Los más sesudos analistas y las fuentes menos contaminantes de las distintas familias del Partido Popular coinciden en una conclusión: Javier Arenas es el hombre fuerte de la nueva etapa emprendida por Mariano Rajoy. Y debe de ser tan cierto como que ayer por la tarde Ángel Acebes quiso ser la voz de los derrotados en este XVI Congreso Nacional del PP. Ambos enunciados contienen una diferencia esencial: sobre el primero disponemos de indicios fundamentados, aunque la política es una ciencia absolutamente inexacta y susceptible de cambio permanente; sobre el segundo tenemos la evidencia de la voz inconfundible del propio Acebes, que hilvanó un discurso de claridad meridiana, una defensa de cabo a rabo de los últimos cuatro años de oposición crispada. Vayamos por partes.
Javier Arenas (sevillano de Triana, adolescente en Cádiz, de juventud en la UCD y madurez aznarista) es señalado desde todos los rincones críticos del PP como el principal cerebro y muñidor del proclamado giro al centro que Mariano Rajoy emprendió tras la derrota del 9 de marzo. Así lo sostienen los liberales de Esperanza Aguirre, los moderados de Juan Costa, los antinacionalistas de Mayor Oreja y los federicos del entorno mediático de la derecha. Hasta las fuentes del PSOE y del Gobierno mejor relacionadas con la oposición coinciden en otorgar ese protagonismo a Javier Arenas.
Por si no sobraran indicios de su creciente influencia, en los días previos al congreso de Valencia se han acumulado varios. Rajoy desveló una de las ya escasas incógnitas que quedaban por despejar: los nombres del cuarteto que formará el núcleo duro de la dirección del PP junto a los portavoces parlamentarios, Soraya Sáenz de Santamaría y Pío García Escudero. La designación de María Dolores de Cospedal como secretaria general y del propio Arenas, González Pons y Ana Mato como vicesecretarios confirman la ascendencia del andaluz. Tanto Cospedal como Mato han sido estrechas colaboradoras de Arenas, y sólo el nombre de González Pons se interpreta como una cesión a otro barón del partido, el valenciano Francisco Camps.
No puede ser casual (casi nada lo es en política) que el propio Arenas ocupe precisamente la Vicesecretaría Territorial. Una de las señas de identidad del supuesto cambio que Rajoy quiere imponer en el PP es el que se refiere a la relación con los nacionalistas y a la radicalidad del mensaje sobre la estructura del Estado español. Esa apuesta le ha costado ya la fuga de María San Gil y la consiguiente indignación de Mayor Oreja y del ex patrón, José María Aznar. Se trata de dejar de asustar al personal en Catalunya y en el País Vasco, donde el 9-M la derecha se estrelló y donde se juega mayormente la posibilidad de recuperar algún día el Gobierno central. El discurso contra el Estatut, eje fundamental de la oposición de los últimos cuatro años, fue aparcado por Arenas en la negociación del nuevo estatuto de autonomía de Andalucía, donde también se habla de nación y donde se copian sin pudor artículos enteros del texto catalán que el PP tiene recurrido ante el Tribunal Constitucional.
Con pedigrí
El traje centrista, dialogante y simpático le viene a Arenas de lejos. Lo aprendió en UCD de la mano de Manuel Clavero y de Fernández Miranda, y lo lució con éxito como ministro de Trabajo en la primera legislatura de Aznar. Sólo se recuerda un borrón en su talante: aquella nefasta noche del 6 de junio de 1993, cuando proclamó que la victoria electoral de Felipe González había sido “un pucherazo”. Para compensarlo, anteayer se despachó con un mensaje valiente y rotundo: “la ultraderecha no cabe en el PP”.
Quienes conocen la habilidad política de Arenas confían en la sinceridad de su centrismo, aunque dudan que apueste ciega y exclusivamente por Mariano Rajoy como futuro candidato a la presidencia del Gobierno. Lloverá mucho de aquí a 2011, y Esperanza Aguirre, Camps y unos cuantos más esperarán otra oportunidad. Rajoy, por mucho empeño que le ponga, es el eslabón más débil en la credibilidad del giro del PP. Al fin y al cabo, la memoria y la hemeroteca atestiguan que lideró durante cuatro años la oposición más extrema y a menudo irresponsable de la historia reciente.
Angel Acebes defendió ayer exactamente esa política que hasta anteayer encabezó Rajoy. Se despedía y se desahogaba. Dijo muy clarito lo que probablemente Aznar esta tarde exprese con mayor diplomacia. Incluso deslizó un aviso a navegantes: “He dado la cara por el PP cuando me correspondía y a veces cuando no me correspondía”. El gesto de Rajoy como escuchante lo decía todo.
El Congreso Nacional del Partido Popular que se celebrará en Valencia entre el 20 y el 22 de junio ya tiene lema: “Crecemos juntos”. Según testigos presenciales, el que más creció en la reunión celebrada ayer por el Comité Ejecutivo del partido fue Juan Costa. Dicen que el de Castellón hilvanó un discurso claro, contundente, crítico y “leal”. Este último adjetivo no es baladí ante la cruz de navajas desatada en el PP. Costa miró a los ojos a Mariano Rajoy para espetarle ante 80 dirigentes que existe una “crisis de ilusión” entre los militantes y los votantes por la gestión que se ha hecho tras la derrota electoral del 9 de marzo. Y subrayó en varias ocasiones la necesidad de “un nuevo liderazgo integrador”.
Algunos de los presentes esperaban que Costa diera un paso más y anunciara su intención de disputar a Rajoy ese liderazgo en el próximo congreso. No dijo ni sí ni no, entre otras razones porque en política cada cual debe ser dueño de administrar sus tiempos. Igual que Rajoy mantiene el suspense sobre el nombre del próximo secretario general, Costa puede esperar hasta el último minuto para anunciar su decisión. Ayer no tocaba. Lo que pretendía más bien era ubicarse como referente de las voces críticas que un lunes sí y otro también surgen en el PP. A estas alturas y con la mayor parte de los avales ya comprometidos para Rajoy, quizás ése sea el único objetivo al que puede aspirar Costa a corto plazo, ya sea dando un paso al frente en Valencia o manteniéndose en la retaguardia. Tiene 43 años (diez menos que Rajoy) y tiempo de sobra para crecer, para ver pasar las elecciones gallegas y las vascas y las europeas. Situarse, ni más ni menos, como referencia de futuro tiene sentido político. Otra cuestión es si Costa será en 2011 el referente “integrador” o tendrá que disputar el papel al propio Rajoy y a varios (o varias) más.
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Normal. Cuando uno dedica cuatro años a dar de comer a un monstruo, corre el riesgo de que un buen día el bicho quiera tragarse al amo y a toda su familia. Mariano Rajoy basó su estrategia de oposición en la denuncia de una supuesta alianza o rendición de Zapatero ante las malvadas fuerzas nacionalistas y la mismísima ETA. Apoyó hasta once manifestaciones convocadas por la AVT del inefable Francisco José Alcaraz no contra el terrorismo, sino contra el Gobierno. Jaleado por la radio de los obispos, Rajoy se fue metiendo tanto en el papel que llegó a acusar en el Parlamento a Zapatero de haber “traicionado a los muertos”. Protagonizó actos políticos en compañía de símbolos de la resistencia contra el terrorismo como María San Gil o José Antonio Ortega Lara. Recontados los votos del 9-M, Mariano Rajoy parece haber despertado de la negra pesadilla. Ya sea por el afán último de recuperar el poder o porque ha visto la luz de ese sentido común del que tanto presume, el líder menguado del PP se ha percatado de que la estrategia de la exageración y la mentira no le llevan a ninguna parte. Si la derecha quiere volver a la Moncloa, necesita ser percibida en Catalunya y en el País Vasco como una opción moderada y sensata. Los números cantan y el empeño en criminalizar a los nacionalismos sólo se traduce en una sangría de votos que aleja cada día más las posibilidades de desalojar al PSOE del poder.
La ‘traición’
Rajoy y su equipo lanzan el mensaje de conciliación y diálogo y entonces el monstruo se revuelve, estira sus múltiples cabezas y se lía a dentelladas. Tenía razón Pedrojota cuando anteayer advertía desde la Cope que Mariano Rajoy lleva camino de que alguien le repita la acusación de traicionar a los muertos que él dirigió a Zapatero en el primer debate del Estado de la Nación en 2004. Tenía tanta razón que la cosa sonaba a esa escena en la que el asesino recorre la casa de la víctima cuchillo en mano canturreando aquello de “alguien va a matar a alguien”. De hecho, Losantos añadió explícito: “Y de traicionar a los vivos”. Con un par.
Volvemos a los años de plomo de la última legislatura de José María Aznar: todo aquel que discrepaba de su política antinacionalista o de la implicación de España en el disparate de Irak era tachado de cómplice del terrorismo y de traidor a las víctimas. Sólo que esta vez los acusados están dentro y al frente del PP. A Rajoy le hacen tragar litros y litros del mismo jarabe que Aznar propinaba en aquellas fechas. Incluso Rodrigo Rato, único discrepante de Aznar en algún consejo de ministros, se niega a echar un capote al asaeteado Rajoy. Dice que no tiene nada que hablar con él, y todo el mundo imagina que si Rato quiere apoyar a alguien entre Rajoy, Esperanza, Camps o Gallardón, prefiere a ninguno y animará a Juan Costa, que se crió a sus pechos y ahora se mantiene a la espera de ver quién continúa en pie después de este festival de puñetazos.
La fuga de símbolos del partido como María San Gil o José Antonio Ortega Lara mete al PP en la mayor crisis desde el relevo de Fraga en 1989. Estas renuncias no deben colocarse en el mismo paquete que las de Zaplana o Acebes. Hay una diferencia esencial: Rajoy no quería prescindir de ciertos santos con pedestal, y por eso cedió a las presiones de San Gil y mantuvo su ponencia política pese a no ser la que él quería. A Zaplana y a Acebes, sin embargo, es Rajoy quien les transmite que no va a contar con ellos y por eso hacen las maletas. La renuncia de San Gil y el goteo que puede provocar en el País Vasco abre un frente con el que no contaba Rajoy en su intento de renovación; no al menos en este momento, a pocos meses de unas elecciones en Euskadi a las que el PP acudirá más dividido que nunca. Ya no se trata del alma guipuzcoana contra la alavesa o vizcaína. San Gil abre en el PP el disparatado melón de descubrir quiénes defienden a las víctimas de ETA y quiénes presuntamente miran para otro lado. La derecha mediática convierte a San Gil en heroína de una causa siniestra, porque lleva a suponer que otros dirigentes vascos como Alfonso Alonso o Leopoldo Barreda no se juegan la vida exactamente igual que ella. Como si ETA hubiera excluido alguna vez de sus objetivos criminales a quienes defienden la vía del diálogo para acabar con el terrorismo. Como si Ernest Lluch, por ejemplo, nunca hubiera existido.
Y a río revuelto… Rosa Díez se frota las manos. En sus filas lo mismo caben un eminente filósofo que un Álvaro de Marichalar, así que espera encantada, con los brazos abiertos, a todos aquellos que salgan rebotados. Sin preguntar por posiciones ideológicas o capacidades políticas. Todo es bueno para el convento.
El próximo lunes, José María Aznar tiene una cita pública en el hotel Wellington de Madrid. Aunque se trate del hotel de los toreros y en plena feria de San Isidro, la cita no es taurina. Aznar pronunciará el discurso de inauguración de una jornada organizada por FAES sobre el décimo aniversario del acceso de España al euro. Habrá coloquios y mesas redondas en las que participará buena parte del equipo económico de los Gobiernos del PP, a excepción –curiosamente– del director de aquella orquesta, Rodrigo Rato. Una lástima, porque la expectación se habría multiplicado. El personal sigue esperando un gesto, una palabra, un signo que permita deducir en qué posición exacta se ubican a día de hoy Aznar y Rato respecto a la crisis de la derecha.
Sobre el segundo resulta más difícil conjeturar, pero sobre Aznar caben ya pocas dudas. El caso San Gil, penúltima estación en el calvario del supuesto viaje al centro del PP, ha desvelado una nueva fase de la crisis. No pocos dirigentes han abandonado los circunloquios y se han retratado casi al desnudo. Por las bocas de algunos de ellos ha podido escucharse el eco inconfundible de las posiciones de Aznar. Advierten fuentes de su entorno que el personal ya puede esperar sentado. Que Aznar no dirá palabra sobre la crisis de su partido. Pero, con la misma seguridad, admiten que “el matrimonio está muy enfadado con la forma en que Mariano Rajoy está llevando las cosas”. Su querido Jose no lo puede expresar, así que Ana Botella se explaya. Su apoyo rotundo y explícito a María San Gil, antes incluso de conocerse la versión de la dirigente vasca, fue elocuente.
Nombres y principios
Hasta ahora, las críticas internas a Rajoy se centraban casi todas en los nombres. Los de quienes le rodean tras la derrota electoral, los de los caídos Zaplana o Acebes o los que se mantienen en expectativa de destino, como Costa o Pizarro. Hasta el conflicto con Esperanza Aguirre se dibujó como una batalla nominal, más que de contenidos. Pero el caso San Gil abre una nueva fase, porque ha hecho saltar todas las alarmas del aznarismo.
Nos quedamos con las ganas de conocer los cambios que José María Lassalle, miembro del equipo de confianza de Rajoy, pretendía introducir en la ponencia política del partido y que teóricamente han provocado el plante y posterior ultimátum de María San Gil a Rajoy. Y decimos teóricamente porque esos cambios al final no se produjeron, de modo que la ponencia presentada contenía todas las propuestas de la dirigente vasca y la contundencia acostumbrada en la criminalización de los nacionalismos. Llegados a ese punto no resulta fácil explicar ni la indignación de San Gil ni la estrategia de Rajoy, puesto que la primera no puede negar que se ha salido con la suya y el segundo vuelve a demostrar una evidente debilidad en su liderazgo.
Sostiene María San Gil que tuvo que discutir muchísimo con Lassalle sobre el concepto de nación, y que por eso no se fía de las intenciones de Rajoy, por mucho que los papeles reflejen, por ejemplo, el disparate de que “el PNV no está interesado en acabar con ETA”. Las reacciones de San Gil, de Ana Botella y, muy especialmente, de Jaime Mayor Oreja, conducen a sospechar que, de algún modo, José María Aznar ha entonado un “¡hasta ahí podíamos llegar!” Ya no se trata de si el portavoz del PP en el Congreso se llama Soraya o se llama Esteban; o de si las primarias son buenas o malas para elegir al candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Aznar y sus fieles consideran que Rajoy está jugando con las cosas de comer, con las esencias del perfume del PP. Suponen que el análisis post-electoral de Pedro Arriola aconseja altas dosis de moderación para recuperar votos en Catalunya y en el País Vasco, donde la sangría ha sido permanente desde que Aznar y Mayor Oreja decidieron tratar a los nacionalismos como a los representantes de Lucifer en la Tierra.
Aznar dice que se ha retirado de la política, pero basta repasar sus últimos libros, sobre todo “Cartas a un joven español”, para concluir que los negocios no han conseguido curar las dos obsesiones instaladas en su cerebro: el terrorismo y los nacionalismos. Obsesiones con orígenes más lejanos, pero sin duda disparadas hasta rozar lo absurdo en su segunda y última legislatura. Porque es falso que la política radical contra los nacionalismos pertenezca a las esencias del PP. Al menos no figuraba entre las que manejaban Aznar y Rato cuando negociaban con CiU y PNV entre 1996 y el año 2000.
El caso San Gil es una bomba de relojería en el proyecto de Rajoy de construir un PP moderado y dialogante. Ha chocado con “las esencias”. Ha topado con Aznar.
Ahora que de casi todo hace doscientos años, y que la guerra antifrancesa parece ser la madre de todas las virtudes nacionales, Esperanza Aguirre ha lanzado su discurso liberal como armamento ideológico de un ejército dispuesto a dar la batalla del liderazgo en el carajal interno de la derecha. No se le ocurrió mejor fecha para tal menester que la mismísima víspera del debate de investidura, cosa que en el PSOE le agradecen, porque lo normal habría sido que todos los focos estuvieran puestos esta semana en José Luis Rodríguez Zapatero, primer presidente democrático que accede al cargo en segunda votación sin un golpe de Estado por medio. Aguirre convirtió la semana en una cruz de navajas entre barones y fontaneros del Partido Popular. Todo muy entretenido. Pista al artista y, mientras tanto, Zapatero dedicado a cuadrar una formación de Gobierno más compleja que el recorrido de la antorcha olímpica.
Sostiene doña Esperanza que su intención es abrir un debate ideológico, colocar un pan de miga donde sólo parece haber tortas. Le llueven críticas cargadas de topicazos: que si es una soberbia, que si se mueve por una ambición desmedida. ¡Qué novedad! Ambiciones en política. Como si Gallardón o Camps se movieran por impulsos extrasensoriales. De hecho, uno de los mayores defectos de Mariano Rajoy es seguramente su aparente falta de ambición, como si cada tres horas el cuerpo le pidiera fumarse un puro y regresar al registro de la propiedad. Para movilizar al personal hay que transmitir pasión en lo que uno hace. Y no se puede negar que Aguirre le echa pasión al empeño. Si además se trata de competir con su íntimo enemigo Gallardón, entonces doña Esperanza no sólo pone pasión, sino instinto criminal.
«No me resigno»
El lunes pasado, la presidenta desgranó un “no me resigno” que pretendía hilvanar un discurso ideológico y también, meter el susto en el cuerpo al debilitado líder y a su entorno. “No tengo intención de competir por la presidencia del PP, pero si cambio de opinión, tú, Mariano, serás el primero en saberlo”. Música de Psicosis. Los cuchillos habían empezado a volar la misma noche del 9 de marzo, con aquel gesto de Elvira, la esposa de Rajoy, que todos interpretaron como un “vámonos a casa, Mariano, y olvídate ya de la política”. Pero el acto del lunes fue la confirmación de una amenaza. Si Pedro Arriola, el eterno gurú de don Mariano, confiaba en tener todo atado y bien atado, de nuevo equivocó el pronóstico.
Lo cual no significa que Aguirre tenga como único objetivo disputar el liderazgo en junio. Sus huestes interpretan la sorprendente continuidad de Rajoy como una operación en la que el propio líder se ha dejado enredar de modo transitorio. Se trataría, precisamente, de cortar el paso acelerado de doña Esperanza desde la misma derrota del 9-M, afrontar una especie de travesía del desierto durante dos o tres años y, hacia principios de 2011, los mismos que ahora sostienen a Rajoy en las alturas le pedirían que diera el relevo a una candidatura con más punch, un ticket formado, por ejemplo, por Camps y Gallardón. Esa es la conjura arriolista que sospechan desde las trincheras de la Comunidad de Madrid.
Los estatutos del PP exigen un 20% de los compromisarios de un congreso para poder presentar una candidatura, y Aguirre no cuenta con esos votos. Sin embargo, tiene a su favor una eficaz artillería. Prácticamente toda la derecha mediática se ha liado a dentelladas con Rajoy
al tiempo que canta loas interminables a doña Esperanza. Hoy das una patada en Madrid y salen quinientos mil genuinos liberales, algunos además agradecidísimos a la presidenta por las arbitrarias concesiones de licencias de televisión digital y otros negocios paralelos. Por no citar la televisión autonómica, al servicio absoluto de la señora.
De modo que, se presente o no al congreso de junio, doña Esperanza ha conseguido ya uno de sus principales objetivos: convertirse en la única referencia de peso en el PP como alternativa a Rajoy o a cualquier tapado que pueda asomar en el futuro. Entre tanto, se dedica a vender un armazón ideológico inspirado en el Camino de servidumbre de Friedrich A. Hayek, libro que doña Esperanza regala a amigos y enemigos por Navidad, convencida de que esa respuesta escrita en 1944 contra el nazismo y el colectivismo sigue vigente en el siglo XXI. Y, para entretener la espera, se dedicará a conmemorar el 200 aniversario de la Guerra de la Independencia y a reivindicar la etapa liberal del siglo XIX, cuando, por cierto, la derecha española era otro carajal en el que se atizaban sin compasión los moderados, los puritanos, los cangrejos, los realistas y los militares del espadón. ¡Vaya tropa!
Las urnas han decretado por segunda vez en cuatro años que el Partido Popular se quede en la oposición. Y las urnas españolas, desde una perspectiva histórica, derrochan sentido común desde 1977. El PP, por iniciativa propia o dejándose guiar por sus oráculos mediáticos, perdió ayer por las mismas razones que se estrelló hace cuatro años: por intentar engañar a los ciudadanos y por equivocarse radicalmente en Catalunya.
Son discutibles algunos de los mimbres de su estrategia electoral, como el fichaje de un SuperPizarro que no aguantó el primer asalto a un Pedro Solbes con un solo ojo. Ese debate supuso el varapalo más importante de la campaña, porque el PP había basado buena parte de su discurso en el catastrofismo económico. Son discutibles también algunas ocurrencias como la de la niña de Rajoy, voluntaria y machaconamente convertida en icono del último tramo de la campaña.
Sin embargo, ni la niña ni el tío Pizarro bastan para explicar la derrota, porque el resultado electoral de ayer empezó a fraguarse el 14 de marzo de 2004. Desde ese mismo día, la derecha política y mediática inició una nueva cruzada dirigida a poner en duda la legitimidad de aquella victoria del PSOE. En lugar de afrontar la autocrítica por la indigna gestión de los atentados del 11-M, el PP se obcecó en mantener prietas las filas. No fue capaz de renovar su dirigencia, ni siquiera de aparentar cierta distancia respecto a José María Aznar, máximo responsable de aquel desaguisado.
Durante estos cuatro años, el PP –aunque lo creyera– nunca se ha planteado en serio el objetivo de volver a gobernar España, sino el de echar a Zapatero de La Moncloa. Y no es lo mismo. Cuando la política se guía por el rencor echa mano de cualquier arma, y tanto le sirve la utilización de las víctimas del terrorismo como la exageración permanente en la crítica al adversario.
La derecha se ha instalado en un discurso nacionalista español que fracasa una y otra vez en Catalunya, aunque le reporte ganancias en Andalucía, en Valencia o en Madrid. ¿Seguirá en la misma senda sólo por haber mantenido ayer la diferencia con el PSOE en votos y escaños? El PP tiene la palabra.
El peligroso ultraderechista francés Le Pen y su colega belga Filip Dewinter están intentando crear una plataforma paneuropea cuyo principal ideario consiste en frenar la llegada de inmigrantes y “luchar contra la islamización de Europa”. Sostienen que los partidos de derechas europeos se han instalado en la corrección política, lo que deja un hueco claro para pescar votos ultraconservadores. Dewinter, carismático líder del Vlaams Belang, que logró cerca del 20% de los votos en las últimas elecciones de junio en Bélgica, declaraba hace unos días: “Hoy no hay verdaderos partidos de derechas en Europa. La mayoría se están convirtiendo en socialdemócratas y no hablan de las preocupaciones reales de la gente, como la inmigración. Tal vez la excepción sea el Partido Popular español, un verdadero partido de derechas, pero los demás…” A la vista de la estrategia del PP ante las elecciones del 9 de marzo, parece que De-
winter sabe de lo que habla. Aquí no tiene mucho futuro su plataforma, porque el hueco de la derecha más extrema está perfectamente cubierto.
Mariano Rajoy ha conseguido un objetivo al que cualquier partido aspira: marcar la agenda del debate político. Eso sí, sin importarle los destrozos que por el camino se puedan producir. Hace meses que el PP machaca con la idea de que vivimos una profunda crisis económica, digan lo que digan el Fondo Monetario, el Banco de España o el mismísimo Emilio Botín. Se trata de mezclar en la misma coctelera el estallido de la burbuja inmobiliaria, la crisis financiera provocada en Estados Unidos por las hipotecas basura y la mano invisible que gobierna los ciclos económicos. Importa poco confundir una desaceleración con una recesión. Ese discurso puede calar en millones de ciudadanos que pasan apuros para llegar a fin de mes o ven crecer el coste de la cesta de la compra.
El voto y los valores
Pero no bastaba con hablar del bolsillo y de las cosas de comer. Está demostrado que la gente vota más por sus valores e identidades que por sus intereses económicos. ¿Cuál era entonces el siguiente paso necesario para el PP? Poner sobre la mesa un asunto que conecte la incertidumbre económica con el miedo a la pérdida de otros valores más intangibles: ¡eureka!, la inmigración. Bastaba con copiar la idea del Contrato de Integración inventado por el inefable Nicolas Sarkozy o el visado por puntos que en su día planteó CiU en Catalunya. Esas propuestas sirven sobre todo para que en todos los taxis, bares y barriadas urbanas se discuta sobre los inmigrantes irregulares, la “invasión magrebí”, los albañiles polacos o esos camareros que tan mal sirven las cañas al exquisito Arias Cañete.
A la vista del inmediato hedor a xenofobia que despedía la propuesta, el PP ha matizado que su máximo objetivo en inmigración consiste en salvaguardar la igualdad de derechos entre hombre y mujer. Y lo visualiza en el polémico uso del velo por las niñas de religión musulmana. La igualdad de derechos ya está consagrada en el artículo 14 de la Constitución y desarrollada en unas cuantas leyes, la última de las cuales, por cierto, el propio PP recurrió ante el Tribunal Constitucional. La más alta magistratura respondió que la paridad busca precisamente seguir desarrollando ese derecho cuya defensa, de repente, tanto preocupa a la derecha. Si se trata de avanzar en la igualdad hombre-mujer, sería más coherente, por ejemplo, proponer medidas que reivindiquen la igualdad salarial entre hombres y mujeres que utilizar un símbolo religioso en un debate absolutamente ajeno a la religión.
Lo del velo, como esa otra exigencia a los inmigrantes de “respetar nuestras costumbres”, denota claramente que la propuesta del PP conecta más bien con la cruzada lepeniana contra la “islamización de Europa”, y no tiene ningún sentido para los inmigrantes latinoamericanos, de Europa del Este o del sur de Africa.
A esa estrategia dirigida a utilizar las emociones del personal le falta algún otro vértice. Una vez instalado el temor a una recesión, a perder el puesto de trabajo y a que nos invada un ejército de pobres de religiones extrañas, ahora hay que tocar la fibra del miedo más cercano, el que nos acecha en nuestras propias casas: la delincuencia. Da igual que haya bajado el número de homicidios, o que los robos más violentos sean cometidos por mafias de profesionales del crimen nada proclives a la firma de contratos de integración en los países en los que actúan.
El mayor riesgo que corre el PP en esta estrategia es el de ejecutarla con credibilidad. Su éxito o su fracaso dependen de que el PSOE sea capaz de confrontar la realidad de los problemas (no su negación) con ese mundo tenebroso que Rajoy, Pizarro y Arias Cañete nos pintan cada mañana.
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El ex presidente Aznar tiene un concepto extraño de lo que los demás entendemos por invitar a un café. Entre los humanos, tal gesto significa que uno toma la iniciativa para charlar o discutir amigablemente con su invitado y, al final de la charla, paga la cuenta. Pero Aznar no lo ve así. Durante la multitudinaria cena convocada por el rey para celebrar su 70 cumpleaños, Aznar le dijo a Zapatero que le iba a invitar a un café, se supone que como gesto de gratitud por la defensa que el presidente del Gobierno hizo de su antecesor durante la última y surrealista Cumbre Iberoamericana, en la que Hugo Chávez llamó a Aznar de todo menos bonito.
Pero hace ya tiempo que Aznar vive en otro mundo, incomprensible para el resto de los humanos. Esta misma semana, el ex presidente ha transformado su invitación a un buen café en un serial de monólogos cargados de mala leche y dirigidos uno tras otro a su presunto invitado, José Luis Rodríguez Zapatero. Algún psiquiatra podría entretenerse en estudiar los discursos de este señor, sin olvidar su gestualidad, ni su media melena de progre de los setenta cruzada con ese bigotillo de guardia civil de Berlanga; pero, sobre todo, convendría analizar esa mirada fija perdida en el vacío de una sala repleta de humanos a los que parece no ver. Habla como si hubiera decidido transformarse en su contrario y soltar por la boca todo aquello que los demás han dicho de él. El mundo al revés. Sostiene Aznar que a Zapatero “le sobra arrogancia y le falta coraje; le sobra sectarismo y le falta talento”. Y ya metido en ese extraño túnel de la desmemoria, lanza al auditorio una sonora pregunta: “¿Qué ocurriría en otro país si alguien que fuese candidato a la presidencia de Gobierno, en un asunto vital como el terrorismo, reconociese que había engañado a su país?” Y sin ninguna arrogancia se responde él solito: “En ese país se abriría un inmenso debate sobre si podría seguir siendo candidato. Me asombra que aquí no haya sido así”. Impresionante. Ni a su íntimo amigo Bush, al que acaban de sacar un detallado informe con 925 mentiras por él pronunciadas sobre la guerra de Irak, se le habría ocurrido la osadía de lanzar en voz alta semejante pregunta.
El que manda
Hay gente en la derecha que responde a lo anterior con una argumentación supuestamente razonable. Reconocen que el PP perdió las elecciones de 2004 precisamente por la arrogancia y el sectarismo de Aznar y por sus mentiras sobre la guerra de Irak y sobre el 11-M, pero añaden que Aznar no se presentó como candidato y que ya sólo ocupa la presidencia honorífica del partido. Este argumento tendría validez si desde el mismo 14 de marzo de 2004 el PP hubiera abordado la renovación de su dirigencia y si el propio Aznar o sus sucesores hubieran reconocido sus errores y pedido disculpas a los ciudadanos.
No sólo no ha ocurrido esto, sino que Aznar, antes incluso de designar a Rajoy como heredero, lo preparó todo para seguir manejando los hilos del partido. El único ingrediente inesperado que se agregó al menú previamente cocinado fue la dosis de rencor que le produjo la derrota del 14-M y una doble obsesión: justificar su actuación en el gobierno y echar de La Moncloa a Zapatero lo antes posible. Desde entonces, ni Aznar ni el PP han podido disimular que el presidente honorífico es más ejecutivo que florero. Rajoy ha reconocido en privado que Gallardón y Esperanza Aguirre le han “dado la legislatura”. No puede reconocer que quien ha destrozado la oportunidad de renovación del PP ha sido Aznar, con la inestimable pasividad de Rajoy.
Antes de salir del Gobierno, Aznar montó una macrofundación, FAES, fábrica de mensajes y programas que alimenta en exclusiva el ideario del PP. Y que trasciende lo ideológico, porque coordina con mano férrea a las distintas familias económicas que confluyen en la derecha española y cuya alineación actual proviene del proceso de privatizaciones por el que en su día Aznar colocó en puestos clave a Manuel Pizarro, Francisco González y otros expertos en juegos de bolsa y enriquecimientos rápidos.
Un día sí y otro también, Aznar roba a Rajoy el protagonismo de los mensajes; cuando Rajoy da un paso al centro, aparece Aznar para pegar un volantazo a la derecha; cuando el presidente del PP ordena poner fin a la locura de los agujeros negros del 11-M, aparece el Jefe y reabre la caja de los truenos… y por ahí hasta llegar al superfichaje de Pizarro como número dos o a la colocación de varias decenas de aznaristas en las candidaturas electorales.
Se desconoce si Aznar invitará a Zapatero a ese café después del 9-M. Lo que sí sabemos es que FAES ya tiene ultimados varios informes sobre los distintos escenarios que se abren en el PP a partir de esa fecha. Ojo: el cuaderno azul sigue funcionando.
La lideresa está emocionada. Y cuando la lideresa se emociona, mejor no andar cerca, no te vaya a atizar un lagrimazo. Ayer por la mañana, mientras su entrañable enemigo Ruiz-Gallardón viajaba a Moscú y anulaba su asistencia al Vicente Calderón y a otros derbis más protocolarios, Esperanza Aguirre presentaba en Carabanchel ante la militancia del partido al superfichaje de la temporada de invierno, Manuel Pizarro. Evitó cualquier mención directa sobre la crisis de la que se siente vencedora, pero no desperdició la oportunidad para regodearse en las heridas causadas. “Estoy emocionada con Pizarro porque no es un divo”, confesó la autoproclamada lideresa, y no podía referirse en la comparación a nadie más que al alcalde de Madrid, cuya afición a la ópera es tan conocida como el altísimo nivel de su autoestima. Y añadió Aguirre, ya sobrada: “Pizarro es un superclase, un fichaje que viene a servir al partido y no a servirse del partido”. ¿A quién acusaba la presidenta madrileña de servirse del partido? ¡Ah!, misterios.
Esto de los superfichajes ya lo hemos vivido. Los que habitualmente no sobreviven (en política, se entiende) son los superfichados. Baltasar Garzón volvió al juzgado; Ventura Pérez Mariño a Galicia; Victoria Camps a su cátedra; Jorge Semprún a sus libros y Josep Piqué a los negocios. Así que conviene esperar un tiempo, incluso más allá del 9 de marzo, para conocer exactamente el alcance del efecto Pizarro, tan deseado en el PP como en su día lo fue el efecto Garzón en las filas socialistas. Sin descartar siquiera la posibilidad de que en los próximos meses este fenómeno acabe diagnosticado más bien como defecto Pizarro.
El perfil
Para empezar, el propio Rajoy se fumigó buena parte de ese efecto a las 24 horas de conocerse el fichaje. Ceder a las presiones de Esperanza Aguirre, excluir a Gallardón de las listas, reunir a ambos para terminar a gritos, permitir que todo el mundo se entere y presentar horas después a Pizarro como el amadísimo número dos es una de las secuencias más surrealistas que se recuerdan en táctica política. Más incomprensible aún a 50 días de unas elecciones generales en las que Rajoy se lo juega todo, y en las que al PP, teóricamente, le venía bien contar con un Gallardón cuya imagen centrista compensara precisamente el giro a la derecha que el fichaje de Pizarro supone hasta para el Frankfurter Allgemeine.
El PP ha apostado por centrar su campaña electoral en el catastrofismo económico y en el mensaje de que la derecha gestiona mucho mejor que la izquierda el dinero de todos los españoles. Había que poner nombre, cara y ojos a esa estrategia, y parece que José María Aznar, el mismo que colocó a Rajoy de sucesor en el PP y a su íntimo amigo Pizarro de presidente en Endesa, sugirió la solución y hasta convenció al pretendido para que aceptara. Se le supone un perfil idóneo para convertirse en el Pedro Solbes del nuevo Gobierno.
Y quizás sea mucho suponer. Pizarro es abogado del Estado, aunque conoció la buena vida como agente de cambio y bolsa. Convirtió en boyante una compañía que hacía aguas y, andando el tiempo, demostró un olfato sorprendente para calcular los vaivenes de los valores. Bien conocido es el pelotazo que se garantizó comprando 50.000 acciones de Endesa tres días antes de que sufriera la primera opa. Siempre que alguien se lo menciona, él jura que fue casualidad, saca su vena baturra y el cuerpo le pide retar a duelo, pero los hechos son los hechos.
Por lo demás, su posición numantina en Endesa frente al culebrón de las opas (gestionado con los pies por un sector del Gobierno Zapatero) es la que ahora convierte a Pizarro en la estrella del PP. Lo cual resulta curioso, porque normalmente cuando una empresa es “opada” se debe a que está muy débil y su valor muy bajo, justo lo que ocurría en Endesa con Pizarro como presidente. De modo que se le puede dibujar como un mago de la cosa bursátil, pero no tanto como empresario de larga y exitosa trayectoria. Consiguió multiplicar por dos el valor de las endesas con una determinación tan “patriótica” que prefería entregar la eléctrica a los alemanes o a los italianos antes que a un catalán. Y dejó la presidencia con una indemnización de trece millones de euros e ingresó otros cuatro con la venta de sus acciones.
Tan brillante trayectoria asegura el futuro a Pizarro y a todos sus descendientes, pero no garantiza cualidades excepcionales para gestionar la economía nacional. Quien decidió el fichaje no parece tener mucha confianza en los cerebros económicos internos del PP, lo cual en su día también podría pasar factura. Quedamos a la espera, por tanto, para despejar la duda entre el efecto o el defecto Pizarro. Se verá.
Atención, pregunta: ¿qué pecado habían cometido Fernando Trapero y Raúl Centeno, asesinados por ETA en el sur de Francia, para no merecer que la Asociación de Víctimas del Terrorismo se sumara a la concentración unitaria de condena convocada el martes pasado en Madrid? Tenían 23 y 24 años, respectivamente, y eran guardias civiles. ¿Qué les diferenciaba de Ángel Alcaraz, fallecido el 11 de diciembre de 1987, a los 17 años, en el atentado con coche bomba contra una casa-cuartel de Zaragoza, donde murieron otras diez personas, entre ellas dos niñas de tres años sobrinas de Ángel? Pues sí que hay una diferencia entre ambos crímenes: en 1987, Francisco José Alcaraz Martos, hermano mayor de Ángel y tío de las dos niñas asesinadas, no se dedicaba a hacer política.
No es que hicieran falta nuevas pruebas para concluir que Francisco José Alcaraz se había situado justo en el polo opuesto al sentido común, a la prudencia o a la templanza. Pero en los últimos días parece haber decidido adornar todas sus “virtudes” con el broche de la prepotencia. Tenía que explicar de algún modo el hecho insólito de que la Asociación de Víctimas del Terrorismo, de la que es presidente, decidiera no acudir a la primera concentración unitaria que se convocaba desde 2003 para condenar unos asesinatos cometidos por ETA. Y lo explicó: “Por coherencia, no podemos estar al lado de grupos políticos que han estado más cerca de los terroristas que de las víctimas”. Es decir, a este señor le parece “coherente” haber encabezado junto a la plana mayor del Partido Popular ocho manifestaciones contra la política antiterrorista en la legislatura en la que menor número de víctimas y mayor número de detenciones de etarras se han producido y quedarse en casa el martes pasado, cuando hasta el PP no tuvo más remedio que hacerse la foto del consenso tras los disparos en la nuca que acabaron con las vidas de los dos guardias civiles. Ha sido la propia cúpula del PP la primera en probar la medicina de la prepotencia de Alcaraz, aparentemente convencido de que era él quien marcaba la estrategia antiterrorista al partido de Mariano Rajoy, y no al revés.
Porque la verdad es que ya no se molesta en disimularlo. Francisco José Alcaraz ha abrazado con tanta fe la actividad política como en su día abrazó la de los Testigos de Jehová o la de la Iglesia Evangélica. A lo cual, por cierto, tiene todo el derecho, como cualquier ciudadano. Otra cuestión es si la presidencia de una asociación de víctimas del terrorismo es la plataforma adecuada para dedicarse a la política. Alguna voz en la conciencia de Alcaraz le preguntará algún día por su responsabilidad en la división entre las víctimas del terrorismo y en la galopante crispación a la que ha sido sometida la sociedad española desde el 14 de marzo de 2004.
Los argumentos
Pocas fechas antes del último atentado, Alcaraz hizo gala de esa misma prepotencia (coherencia, pensará él). Comparecía en la Audiencia Nacional como imputado por calumnias e injurias al presidente del Gobierno, tras una querella interpuesta por una asociación de abogados. Se ratificó sin titubeos en lo que Mikel Buesa, que también perdió a un hermano a manos de ETA, califica como “argumentos políticos”. Sostiene Alcaraz, por ejemplo, que “Zapatero es el máximo embajador de ETA”; o que “hay pruebas más que suficientes de su connivencia con los asesinos”. No repitió, aunque jamás ha rectificado, otras declaraciones suyas en las que mantenía que “la negociación de Zapatero con ETA requería un atentado como el del 11-M”; o que el presidente “quiere traficar con la sangre de las víctimas”. Todos estos “argumentos políticos” puestos en la boca o en la pluma de cualquier ciudadano común, periodista o no, se definen jurídicamente como calumnias o injurias cuando no van respaldados por pruebas de ningún tipo. La estrategia permanente de la dirección actual de la AVT y de sus “autores intelectuales” mediáticos (por algo en el propio PP los llaman “los federicos”) consiste en definir a cualquiera que los critique como “cómplices de los terroristas” o simples “voceros serviles del Gobierno socialista”, cuando no de “ingenuos” o “idiotas”, para resumir.
Ya va siendo hora de poner negro sobre blanco algunas verdades comprobables sobre los “argumentos” del señor Alcaraz. 1: No tiene derecho a hablar en nombre de “las víctimas”. La viuda de Fernando Buesa no piensa, ni mucho menos, lo mismo que su cuñado sobre los intentos de cualquier Gobierno de acabar con el terrorismo. Ni tampoco la hija de Ernest Lluch. Ni tantas otras víctimas. 2: No tiene derecho a hablar en nombre de los muertos, ni mucho menos a utilizar el dolor de sus familias para hacer política partidista. 3: No tiene derecho a mentir, calumniar o injuriar como si su estatus de presidente de una asociación de víctimas le otorgara inmunidad. 4: No tiene derecho a fomentar y extender su “zetafobia” en la sociedad española, absolutamente solidaria con las víctimas del terrorismo.