Tags: comité congreso Costa liderazgo PP Rajoy referenteEl Congreso Nacional del Partido Popular que se celebrará en Valencia entre el 20 y el 22 de junio ya tiene lema: “Crecemos juntos”. Según testigos presenciales, el que más creció en la reunión celebrada ayer por el Comité Ejecutivo del partido fue Juan Costa. Dicen que el de Castellón hilvanó un discurso claro, contundente, crítico y “leal”. Este último adjetivo no es baladí ante la cruz de navajas desatada en el PP. Costa miró a los ojos a Mariano Rajoy para espetarle ante 80 dirigentes que existe una “crisis de ilusión” entre los militantes y los votantes por la gestión que se ha hecho tras la derrota electoral del 9 de marzo. Y subrayó en varias ocasiones la necesidad de “un nuevo liderazgo integrador”.
Algunos de los presentes esperaban que Costa diera un paso más y anunciara su intención de disputar a Rajoy ese liderazgo en el próximo congreso. No dijo ni sí ni no, entre otras razones porque en política cada cual debe ser dueño de administrar sus tiempos. Igual que Rajoy mantiene el suspense sobre el nombre del próximo secretario general, Costa puede esperar hasta el último minuto para anunciar su decisión. Ayer no tocaba. Lo que pretendía más bien era ubicarse como referente de las voces críticas que un lunes sí y otro también surgen en el PP. A estas alturas y con la mayor parte de los avales ya comprometidos para Rajoy, quizás ése sea el único objetivo al que puede aspirar Costa a corto plazo, ya sea dando un paso al frente en Valencia o manteniéndose en la retaguardia. Tiene 43 años (diez menos que Rajoy) y tiempo de sobra para crecer, para ver pasar las elecciones gallegas y las vascas y las europeas. Situarse, ni más ni menos, como referencia de futuro tiene sentido político. Otra cuestión es si Costa será en 2011 el referente “integrador” o tendrá que disputar el papel al propio Rajoy y a varios (o varias) más.
Tags: Aguirre barones Camps congreso Esperanza Gallardón liberal liderazgo PP RajoyAhora que de casi todo hace doscientos años, y que la guerra antifrancesa parece ser la madre de todas las virtudes nacionales, Esperanza Aguirre ha lanzado su discurso liberal como armamento ideológico de un ejército dispuesto a dar la batalla del liderazgo en el carajal interno de la derecha. No se le ocurrió mejor fecha para tal menester que la mismísima víspera del debate de investidura, cosa que en el PSOE le agradecen, porque lo normal habría sido que todos los focos estuvieran puestos esta semana en José Luis Rodríguez Zapatero, primer presidente democrático que accede al cargo en segunda votación sin un golpe de Estado por medio. Aguirre convirtió la semana en una cruz de navajas entre barones y fontaneros del Partido Popular. Todo muy entretenido. Pista al artista y, mientras tanto, Zapatero dedicado a cuadrar una formación de Gobierno más compleja que el recorrido de la antorcha olímpica.
Sostiene doña Esperanza que su intención es abrir un debate ideológico, colocar un pan de miga donde sólo parece haber tortas. Le llueven críticas cargadas de topicazos: que si es una soberbia, que si se mueve por una ambición desmedida. ¡Qué novedad! Ambiciones en política. Como si Gallardón o Camps se movieran por impulsos extrasensoriales. De hecho, uno de los mayores defectos de Mariano Rajoy es seguramente su aparente falta de ambición, como si cada tres horas el cuerpo le pidiera fumarse un puro y regresar al registro de la propiedad. Para movilizar al personal hay que transmitir pasión en lo que uno hace. Y no se puede negar que Aguirre le echa pasión al empeño. Si además se trata de competir con su íntimo enemigo Gallardón, entonces doña Esperanza no sólo pone pasión, sino instinto criminal.
«No me resigno»
El lunes pasado, la presidenta desgranó un “no me resigno” que pretendía hilvanar un discurso ideológico y también, meter el susto en el cuerpo al debilitado líder y a su entorno. “No tengo intención de competir por la presidencia del PP, pero si cambio de opinión, tú, Mariano, serás el primero en saberlo”. Música de Psicosis. Los cuchillos habían empezado a volar la misma noche del 9 de marzo, con aquel gesto de Elvira, la esposa de Rajoy, que todos interpretaron como un “vámonos a casa, Mariano, y olvídate ya de la política”. Pero el acto del lunes fue la confirmación de una amenaza. Si Pedro Arriola, el eterno gurú de don Mariano, confiaba en tener todo atado y bien atado, de nuevo equivocó el pronóstico.
Lo cual no significa que Aguirre tenga como único objetivo disputar el liderazgo en junio. Sus huestes interpretan la sorprendente continuidad de Rajoy como una operación en la que el propio líder se ha dejado enredar de modo transitorio. Se trataría, precisamente, de cortar el paso acelerado de doña Esperanza desde la misma derrota del 9-M, afrontar una especie de travesía del desierto durante dos o tres años y, hacia principios de 2011, los mismos que ahora sostienen a Rajoy en las alturas le pedirían que diera el relevo a una candidatura con más punch, un ticket formado, por ejemplo, por Camps y Gallardón. Esa es la conjura arriolista que sospechan desde las trincheras de la Comunidad de Madrid.
Los estatutos del PP exigen un 20% de los compromisarios de un congreso para poder presentar una candidatura, y Aguirre no cuenta con esos votos. Sin embargo, tiene a su favor una eficaz artillería. Prácticamente toda la derecha mediática se ha liado a dentelladas con Rajoy
al tiempo que canta loas interminables a doña Esperanza. Hoy das una patada en Madrid y salen quinientos mil genuinos liberales, algunos además agradecidísimos a la presidenta por las arbitrarias concesiones de licencias de televisión digital y otros negocios paralelos. Por no citar la televisión autonómica, al servicio absoluto de la señora.
De modo que, se presente o no al congreso de junio, doña Esperanza ha conseguido ya uno de sus principales objetivos: convertirse en la única referencia de peso en el PP como alternativa a Rajoy o a cualquier tapado que pueda asomar en el futuro. Entre tanto, se dedica a vender un armazón ideológico inspirado en el Camino de servidumbre de Friedrich A. Hayek, libro que doña Esperanza regala a amigos y enemigos por Navidad, convencida de que esa respuesta escrita en 1944 contra el nazismo y el colectivismo sigue vigente en el siglo XXI. Y, para entretener la espera, se dedicará a conmemorar el 200 aniversario de la Guerra de la Independencia y a reivindicar la etapa liberal del siglo XIX, cuando, por cierto, la derecha española era otro carajal en el que se atizaban sin compasión los moderados, los puritanos, los cangrejos, los realistas y los militares del espadón. ¡Vaya tropa!
Tags: Aznar Bush ironía liderazgo Montalbán prepotencia Rajoy sentenciaA los pocos meses de llegar José María Aznar al poder, el añorado talento de Manuel Vázquez Montalbán tuvo la deliciosa osadía de ejercer puntualmente de consejero del flamante presidente del Gobierno. “Acéptese a sí mismo –le dijo– y descubra que no hay que ir por ahí con gesticulación postiza, sino plantarse tal como es: un antipático peligroso. Conozco el paño porque yo he sido antipático casi toda mi vida y no es que haya mejorado con la edad, sino que he llegado a la conclusión de que los demás no se merecen la sinceridad de mi antipatía. De todo aquel que me considera simpático me apunto el nombre y un día u otro lo pagará muy caro”. Por si no hubiera derrochado suficientes signos con anterioridad, Aznar ha dejado clarísimo en la última semana que, consciente o inconscientemente, sigue sólo a medias el consejo montalbaniano. Le importa un bledo si cae bien o mal, o si lo que dice beneficia o perjudica al Estado, a la justicia, al Partido Popular, al Real Madrid o al bien común. Pero le faltan la ironía y la humildad necesarias para no castigar al prójimo con su prepotencia.
No cabe sorprenderse. Se trata del mismo Aznar que, el 20 de mayo de 1997, declaró a The Wall Street Journal: “Yo soy el milagro”. Maldita la gracia que le debió de hacer a su entonces íntimo Rodrigo Rato. El mismo Aznar que en 2000, una vez finiquitados sus pactos con nacionalistas catalanes y vascos, proclamaba: “A mí no me gobierna nadie”. El mismo que, el 5 de julio de 2002, contó ufano: “Yo también puse los pies encima de la mesa y le respondí a Bush: ‘Yo hago diez kilómetros en 5 minutos y 20 segundos’; es la primera vez que superamos a Estados Unidos en algo”. El mismo lector de poesía, admirador del tan cursi como imprescindible “If” de Rudyard Kipling cuando escribe: “Si puedes arrinconar todas tus victorias / y arriesgarlas por un golpe de suerte, / y perder, y empezar de nuevo desde el principio / y nunca decir nada de lo que has perdido”. Aquí resuenan los días del 11 al 14 de marzo de 2004. Y ahora, conocida la sentencia y los hechos probados, Aznar se pasa la verdad por el arco del triunfo y sostiene lo que sostuvo.Impasible el ademán.
Daños colaterales
Si sólo se tratase de orgullo, prepotencia, falta de escrúpulos o simple iluminación, bastaría con un análisis psicológico del personaje. Y encontraríamos puntos comunes que, al margen de la biografía concreta, tienen mucho que ver con la erótica del poder, el síndrome de La Moncloa y otros males a los que no escapan pacientes de ideología diversa. Pero este caso concreto contiene aristas políticas mucho más afiladas. Existen muy pocas opciones que expliquen las barbaridades que públicamente mantiene el ex presidente del Gobierno:
A) La dirección del PP transmite fuera de focos que ha decidido “pasar la página del 11-M” y alejarse de las teorías de la conspiración. Si no es “estrictamente necesario”, ya ni siquiera añaden la inmoral muletilla del “apoyo a cualquier otra investigación”, fórmula nada disimulada de despreciar la sentencia. Aznar, en esta hipótesis, va obviamente por libre y hace caso omiso a la estrategia del partido.
B) La posición oficial que transmite la dirección del PP es falsa y en realidad cree que le interesa que Aznar y algunos otros pesos pesados mantengan encendida la mecha de las dudas sobre los atentados hasta las elecciones de marzo. Bien por cálculos electorales ciertamente enrevesados o bien por contentar o contener a los popes mediáticos que no piensan rectificar ni abandonar la montaña de falacias acumuladas en estos tres años y siete meses.
Cualquiera de las dos opciones tiene, además de múltiples objeciones éticas, una consecuencia letal para el futuro político de Mariano Rajoy. Por enésima vez, las apariencias le muestran como el sucesor nombrado a dedo por un padrino que sigue manejando los hilos. Ni se ha atrevido a desautorizar las palabras de Aznar sobre la sentencia, ni tampoco ha expresado una opinión diferente que deje al Presidente de Honor fuera del terreno de juego.
Todas las encuestas siguen reflejando un suelo firme en las expectativas electorales del PP y una debilidad fundamental: la valoración del liderazgo de Mariano Rajoy, la más baja que ha obtenido cualquier Jefe de la Oposición en los treinta años de democracia. No disimula que está donde está “porque tocó”, que no es un killer de la política como su antecesor o como algunos que le rodean, desde el ambicioso Alberto Ruiz-Gallardón a la autoproclamada “lideresa” Esperanza Aguirre. Pero quizás se va acercando la hora de saber si Rajoy está más interesado en ganar o en perder. Quizás la duda ofende, pero la ofensa no resuelve la incógnita.