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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

Gritos y abucheos con premeditación y alevosía

12 oct 2009

Los sindicatos y la izquierda no tienen tradición de acudir a celebrar la fiesta nacional. Mamaron en la adolescencia aquello que cantaba Paco Ibáñez: “A mí la música militar, nunca me supo levantar”. De modo que no parece fácil adjudicarles los abucheos que año tras año se producen contra el Gobierno, y muy especialmente contra el presidente Zapatero, al principio, al final e incluso durante el desfile de las fuerzas armadas. Salvo en el año 2003, cuando muchos silbidos procedían de las tribunas reservadas a familiares de militares, desde entonces esos silbidos e insultos surgen de unas filas cercanas a las gradas oficiales. En aquel año se produjo el accidente del Yak- 42, que costó la vida a 62 soldados y demostró la desvergüenza del ministro de Defensa Federico Trillo. Con esa excepción, cabe concluir que son grupos de la derecha más recalcitrante quienes protagonizan todos los 12 de octubre una especie de rito anti-gubernamental.

Hasta ahora, Zapatero se llevaba la peor parte, pero ayer quedó aún más claro que este “movimiento nacional” no es espontáneo. La vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que casi siempre gana en las encuestas en valoración a todos sus compañeros de gabinete, fue insultada por llegar la primera a la tribuna oficial. Es decir, apareció un rostro del Gobierno y, pese a ser presuntamente el más “popular”, se llevó las tortas de quienes sólo acudieron al desfile para eso: para dar tortas.

Zapatero restó importancia al asunto. La familia real también, aunque no pudo disimular su malestar en los corrillos del cóctel de palacio. Lo sorprendente es la reacción de Mariano Rajoy. Por más que se le insistiera, fue imposible sacar de sus labios una condena al boicot. Es lo que se viene a llamar “sentido del Estado”.

Cuando la estatua se mueve

05 ene 2008
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Sostenía Salvador Dalí: “Lo mínimo que se puede exigir a una estatua es que se esté quieta”. Esto es lo que Franco esperaba de Juan Carlos cuando presumía de dejarlo todo “atado y bien atado”. Pero Carrero voló y se complicó la vigilancia de la estatua. El caso es que se movió, bien por iniciativa propia, bien guiado por Torcuato Fernández Miranda, por la ambición de Adolfo Suárez, por la oposición de izquierda y de derecha, por Europa, por el sentido común, por el instinto de supervivencia, por el hecho de que su abuelo tuviera que salir por pies o por la obsesión de no tener que vivir de las limosnas aristocráticas como le tocó a su padre durante décadas. Se movió lentamente (como en la noche del 23-F), como se mueve un Borbón, pero lo suficiente para pasar a la historia como piloto de la transición pacífica de una dictadura a una democracia.

La Constitución de 1978 confirma también al titular de la corona en la Jefatura del Estado al modo de las buenas estatuas, con el encargo de callar, observar y ver llover sin mojarse. Profesionalidad ante todo. El Gobierno de turno tiene capacidad para decidir (con mucho respeto) los leves movimientos de la estatua. El ejercicio de esa Jefatura, y no su origen monárquico, es lo que garantiza la estabilidad juancarlista en su setenta cumpleaños. Desde la racionalidad, no tiene mayor sentido discutir en 2008 la obvia contradicción entre monarquía y democracia. Desde el pragmatismo,  para muy pocos es prioritario afrontar esa obviedad en un país con mayores preocupaciones y urgencias. Sobre todo cuando la estatua, en el sentido daliniano, no estorba.