Si un Gobierno que se desayuna cada mañana con el dramático récord de cuatro millones de parados hubiera ganado ayer los comicios europeos, lo mínimo que cabría exigir es el despido inmediato del líder de la oposición. Sin embargo, harían mal los socialistas si interpretan su derrota en la línea que anoche insinuó la secretaria de Organización, Leire Pajín. El PSOE ha salvado los muebles. Cierto: pudo ser mucho peor. Es el partido socialista que mejor resultado ha conseguido en toda Europa. Cierto, lo cual también significa que la UE gira a la derecha y Zapatero empieza a tener más sintonías socialdemócratas con Obama que con socios y vecinos. ¡Qué soledad!
El PSOE tendrá que analizar con detalle la sangría de votos que ha sufrido en los territorios que le han llevado al poder, muy especialmente Catalunya y Andalucía. Zapatero ha decepcionado a muchísimos catalanes y su partido parece aburrir ya a muchos andaluces. El éxito de la derecha en Valencia y Madrid, donde se ha volcado para movilizar a sus bases tanto contra el Gobierno como contra las múltiples sospechas de corrupción del PP, demuestra que el PSOE sigue teniendo en esos feudos dos enormes asignaturas pendientes. Ahora dispone de tres años para aprobarlas.
Es verdad. Sobran motivos para quedarse en casa. Ni los partidos políticos ni los intelectuales de izquierda o derecha ni los intermediarios mediáticos han sido nunca capaces de transmitir a la ciudadanía la importancia de participar en unas elecciones al Parlamento Europeo. Quizás los ciudadanos, cuya suma en el sentido común es siempre superior a la inteligencia individual del político, el intelectual o el periodista, castiguen con el desinterés la construcción de una Europa que no les gusta. No debe servir de consuelo que la misma atonía afecte a los otros 26 miembros de la Unión Europea, en distinto grado, pero en torno a una media de un 65% de abstención.
Sin duda son los partidos y los gobiernos los principales responsables del desapego. Y muy especialmente los partidos mayoritarios. La oposición suele empeñarse en utilizar los comicios europeos como campo de entrenamiento o consolidación de una alternativa interna al Gobierno de turno. En el caso de este 7-J, la derecha incluso va más lejos. Ha empleado todas las armas posibles en movilizar a su electorado y en desmotivar a las bases de la izquierda, porque el PP pretende hoy una victoria contundente de la que salgan tres interpretaciones: que ha ganado la primera vuelta de las próximas elecciones generales, que Mariano Rajoy consolida su débil liderazgo interno y que las urnas lavan todas las sospechas de corrupción que afectan a decenas de dirigentes del partido. Esta última tentativa es una verdadera aberración, pero no existe el pudor para quien tiene por costumbre actuar con absoluta impunidad.
El PSOE habría preferido lógicamente hablar más de Europa y menos del paro en España; más de la sintonía entre Zapatero y Obama y menos del uso de aviones oficiales en viajes de partido. Pero ha hecho una campaña a la defensiva, demasiado guiada por el intento de explicar las causas globales de la crisis y por hacer visible la falta de soluciones por parte de la derecha.
Por responsabilidad
A pesar de todo esto y de muchos motivos más, es obvia la necesidad individual y colectiva de comprometerse con Europa y tomarse la molestia de acudir a las urnas. ¿Por qué?
Para empezar, por una mínima coherencia y gratitud con el pasado y con las posibilidades de futuro. Algunos quizás piensen que las autovías que cruzan España de sur a norte y de este a oeste han surgido por esporas, así que conviene no olvidar que buena parte del gigantesco progreso que este país ha experimentado en los últimos veinte años se debe a la ayuda económica de la Unión Europea. Algunos sostienen que el Parlamento de Estrasburgo no sirve para nada, pese a que hace unos meses ese único órgano europeo elegido democráticamente en las urnas sirvió, por ejemplo, para frenar la vergonzosa intención de los gobiernos de los 27 de ampliar la jornada laboral a las 65 horas semanales. ¿Debería tener el Parlamento una mayor capacidad de legislar para toda la Unión y mayores poderes de control sobre la Comisión? Sí, y ese es el camino que traza la bloqueada Constitución y el Tratado de Lisboa que los euroescépticos pretenden cepillarse, y que sólo se salvarán con el compromiso de quienes verdaderamente creen en Europa, y no de los que sólo se aprovechan de sus fondos.
Hay quienes piensan que el carácter casi exclusivamente económico y monetario de la Unión no tiene ninguna posibilidad de avanzar en otros frentes porque el enemigo está dentro: los británicos, tanto conservadores como laboristas, han torpedeado cualquier intento de implantar una política social comunitaria.
Han sido los sindicatos, con su manifiesto por un Tesoro Único Europeo, y algunas formaciones más a la izquierda del PSOE aglutinantes del apoyo de la escasa intelectualidad comprometida con una profunda revisión de los excesos del capitalismo quienes han puesto en valor la necesidad de acudir hoy a las urnas. La abstención sólo sirve para permitir que el neoliberalismo que ha caracterizado hasta ahora la política de Bruselas prolongue sus coqueteos con los profesionales de la especulación. Quedarse en casa sólo propicia el ascenso de los euroescépticos, los xenófobos, los grupos ultras que utilizan precisamente las herramientas de la democracia para acabar con ella. Sobran motivos para quedarse en casa, vale, pero hay razones de mucho más peso para votar.
A este buzón han llegado en los últimos días los datos de varias encuestas sobre las próximas elecciones europeas. Con ligeras variaciones, todas concluyen que el Partido Popular gana, que el PSOE pierde, que Rosa Díez conseguirá uno o dos escaños y que mucho, muchísimo personal, se quedará en casa. Esta última conclusión es la más peligrosa para José Luis Rodríguez Zapatero, que esta misma mañana dará el pistoletazo de salida a la precampaña electoral en el madrileño palacio de Vistalegre. Zapatero va a dejarse la piel en el envite de las europeas, entre otras razones porque él mismo ha decidido convertirlas en una especie de primarias de las generales. No todo el Ala Oeste de la Moncloa (ni de Ferraz) compartía ese manejo de los tiempos. Lo cierto es que cambió el Gobierno tras la derrota gallega y convocó el debate sobre el estado de la nación para el próximo martes. Esas dos decisiones le pueden dejar sin herramientas de motivación y empuje político en el caso de un mal resultado el 7-J.
Es lo que tiene esa manía presidencial ya citada en este mismo buzón: cuando uno se acostumbra a saltar por la ventana y caer de pie, mientras los demás bajan prudentemente por la escalera, resulta difícil convencerle de alterar el recorrido. Zapatero sale siempre a ganar o a ganar.
El PP intentará movilizar a todas sus huestes utilizando sin pudor la cifra de los cuatro millones de parados, tirándosela a la cara a Zapatero como si este se dedicara a despedir obreros de las empresas. No es que el PP no tenga derecho a utilizar la recesión como arma de oposición política. Por supuesto que puede, como lo harán esta semana en el debate parlamentario todos los demás partidos. Lo que no debería es dar la lata a todas horas con el Libro Gordo de Montoro, que propone bajadas de impuestos, recorte del gasto público y grandes reformas estructurales. Eso sí, sin concretar nunca lo que quiere recortar, las reformas que pretende abordar ni la fórmula mágica que permita mantener los gastos sociales.
Votos y corrupción
El PP utilizará la gravedad de la crisis porque de esa forma tapará también el escándalo de corrupción que afecta a sus propias filas. La desfachatez del PP llega al punto de presentarse como acusación particular en el caso Gürtel mientras mantiene en sus sillones de diputados a tres individuos acusados de haber aceptado sobornos que suman ya 1.500 millones de euros. Dicho de otra forma, el PP simula ejercer de acusación de sí mismo, y así puede conocer antes que nadie cada detalle de la investigación judicial. Sigue convencido (desgraciadamente con cierta razón) de que la corrupción no le resta votos.
Las encuestas anticipan una bajísima participación y muestran que los niveles de valoración de Zapatero y de Rajoy están por los suelos. Lo cual significa que a la tradicional pereza que provocan los comicios europeos en la ciudadanía; al clásico uso de los mismos para ejercer el voto de castigo interno al Gobierno de turno; al desgraciado hecho de que ninguno de los partidos se ha ocupado nunca de divulgar la enorme trascendencia que Bruselas y Estrasburgo tienen para nuestro bienestar… a estos y a muchos más elementos que fomentan la abstención, conviene sumar factores concretos incluso más preocupantes.
Treinta años después de que Margaret Thatcher llegara al poder (3 de mayo de 1979) y empezara a aplicar esas recetas que entusiasman a Montoro, a Aguirre, a Aznar, a Díaz Ferrán… y por ahí todo seguido hasta toparse con los Madoff y Correa, el neoliberalismo ha desembocado en la mayor recesión económica mundial desde los años treinta. El drama del paro parece no permitir a los políticos de izquierda asomarse más allá del muro de esta crisis. Van saltando de medida en medida, de ayuda en ayuda, de titular en titular, pero nadie parece proponer lo que quizás ayudara a recuperar la ilusión de un votante que piensa en su hipoteca y en su puesto de trabajo, pero también en el futuro de sus hijos. ¿Dónde está el sistema alternativo al capitalismo salvaje y al Libro Gordo de la derecha neoliberal? ¿Hay que confiarlo todo al atractivo de Zapatero, al semestre de presidencia europea, a los tuteos con Obama, a los brotes verdes y a la “reconciliación” con los decepcionados catalanes? Zapatero necesita nuevos guionistas en su Ala Oeste. Y, además, escucharlos.