Corren últimamente océanos de tinta y torrentes de oratoria sobre una solemne obviedad: el Gobierno está en minoría en el Parlamento. Incluso un sesudo analista que aspiraba a altísimos honores en la Administración de Zapatero describía hace tres días en El País la soledad gubernamental con la muy diplomática metáfora del “pollo sin cabeza”. En un alarde de originalidad, copiaba la argumentación de la derecha para denunciar que “ha fracasado la pretensión de desarrollar una política de comunicación con mucha comunicación y ninguna política”. Este pollo (¿con cabeza?) no mencionaba en ningún momento el origen de esa debilidad parlamentaria, que no se ha producido por esporas ni por los resultados de las elecciones europeas.
Como hasta los pollos sin cabeza saben, el Gobierno podría tener un apoyo estable para toda la legislatura si los socialistas hubieran aceptado pactar en Euskadi con el PNV, que consiguió más votos en los últimos comicios autonómicos. Zapatero respetó la decisión del PSE de mantener la coherencia de su discurso en el País Vasco, aun a sabiendas de que se complicaba muchísimo la acción de Gobierno en mitad de la crisis económica.
Sólo el tiempo dirá si esta apuesta política da los frutos deseados para el PSOE en Euskadi y para todos los ciudadanos en el objetivo de una paz definitiva. Lo que desde luego no había hecho el Gobierno es “mucha comunicación” sobre el origen de su soledad parlamentaria. Hasta ayer. Sin previo aviso, Zapatero decidió dar a su encuentro con el lehendakari Patxi López una escenografía cercana a la que se ofrece a un jefe de Estado. A lo mejor de esta forma hasta los pollos se enteran de las razones de la debilidad parlamentaria.
Si un Gobierno que se desayuna cada mañana con el dramático récord de cuatro millones de parados hubiera ganado ayer los comicios europeos, lo mínimo que cabría exigir es el despido inmediato del líder de la oposición. Sin embargo, harían mal los socialistas si interpretan su derrota en la línea que anoche insinuó la secretaria de Organización, Leire Pajín. El PSOE ha salvado los muebles. Cierto: pudo ser mucho peor. Es el partido socialista que mejor resultado ha conseguido en toda Europa. Cierto, lo cual también significa que la UE gira a la derecha y Zapatero empieza a tener más sintonías socialdemócratas con Obama que con socios y vecinos. ¡Qué soledad!
El PSOE tendrá que analizar con detalle la sangría de votos que ha sufrido en los territorios que le han llevado al poder, muy especialmente Catalunya y Andalucía. Zapatero ha decepcionado a muchísimos catalanes y su partido parece aburrir ya a muchos andaluces. El éxito de la derecha en Valencia y Madrid, donde se ha volcado para movilizar a sus bases tanto contra el Gobierno como contra las múltiples sospechas de corrupción del PP, demuestra que el PSOE sigue teniendo en esos feudos dos enormes asignaturas pendientes. Ahora dispone de tres años para aprobarlas.
A este buzón han llegado en los últimos días los datos de varias encuestas sobre las próximas elecciones europeas. Con ligeras variaciones, todas concluyen que el Partido Popular gana, que el PSOE pierde, que Rosa Díez conseguirá uno o dos escaños y que mucho, muchísimo personal, se quedará en casa. Esta última conclusión es la más peligrosa para José Luis Rodríguez Zapatero, que esta misma mañana dará el pistoletazo de salida a la precampaña electoral en el madrileño palacio de Vistalegre. Zapatero va a dejarse la piel en el envite de las europeas, entre otras razones porque él mismo ha decidido convertirlas en una especie de primarias de las generales. No todo el Ala Oeste de la Moncloa (ni de Ferraz) compartía ese manejo de los tiempos. Lo cierto es que cambió el Gobierno tras la derrota gallega y convocó el debate sobre el estado de la nación para el próximo martes. Esas dos decisiones le pueden dejar sin herramientas de motivación y empuje político en el caso de un mal resultado el 7-J.
Es lo que tiene esa manía presidencial ya citada en este mismo buzón: cuando uno se acostumbra a saltar por la ventana y caer de pie, mientras los demás bajan prudentemente por la escalera, resulta difícil convencerle de alterar el recorrido. Zapatero sale siempre a ganar o a ganar.
El PP intentará movilizar a todas sus huestes utilizando sin pudor la cifra de los cuatro millones de parados, tirándosela a la cara a Zapatero como si este se dedicara a despedir obreros de las empresas. No es que el PP no tenga derecho a utilizar la recesión como arma de oposición política. Por supuesto que puede, como lo harán esta semana en el debate parlamentario todos los demás partidos. Lo que no debería es dar la lata a todas horas con el Libro Gordo de Montoro, que propone bajadas de impuestos, recorte del gasto público y grandes reformas estructurales. Eso sí, sin concretar nunca lo que quiere recortar, las reformas que pretende abordar ni la fórmula mágica que permita mantener los gastos sociales.
Votos y corrupción
El PP utilizará la gravedad de la crisis porque de esa forma tapará también el escándalo de corrupción que afecta a sus propias filas. La desfachatez del PP llega al punto de presentarse como acusación particular en el caso Gürtel mientras mantiene en sus sillones de diputados a tres individuos acusados de haber aceptado sobornos que suman ya 1.500 millones de euros. Dicho de otra forma, el PP simula ejercer de acusación de sí mismo, y así puede conocer antes que nadie cada detalle de la investigación judicial. Sigue convencido (desgraciadamente con cierta razón) de que la corrupción no le resta votos.
Las encuestas anticipan una bajísima participación y muestran que los niveles de valoración de Zapatero y de Rajoy están por los suelos. Lo cual significa que a la tradicional pereza que provocan los comicios europeos en la ciudadanía; al clásico uso de los mismos para ejercer el voto de castigo interno al Gobierno de turno; al desgraciado hecho de que ninguno de los partidos se ha ocupado nunca de divulgar la enorme trascendencia que Bruselas y Estrasburgo tienen para nuestro bienestar… a estos y a muchos más elementos que fomentan la abstención, conviene sumar factores concretos incluso más preocupantes.
Treinta años después de que Margaret Thatcher llegara al poder (3 de mayo de 1979) y empezara a aplicar esas recetas que entusiasman a Montoro, a Aguirre, a Aznar, a Díaz Ferrán… y por ahí todo seguido hasta toparse con los Madoff y Correa, el neoliberalismo ha desembocado en la mayor recesión económica mundial desde los años treinta. El drama del paro parece no permitir a los políticos de izquierda asomarse más allá del muro de esta crisis. Van saltando de medida en medida, de ayuda en ayuda, de titular en titular, pero nadie parece proponer lo que quizás ayudara a recuperar la ilusión de un votante que piensa en su hipoteca y en su puesto de trabajo, pero también en el futuro de sus hijos. ¿Dónde está el sistema alternativo al capitalismo salvaje y al Libro Gordo de la derecha neoliberal? ¿Hay que confiarlo todo al atractivo de Zapatero, al semestre de presidencia europea, a los tuteos con Obama, a los brotes verdes y a la “reconciliación” con los decepcionados catalanes? Zapatero necesita nuevos guionistas en su Ala Oeste. Y, además, escucharlos.
Una semana después de la misa de campaña electoral de la plaza madrileña de Colón, Zapatero ha desgranado el durísimo sermón de los cardenales. Y les ha respondido como suele, eligiendo el florete y no la espada. Decir que “nadie puede imponer ni fe ni moral, sólo respeto a las leyes” es una obviedad. Proclamar que discrepa “absolutamente” de los cardenales que vaticinan la “disolución de la democracia” por culpa del matrimonio homosexual, el divorcio y el aborto no es noticia. Si Zapatero coincidiera con ellos habría que exigirle la dimisión. Defender la “aconfesionalidad del Estado” y la “primacía de la sociedad civil” va en su sueldo.
De modo que lo más destacable de sus palabras no son las palabras mismas, sino la intención última de colocar a cada santo en su peana. La Iglesia, a lo suyo, y el PSOE, a defender en su programa el laicismo en una sociedad libre y democrática que no comulga con una sola fe. Podría Zapatero decirlo más claro. Más alto no sabe hacerlo.
La noche del 14 de marzo de 2004 dejó en el aire un mensaje nítido dirigido al vencedor: “Zapatero, no nos falles”. Hoy, a cinco meses de la nueva cita con las urnas, las encuestas más fiables vaticinan que el éxito o el fracaso del PSOE dependen de su capacidad para no defraudar aquella urgente y emotiva reclamación del personal.
Nuestro primer Publiscopio pone números a una letra que conocíamos: el Partido Popular tiene unos cimientos electorales sólidos, un suelo muy estable, sobre todo si se tiene en cuenta la fragilidad del liderazgo de Mariano Rajoy, una laguna que asoma también con transparencia.
La gente responde hoy a las preguntas sobre su intención de voto sin tener la mente dispuesta para acudir a las urnas. De forma que lo importante es la tendencia, el peso de los matices. Todo indica que la situación es de empate, sea técnico o sulfúrico, pero empate al fin y al cabo. Zapatero no consigue despegar, aunque suscita altas dosis de confianza entre los suyos y escaso rechazo en el resto. Justo al contrario que Rajoy, cuya valoración global es similar a la de Gaspar LLamazares.
Con estas luces de la demoscopia, cabe pensar que el partido está por disputar. Los esfuerzos de PSOE y PP para sacar de casa a los abstencionistas auguran una campaña que será cualquier cosa menos aburrida. O sí. Depende.