Por si existiera la más mínima duda de que las acusaciones formuladas anteayer por María Dolores de Cospedal no eran producto de un calentón o resultado de un patinazo verbal, su compañero Cristóbal Montoro se encargó ayer de subir un peldaño más en la escalera de la infamia. El ex ministro y coordinador económico del PP emplazó al Gobierno –con un par– a “demostrar que son falsas” las denuncias que ha hecho su partido sobre escuchas ilegales a dirigentes del mismo. O sea que Cospedal acusa al Gobierno, al CNI, a la Policía y a los jueces de un rosario de delitos que figuran en el Código Penal por realizar “escuchas telefónicas ilegales a dirigentes nacionales” del Partido Popular, sin aportar una sola prueba, y Montoro remata el disparate exigiendo que sean los acusados quienes demuestren que lo que el PP denuncia es falso.
¿Dónde estaban Cospedal y Montoro el día que en sus colegios explicaron la definición de Estado de Derecho? Ambos, como Federico Trillo –presunto autor intelectual de esta burda estrategia para desviar la atención de la trama Gürtel– pasan por haber sido magníficos estudiantes, pero quién no hizo pellas alguna vez.
Si este trío de talentos demócratas quiere recabar información sobre cualquier asunto de espionaje político, puede empezar por marcar el número arriba indicado, teléfono de Interior de la Comunidad de Madrid, y mantenerse a la espera. Con suerte, quizás alguno de sus colegas de partido pueda explicarles los casos más recientes y documentados de escuchas y seguimientos a políticos.
Tengo que ir al médico. A un buen psicólogo. Últimamente, no sé si las cosas más extrañas son normales o las cosas más normales me resultan a mí extrañas. Por ejemplo, voy conduciendo y diviso desde el coche centenares de molinos de viento. No veo gigantes, como le pasaba a Don Quijote. Veo torres de maletines llenos de billetes de 500 euros y alcaldes y concejales atados a las aspas, girando y girando. Y al juez Garzón saliendo de una de las torres rodeado de escoltas, en plan Elliott Ness con gafitas. Atravieso uno de esos páramos sembrados de paneles solares y, en lugar de pensar que tengo que cambiar la calefacción de casa por algún sistema de energía renovable, se me instalan en el coco recibos de la luz manipulados y facturas falsas de kilovatios/hora. Todo esto puede ser por leer muchos periódicos y pocas novelas de caballerías.
Lo peor fue una de estas últimas noches. Daba vueltas en la cama con dos nombres bailándome en el cerebro: Preston, Child; Preston, Child… Habían aparecido aquí, en Público. Preston & Child S.L. Así se llama una empresa del profesor de pádel de Ignacio González, vicepresidente de la Comunidad de Madrid y todopoderoso número dos de Esperanza Aguirre. Jugar al pádel no es una cosa extraña. Por mucho que culpen del invento a Aznar y a Pedrojota, el pádel es un juego entretenidísimo que ya se practicaba a mediados de los ochenta, importado por unos argentinos guapos y morenos. Algunos con coleta. Eso tampoco es extraño.
Cosas normales
Ignacio González también es moreno y lleva una coletita, pero blanca, canosa. Su profesor de pádel no es argentino, sino de por aquí. Se llama Carlos Martín y tiene muchas cualidades. Además de enseñar a jugar al pádel a los clientes de un hotel de lujo de Madrid, monta empresas inmobiliarias y hace cosas que a mí me parecen extrañas pero que –insisto, ¿eh?– a lo mejor son normales. Por ejemplo, el profesor de pádel entra y sale de la sede de la Comunidad para acudir a reuniones con Ignacio González o con altos cargos de alguna consejería. O queda con Jesús Sepúlveda, amigo de Aznar y por entonces alcalde de Pozuelo, para hablar de la explotación de un megapolideportivo. O envía un correo electrónico en el que reprocha a su jefe: “Si hubieras soltado lo que tenías que soltar…”, al hilo de alguna adjudicación en un concurso público. O, lo que ya es el colmo de la normalidad absoluta, el profesor de pádel consigue que la sociedad Ingesport, para la que trabaja, sea una de las 13 afortunadas entre un total de 500.000 empresas para recibir una inversión de 1,3 millones de euros de la Comunidad de Madrid.
Ingesport se dedica a gestionar instalaciones deportivas y centros de belleza, actividad esta última muy respetable pero que un servidor desconocía que figurase entre las preferencias inversoras del capital público de Madrid. Como uno es calvo y por tanto no tiene canas ni coleta pues no se me había ocurrido que el dinero de todos los contribuyentes se invirtiera en centros de belleza. Pero es que Ingesport “le interesaba al vice”, según dejó escrito Martín.
Total, que venga a darle vueltas a Preston y a Child; a Child y a Preston. Porque Carlos Martín, aparte de jugar al pádel, pasear a su perro boxer, conducir su Porsche Cayenne y conseguir contratos hasta del Ayuntamiento de Ruiz-Gallardón, también tiene Preston & Child, S.L. Antes, las empresas se bautizaban “Fulanito, viuda e hijos” o “Famaztella” (de Familia Aznar Botella). Ahora hay un registro infinito de marcas que uno puede comprar por muy poco dinero. Martín es más original… Preston & Child.
De repente caí. Me acerqué a esa estantería donde se guardan los libros que no se enseñan a las visitas, para que piensen que uno sólo lee a Paul Auster, a Borges, a Joyce y a Javier Marías. Allí estaban: Douglas Preston y Lincoln Child, coautores de al menos once best-seller de misterio. Allí estaba la novela, con los nombres en blanco sobre fondo negro y una horrible calavera. El libro de los muertos, se titula. Nada menos.
Tengo que dejar las pastillas que tomo para dejar de fumar, porque antes no recordaba los sueños y ahora, incluso despierto, sufro pesadillas. ¿Quién estará detrás de Preston & Child?
Madrid ya no es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las estadísticas que manejaba Dámaso Alonso en su poema de posguerra. La Comunidad de Madrid es hoy un cortijo de más de seis millones de súbditos, o al menos ese es el dibujo que aparentan tener de ella los gobernantes del PP. No cabe otra explicación al fabuloso escándalo que supone la disolución decretada, con publicidad y alevosía, de la comisión de investigación sobre el espionaje político. En total, los trabajos parlamentarios han durado ¡cuatro días!, en su mayor parte dedicados a hablar de la prehistoria y del toro que mató a Manolete. Esperanza Aguirre y sus mariachis no han permitido siquiera que en la Asamblea se escuchen los testimonios de sus propios compañeros espiados, es decir, de las víctimas. O sea, esto es como si un joyero es atracado y la Policía sólo interroga al presunto ladrón y a los tatarabuelos del anterior dueño de la joyería.
La cosa admite pocas bromas, porque lo que retrata en el fondo (y en la forma) es un desprecio absoluto a la ciudadanía y a los controles imprescindibles en un régimen democrático. Aquí se está jugando algo más que una reyerta entre miembros del mismo partido político. Las fuentes más imparciales y fiables confirman lo que el sentido común ya dejaba intuir: los seguimientos y dossiers detectados en el PP tienen una relación más directa que indirecta con la trama de corrupción destapada por el juez Garzón. Lo cual no quiere decir que el dúo “trigo limpio” formado por Francisco Correa y Alvaro Pérez esté implicado también en el espionaje. La relación entre ambos escándalos radica en lo que mueve los peores instintos del ser humano: la pasta. Los dossiers que han circulado como conclusiones de ciertos seguimientos profesionales (y no de esas persecuciones chapuceras a las que se agarran Aguirre y su consejero Granados) no se centran en líos de faldas ni en asuntos de sexo, por mucho que eso preocupe a algunos personajes que no se pierden una manifestación del Foro de la Familia. La esencia de esas investigaciones apunta a una guerra interna por el manejo de las adjudicaciones de dinero público. Alguien en la dirección del PP madrileño sufrió un ataque de ética política o bien estaba ya muy harto de que siempre fueran los mismos los que decidían los contratos millonarios.
Sin resquicios
La máxima prioridad de Aguirre era dar carpetazo a este asunto sin dejar resquicio a que los testimonios pusieran al descubierto esa más que probable relación, sin importarle lo más mínimo el escándalo subsiguiente. Tácticas como culpar al mensajero o a la oposición, o presentar querellas contra medios de comunicación no afines, creen en el Gobierno madrileño que son las pócimas adecuadas para adormecer al contribuyente y meter miedo al periodista. O al menos para sembrar la confusión. Sólo se trata de que el votante, cuando comenta el asunto en la cafetería, pronuncie esas terribles sentencias de “al fin y al cabo todos son iguales”, o “¡cualquiera se fía de los periódicos!”. ¡Ojo!, tanto políticos como periodistas (no todos) tenemos la culpa de que esas tonterías se instalen en el colectivo para desgracia de la higiene democrática.
En un par de días se redactarán las conclusiones de este simulacro de comisión de investigación. Se admiten apuestas: ¿Reabrirá Rajoy el expediente interno por muy alucinógeno que sea el dictamen de la mayoría absoluta del grupo parlamentario del PP madrileño? La respuesta es no. Bastante tiene con evitar las salpicaduras del caso Gürtel en su propio entorno.
En el territorio valenciano, Francisco Camps ha venido a emplear similares armas de defensa. Casualmente, Aguirre y Francisco Camps utilizaron los mismos versos atribuidos (sin pruebas) a Bertol Brecht al enfrentarse al estallido de sus respectivos escándalos: “Un día vinieron por mi vecino porque era comunista, como yo no era comunista no hice nada por él. Un día vinieron por mi otro vecino el judío, como yo no era…” O sea, las víctimas son ellos. A la vista de la falta de pudor con la que ambos han despreciado las funciones del Parlamento y de la prensa libre y la inteligencia de los ciudadanos, les podría resultar más útil lo que Brecht escribió en 1953, con motivo de algunos levantamientos populares en Berlín: “El pueblo ha perdido la confianza del gobierno. ¿No sería más sencillo, en estas circunstancias, que el gobierno disolviera al pueblo y eligiera a otro?”
El malvado César González Ruano solía decir de la familia Sánchez Mazas: “En esa casa, todos hablan mal de todos y todos tienen razón”. Hace ya tiempo que en el Partido Popular ocurre lo mismo, con la diferencia de que unos cuantos no se han conformado con hablar mal de los demás. Han empleado fondos públicos o del propio partido para espiar a los contrincantes. ¿Con qué objetivo?
Hay medios de información y altos cargos de la derecha empeñados en limitar el escándalo a una trifulca de poder político interno entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, con el objetivo de eliminar al otro en la carrera por la sucesión de un Mariano Rajoy al que todo dios da por finiquitado. ¿Acaso buscaban en sus seguimientos y grabaciones ilegales demostrar una traición a los principios del liberalismo conservador?
Al fondo de todo el entramado, se divisa más bien otro fundamento: la pasta. Ignacio González, vicepresidente de la Comunidad de Madrid, (Nachete para los amigos), es el Rasputín de Aguirre, el hombre que lo mismo negocia la concesión de licencias de televisión digital que la construcción de un polideportivo en la periferia de Madrid. Acostumbrado a actuar como el dueño de un cafetal, le importa un comino firmar adjudicaciones a una empresa participada por un socio de su hermano y de su cuñado.
Aunque sólo fuera por una cuestión de higiene democrática, va siendo hora de que alguien frene el pestilente intento del PP de matar al mensajero.
La Fiscalía Anticorrupción tiene la obligación de no perderse en el ejercicio de la confusión política, mediática y crematística. Hay datos sobrados para iniciar una investigación judicial que no dependa, por cierto, de un Tribunal Superior de Justicia de Madrid, al que también alcanza la mágica mano del ínclito Nachete.
Aquí ni dios lee poesía, pero a todos les ha dado últimamente por la lírica. Esperanza Aguirre se apropia irónicamente de la definición de “verso suelto” del PP que en su día acuñó para sí mismo Ruiz-Gallardón. Rajoy hace rimar Gallardón con “ambición” y con “ilusión”, y a José María Aznar con “no estar”. Góngora y Quevedo le echaban más talento a la hora de cruzarse varapalos en verso, pero tampoco se puede exigir a los políticos un ingenio literario por el que no se les paga. A Rajoy se le ha insistido para que analice la última jugada de Esperanza Aguirre en el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Ya en prosa, el reelegido presidente del PP ha contestado que lo único que interesa estos días en España es lo que haga nuestra selección en la Eurocopa. Y no le falta razón. Ya quisieran Rajoy o Zapatero captar a 17 millones de telespectadores en un debate parlamentario, pero tendrán que conformarse con una audiencia cada día más similar a la de la poesía.
Una vez que salgamos de la feliz resaca futbolera, Rajoy no tendrá más remedio que seguir haciendo rimas en el calvario de la oposición. Porque el último golpe de efecto de Esperanza Aguirre supone el más evidente aviso de que la crisis en el PP no está cerrada tras el congreso de Valencia. Es cierto que el cambio de Gobierno lo tenía decidido desde hace casi dos meses. Había consejeros con menos notoriedad pública que algunos ganadores de juegos florales. Pero también es evidente que Aguirre ha aprovechado esos cambios para liquidar a aquellos consejeros que ya no son de su confianza. Al lector de Málaga o de Castelldefels le importará una higa lo que Aguirre decida sobre el Ejecutivo madrileño, pero debe saber que esas decisiones tienen mucho que ver con los destinos del principal partido de la oposición en toda España.
La lideresa no ha cometido el error de despedir simplemente a los que apoyaron a Rajoy en Valencia o aceptaron formar parte de la nueva dirección del partido. Eso sería una pura vendetta. Dicen en su entorno que Esperanza rima con “confianza”. Ha querido que el mensaje recibido por la dirección fuera un poco más sutil y directamente relacionado con la lealtad y con la alta política.
Por un lado, Aguirre ha diferenciado entre quienes le consultaron previamente qué debían hacer en el caso de que Rajoy les ofreciera sumarse a los órganos de dirección y quienes lisa y llanamente la “traicionaron”. En esta última especie se ubica sobre todo el vicepresidente cesado, Alfredo Prada, adversario declarado de Ignacio González –el otro y ya único vicepresidente y mano derecha de Aguirre–. Prada se sumó al cambio impulsado por Rajoy sin haber informado siquiera a su jefa. Hechos consumados. El otro peso pesado, Manuel Lamela, conocido en toda España por su persecución a los médicos del Hospital de Leganés entre otras gestiones disparatadas, no actuó con deslealtad y ha sido premiado con un sillón en Caja Madrid.
De modo que el primer mensaje para Rajoy consiste en que la Comunidad de Madrid es la Numancia del PP. No es lo mismo ser crítico como diputado raso que ejercer la divergencia con un boletín oficial en la mano, un presupuesto multimillonario, cámaras de televisión disponibles y un cargo que presupone aparecer a menudo a la izquierda del rey y a la derecha del presidente del Gobierno. Ese presupuesto permitió en 2004 recolocar a un montón de gente del PP que se quedó en el paro tras la derrota electoral del 14-M. Si lo hubieran aceptado, Juan Costa y Manuel Pizarro podrían pertenecer hoy también a ese castillo de las esencias liberales en el que se ha convertido el Ejecutivo de la Comunidad de Madrid.
Liderazgos paralelos
El segundo mensaje trasciende las rencillas internas del partido sobre los órganos de dirección. Anteayer, cuando Aguirre explicó los cambios, intentó justificarlos –sin ningún éxito– como una medida coherente con la austeridad necesaria en tiempos de crisis. De hecho se colocó a sí misma como ejemplo de lo que debería hacer Zapatero. O sea, ejerció lo que pretende: un liderazgo paralelo al de Mariano Rajoy.
De modo que, una vez que superemos el ataque colectivo de orgullo nacional por la Eurocopa, Aguirre procurará no desperdiciar una sola oportunidad de aparecer como referencia en la oposición al PSOE. Tiene previsto hablar poco o nada, ni en verso ni en prosa, sobre las interioridades del PP. Pero se despachará a menudo sobre la política económica, la inmigración, la sanidad o el terrorismo. Mientras Rajoy tendrá que ir superando una tras otra las pruebas electorales, la lideresa observará el panorama desde su privilegiada atalaya y rodeada de fieles.
Es una pura cuestión de estadística, cálculo matemático. Usted y el arriba firmante tenemos muchísimas menos posibilidades de resultar agraciados hoy en el sorteo de la lotería que Alberto Ruiz-Gallardón en la confección de las listas electorales del Partido Popular. Tenemos, eso sí, la ventaja de que ningún otro jugador se habrá dedicado a realizar conjuros contra los números que hemos comprado. Bastante tiene con rezar para que toque el suyo. Sin embargo, en el PP hay líderes y lideresas que no desperdician ninguna oportunidad para soltarle un mandoble, una colleja o una patada donde más duele al ambicioso alcalde madrileño. Esta misma semana, Ignacio González, número dos de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, aprovechó una entrevista en su periódico favorito para enviar un recado que no ha gustado nada en la dirección nacional del partido. No salió a defender el derecho de su jefa a ser senadora, lo cual equivaldría a rezar para que toque el número que uno juega. Dijo González que ser alcalde y diputado a la vez puede ser incompatible con los estatutos del partido, lo cual viene a ser un conjuro para que no toque el número que lleva otro. O sea que, en su propio nombre o de parte de Esperanza, lanzó una advertencia clarísima: Mariano Rajoy o el Comité Electoral del PP pueden incluir a Gallardón en la candidatura para los comicios del 9 de marzo, pero el PP de Madrid también puede rechazar el nombre o negarse a proponerlo. Un lío, vamos.
En la sede nacional no ha gustado el aviso porque todo el mundo entiende que González dice lo que piensa Esperanza o viceversa, que para el caso lo mismo da. Ambos podrían sostener y argumentar su posición en los órganos internos correspondientes. La publicidad del asunto produce el mismo resultado que cuando Gallardón expone sin ambages su firme deseo de acompañar a Rajoy en la lista por Madrid, y todo el mundo entiende que lo que quiere es tener voz en el Parlamento para el hipotético caso de que el amado líder se descomponga el 9 de marzo tras una segunda derrota y no haya más remedio que sustituirlo. Tanto Gallardón como Esperanza, en su ensalada de tortas y legítimas ambiciones, le hacen un favor olímpico al PSOE. Mientras en el PP siguen pegándose tiros en las rodillas, el Gobierno logra finalizar la legislatura con la aprobación de leyes y presupuestos. Aunque sea con aprietos y en el tiempo de descuento. En política ya se sabe que, ante una carrera electoral, quien maneja el Boletín Oficial del Estado parte ya con una ventaja importante. Si el adversario se dedica a demostrar sus propias debilidades, pues nada: ¡pista al artista!.
Pero es que lo de Ignacio González no es una anécdota particular ni una rencilla esencialmente personal, aunque algo o mucho haya de eso. Ayer mismo, Rita Barberá, uno de los valores más seguros del PP, echó otra mano al cuello a Gallardón, o incluso a Mariano Rajoy, aún no está muy claro a quién dedicó la perla. Entró en la polémica para dejar claro que la mejor forma de ayudar al partido y a su presidente es seguir como alcaldesa de Valencia. De modo que, por un lado, Barberá se descarta como posible baza de Rajoy para competir con María Teresa Fernández de la Vega en una de las plazas más decisivas el próximo 9 de marzo; por otro, deja a Gallardón más solo que la luna en la argumentación de que es un gran servicio al partido y al líder compaginar los puestos de alcalde y diputado.
Las listas
En la dirección del Partido Popular juran por Popper y Hayek que aún no está decidido si Gallardón irá o no en la lista, ni mucho menos en qué posición. Sabido es que el alcalde no exige ya ser número dos, sino simplemente ir en un puesto de salida segura y sentarse por las mañanas en el Ayuntamiento y por las tardes en el Congreso, para “ayudar a centrar” la imagen de Rajoy del partido. Y ahí se encuentra Gallardón con otro obstáculo. No pocos en la cúpula del PP sostienen que la batalla electoral –por más que insistan ciertos sabios periodistas– no se libra en el centro, sino en la abstención. Lo cual ciertamente está ligado, pero no tanto como algunos se empeñan. La única oportunidad que el PP tiene de recuperar la mayoría pasa por movilizar a todos sus votantes de 2004 y conseguir que muchos de los que apoyaron al PSOE se queden en casa. En esta movida –insisten– Gallardón no aporta un voto más, aunque tampoco resta.
Anteayer, en un desayuno con periodistas al que también asistían Aguirre y Gallardón, alguien preguntó a Rajoy si el futuro número dos por Madrid estaba en el recinto. Y respondió con una gracia: “Desde aquí no puedo ver a todos los asistentes”. En una de las mesas, un empresario afín comentó: “Lo peor es que no ve al número dos ni aquí ni en el partido”.