Ayer, a la misma hora que se daba a conocer el peor dato de destrucción de empleo de los últimos 33 años, Mariano Rajoy iniciaba una gira por tierras de Don Quijote con una visita a la cooperativa Vinícola de Villarrobledo (Albacete). El anfitrión, Tomás Cabañero Losa, además de presidir esas bodegas, dirige también el PP local y es propietario de la empresa Martínez Solé y Cía., una fábrica de calderería industrial que a principios de año contaba con unos 350 empleados. Cabañero está denunciado ante el Juzgado de lo Social de Albacete por haber despedido en estos últimos meses a casi la mitad de la plantilla sin presentar ningún ERE y sin documentar las motivaciones económicas. El tal Cabañero, también candidato a alcalde por el PP, ha instalado una antena ilegal en una de sus fincas para que se escuche sin interferencias la Cope en el territorio, y presume públicamente de pagarla de su bolsillo.
En Castilla-La Mancha existen 458 cooperativas, de las cuales 224 son vinícolas, de modo que María Dolores de Cospedal ha demostrado un ojo clínico a la hora de ejemplificar el apoyo del PP a una fórmula empresarial que, por otra parte, nunca había figurado entre las preferencias de la derecha. Pero a estas alturas parece claro que el PP cabalga felizmente a lomos del caballo desbocado de la crisis; los gravísimos casos de corrupción quedan solapados por el aprovechamiento inmediato de los disgustos diarios de la evolución económica.
No habría mucho que reprochar en este sentido, puesto que la obligación de un partido que es alternativa de gobierno consiste en controlar al poder y ofrecer mejores alternativas en la solución de los problemas. Y aquí queda sobrepasada la anécdota del tal Cabañero y de sus abrazos a Rajoy y De Cospedal para entrar en la categoría del ejercicio de la política con mayúsculas. Un rato después de ese ataque de cooperativismo, Rajoy se trasladó a Las Pedroñeras, y desde allí lanzó un mensaje diáfano: “El Gobierno es muy malo; tiene la culpa de haber batido el récord de parados, pero saldremos de esta crisis porque el Partido Popular sabe cómo hacerlo”.
Reformas estructurales
Los datos no tienen ideología. Zapatero tardó demasiado en reconocer la dureza de la crisis (pese a su lógica obligación de no contribuir al pesimismo colectivo que agrava exponencialmente el bloqueo de la actividad económica), pero resulta curioso el empeño de la derecha en responsabilizar al Gobierno de las dramáticas cifras del paro y de su “empecinamiento” en no afrontar “reformas estructurales”, muy especialmente la archimanida “reforma laboral”.
La tasa de paro se ha duplicado en España en el último año, fundamentalmente por el estallido de la burbuja inmobiliaria. En este sentido, el país que más se parece al nuestro es Estados Unidos, donde también se ha duplicado esa tasa, en buena parte por la misma burbuja especulativa en la construcción, con la diferencia de que en el reino del neoliberalismo de Bush (el ídolo de Aznar) no se contemplaba la protección social de los más débiles. Redondeando el balance político, el Gobierno de Zapatero perdió durante su primera legislatura la oportunidad de cortar por lo sano la voracidad de los tiburones del negocio inmobiliario, al igual que el PP perdió ocho años en el poder sin abordar “reformas estructurales” que rebajaran el precio del suelo o que solucionaran la financiación local al margen de las “astillas” de los constructores.
Cualquiera que se moleste en examinar los datos económicos de los principales países del mundo tendrá que admitir que esta crisis es global, y que la principal característica negativa respecto a España es que el paro dobla la media de la UE. Afrontamos un decrecimiento similar, con menor endeudamiento, pero con una destrucción de empleo mucho mayor.
Llegados a ese punto aparece el PP con su “plan anticrisis” y su urgente “reforma laboral”. Menos impuestos y mayor flexibilidad en la contratación. Poca cosa respecto a la almendra del problema: la baja productividad y la raquítica inversión en I+D. ¿Acaso abaratar el despido llevará a los empresarios a despedir a menos trabajadores? En España el despido no es gratuito, pero sí libre y barato. Que se lo pregunten al cooperativista Cabañero.
Este buzón de la cosa política lleva bloqueado de mensajes y preguntas desde la mañana del jueves, cuando Público desveló el almuerzo que habían compartido en el madrileño restaurante Solchaga el consejero de Presidencia y Justicia del Gobierno de Esperanza Aguirre y secretario general del PP de Madrid, Francisco Granados, y el presidente del Tribunal Superior de Justicia, Francisco Javier Vieira. El ágape se celebró el lunes, un día antes de que el citado tribunal se declarase competente para investigar la presunta trama de corrupción en el PP conocida ya como caso Gürtel y en la que aparecen implicados tres diputados de la Asamblea de Madrid, varios alcaldes, el senador y tesorero nacional del partido, Luis Bárcenas, y el eurodiputado Gerardo Galeote. Todos ellos ciudadanos libres de toda sospecha hasta que (según la dirección del PP) el juez Baltasar Garzón coincidió en una cacería con el ministro Bermejo y juntos decidieron montar una causa general contra la derecha española. Conviene ir despejando algunas incógnitas, más que nada para dejar hueco en el buzón a otros asuntos de mayor enjundia, como por ejemplo los intensos rumores sobre un inminente y profundo cambio del Gobierno Zapatero.
Porque la verdad es que esta trama daría para una telecomedia si no se tratara de unos señores y señoras que presuntamente se han dedicado a desviar dinero de todos los contribuyentes hacia empresas que a su vez les pagaban comisiones o les regalaban coches de lujo. Y si no fuera porque la reacción de la dirección del PP ante el carajal es tan disparatada que sólo ofrece tres posibles explicaciones: 1.- La actual cúpula del PP no tiene poder para hacer una limpieza a fondo. 2.- Esta trama incluye vías de financiación del partido; 3.- Los dirigentes de la derecha toman por tontos a los ciudadanos. Estas tres posibilidades no son incompatibles entre sí.
Las cinco diferencias
Al caso que nos ocupa. El magistrado Vieira reconoce que en ese almuerzo habló con el número tres de Esperanza Aguirre sobre el caso Gürtel, aunque “sólo de cuestiones de procedimiento”, “como hablaría con un grupo de periodistas”. Vale. Admitimos pulpo como animal de compañía.
Granados ha sido más preciso. Señala “cinco diferencias fundamentales con la famosa cacería del juez socialista y el ministro furtivo”. Como todo el mundo sabe, el “juez socialista” es Garzón, considerado un héroe por la derecha cuando marcó con una X a Felipe González por los GAL o cuando ilegalizó a la izquierda abertzale. El “ministro furtivo” es Mariano Fernández Bermejo, a quien Zapatero forzó a dimitir por aquella impresentable cacería para la que, además, carecía de licencia.
Diferencia 1. Sostiene Granados que su comida ha sido “estrictamente de trabajo y no de ocio”. Hablaron según él de las necesidades económicas, humanas y materiales de los juzgados madrileños antes de abordar la corrupción. Curioso. ¿Por qué esa reunión de trabajo no se celebra en la sede de la Comunidad o en la del TSJM? En Solchaga se come muy bien y se paga mejor todavía. Concretamente ese almuerzo lo sufragamos los contribuyentes a través del Ministerio de Justicia. A lo peor es que el catering del Tribunal lo llevaba hasta ahora una empresa de Correa y… claro, no era plan.
Diferencia 2. Sostiene Granados que Vieira “nunca ha sido candidato del PP”. Correcto, aunque durante ocho años de gobierno no propuso el PP algo tan sencillo como que un juez que se presente a unas elecciones no pueda volver a ejercer la carrera judicial.
Diferencia 3. Sostiene Granados que Vieira es una persona “intachable”. Sin comentarios. Él sabrá cómo califica a Garzón.
Diferencia 4. Sostiene Granados que Vieira “no decide” sobre el caso Gürtel. Mentira. Si el asunto llega a juicio, Vieira presidirá el tribunal.
Diferencia 5. Concluye Granados que un día después de la comida el TSJM asumió la investigación de Garzón, algo que “va en contra de los intereses del PP”. Gracioso. Estaría bueno que el Tribunal no hubiera admitido a trámite una investigación policial repleta de indicios. Lo que iría en contra de los intereses del PP es una sentencia condenatoria, y Vieira es quien presidirá la sala.
Son las 23 horas del viernes, 3 de abril, y ni Granados ha dimitido ni Vieira se ha inhibido del caso. Aquí ya se observa una pequeña diferencia respecto a la cacería.
Públicamente nadie confirma ni desmiente nada. En privado ya es otra cosa. Dirigentes de todos los sectores del PP reconocen que las citas electorales de 2009 condicionan el futuro de Mariano Rajoy y no pocos de ellos ven en la figura de Rodrigo Rato una de las bazas más firmes para optar a lo que todos ambicionan: recuperar el poder.
A día de hoy, el protagonista huye de los focos. Desde que abandonó la dirección del Fondo Monetario Internacional y regresó a España para dedicarse a la familia, los negocios personales y el asesoramiento de varios bancos, Rato sólo asoma de visita en algunos actos en los que escucha gritos o susurros de “Presidente, presidente” y hace mutis por el foro. Sus fieles, reubicados en despachos de la Comunidad de Madrid, en empresas privadas o en posición de descanso en la novena fila del Congreso de los Diputados, esperan tiempos mejores y comparten un análisis unívoco: “Rodrigo no está tramando nada, pero si el partido le reclama como figura de consenso, volverá a pelear por La Moncloa”.
Tras el Congreso de Valencia, Rajoy no ha conseguido su objetivo prioritario: consolidar el liderazgo. El Gobierno sufre un desgaste, sí, pero casi la mitad de los votantes del PP no confían en las posibilidades de su líder. Por lo demás, a ciertas edades ya no se cambia, y mantiene Rajoy la nefasta costumbre de marear los problemas hasta que se resuelvan por esporas, o bien elige el peor momento para estar donde no debe o para no estar donde debería. Abraza y aplaude a un Carlos Fabra que ejemplifica todo aquello que habría que desterrar de la política y desaparece de su escaño a la hora en que se votan nada menos que los Presupuestos Generales del Estado.
A golpe de encuesta
Así las cosas, nadie conoce a nadie en el PP que niegue un vaticinio: si Rajoy no obtiene un buen resultado en las elecciones gallegas y vascas y no gana cómodamente en las europeas, su carrera política está acabada. Las encuestas sobre Galicia indican que puede ganar en votos, pero no gobernar. En el País Vasco confían en mantener más o menos su cuota pese a la fuga de María San Gil. Todo depende, por tanto, de las europeas. Dicen en su entorno que Rajoy prefiere esperar a la evolución de las encuestas antes de nombrar un candidato o candidata. Si el PP cree que las tiene ganadas, a Rajoy le interesará colocar a alguien muy cercano, de modo que el éxito sea suyo. Si las cosas pintan mal, preferirá a alguien significado en la competición interna cuya posible derrota no le salpique en demasía.
Un mal resultado en las europeas lleva inevitablemente a un congreso extraordinario a principios de verano o en otoño de 2009. Si Rajoy tira la toalla, Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre saltarán al ring. Ninguno de los dos concentra un apoyo mayoritario del partido, y además en ese congreso no se trata de elegir a quien mejor maneje las riendas internas, sino a quien más posibilidades tenga de derrotar al PSOE en las generales de 2012. Puede surgir algún barón, incluso hay quien apuesta por la audacia de buscar al “Zapatero” de una derecha moderna.
La figura de Rodrigo Rato cumple varios requisitos que valoran incluso quienes no le rinden homenajes navideños: su nombre ofrece la credibilidad en materia económica que Rajoy no ha logrado y además cortaría de raíz cualquier sombra aznarista, puesto que ambos acabaron como el rosario de la aurora.
En política, uno de los factores más difíciles de valorar es la influencia de cuestiones psicológicas en las decisiones tácticas y estratégicas. A sus 60 años, probablemente Rato no tiene la menor necesidad de volver a la primera línea de fuego. Pero hay una espina clavada. Contribuyó decisivamente a colocar en el poder a un Aznar a quien siempre consideró menos capacitado política e intelectualmente que él; incluso cierta diferencia clasista establecía una brecha que a ambos incomodaba. Cierto desprecio de Rato hacia Aznar y grandes recelos y desconfianzas de Aznar hacia Rato. Fue el único ministro que reprochó a Aznar a la cara que su política sobre Irak llevaría al PP «a un absoluto desastre».
La soberbia y la buena memoria alimentan el rencor y nublan el conocimiento. Aznar señaló a Rajoy como sucesor creyendo que todo estaba ganado por su santa voluntad y dejó a Rato fuera de juego sin contemplaciones. O mucho han transformado a Rato el yoga y su segunda juventud sentimental, o no despreciará la posibilidad de vengar aquella afrenta.
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En la nómina de columnistas y tertulianos que atienden a la derecha se palpa un estado de ánimo intelectual que oscila entre la perplejidad y el cabreo. Uno de ellos (Ignacio Ruiz Quintano) arrancó hace cuatro días su colaboración en ABC con la siguiente sentencia: “El azar los trae y la lógica se los lleva. El azar del terrorismo nos trajo a Zapatero y el azar de la crisis nos trae a Obama (…) Muertos el comunismo y el capitalismo, viva la corrupción global”. No escarmientan. Pasarán más de mil años antes de que reconozcan la falsedad de esa miserable ecuación. Hasta Paul Krugman, flamante Premio Nobel de Economía, se lo ha explicado: “Los españoles no se intimidaron con las bombas terroristas; se rebelaron contra un Gobierno en el que no confiaban porque culpó a la gente equivocada y utilizó la televisión y la radio públicas para impulsar sus falsas acusaciones”. Han decidido Quintano y los federicos que, también “por azar”, un negro llegará a la Casa Blanca para solucionar la crisis económica. No porque McCain propusiera interrumpir la campaña electoral para dedicarse a analizar el hundimiento del sistema financiero; ni porque tenga pinta de vendedor de seguros jubilado o porque muchos votantes le consideren simple continuador de Bush, el presidente más impopular de la historia desde Truman. No. Obama ganará, si gana, por el puro azar de la más aguda crisis financiera.
Por accidente
Andan cabreados o perplejos quienes sostenían que Zapatero era un “presidente por accidente”, un perfecto inútil de sonrisa hueca que además soltó una patada en los testículos del emperador con la retirada de tropas de Irak. Ahora, por “el azar” de que el neoliberalismo se enfrenta a un espejo hecho añicos, resulta que Zapatero habla en francés con el primer ministro inglés y que tanto Gordon Brown como Sarkozy reclaman su presencia en la cumbre mundial que pretende refundar el capitalismo.
En la política del corto plazo, el PP y sus gurús intelectuales se ven obligados a “refundar” su estrategia. Después de perder un tiempo precioso negando que llovía cuando diluviaba, el Gobierno ha conseguido recuperar la iniciativa anulando además la sensación de que sólo había ocurrencias en lugar de medidas de calado. Ahora, esas medidas tienen el paraguas de foros internacionales en los que figuran los referentes máximos de la derecha española: Merkel y Sarkozy. Hasta el punto de que asistimos a una especie de mundo al revés en el que también la izquierda se siente un poco perpleja: Zapatero defiende con uñas, dientes y deuda pública a los insignes banqueros mientras Rajoy enarbola la pancarta de los derechos de las familias, los parados y las pequeñas empresas. Hay un problema de credibilidad que, en principio, desgasta más al líder de la oposición que al presidente del Gobierno: nadie se cree que Zapatero se dedique a favorecer a “sus amiguetes de la banca”, ni tampoco Rajoy da el perfil de máximo protector de los parados.
Pero al PP no le queda otra que agarrarse al paro. Ya no sirve decir que el Gobierno niega la crisis, que el presidente no pinta nada en la escena internacional o que no toma medidas. Esteban González Pons, alterado al saber que Zapatero puede acudir a una cumbre entre los máximos líderes del mundo, ha disimulado mal: “Zapatero debería asistir a una cumbre sobre el desempleo”. Pues qué bien.
Lo que importa
En la política del largo plazo, asistimos a uno de esos procesos que marcan un siglo entero (la revolución bolchevique, Munich, Yalta, Breton Woods, la caída del Muro…) con la diferencia de que ahora todo es global y se retransmite en directo. Para bien y para mal.
Sarkozy ha anunciado solemnemente una próxima cumbre de los líderes del mundo para la “refundación” del capitalismo. Dan ganas de responder como aquel personaje de Chesterton: “Yo me voy a dormir, avísenme cuando acaben”. Refundar viene a ser “dar nueva estructura, nuevos principios a una institución u organización”, según María Moliner. Trabajo no les va a faltar en esa cumbre. Y en otras diez si de verdad pretendieran no sólo revisar las funciones del Banco Mundial o del Fondo Monetario sino abordar un nuevo modelo capaz de poner coto a la pura especulación, a los paraísos fiscales o a la ingeniería financiera. Sería mucho más que “azar” que este crash lo consiguiera.
Ha dicho Mariano Rajoy en TV3 que Zapatero está “haciendo el tonto”. Para llegar a tal conclusión, el presidente del PP argumenta lo siguiente: “La situación económica es mala (…) Un presidente del Gobierno tiene que hablar bien de su país (…) pero a la gente hay que decirle la verdad: que hay una crisis muy importante que nosotros sufrimos en situación de más vulnerabilidad [que los demás países]. No decir la verdad es hacer el tonto, y supone engañarse y engañar a la gente”. Ni la Real Academia, ni María Moliner ni Manuel Seco, ni siquiera el Inventario general de insultos del sabio Pancracio Celdrán recoge una acepción de “tonto” que responda claramente a la que propone Rajoy, pero tampoco es cuestión de discutir su autoridad en la materia. Si no decir la verdad es hacer el tonto, el PP desarrolló la definición durante la última legislatura casi a tiempo completo, ya fuera a cuenta del 11-M, del Estatut o del proceso de paz.
En este caso, Rajoy critica a Zapatero por haberse paseado por Nueva York presumiendo ante empresarios y banqueros norteamericanos de que el sistema financiero español es uno de los más sólidos del mundo, y lanzando el mensaje de que nuestra economía está mejor preparada que otras para salir de la crisis provocada por el terremoto financiero en Estados Unidos y por el estallido de la burbuja inmobiliaria en España, siempre que los precios del petróleo no incordien excesivamente.
El diagnóstico
Después de haber perdido un tiempo precioso en marear la perdiz con el uso y significado de la palabra crisis, la verdad es que hace ya meses que el Gobierno admite que la situación económica es muy mala. Sería tonto y necio negar una evidencia que cantan, día tras día, los datos macro y micro de la economía. Esto nadie lo discute. Lo que se discute es el origen de los problemas y las posibles soluciones. El PP hace oposición, y por tanto se empeña en trasladar el mensaje de que Zapatero es el gran culpable de la crisis, por no haber abordado en los últimos cuatro años reformas estructurales, liberalizaciones, reformas laborales, privatizaciones, etcétera. Es decir, por no haber aplicado una política económica neoliberal. Claro, eso sí que podría considerarse “hacer el tonto” desde cualquier punto de vista: un Gobierno de izquierdas que aplica una política de derechas.
Pero resulta que los propios neoconservadores, norteamericanos o españoles, premios Nobel y analistas más o menos expertos reconocen que el origen esencial de la actual crisis financiera global está en Estados Unidos, en la macroestafa piramidal de las hipotecas subprime y en la clamorosa ausencia de un control estatal que pusiera freno a la codicia de los tiburones de Wall Street.
Andan ahora llorando para que el Estado, con el dinero de todos los contribuyentes, acuda en socorro de multimillonarios arruinados. Y lo van a conseguir, porque republicanos y demócratas coinciden en que será la única forma de evitar que se venga abajo todo el tinglado y el terremoto no arrase también con las cuentas corrientes y los sueldos corrientes de los ciudadanos corrientes. Siguiendo la argumentación de Rajoy, negar este origen de la crisis o pretender que la burbuja inmobiliaria española se la inventó Zapatero desde 2004 es sencillamente falso. Es “engañarse y engañar a los demás. O sea: “Hacer el tonto”.
Se pueden discutir las palabras exactas o si sobraban o no las irónicas alusiones de Zapatero a Sarkozy o Berlusconi en Nueva York, cuando se puso a sacar pecho por las fortalezas de España en comparación con Francia o Italia. Pero alguien que aspira a la presidencia del Gobierno no discutirá que un presidente tiene la obligación de recorrer el mundo intentando atraer inversores a su país.
Genios asesores
Mariano Rajoy debería encargar a sus asesores que escuchen los discursos que pronuncian Emilio Botín (Banco Santander) o Francisco González (BBVA) en Londres, en Nueva York o en Pekín, y buscar las diferencias con los mensajes de Zapatero. A ver qué encuentran. Los bancos y las grandes empresas españolas necesitan financiación exterior, y no tendría la menor gracia que lo que propagaran por el mundo fuera algo así como “no inviertan ustedes en España, porque aquello es un desastre absoluto, con un Gobierno que se dedica a hacer el tonto. Esperen ustedes cuatro añitos a ver si ganan los conservadores y ya hablamos”. Un mensaje, por cierto, que con escasas variaciones repite por ahí machaconamente José María Aznar, con un sentido del Estado perfectamente descriptible.
Por supuesto que aquí afrontamos también una mala situación financiera, pero es evidente que el modelo de banca comercial en España, con un negocio basado fundamentalmente en la captación y el préstamo de fondos, sin más ingenierías extrañas, nos aleja de los riesgos que han puesto en jaque a la economía más fuerte del mundo.
Si se trata de no “hacer el tonto”, el Partido Popular debería examinar también a fondo a los asesores de su candidato preferido para la Casa Blanca, con el objetivo prioritario de no repetir sus genialidades. La propuesta de John McCain de suspender la campaña y los debates para centrarse en la crisis económica pasará a la historia de la estrategia política como una de las más grandes tonterías escuchadas en una carrera presidencial. Barack Obama ha respondido con habilidad y cierto cachondeo: “Creo que un presidente debe ser capaz de hacer más de una cosa a la vez”. Pensar y comer chicle al menos, como dice el chiste. Alguien que aspira a dirigir un país, sea Estados Unidos o España, debe plantear soluciones a los problemas y convencer a la gente de que sus soluciones son precisamente las más acertadas. Todo lo demás es engañar a los demás o engañarse a uno mismo. O sea: “Hacer el tonto”.
Se ve que Mariano Rajoy ha librado el fin de semana, o quizás no se haya recuperado del susto al enterarse de que su predecesor, José María Aznar, hace ¡2.000! abdominales diarios en el garaje de su casa. Si es que así es complicado consolidar un liderazgo. Cuando la sombra que te persigue es culturista y no se cansan de adjudicarle idilios y paternidades, ¿qué puede uno hacer para centrar la atención sobre la crisis económica?
El caso es que el líder de la oposición no ha contraprogramado un solo acto, lo cual ha permitido a Rodríguez Zapatero sacar abdominales ideológicos y anunciar que su Gobierno conseguirá capear el temporal sin recortar los gastos sociales. No sólo mantiene sus compromisos de seguir subiendo las pensiones mínimas por encima del IPC o de invertir mil millones de euros en 2009 en ayudas a las familias con personas dependientes. «¡Que no me pidan dinero para empresas en dificultades que antes obtuvieron grandes beneficios!», advirtió ayer el presidente en las campas leonesas de Rodiezmo, donde culpó de la actual situación económica a la política neoconservadora de Bush y de sus imitadores.
Los portavoces de guardia en el Partido Popular tiraron de argumentario y, en lugar de responder a las recetas de Zapatero, le acusaron por enésima vez de desviar la atención con asuntos como el aborto, la eutanasia o la memoria histórica. Sostiene el PP que estos temas no interesan a nadie, aunque no explica en qué encuesta se basa para afirmarlo.
A la espera de que hoy, lunes, reaparezca el líder de la oposición, ejerció el papel de voz crítica o escéptica el secretario general de UGT, Cándido Méndez. No es que amenazara con una huelga general a Zapatero si se le ocurre olvidarse de defender los intereses de los trabajadores, pero por si acaso le recordó que no sería la primera vez que el “sindicato hermano” se echa a la calle. Sobre todo si Corbacho sigue enredando.
La economía evoluciona mal dentro de la gravedad y el personal se pregunta si los doctores Zapatero, Solbes y Sebastián están aplicando las medicinas más eficaces. Si preguntamos a dos economistas obtendremos tres respuestas distintas y hasta contradictorias. Incluso hay quien sostiene que, ante una crisis como ésta, el tratamiento posible es el de la recomendación popular contra el catarro: una semana en la cama o siete días con medicamentos. Los que más saben calculan que esta gripe durará un par de años.
El caso es que la letra del panorama político queda absolutamente condicionada por los números de la economía. De ahí saldrá, como estaba previsto, el armamento grueso de la oposición que Mariano Rajoy ejercerá esta legislatura. El próximo miércoles pretende salir del Palacio de la Moncloa con un doble mensaje que le ayude a consolidar su liderazgo dentro y fuera del PP. Por un lado, un gran acuerdo sobre las reformas de la Justicia, incluidas las renovaciones del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, aunque no se concreten ni se ejecuten hasta septiembre. Por otro, Rajoy lanzará una dura crítica al Gobierno por no haber querido o sabido prevenir la profundidad de la crisis y por no adoptar las medidas que él considera urgentes. Sobre el guión, el pacto de la Justicia permite al líder del PP abonar la imagen de moderación que busca después de cuatro años de extremismo. Le interesa cuanto antes demostrar que es sincera su intención de alcanzar consensos en asuntos “de Estado”. La crítica a la política económica intentará exprimir la idea de que la derecha gestiona mucho mejor que la izquierda y bajo ese paraguas conectar con el cada día más extendido y lógico temor al paro en la ciudadanía.
En algunos círculos socialistas no se ocultan ciertas críticas internas por la forma en que el Gobierno está encarando las graves dificultades de la economía. No se refieren tanto al contenido de las medidas concretas que se van anunciando como a la comunicación de las mismas y a la coordinación del Ejecutivo. Consideran un error político no haber reconocido con mayor claridad y transparencia la magnitud de la crisis una vez superada la cita electoral de marzo. Los circunloquios en el lenguaje cuando el goteo de datos negativos es contundente sólo consiguen restar credibilidad a las propias medidas. Una cosa es ejercer la responsabilidad de no transmitir un pesimismo letal a los mercados y otra muy diferente dar la impresión de que no se quiere reconocer la realidad.
Carácter global
Esas mismas voces sostienen la necesidad no sólo de presentar un plan coherente de medidas concretas, sino un discurso pedagógico y valiente sobre las causas de la crisis y el carácter global de la misma. Estados Unidos ha alcanzado esta semana una inflación del 5%, exactamente el mismo nivel que sufre España y con orígenes casi idénticos: los precios del petróleo y de los alimentos. Si en Estados Unidos se ha pinchado la burbuja de las hipotecas basura, aquí ha explosionado el hinchadísimo globo del negocio inmobiliario. Allí gobiernan los neoconservadores, aquí los socialistas, pero ni unos ni otros pueden escapar al carácter global del cambio de ciclo económico más complejo que se recuerda.
Lo cual no significa que no existan políticas económicas de derechas y de izquierdas. De hecho, deberían notarse las diferencias tanto o más en un ciclo de crisis como en épocas de bonanza. El tópico de que la izquierda reparte mejor la riqueza y los ultraliberales son los que la crean ya es demasiado rancio. La lluvia de ladrillos del caso Martinsa y otras posibles tormentas ofrecen la oportunidad de comprobar si la izquierda es capaz de repartir las cargas de la crisis en una proporción justa. ¿Ayudas públicas para algunos artistas de la especulación? No, gracias.
La amnesia no se impone por decreto. El pasado nos persigue a los humanos mientras exista alguien empeñado en refrescarnos la memoria. Dicen en su entorno que Mariano Rajoy era perfectamente consciente de la citada obviedad cuando decidió emprender y pilotar el último giro al centro del Partido Popular, ya se trate de una mudanza definitiva o de una excursión dominguera. Sabía que no resultaría fácil borrar del calendario político la estrategia radical de los últimos cuatro años. No ya porque se lo recuerde el PSOE a la menor oportunidad, sino porque en el dichoso viaje está pisando muchos callos en sus propias filas. Por si le quedara alguna duda, a estas horas afronta Rajoy una nueva rebelión que no por intuida deja de ser incómoda y arriesgada. El PP vasco cerrará hoy su congreso con la ausencia de la todavía presidenta, María San Gil, y de Jaime Mayor Oreja, autor intelectual de la política que su formación ha seguido en Euskadi durante la última década.
No es que la nueva dirección del PP surgida en el congreso de Valencia esperara una escenificación dulce del cambio que se pretende. Pero lo cierto es que no hay precedentes en democracia de la celebración del congreso de un partido a la que no acude la presidenta saliente. Ni siquiera para soltar un discurso de despedida. Sostienen los devotos de San Gil que de este modo “hace menos daño al PP”. Extraño argumento. Es como si Aznar y Acebes hubieran dejado sus sillas vacías en Valencia. Ese silencio habría resultado mucho más clamoroso que los discursos críticos que
pronunciaron.
En los últimos días, se han sucedido las dimisiones de varios dirigentes guipuzcoanos que siguen los pasos de San Gil. Ayer mismo, otro nombre simbólico y adorado por el PP, el de la alcaldesa de Lizartza Regina Otaola, se sumó a la rebelión con el anuncio de un voto en blanco a la nueva Ejecutiva. Y lo expresó incluso antes de que se conocieran los nombres que la forman, para que no quedara la menor duda de que, a estas alturas, importaba poco quiénes fueran los candidatos.
La escisión en el PP de Euskadi tiene difícil marcha atrás. Quienes han apostado por el cambio que plantea Rajoy se declaran indignados con las formas empleadas por San Gil y sus fieles, y por la campaña emprendida desde algunos medios de la derecha. Antonio Basagoiti, Alfonso Alonso o María José Usandizaga, hasta hace cuatro días “héroes de la lucha por la libertad en Euskadi”, son tratados ahora como traidores o cobardes. Uno de los dirigentes dimisionarios ha calificado de “ignominia” la ponencia política que hoy se aprobará porque la considera demasiado “light”.
Para algunos de los “rebeldes”, todo lo que no sea acusar al PNV de complicidad con ETA es “demasiado light”.
Y Aznar no se calla
La mochila que lleva Rajoy es ciertamente pesada. Tiene que cargar con los símbolos que él mismo contribuyó a elevar a los altares; con las piedras que le lanzan sus adoradores mediáticos; con la sombra amenazadora de Esperanza Aguirre que se mantiene a la espera; y con los reproches que le dedica José María Aznar cada vez que abre la boca.
Rajoy intenta hablar del paro, de la crisis y de los puntos débiles de Zapatero, pero la mochila pesa y pesa. Ayer mismo, mientras el PP presentaba un plan contra la corrupción en Estepona, él tenía que acudir a un homenaje a Carlos Fabra, eterno amo del partido en Castellón y todo un ejemplo de lo que no es transparencia política. Pero Fabra acarreó unos cuantos votos para el congreso de Valencia y no tiene planes anticorrupción, aunque sí memoria.
Aquí ni dios lee poesía, pero a todos les ha dado últimamente por la lírica. Esperanza Aguirre se apropia irónicamente de la definición de “verso suelto” del PP que en su día acuñó para sí mismo Ruiz-Gallardón. Rajoy hace rimar Gallardón con “ambición” y con “ilusión”, y a José María Aznar con “no estar”. Góngora y Quevedo le echaban más talento a la hora de cruzarse varapalos en verso, pero tampoco se puede exigir a los políticos un ingenio literario por el que no se les paga. A Rajoy se le ha insistido para que analice la última jugada de Esperanza Aguirre en el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Ya en prosa, el reelegido presidente del PP ha contestado que lo único que interesa estos días en España es lo que haga nuestra selección en la Eurocopa. Y no le falta razón. Ya quisieran Rajoy o Zapatero captar a 17 millones de telespectadores en un debate parlamentario, pero tendrán que conformarse con una audiencia cada día más similar a la de la poesía.
Una vez que salgamos de la feliz resaca futbolera, Rajoy no tendrá más remedio que seguir haciendo rimas en el calvario de la oposición. Porque el último golpe de efecto de Esperanza Aguirre supone el más evidente aviso de que la crisis en el PP no está cerrada tras el congreso de Valencia. Es cierto que el cambio de Gobierno lo tenía decidido desde hace casi dos meses. Había consejeros con menos notoriedad pública que algunos ganadores de juegos florales. Pero también es evidente que Aguirre ha aprovechado esos cambios para liquidar a aquellos consejeros que ya no son de su confianza. Al lector de Málaga o de Castelldefels le importará una higa lo que Aguirre decida sobre el Ejecutivo madrileño, pero debe saber que esas decisiones tienen mucho que ver con los destinos del principal partido de la oposición en toda España.
La lideresa no ha cometido el error de despedir simplemente a los que apoyaron a Rajoy en Valencia o aceptaron formar parte de la nueva dirección del partido. Eso sería una pura vendetta. Dicen en su entorno que Esperanza rima con “confianza”. Ha querido que el mensaje recibido por la dirección fuera un poco más sutil y directamente relacionado con la lealtad y con la alta política.
Por un lado, Aguirre ha diferenciado entre quienes le consultaron previamente qué debían hacer en el caso de que Rajoy les ofreciera sumarse a los órganos de dirección y quienes lisa y llanamente la “traicionaron”. En esta última especie se ubica sobre todo el vicepresidente cesado, Alfredo Prada, adversario declarado de Ignacio González –el otro y ya único vicepresidente y mano derecha de Aguirre–. Prada se sumó al cambio impulsado por Rajoy sin haber informado siquiera a su jefa. Hechos consumados. El otro peso pesado, Manuel Lamela, conocido en toda España por su persecución a los médicos del Hospital de Leganés entre otras gestiones disparatadas, no actuó con deslealtad y ha sido premiado con un sillón en Caja Madrid.
De modo que el primer mensaje para Rajoy consiste en que la Comunidad de Madrid es la Numancia del PP. No es lo mismo ser crítico como diputado raso que ejercer la divergencia con un boletín oficial en la mano, un presupuesto multimillonario, cámaras de televisión disponibles y un cargo que presupone aparecer a menudo a la izquierda del rey y a la derecha del presidente del Gobierno. Ese presupuesto permitió en 2004 recolocar a un montón de gente del PP que se quedó en el paro tras la derrota electoral del 14-M. Si lo hubieran aceptado, Juan Costa y Manuel Pizarro podrían pertenecer hoy también a ese castillo de las esencias liberales en el que se ha convertido el Ejecutivo de la Comunidad de Madrid.
Liderazgos paralelos
El segundo mensaje trasciende las rencillas internas del partido sobre los órganos de dirección. Anteayer, cuando Aguirre explicó los cambios, intentó justificarlos –sin ningún éxito– como una medida coherente con la austeridad necesaria en tiempos de crisis. De hecho se colocó a sí misma como ejemplo de lo que debería hacer Zapatero. O sea, ejerció lo que pretende: un liderazgo paralelo al de Mariano Rajoy.
De modo que, una vez que superemos el ataque colectivo de orgullo nacional por la Eurocopa, Aguirre procurará no desperdiciar una sola oportunidad de aparecer como referencia en la oposición al PSOE. Tiene previsto hablar poco o nada, ni en verso ni en prosa, sobre las interioridades del PP. Pero se despachará a menudo sobre la política económica, la inmigración, la sanidad o el terrorismo. Mientras Rajoy tendrá que ir superando una tras otra las pruebas electorales, la lideresa observará el panorama desde su privilegiada atalaya y rodeada de fieles.
Los más sesudos analistas y las fuentes menos contaminantes de las distintas familias del Partido Popular coinciden en una conclusión: Javier Arenas es el hombre fuerte de la nueva etapa emprendida por Mariano Rajoy. Y debe de ser tan cierto como que ayer por la tarde Ángel Acebes quiso ser la voz de los derrotados en este XVI Congreso Nacional del PP. Ambos enunciados contienen una diferencia esencial: sobre el primero disponemos de indicios fundamentados, aunque la política es una ciencia absolutamente inexacta y susceptible de cambio permanente; sobre el segundo tenemos la evidencia de la voz inconfundible del propio Acebes, que hilvanó un discurso de claridad meridiana, una defensa de cabo a rabo de los últimos cuatro años de oposición crispada. Vayamos por partes.
Javier Arenas (sevillano de Triana, adolescente en Cádiz, de juventud en la UCD y madurez aznarista) es señalado desde todos los rincones críticos del PP como el principal cerebro y muñidor del proclamado giro al centro que Mariano Rajoy emprendió tras la derrota del 9 de marzo. Así lo sostienen los liberales de Esperanza Aguirre, los moderados de Juan Costa, los antinacionalistas de Mayor Oreja y los federicos del entorno mediático de la derecha. Hasta las fuentes del PSOE y del Gobierno mejor relacionadas con la oposición coinciden en otorgar ese protagonismo a Javier Arenas.
Por si no sobraran indicios de su creciente influencia, en los días previos al congreso de Valencia se han acumulado varios. Rajoy desveló una de las ya escasas incógnitas que quedaban por despejar: los nombres del cuarteto que formará el núcleo duro de la dirección del PP junto a los portavoces parlamentarios, Soraya Sáenz de Santamaría y Pío García Escudero. La designación de María Dolores de Cospedal como secretaria general y del propio Arenas, González Pons y Ana Mato como vicesecretarios confirman la ascendencia del andaluz. Tanto Cospedal como Mato han sido estrechas colaboradoras de Arenas, y sólo el nombre de González Pons se interpreta como una cesión a otro barón del partido, el valenciano Francisco Camps.
No puede ser casual (casi nada lo es en política) que el propio Arenas ocupe precisamente la Vicesecretaría Territorial. Una de las señas de identidad del supuesto cambio que Rajoy quiere imponer en el PP es el que se refiere a la relación con los nacionalistas y a la radicalidad del mensaje sobre la estructura del Estado español. Esa apuesta le ha costado ya la fuga de María San Gil y la consiguiente indignación de Mayor Oreja y del ex patrón, José María Aznar. Se trata de dejar de asustar al personal en Catalunya y en el País Vasco, donde el 9-M la derecha se estrelló y donde se juega mayormente la posibilidad de recuperar algún día el Gobierno central. El discurso contra el Estatut, eje fundamental de la oposición de los últimos cuatro años, fue aparcado por Arenas en la negociación del nuevo estatuto de autonomía de Andalucía, donde también se habla de nación y donde se copian sin pudor artículos enteros del texto catalán que el PP tiene recurrido ante el Tribunal Constitucional.
Con pedigrí
El traje centrista, dialogante y simpático le viene a Arenas de lejos. Lo aprendió en UCD de la mano de Manuel Clavero y de Fernández Miranda, y lo lució con éxito como ministro de Trabajo en la primera legislatura de Aznar. Sólo se recuerda un borrón en su talante: aquella nefasta noche del 6 de junio de 1993, cuando proclamó que la victoria electoral de Felipe González había sido “un pucherazo”. Para compensarlo, anteayer se despachó con un mensaje valiente y rotundo: “la ultraderecha no cabe en el PP”.
Quienes conocen la habilidad política de Arenas confían en la sinceridad de su centrismo, aunque dudan que apueste ciega y exclusivamente por Mariano Rajoy como futuro candidato a la presidencia del Gobierno. Lloverá mucho de aquí a 2011, y Esperanza Aguirre, Camps y unos cuantos más esperarán otra oportunidad. Rajoy, por mucho empeño que le ponga, es el eslabón más débil en la credibilidad del giro del PP. Al fin y al cabo, la memoria y la hemeroteca atestiguan que lideró durante cuatro años la oposición más extrema y a menudo irresponsable de la historia reciente.
Angel Acebes defendió ayer exactamente esa política que hasta anteayer encabezó Rajoy. Se despedía y se desahogaba. Dijo muy clarito lo que probablemente Aznar esta tarde exprese con mayor diplomacia. Incluso deslizó un aviso a navegantes: “He dado la cara por el PP cuando me correspondía y a veces cuando no me correspondía”. El gesto de Rajoy como escuchante lo decía todo.