (se juega la opción de Gobierno y el futuro liderazgo del PSOE); Rajoy tendrá que irse si no gana y lo pasará muy mal si no obtiene la mayoría absoluta; las opciones a la izquierda del PSOE pelean contra el reloj del calendario electoral apresurado… y el 15- M estará ahí, como el dinosaurio de Monterroso… esperando a que todos ellos entiendan que ya nada será igual.
7-. ¿Y los mercados? Tienen calendario propio. Y ese es el problema más grave. No están tan pendientes de la política como de las oportunidades de negocio a corto plazo. Ellos manejan aquella máxima de Pío Cabanillas (padre): “Ganaremos, aunque todavía no sabemos quiénes”.
Si un Gobierno que se desayuna cada mañana con el dramático récord de cuatro millones de parados hubiera ganado ayer los comicios europeos, lo mínimo que cabría exigir es el despido inmediato del líder de la oposición. Sin embargo, harían mal los socialistas si interpretan su derrota en la línea que anoche insinuó la secretaria de Organización, Leire Pajín. El PSOE ha salvado los muebles. Cierto: pudo ser mucho peor. Es el partido socialista que mejor resultado ha conseguido en toda Europa. Cierto, lo cual también significa que la UE gira a la derecha y Zapatero empieza a tener más sintonías socialdemócratas con Obama que con socios y vecinos. ¡Qué soledad!
El PSOE tendrá que analizar con detalle la sangría de votos que ha sufrido en los territorios que le han llevado al poder, muy especialmente Catalunya y Andalucía. Zapatero ha decepcionado a muchísimos catalanes y su partido parece aburrir ya a muchos andaluces. El éxito de la derecha en Valencia y Madrid, donde se ha volcado para movilizar a sus bases tanto contra el Gobierno como contra las múltiples sospechas de corrupción del PP, demuestra que el PSOE sigue teniendo en esos feudos dos enormes asignaturas pendientes. Ahora dispone de tres años para aprobarlas.
Es verdad. Sobran motivos para quedarse en casa. Ni los partidos políticos ni los intelectuales de izquierda o derecha ni los intermediarios mediáticos han sido nunca capaces de transmitir a la ciudadanía la importancia de participar en unas elecciones al Parlamento Europeo. Quizás los ciudadanos, cuya suma en el sentido común es siempre superior a la inteligencia individual del político, el intelectual o el periodista, castiguen con el desinterés la construcción de una Europa que no les gusta. No debe servir de consuelo que la misma atonía afecte a los otros 26 miembros de la Unión Europea, en distinto grado, pero en torno a una media de un 65% de abstención.
Sin duda son los partidos y los gobiernos los principales responsables del desapego. Y muy especialmente los partidos mayoritarios. La oposición suele empeñarse en utilizar los comicios europeos como campo de entrenamiento o consolidación de una alternativa interna al Gobierno de turno. En el caso de este 7-J, la derecha incluso va más lejos. Ha empleado todas las armas posibles en movilizar a su electorado y en desmotivar a las bases de la izquierda, porque el PP pretende hoy una victoria contundente de la que salgan tres interpretaciones: que ha ganado la primera vuelta de las próximas elecciones generales, que Mariano Rajoy consolida su débil liderazgo interno y que las urnas lavan todas las sospechas de corrupción que afectan a decenas de dirigentes del partido. Esta última tentativa es una verdadera aberración, pero no existe el pudor para quien tiene por costumbre actuar con absoluta impunidad.
El PSOE habría preferido lógicamente hablar más de Europa y menos del paro en España; más de la sintonía entre Zapatero y Obama y menos del uso de aviones oficiales en viajes de partido. Pero ha hecho una campaña a la defensiva, demasiado guiada por el intento de explicar las causas globales de la crisis y por hacer visible la falta de soluciones por parte de la derecha.
Por responsabilidad
A pesar de todo esto y de muchos motivos más, es obvia la necesidad individual y colectiva de comprometerse con Europa y tomarse la molestia de acudir a las urnas. ¿Por qué?
Para empezar, por una mínima coherencia y gratitud con el pasado y con las posibilidades de futuro. Algunos quizás piensen que las autovías que cruzan España de sur a norte y de este a oeste han surgido por esporas, así que conviene no olvidar que buena parte del gigantesco progreso que este país ha experimentado en los últimos veinte años se debe a la ayuda económica de la Unión Europea. Algunos sostienen que el Parlamento de Estrasburgo no sirve para nada, pese a que hace unos meses ese único órgano europeo elegido democráticamente en las urnas sirvió, por ejemplo, para frenar la vergonzosa intención de los gobiernos de los 27 de ampliar la jornada laboral a las 65 horas semanales. ¿Debería tener el Parlamento una mayor capacidad de legislar para toda la Unión y mayores poderes de control sobre la Comisión? Sí, y ese es el camino que traza la bloqueada Constitución y el Tratado de Lisboa que los euroescépticos pretenden cepillarse, y que sólo se salvarán con el compromiso de quienes verdaderamente creen en Europa, y no de los que sólo se aprovechan de sus fondos.
Hay quienes piensan que el carácter casi exclusivamente económico y monetario de la Unión no tiene ninguna posibilidad de avanzar en otros frentes porque el enemigo está dentro: los británicos, tanto conservadores como laboristas, han torpedeado cualquier intento de implantar una política social comunitaria.
Han sido los sindicatos, con su manifiesto por un Tesoro Único Europeo, y algunas formaciones más a la izquierda del PSOE aglutinantes del apoyo de la escasa intelectualidad comprometida con una profunda revisión de los excesos del capitalismo quienes han puesto en valor la necesidad de acudir hoy a las urnas. La abstención sólo sirve para permitir que el neoliberalismo que ha caracterizado hasta ahora la política de Bruselas prolongue sus coqueteos con los profesionales de la especulación. Quedarse en casa sólo propicia el ascenso de los euroescépticos, los xenófobos, los grupos ultras que utilizan precisamente las herramientas de la democracia para acabar con ella. Sobran motivos para quedarse en casa, vale, pero hay razones de mucho más peso para votar.
Públicamente nadie confirma ni desmiente nada. En privado ya es otra cosa. Dirigentes de todos los sectores del PP reconocen que las citas electorales de 2009 condicionan el futuro de Mariano Rajoy y no pocos de ellos ven en la figura de Rodrigo Rato una de las bazas más firmes para optar a lo que todos ambicionan: recuperar el poder.
A día de hoy, el protagonista huye de los focos. Desde que abandonó la dirección del Fondo Monetario Internacional y regresó a España para dedicarse a la familia, los negocios personales y el asesoramiento de varios bancos, Rato sólo asoma de visita en algunos actos en los que escucha gritos o susurros de “Presidente, presidente” y hace mutis por el foro. Sus fieles, reubicados en despachos de la Comunidad de Madrid, en empresas privadas o en posición de descanso en la novena fila del Congreso de los Diputados, esperan tiempos mejores y comparten un análisis unívoco: “Rodrigo no está tramando nada, pero si el partido le reclama como figura de consenso, volverá a pelear por La Moncloa”.
Tras el Congreso de Valencia, Rajoy no ha conseguido su objetivo prioritario: consolidar el liderazgo. El Gobierno sufre un desgaste, sí, pero casi la mitad de los votantes del PP no confían en las posibilidades de su líder. Por lo demás, a ciertas edades ya no se cambia, y mantiene Rajoy la nefasta costumbre de marear los problemas hasta que se resuelvan por esporas, o bien elige el peor momento para estar donde no debe o para no estar donde debería. Abraza y aplaude a un Carlos Fabra que ejemplifica todo aquello que habría que desterrar de la política y desaparece de su escaño a la hora en que se votan nada menos que los Presupuestos Generales del Estado.
A golpe de encuesta
Así las cosas, nadie conoce a nadie en el PP que niegue un vaticinio: si Rajoy no obtiene un buen resultado en las elecciones gallegas y vascas y no gana cómodamente en las europeas, su carrera política está acabada. Las encuestas sobre Galicia indican que puede ganar en votos, pero no gobernar. En el País Vasco confían en mantener más o menos su cuota pese a la fuga de María San Gil. Todo depende, por tanto, de las europeas. Dicen en su entorno que Rajoy prefiere esperar a la evolución de las encuestas antes de nombrar un candidato o candidata. Si el PP cree que las tiene ganadas, a Rajoy le interesará colocar a alguien muy cercano, de modo que el éxito sea suyo. Si las cosas pintan mal, preferirá a alguien significado en la competición interna cuya posible derrota no le salpique en demasía.
Un mal resultado en las europeas lleva inevitablemente a un congreso extraordinario a principios de verano o en otoño de 2009. Si Rajoy tira la toalla, Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre saltarán al ring. Ninguno de los dos concentra un apoyo mayoritario del partido, y además en ese congreso no se trata de elegir a quien mejor maneje las riendas internas, sino a quien más posibilidades tenga de derrotar al PSOE en las generales de 2012. Puede surgir algún barón, incluso hay quien apuesta por la audacia de buscar al “Zapatero” de una derecha moderna.
La figura de Rodrigo Rato cumple varios requisitos que valoran incluso quienes no le rinden homenajes navideños: su nombre ofrece la credibilidad en materia económica que Rajoy no ha logrado y además cortaría de raíz cualquier sombra aznarista, puesto que ambos acabaron como el rosario de la aurora.
En política, uno de los factores más difíciles de valorar es la influencia de cuestiones psicológicas en las decisiones tácticas y estratégicas. A sus 60 años, probablemente Rato no tiene la menor necesidad de volver a la primera línea de fuego. Pero hay una espina clavada. Contribuyó decisivamente a colocar en el poder a un Aznar a quien siempre consideró menos capacitado política e intelectualmente que él; incluso cierta diferencia clasista establecía una brecha que a ambos incomodaba. Cierto desprecio de Rato hacia Aznar y grandes recelos y desconfianzas de Aznar hacia Rato. Fue el único ministro que reprochó a Aznar a la cara que su política sobre Irak llevaría al PP «a un absoluto desastre».
La soberbia y la buena memoria alimentan el rencor y nublan el conocimiento. Aznar señaló a Rajoy como sucesor creyendo que todo estaba ganado por su santa voluntad y dejó a Rato fuera de juego sin contemplaciones. O mucho han transformado a Rato el yoga y su segunda juventud sentimental, o no despreciará la posibilidad de vengar aquella afrenta.
Las urnas han decretado por segunda vez en cuatro años que el Partido Popular se quede en la oposición. Y las urnas españolas, desde una perspectiva histórica, derrochan sentido común desde 1977. El PP, por iniciativa propia o dejándose guiar por sus oráculos mediáticos, perdió ayer por las mismas razones que se estrelló hace cuatro años: por intentar engañar a los ciudadanos y por equivocarse radicalmente en Catalunya.
Son discutibles algunos de los mimbres de su estrategia electoral, como el fichaje de un SuperPizarro que no aguantó el primer asalto a un Pedro Solbes con un solo ojo. Ese debate supuso el varapalo más importante de la campaña, porque el PP había basado buena parte de su discurso en el catastrofismo económico. Son discutibles también algunas ocurrencias como la de la niña de Rajoy, voluntaria y machaconamente convertida en icono del último tramo de la campaña.
Sin embargo, ni la niña ni el tío Pizarro bastan para explicar la derrota, porque el resultado electoral de ayer empezó a fraguarse el 14 de marzo de 2004. Desde ese mismo día, la derecha política y mediática inició una nueva cruzada dirigida a poner en duda la legitimidad de aquella victoria del PSOE. En lugar de afrontar la autocrítica por la indigna gestión de los atentados del 11-M, el PP se obcecó en mantener prietas las filas. No fue capaz de renovar su dirigencia, ni siquiera de aparentar cierta distancia respecto a José María Aznar, máximo responsable de aquel desaguisado.
Durante estos cuatro años, el PP –aunque lo creyera– nunca se ha planteado en serio el objetivo de volver a gobernar España, sino el de echar a Zapatero de La Moncloa. Y no es lo mismo. Cuando la política se guía por el rencor echa mano de cualquier arma, y tanto le sirve la utilización de las víctimas del terrorismo como la exageración permanente en la crítica al adversario.
La derecha se ha instalado en un discurso nacionalista español que fracasa una y otra vez en Catalunya, aunque le reporte ganancias en Andalucía, en Valencia o en Madrid. ¿Seguirá en la misma senda sólo por haber mantenido ayer la diferencia con el PSOE en votos y escaños? El PP tiene la palabra.
¿Conoce usted a alguien que sepa de alguien que tenga un pariente que dedique el día de reflexión a reflexionar para finalmente decidir lo que votará al día siguiente? Eso es más difícil que conocer a una familia en cuyo salón exista un aparato medidor de audiencias de televisión. La mayoría de las encuestas publicadas dentro del absurdo plazo legal que impone la normativa electoral han hecho oscilar el número de indecisos entre los dos y los cinco millones largos de españoles. Lo cual apunta que el porcentaje de ecuestados que mienten o esconden su voto sería suficiente para hacer bailar el resultado por completo, aun descontando a aquellos que hayan sido sinceros en la respuesta y no tuvieran clara su decisión en el momento de ser preguntados. De modo que no es disparatado concluir que el dato final que salga de las urnas está niquelado desde hace bastante tiempo y no depende del ejercicio de reflexión individual que hoy practican algunos devotos del suspense político. Ni mucho menos depende del criminal intento de ETA de condicionar la libertad de los ciudadanos.
Las propuestas electorales de los partidos, que deberían ser pero no son el motivo fundamental de movilización del voto, figuran en sus programas y fueron presentadas, lanzadas y voceadas antes del inicio de los quince días de campaña. De hecho, las últimas dos semanas han supuesto un casi absoluto vacío de contenido, y se han caracterizado por un enfrentamiento muy personalizado entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Nunca en los últimos treinta años habíamos asistido a una campaña tan presidencialista y centrada en la contraposición de dos estilos, dos lenguajes, dos miradas. La recuperación de los debates televisados, que sí que deberían ser de obligado complimiento en la legislación electoral, ha sido la guinda final que ha contribuido a dejar el resto de la campaña en un goteo de mítines sólo útiles para mantener animados a los más fieles.
Momentos fundamentales
Ha sido una campaña diferente a otras, una especie de solución concentrada de los cuatro años de legislatura. En dosis de altísima toxicidad, los debates y las intervenciones de los dos líderes han reflejado toda la crispación que ha caracterizado la vida política desde 2004. Pero no han faltado momentos fundamentales de los que cualquier ciudadano dispuesto a reflexionar puede extraer conclusiones que le ayuden a separar el marketing de la esencia.
Un ejemplo. Si el programa especial de La Sexta Salvados por la Campaña hubiera registrado un 70% de share, quizás Mariano Rajoy habría perdido las elecciones con una semana de adelanto. El equipo del Follonero pidió al candidato del PP que diera alguna razón para votar el PSOE. Rajoy se quedó unos segundos pensativo y luego, en un ataque de sinceridad, respondió: «Pues que tampoco pasa nada». ¡Acabáramos! O sea que, según Rajoy, votar PSOE no equivale a rendirse ante ETA, romper España, vender Navarra y lanzarse por el precipicio de una crisis económica. Haberlo dicho antes y nos habríamos ahorrado muchas tensiones y dramatismos. Igual de reveladora fue el jueves en El País la respuesta del presidente del PP a una pregunta sobre el 11-M: «El sábado y el domingo (13 y 14 de marzo de 2004) empecé a tener mis dudas. Yo sólo dije que creía que había sido ETA, porque, claro, yo no estaba en el Gobierno». ¡Eureka! Tres años largos insistiendo en la posible implicación de ETA en los atentados, con Zaplana, Acebes, Martínez Pujalte y Jaime Ignacio del Burgo dedicados en cuerpo y alma a tal menester, y ahora resulta que, desde el mismo día de las elecciones, Rajoy ya se situaba donde estábamos la mayoría de los españoles, en la clara intuición de que nos estaban engañando. De modo que quizás los debates y las campañas no sirvan para cambiar porcentajes significativos de voto, pero desde luego pueden servir para destapar mentiras y clarificar misterios.
La tendencia marcada por las encuestas y la sensación de que no se percibe una oleada de cambio parecen inclinar todos los pronósticos hacia una victoria de Zapatero en las urnas. Nunca un Gobierno ha tenido que dejar el poder después de una sola legislatura, pero tampoco había ocurrido nunca lo sucedido en 2004, que un partido pasara de la mayoría absoluta a la oposición sin un aviso previo como el que recibió Felipe González en las elecciones de 1993. Lo único demostrado en las nueve elecciones generales celebradas desde 1977 es que los resultados indican una suma del sentido común de los españoles, que siempre han decidido en conjunto lo que el país necesitaba en cada momento. Si un partido es incapaz de renovarse y jubilar a quienes han traspasado todas las fronteras de la higiene democrática, las urnas se encargan de decretar una renovación forzosa.
P.D. Se ruega a quienes decidan no acudir a votar se abstengan también en los próximos cuatro años de dar la tabarra en las tertulias televisivas o radiofónicas, en los blogs, en las charlas de café, en las cenas familiares o en los trayectos en taxi. La abstención es legítima, por supuesto, pero absolutamente irresponsable cuando el país se juega tanto.
Es una pura cuestión de estadística, cálculo matemático. Usted y el arriba firmante tenemos muchísimas menos posibilidades de resultar agraciados hoy en el sorteo de la lotería que Alberto Ruiz-Gallardón en la confección de las listas electorales del Partido Popular. Tenemos, eso sí, la ventaja de que ningún otro jugador se habrá dedicado a realizar conjuros contra los números que hemos comprado. Bastante tiene con rezar para que toque el suyo. Sin embargo, en el PP hay líderes y lideresas que no desperdician ninguna oportunidad para soltarle un mandoble, una colleja o una patada donde más duele al ambicioso alcalde madrileño. Esta misma semana, Ignacio González, número dos de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, aprovechó una entrevista en su periódico favorito para enviar un recado que no ha gustado nada en la dirección nacional del partido. No salió a defender el derecho de su jefa a ser senadora, lo cual equivaldría a rezar para que toque el número que uno juega. Dijo González que ser alcalde y diputado a la vez puede ser incompatible con los estatutos del partido, lo cual viene a ser un conjuro para que no toque el número que lleva otro. O sea que, en su propio nombre o de parte de Esperanza, lanzó una advertencia clarísima: Mariano Rajoy o el Comité Electoral del PP pueden incluir a Gallardón en la candidatura para los comicios del 9 de marzo, pero el PP de Madrid también puede rechazar el nombre o negarse a proponerlo. Un lío, vamos.
En la sede nacional no ha gustado el aviso porque todo el mundo entiende que González dice lo que piensa Esperanza o viceversa, que para el caso lo mismo da. Ambos podrían sostener y argumentar su posición en los órganos internos correspondientes. La publicidad del asunto produce el mismo resultado que cuando Gallardón expone sin ambages su firme deseo de acompañar a Rajoy en la lista por Madrid, y todo el mundo entiende que lo que quiere es tener voz en el Parlamento para el hipotético caso de que el amado líder se descomponga el 9 de marzo tras una segunda derrota y no haya más remedio que sustituirlo. Tanto Gallardón como Esperanza, en su ensalada de tortas y legítimas ambiciones, le hacen un favor olímpico al PSOE. Mientras en el PP siguen pegándose tiros en las rodillas, el Gobierno logra finalizar la legislatura con la aprobación de leyes y presupuestos. Aunque sea con aprietos y en el tiempo de descuento. En política ya se sabe que, ante una carrera electoral, quien maneja el Boletín Oficial del Estado parte ya con una ventaja importante. Si el adversario se dedica a demostrar sus propias debilidades, pues nada: ¡pista al artista!.
Pero es que lo de Ignacio González no es una anécdota particular ni una rencilla esencialmente personal, aunque algo o mucho haya de eso. Ayer mismo, Rita Barberá, uno de los valores más seguros del PP, echó otra mano al cuello a Gallardón, o incluso a Mariano Rajoy, aún no está muy claro a quién dedicó la perla. Entró en la polémica para dejar claro que la mejor forma de ayudar al partido y a su presidente es seguir como alcaldesa de Valencia. De modo que, por un lado, Barberá se descarta como posible baza de Rajoy para competir con María Teresa Fernández de la Vega en una de las plazas más decisivas el próximo 9 de marzo; por otro, deja a Gallardón más solo que la luna en la argumentación de que es un gran servicio al partido y al líder compaginar los puestos de alcalde y diputado.
Las listas
En la dirección del Partido Popular juran por Popper y Hayek que aún no está decidido si Gallardón irá o no en la lista, ni mucho menos en qué posición. Sabido es que el alcalde no exige ya ser número dos, sino simplemente ir en un puesto de salida segura y sentarse por las mañanas en el Ayuntamiento y por las tardes en el Congreso, para “ayudar a centrar” la imagen de Rajoy del partido. Y ahí se encuentra Gallardón con otro obstáculo. No pocos en la cúpula del PP sostienen que la batalla electoral –por más que insistan ciertos sabios periodistas– no se libra en el centro, sino en la abstención. Lo cual ciertamente está ligado, pero no tanto como algunos se empeñan. La única oportunidad que el PP tiene de recuperar la mayoría pasa por movilizar a todos sus votantes de 2004 y conseguir que muchos de los que apoyaron al PSOE se queden en casa. En esta movida –insisten– Gallardón no aporta un voto más, aunque tampoco resta.
Anteayer, en un desayuno con periodistas al que también asistían Aguirre y Gallardón, alguien preguntó a Rajoy si el futuro número dos por Madrid estaba en el recinto. Y respondió con una gracia: “Desde aquí no puedo ver a todos los asistentes”. En una de las mesas, un empresario afín comentó: “Lo peor es que no ve al número dos ni aquí ni en el partido”.
El psicólogo del conocimiento Terry Horne y el bioquímico Simon Wootton acaban de publicar un amplio estudio en el que intentan demostrar que la capacidad cerebral no depende exclusivamente de los genes, sino que el estilo de vida ayuda decisivamente a potenciar las cualidades mentales. Según estos reconocidos expertos, citados por Reuters, el chocolate negro, los embutidos y el sexo son medicinas muy recomendables para mantener las condiciones químicas necesarias en un cerebro ágil y una inteligencia creadora. Llama la atención que, por una vez, la ciencia cante las excelencias de alimentos ricos y prácticas divertidas, a menudo condenadas como vicios peligrosísimos. Horne y Wootton recomiendan especialmente su sabrosa dieta a individuos estresados y sometidos a la presión de una alta responsabilidad. Es decir, se trata de un régimen teóricamente idóneo para líderes políticos.
Nuestros presidentes de Gobierno (hasta ahora, por desgracia, no hemos podido elegir a una presidenta) se han caracterizado por unos gustos bastante simples en lo que a estilo de vida se refiere. Adolfo Suárez podía aguantar semanas a base de tortilla francesa, unas lonchas de jamón, tabaco negro, algún partido de tenis y varias horas de mus. Leopoldo Calvo-Sotelo no estuvo en la Moncloa el tiempo suficiente para instalar costumbres propias, pero se sabe que siempre ha preferido un piano de cola a una buena mesa. Le gusta lo que ahora llaman dieta atlántica (gallega), jugar al tenis y al ajedrez, aunque, a diferencia de Suárez, un libro le basta como compañía. Felipe González sigue disfrutando más la sobremesa que los platos previos, a no ser que el cocinero sea él mismo, afición que ha ido creciendo con el tiempo. La pesca, la jardinería, la lectura y los puros habanos completan un estilo de vida en el que la dialéctica agita el cerebro más que las chocolatinas. José María Aznar podría vivir en una isla desierta a base de filetes a la plancha y Ribera del Duero, siempre que pudiera construirse una cancha de paddle y recibir puros de su denostado Fidel.
Puntos comunes
Aunque Zapatero y Rajoy parezcan vivir, pensar y sentir cada cual en un planeta distinto, comparten algunos rasgos que quizás tengan más que ver con el ejercicio de la política que con la personalidad individual. Y no sólo se trata de las cosas de comer. Zapatero recuerda a Suárez en sus gustos culinarios. Con un poco de jamón, una tortilla y cocacola o cerveza tira millas. Pocas, pero algunas millas camina por el monte de vez en cuando. Rajoy directamente no cena. Para controlar el peso, intenta acostarse temprano, desayunar bastante fruta y moderarse en los almuerzos de trabajo. Ha reducido el consumo de puros como Zapatero el de cigarrillos rubios. Ambos se meten un ‘chute’ de frutos secos, una de esas bolsitas de almendras o avellanas, cuando la tensión baja más de la cuenta.
Aunque hay mucha distancia entre la pasión política de Zapatero y la pachorra gallega de Rajoy, ambos se caracterizan –según sus colaboradores– por unas formas exquisitas con la gente que les rodea. Nadie recuerda un grito o una bronca a un subordinado. En la práctica diaria, los dos piden papeles sobre el mismo asunto a gente distinta, y finalmente sueltan el mensaje o discurso que les peta. Lo cual provoca más de un lío. Esta misma semana, en la sede del PP aún no entienden por qué su líder salió diciendo que no pensaba acudir a ningún debate electoral en TVE, para tener que rectificar a los dos días. O proclamar que quería tres debates, justo en vísperas de que José Blanco y Pío García Escudero pactaran dos cara a cara entre Zapatero y Rajoy.
Los dos tienen un primo sabio. El presidente del PP hizo famoso al suyo, José Javier Brey, a cuenta del patinazo sobre la veracidad o no del cambio climático. El de Zapatero, José Miguel Vidal, trabaja en La Moncloa como asesor y hasta ahora ha tenido la suerte de que el presidente no le ha adjudicado públicamente una ocurrencia. En el reciente libro de Suso de Toro sobre el presidente, Vidal retrata de forma muy gráfica a su primo: “Un tipo audaz con intuición, con información, que no para de darle vueltas a la cabeza para hacer jugadas. Es un contrincante muy peligroso; yo me pongo en el lugar de Rajoy y es una putada tener a un tío así enfrente haciendo jugadas todo el día”. Hay que suponer que Vidal utiliza esa expresión por la afición de Zapatero al ajedrez.
Entramos de lleno en precampaña electoral y conviene conocer a fondo a los candidatos. Su estilo de vida, sus capacidades y su forma de hacer política. El lector, siempre más perspicaz que el arriba firmante, se preguntará por la tercera receta del tratamiento: “¿Y qué hay del sexo?” Pues… de sexo mejor ni hablamos.
El presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, será proclamado hoy sábado, 27 de octubre, en la Feria de Muestras de Valencia, candidato a la presidencia del Gobierno. ¿Dónde está la noticia? No la hay. Este tipo de actos que organizan los principales partidos imitan el marketing político norteamericano para envolver con aplausos, fanfarrias, banderas y cintas de vídeo una reafirmación de liderazgo. En este caso, el festejo supondrá además un chute de autoestima para el líder del PP tras una semana horribilis. Empezó metiendo en un lío a un primo suyo catedrático de Física al citarlo como autoridad científica para despreciar todas las alarmas mundiales sobre el cambio climático. Podemos imaginar la vergüenza ajena del primo al verse retratado en la ignorancia de confundir el tiempo atmosférico con el clima.
Apocalipsis
La cosa podría haberse quedado en un llamativo patinazo de no ser por el esfuerzo de Rajoy para justificarlo. El jueves habló en la COPE, altavoz de mil rencores, para declararse “defensor del medio ambiente” y presumir de haber estampado su firma como representante del Gobierno español en una de las declaraciones fundamentales de compromiso con el protocolo de Kioto en la lucha contra el cambio climático. Pero no se conformó con ese ejercicio de memoria histórica, sino que denunció la “visión apocalíptica de la realidad” que demuestran quienes advierten sobre los peligros del calentamiento global. Conviene reconocer que es incuestionable la autoridad de Rajoy, de su entrevistador y de la cúpula del PP en lo que se refiere a “visiones apocalípticas de la realidad”. En los últimos tres años y medio, España se ha roto, ETA ha puesto de rodillas al Gobierno, Navarra salió a subasta, el 11-M fue una conspiración islamo-etarra-policial, Zapatero ha desenterrado la Guerra Civil, el Rey está a por uvas… y el crecimiento de la economía es un escaparate navideño plagado de juguetes rotos.
Por si fuera poco, en medio de este ejercicio de optimismo analítico nos enteramos en Público de la existencia de otro pariente de Mariano Rajoy, un joven cuñado que cumplía todos los requisitos para ejercer de contable en una pequeña o mediana empresa, pero (azares del destino) el Gobierno gallego de Manuel Fraga le nombró director financiero de una obra faraónica de la Xunta cuyos costes se triplicaron a mayor velocidad que la temperatura de los océanos.
No, realmente no ha sido la mejor semana de Mariano Rajoy. Coincidía además con la discusión de los Presupuestos Generales del Estado en el Congreso, donde el jefe de la oposición tenía la oportunidad de trasladar a la opinión pública los mimbres fundamentales de su alternativa de Gobierno. Después de la derrota que sufrió en el debate sobre el Estado de la Nación en julio pasado, era una ocasión de oro para marcar un discurso creíble en un momento complicado para Zapatero, cuyos principales socios de legislatura marcan distancias con la vista puesta en sus respectivos corralitos electorales. Y con una Catalunya indignada por el carajal en el que se han convertido los últimos kilómetros del AVE, cuyos socavones provocan un calvario cada día a centenares de miles de barceloneses.
El líder del PP se siente más cómodo y seguro en la tribuna del Congreso que en los vídeos. Evitó entrar en discusiones macroeconómicas de las que Pedro Solbes sabe mucho más que Rajoy y su cuñado juntos, y se centró en un mensaje directo y simple: “Ustedes, a falta de un proyecto ilusionante e ideas eficaces, tiran ahora de chequera para ocultar su fracaso”. Por enésima vez, acusó al Gobierno de despreciar los intereses de los españoles y de “utilizar los Presupuestos como mero instrumento electoral”. Pese a su bajo estado anímico (acababa de morir un hermano menor), Solbes tuvo los reflejos políticos de interrogar a Rajoy sobre la famosa “chequera”. “¿Usted está o no a favor –le preguntó–de la Ley de Dependencia o de las medidas de carácter social para ayudar a los más desfavorecidos?” El PP consideró un éxito que los Presupuestos fueran aprobados por sólo nueve votos de diferencia y que Solbes reconociera que sus previsiones de crecimiento para el próximo año podrían quedarse en “el entorno del 3%”. Todo un fracaso si se compara con las cifras de las principales economías del mundo.
Liderazgo
Hoy saldrá Mariano Rajoy de Valencia con los galones que ya tenía, como candidato oficial a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales, pero con los mismos problemas de mensaje y liderazgo que venía arrastrando y que esta semana horribilis ha confirmado. Por mucho que intenta centrar el discurso en el “sentido común”, en el “rigor” y en los “asuntos que de verdad preocupan a los españoles”, Rajoy no consigue escapar a los fantasmas políticos y mediáticos que vienen marcando su travesía desde que José María Aznar le señaló con el dedo de la sucesión. De hecho, el propio Aznar se encarga de adelantarle por la derecha con sus Cartas a un joven español (a un tal Santiago y cierra España), último best-seller firmado por el ex presidente del Gobierno y todo un ejemplo de “visión apocalíptica de la realidad”.
Todas las encuestas señalan que el suelo electoral del PP sigue siendo sólido. Mucho más frágiles parecen las posibilidades de que Rajoy consiga ampliar su techo hacia el centro o hacerse perdonar las afrentas con las que ha atizado a los nacionalistas, únicos socios posibles en el futuro. Y de este modo, puede llenar la Feria de Muestras de Valencia o arrasar las audiencias de You Tube, pero difícilmente conseguirá acceder al gobierno.
Algunos miembros del núcleo duro del PP, en alianza con los cerebros mediáticos habituales, tienen tal desconfianza en sus posibilidades electorales que han decidido impulsar la teoría del caos hasta las últimas consecuencias. Por eso han bloqueado de nuevo el Consejo del Poder Judicial y por eso están dispuestos a paralizar por completo el Tribunal Constitucional, aun a costa de hundir definitivamente su ya mermado prestigio institucional. Todo vale si con ello se consigue transmitir la imagen de que la legislatura de Zapatero ha sido lo peor que le ha ocurrido a España desde, por ejemplo, la Guerra Civil. Lo cual, si no es una “visión apocalíptica de la realidad”, se le va acercando bastante.
La noche del 14 de marzo de 2004 dejó en el aire un mensaje nítido dirigido al vencedor: “Zapatero, no nos falles”. Hoy, a cinco meses de la nueva cita con las urnas, las encuestas más fiables vaticinan que el éxito o el fracaso del PSOE dependen de su capacidad para no defraudar aquella urgente y emotiva reclamación del personal.
Nuestro primer Publiscopio pone números a una letra que conocíamos: el Partido Popular tiene unos cimientos electorales sólidos, un suelo muy estable, sobre todo si se tiene en cuenta la fragilidad del liderazgo de Mariano Rajoy, una laguna que asoma también con transparencia.
La gente responde hoy a las preguntas sobre su intención de voto sin tener la mente dispuesta para acudir a las urnas. De forma que lo importante es la tendencia, el peso de los matices. Todo indica que la situación es de empate, sea técnico o sulfúrico, pero empate al fin y al cabo. Zapatero no consigue despegar, aunque suscita altas dosis de confianza entre los suyos y escaso rechazo en el resto. Justo al contrario que Rajoy, cuya valoración global es similar a la de Gaspar LLamazares.
Con estas luces de la demoscopia, cabe pensar que el partido está por disputar. Los esfuerzos de PSOE y PP para sacar de casa a los abstencionistas auguran una campaña que será cualquier cosa menos aburrida. O sí. Depende.