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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

Rajoy confía en la otra crisis

06 jun 2008
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Las encuestas encargadas por el PSOE y el PP sobre los resultados electorales del 9 de marzo parecen coincidir en lo esencial: el PP fue derrotado por su radicalismo y por el débil liderazgo de Mariano Rajoy entre sus propios votantes, frente a la imagen moderada del PSOE y la credibilidad de José Luis Rodríguez Zapatero. Esos datos explican en parte el giro en el discurso de Rajoy y el consiguiente carajal organizado en sus filas. Anteayer, el líder del PP avanzó un paso más en su mensaje del viaje al centro: “No podemos quedarnos en una esquina”. Es una forma diáfana de reconocer que su partido se ha tirado cuatro años en el monte. De modo que Rajoy afronta esa conclusión convencido de que tiene ahora otros cuatro años por delante para suavizar mensajes y convencer al espacio central del electorado de que no es el lobo. Cabe preguntarse cómo pretende superar el pequeño escollo de que él mismo dirigía a sus huestes por el agreste monte y ahora decide bajar al valle y abandonar a unos cuantos en la citada esquina sin mayores explicaciones ni gestos de arrepentimiento. Tal contradicción ya es un obstáculo para ganar credibilidad, pero aún más complicado es resolver el segundo problema que apuntan las encuestas. La encargada por el PSOE refleja que el 58% de los votantes de derechas no ve a Rajoy como líder. No lo ven los votantes y es evidente que no lo ven muchos de sus propios compañeros de filas.

De Valencia a Galicia

Faltan quince días para el congreso de Valencia. A Rajoy le habría gustado salir de la capital del Turia con una cerrada ovación y un equipo de fieles en la cúpula del partido habiendo soltado ya el lastre de los nombres más contaminados por el radicalismo: Zaplana, Acebes, Mayor Oreja… a ser posible con el asentimiento mudo de su padrino, José María Aznar. Pero eso en el PP es como pedir que llueva hacia arriba. Aunque Juan Costa no se atreva a dar el paso final en Valencia con una candidatura alternativa y pese a llevar cargadita de avales la cartera, Rajoy ya no puede evitar salir tocado de la convención. Es prácticamente imposible que consiga un porcentaje de apoyo superior al del último congreso (81,8%), en el que las abstenciones sólo podían explicarse por problemas de transporte o gripes de última hora. Esta vez no sólo se vaticina mayor abstención, sino que existe el riesgo de que los sectores críticos, sin un cartel alternativo, se planteen jugar al voto en blanco, mucho más vergonzante para quien lo recibe que la abstención.

Superado el trago con mayor o menor desgaste, el reto siguiente pasa por las urnas. Rajoy sólo conseguiría recuperar alguna solidez en el liderazgo si saliera bien parado de los comicios previstos en los próximos meses. Incluso desde el PSOE reconocen que el PP, a pesar de su crisis actual, tiene un año por delante para llegar a las elecciones europeas en disposición de cosechar un buen resultado. Esa cita siempre ha sido utilizada por los ciudadanos para el voto de castigo. Rajoy se subirá a la grupa de la crisis económica e intentará culpar a Zapatero de las subidas de las hipotecas, los precios de los alimentos, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la escalada imparable de los carburantes. Esa es la principal y casi única baza política que puede jugar el PP en la oposición. Su pretendido giro al centro implica que ya no puede denunciar la ruptura de España ni criminalizar a los nacionalismos ni manifestarse contra el Gobierno por la política antiterrorista. La moderación no admite esos disparates. Pero sí puede colocarse bajo la pancarta de los nuevos parados o de quienes temen que los inmigrantes ocupen sus puestos de trabajo. Se trata de que la crisis económica de los próximos dos años consiga por sí misma desgastar a Zapatero más que el debate político.

Pero antes de llegar a las europeas, Rajoy debe afrontar otras dos paradas en su viaje al centro. La de las elecciones vascas no pinta bien, porque la madre de todas las batallas se producirá entre el PNV y el PSE. Todos los sondeos pronostican una caída del voto del PP, a costa del cual puede crecer el apoyo a la UPyD de Rosa Díez. No sería el mal resultado vasco, en cualquier caso, la mayor herida de Rajoy en su calvario. Donde realmente se la juega es en su propia tierra. El actual PP de Galicia ha sido una apuesta personal del pontevedrés, que consiguió pasito a pasito deshacerse del clan de la boina que tanto ayudó a Manuel Fraga a perpetuarse en el poder. El PSOE aspira a ganar, por primera vez, en votos y a seguir gobernando con el apoyo de los nacionalistas del BNG. Si Rajoy no logra ser profeta en su tierra, donde hasta ahora no ha surgido una sola voz crítica, desde otras latitudes del partido lo echarán a los leones. Y para qué mencionar el traje que le cortarán sus locutores de cabecera.

«Crecemos juntos», pero unos más que otros

02 jun 2008
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El Congreso Nacional del Partido Popular que se celebrará en Valencia entre el 20 y el 22 de junio ya tiene lema: “Crecemos juntos”. Según testigos presenciales, el que más creció en la reunión celebrada ayer por el Comité Ejecutivo del partido fue Juan Costa. Dicen que el de Castellón hilvanó un discurso claro, contundente, crítico y “leal”. Este último adjetivo no es baladí ante la cruz de navajas desatada en el PP. Costa miró a los ojos a Mariano Rajoy para espetarle ante 80 dirigentes que existe una “crisis de ilusión” entre los militantes y los votantes por la gestión que se ha hecho tras la derrota electoral del 9 de marzo. Y subrayó en varias ocasiones la necesidad de “un nuevo liderazgo integrador”.

Algunos de los presentes esperaban que Costa diera un paso más y anunciara su intención de disputar a Rajoy ese liderazgo en el próximo congreso. No dijo ni sí ni no, entre otras razones porque en política cada cual debe ser dueño de administrar sus tiempos. Igual que Rajoy mantiene el suspense sobre el nombre del próximo secretario general, Costa puede esperar hasta el último minuto para anunciar su decisión. Ayer no tocaba. Lo que pretendía más bien era ubicarse como referente de las voces críticas que un lunes sí y otro también surgen en el PP. A estas alturas y con la mayor parte de los avales ya comprometidos para Rajoy, quizás ése sea el único objetivo al que puede aspirar Costa a corto plazo, ya sea dando un paso al frente en Valencia o manteniéndose en la retaguardia. Tiene 43 años (diez menos que Rajoy) y tiempo de sobra para crecer, para ver pasar las elecciones gallegas y las vascas y las europeas. Situarse, ni más ni menos, como referencia de futuro tiene sentido político. Otra cuestión es si Costa será en 2011 el referente “integrador” o tendrá que disputar el papel al propio Rajoy y a varios (o varias) más.

La pasta y el poder, por este orden

27 may 2008
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En agosto de 2006, Federico Jiménez Losantos sufrió un agudo ataque de sinceridad. Entrevistado cariñosamente por El Mundo le preguntaron qué le decían sus hijos después de escucharle en la radio. Cabe suponer que la pregunta se refería a los insultos y barbaridades que suelta cada mañana, porque su respuesta fue: «“Cuando alguno lo hace me dice: ¿Y no puedes decir eso mismo de otra manera?”. Yo le respondo: “Ya, e ibas a estudiar tú en una universidad americana si lo digo de otra manera”».

Eso sí que es tener las “ideas claras” y no las del lema electoral del PP. Losantos puede haber sido en su juventud comunista y maoista y mutar con los años a un liberalismo neoconservador trufado con ramalazos genuinamente ultras. Pero lo que tiene meridianamente claro es el negocio. Hace ya tiempo que descubrió la altísima rentabilidad de sus monólogos matutinos y de sus tertulias incendiarias. Importa poco si al que conviene atizar es al rey, al fiscal general o a la madre de una víctima del 11-M. Menos importa aún si las homilías se basan en alguna verdad contrastable o en la simple inquina. A tal conclusión crematística llegaron también el cardenal Rouco Varela y otros altos miembros de la jerarquía eclesiástica: con Losantos la Cope les da algún disgusto, pero sobre todo da dinero.

Esa prioridad no es incompatible con el segundo interés del personaje y de su emporio: dictar al principal partido de la oposición la estrategia que debe seguir y los líderes idóneos para ejecutarla. Losantos nunca encontró grandes virtudes en Mariano Rajoy, alias maricomplejines, pero lo apoyó durante los cuatros años en los que el PP se plegó a sus intereses. Desde el 9 de marzo las cosas son distintas. Rajoy ya no le sirve y, con el visto bueno de Pedro Jota, no parará hasta devolverlo a su plaza de registrador de Santa Pola.

Cuando el monstruo se revuelve

23 may 2008

Normal. Cuando uno dedica cuatro años a dar de comer a un monstruo, corre el riesgo de que un buen día el bicho quiera tragarse al amo y a toda su familia. Mariano Rajoy basó su estrategia de oposición en la denuncia de una supuesta alianza o rendición de Zapatero ante las malvadas fuerzas nacionalistas y la mismísima ETA. Apoyó hasta once manifestaciones convocadas por la AVT del inefable Francisco José Alcaraz no contra el terrorismo, sino contra el Gobierno. Jaleado por la radio de los obispos, Rajoy se fue metiendo tanto en el papel que llegó a acusar en el Parlamento a Zapatero de haber “traicionado a los muertos”. Protagonizó actos políticos en compañía de símbolos de la resistencia contra el terrorismo como María San Gil o José Antonio Ortega Lara. Recontados los votos del 9-M, Mariano Rajoy parece haber despertado de la negra pesadilla. Ya sea por el afán último de recuperar el poder o porque ha visto la luz de ese sentido común del que tanto presume, el líder menguado del PP se ha percatado de que la estrategia de la exageración y la mentira no le llevan a ninguna parte. Si la derecha quiere volver a la Moncloa, necesita ser percibida en Catalunya y en el País Vasco como una opción moderada y sensata. Los números cantan y el empeño en criminalizar a los nacionalismos sólo se traduce en una sangría de votos que aleja cada día más las posibilidades de desalojar al PSOE del poder.

La ‘traición’

Rajoy y su equipo lanzan el mensaje de conciliación y diálogo y entonces el monstruo se revuelve, estira sus múltiples cabezas y se lía a dentelladas. Tenía razón Pedrojota cuando anteayer advertía desde la Cope que Mariano Rajoy lleva camino de que alguien le repita la acusación de traicionar a los muertos que él dirigió a Zapatero en el primer debate del Estado de la Nación en 2004. Tenía tanta razón que la cosa sonaba a esa escena en la que el asesino recorre la casa de la víctima cuchillo en mano canturreando aquello de “alguien va a matar a alguien”. De hecho, Losantos añadió explícito: “Y de traicionar a los vivos”. Con un par.

Volvemos a los años de plomo de la última legislatura de José María Aznar: todo aquel que discrepaba de su política antinacionalista o de la implicación de España en el disparate de Irak era tachado de cómplice del terrorismo y de traidor a las víctimas. Sólo que esta vez los acusados están dentro y al frente del PP. A Rajoy le hacen tragar litros y litros del mismo jarabe que Aznar propinaba en aquellas fechas. Incluso Rodrigo Rato, único discrepante de Aznar en algún consejo de ministros, se niega a echar un capote al asaeteado Rajoy. Dice que no tiene nada que hablar con él, y todo el mundo imagina que si Rato quiere apoyar a alguien entre Rajoy, Esperanza, Camps o Gallardón, prefiere a ninguno y animará a Juan Costa, que se crió a sus pechos y ahora se mantiene a la espera de ver quién continúa en pie después de este festival de puñetazos.

La fuga de símbolos del partido como María San Gil o José Antonio Ortega Lara mete al PP en la mayor crisis desde el relevo de Fraga en 1989. Estas renuncias no deben colocarse en el mismo paquete que las de Zaplana o Acebes. Hay una diferencia esencial: Rajoy no quería prescindir de ciertos santos con pedestal, y por eso cedió a las presiones de San Gil y mantuvo su ponencia política pese a no ser la que él quería. A Zaplana y a Acebes, sin embargo, es Rajoy quien les transmite que no va a contar con ellos y por eso hacen las maletas. La renuncia de San Gil y el goteo que puede provocar en el País Vasco abre un frente con el que no contaba Rajoy en su intento de renovación; no al menos en este momento, a pocos meses de unas elecciones en Euskadi a las que el PP acudirá más dividido que nunca. Ya no se trata del alma guipuzcoana contra la alavesa o vizcaína. San Gil abre en el PP el disparatado melón de descubrir quiénes defienden a las víctimas de ETA y quiénes presuntamente miran para otro lado. La derecha mediática convierte a San Gil en heroína de una causa siniestra, porque lleva a suponer que otros dirigentes vascos como Alfonso Alonso o Leopoldo Barreda no se juegan la vida exactamente igual que ella. Como si ETA hubiera excluido alguna vez de sus objetivos criminales a quienes defienden la vía del diálogo para acabar con el terrorismo. Como si Ernest Lluch, por ejemplo, nunca hubiera existido.

Y a río revuelto… Rosa Díez se frota las manos. En sus filas lo mismo caben un eminente filósofo que un Álvaro de Marichalar, así que espera encantada, con los brazos abiertos, a todos aquellos que salgan rebotados. Sin preguntar por posiciones ideológicas o capacidades políticas. Todo es bueno para el convento.

¿Y Aznar qué opina de esto?

17 may 2008
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¿Y Aznar qué opina de esto?El próximo lunes, José María Aznar tiene una cita pública en el hotel Wellington de Madrid. Aunque se trate del hotel de los toreros y en plena feria de San Isidro, la cita no es taurina. Aznar pronunciará el discurso de inauguración de una jornada organizada por FAES sobre el décimo aniversario del acceso de España al euro. Habrá coloquios y mesas redondas en las que participará buena parte del equipo económico de los Gobiernos del PP, a excepción –curiosamente– del director de aquella orquesta, Rodrigo Rato. Una lástima, porque la expectación se habría multiplicado. El personal sigue esperando un gesto, una palabra, un signo que permita deducir en qué posición exacta se ubican a día de hoy Aznar y Rato respecto a la crisis de la derecha.

Sobre el segundo resulta más difícil conjeturar, pero sobre Aznar caben ya pocas dudas. El caso San Gil, penúltima estación en el calvario del supuesto viaje al centro del PP, ha desvelado una nueva fase de la crisis. No pocos dirigentes han abandonado los circunloquios y se han retratado casi al desnudo. Por las bocas de algunos de ellos ha podido escucharse el eco inconfundible de las posiciones de Aznar. Advierten fuentes de su entorno que el personal ya puede esperar sentado. Que Aznar no dirá palabra sobre la crisis de su partido. Pero, con la misma seguridad, admiten que “el matrimonio está muy enfadado con la forma en que Mariano Rajoy está llevando las cosas”. Su querido Jose no lo puede expresar, así que Ana Botella se explaya. Su apoyo rotundo y explícito a María San Gil, antes incluso de conocerse la versión de la dirigente vasca, fue elocuente.

Nombres y principios

Hasta ahora, las críticas internas a Rajoy se centraban casi todas en los nombres. Los de quienes le rodean tras la derrota electoral, los de los caídos Zaplana o Acebes o los que se mantienen en expectativa de destino, como Costa o Pizarro. Hasta el conflicto con Esperanza Aguirre se dibujó como una batalla nominal, más que de contenidos. Pero el caso San Gil abre una nueva fase, porque ha hecho saltar todas las alarmas del aznarismo.

Nos quedamos con las ganas de conocer los cambios que José María Lassalle, miembro del equipo de confianza de Rajoy, pretendía introducir en la ponencia política del partido y que teóricamente han provocado el plante y posterior ultimátum de María San Gil a Rajoy. Y decimos teóricamente porque esos cambios al final no se produjeron, de modo que la ponencia presentada contenía todas las propuestas de la dirigente vasca y la contundencia acostumbrada en la criminalización de los nacionalismos. Llegados a ese punto no resulta fácil explicar ni la indignación de San Gil ni la estrategia de Rajoy, puesto que la primera no puede negar que se ha salido con la suya y el segundo vuelve a demostrar una evidente debilidad en su liderazgo.

Sostiene María San Gil que tuvo que discutir muchísimo con Lassalle sobre el concepto de nación, y que por eso no se fía de las intenciones de Rajoy, por mucho que los papeles reflejen, por ejemplo, el disparate de que “el PNV no está interesado en acabar con ETA”. Las reacciones de San Gil, de Ana Botella y, muy especialmente, de Jaime Mayor Oreja, conducen a sospechar que, de algún modo, José María Aznar ha entonado un “¡hasta ahí podíamos llegar!” Ya no se trata de si el portavoz del PP en el Congreso se llama Soraya o se llama Esteban; o de si las primarias son buenas o malas para elegir al candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Aznar y sus fieles consideran que Rajoy está jugando con las cosas de comer, con las esencias del perfume del PP. Suponen que el análisis post-electoral de Pedro Arriola aconseja altas dosis de moderación para recuperar votos en Catalunya y en el País Vasco, donde la sangría ha sido permanente desde que Aznar y Mayor Oreja decidieron tratar a los nacionalismos como a los representantes de Lucifer en la Tierra.

Aznar dice que se ha retirado de la política, pero basta repasar sus últimos libros, sobre todo “Cartas a un joven español”, para concluir que los negocios no han conseguido curar las dos obsesiones instaladas en su cerebro: el terrorismo y los nacionalismos. Obsesiones con orígenes más lejanos, pero sin duda disparadas hasta rozar lo absurdo en su segunda y última legislatura. Porque es falso que la política radical contra los nacionalismos pertenezca a las esencias del PP. Al menos no figuraba entre las que manejaban Aznar y Rato cuando negociaban con CiU y PNV entre 1996 y el año 2000.

El caso San Gil es una bomba de relojería en el proyecto de Rajoy de construir un PP moderado y dialogante. Ha chocado con “las esencias”. Ha topado con Aznar.

Aguirre y la resignación

11 abr 2008

Ahora que de casi todo hace doscientos años, y que la guerra antifrancesa parece ser la madre de todas las virtudes nacionales, Esperanza Aguirre ha lanzado su discurso liberal como armamento ideológico de un ejército dispuesto a dar la batalla del liderazgo en el carajal interno de la derecha. No se le ocurrió mejor fecha para tal menester que la mismísima víspera del debate de investidura, cosa que en el PSOE le agradecen, porque lo normal habría sido que todos los focos estuvieran puestos esta semana en José Luis Rodríguez Zapatero, primer presidente democrático que accede al cargo en segunda votación sin un golpe de Estado por medio. Aguirre convirtió la semana en una cruz de navajas entre barones y fontaneros del Partido Popular. Todo muy entretenido. Pista al artista y, mientras tanto, Zapatero dedicado a cuadrar una formación de Gobierno más compleja que el recorrido de la antorcha olímpica.

Sostiene doña Esperanza que su intención es abrir un debate ideológico, colocar un pan de miga donde sólo parece haber tortas. Le llueven críticas cargadas de topicazos: que si es una soberbia, que si se mueve por una ambición desmedida. ¡Qué novedad! Ambiciones en política. Como si Gallardón o Camps se movieran por impulsos extrasensoriales. De hecho, uno de los mayores defectos de Mariano Rajoy es seguramente su aparente falta de ambición, como si cada tres horas el cuerpo le pidiera fumarse un puro y regresar al registro de la propiedad. Para movilizar al personal hay que transmitir pasión en lo que uno hace. Y no se puede negar que Aguirre le echa pasión al empeño. Si además se trata de competir con su íntimo enemigo Gallardón, entonces doña Esperanza no sólo pone pasión, sino instinto criminal.

«No me resigno»

El lunes pasado, la presidenta desgranó un “no me resigno” que pretendía hilvanar un discurso ideológico y también, meter el susto en el cuerpo al debilitado líder y a su entorno. “No tengo intención de competir por la presidencia del PP, pero si cambio de opinión, tú, Mariano, serás el primero en saberlo”. Música de Psicosis. Los cuchillos habían empezado a volar la misma noche del 9 de marzo, con aquel gesto de Elvira, la esposa de Rajoy, que todos interpretaron como un “vámonos a casa, Mariano, y olvídate ya de la política”. Pero el acto del lunes fue la confirmación de una amenaza. Si Pedro Arriola, el eterno gurú de don Mariano, confiaba en tener todo atado y bien atado, de nuevo equivocó el pronóstico.

Lo cual no significa que Aguirre tenga como único objetivo disputar el liderazgo en junio. Sus huestes interpretan la sorprendente continuidad de Rajoy como una operación en la que el propio líder se ha dejado enredar de modo transitorio. Se trataría, precisamente, de cortar el paso acelerado de doña Esperanza desde la misma derrota del 9-M, afrontar una especie de travesía del desierto durante dos o tres años y, hacia principios de 2011, los mismos que ahora sostienen a Rajoy en las alturas le pedirían que diera el relevo a una candidatura con más punch, un ticket formado, por ejemplo, por Camps y Gallardón. Esa es la conjura arriolista que sospechan desde las trincheras de la Comunidad de Madrid.

Los estatutos del PP exigen un 20% de los compromisarios de un congreso para poder presentar una candidatura, y Aguirre no cuenta con esos votos. Sin embargo, tiene a su favor una eficaz artillería. Prácticamente toda la derecha mediática se ha liado a dentelladas con Rajoy
al tiempo que canta loas interminables a doña Esperanza. Hoy das una patada en Madrid y salen quinientos mil genuinos liberales, algunos además agradecidísimos a la presidenta por las arbitrarias concesiones de licencias de televisión digital y otros negocios paralelos. Por no citar la televisión autonómica, al servicio absoluto de la señora.

De modo que, se presente o no al congreso de junio, doña Esperanza ha conseguido ya uno de sus principales objetivos: convertirse en la única referencia de peso en el PP como alternativa a Rajoy o a cualquier tapado que pueda asomar en el futuro. Entre tanto, se dedica a vender un armazón ideológico inspirado en el Camino de servidumbre de Friedrich A. Hayek, libro que doña Esperanza regala a amigos y enemigos por Navidad, convencida de que esa respuesta escrita en 1944 contra el nazismo y el colectivismo sigue vigente en el siglo XXI. Y, para entretener la espera, se dedicará a conmemorar el 200 aniversario de la Guerra de la Independencia y a reivindicar la etapa liberal del siglo XIX, cuando, por cierto, la derecha española era otro carajal en el que se atizaban sin compasión los moderados, los puritanos, los cangrejos, los realistas y los militares del espadón. ¡Vaya tropa!

Cuando casi todo es provisional

28 mar 2008

La política española está en funciones. Es lo que ocurre después de unas elecciones generales, pero esta vez más que nunca. Y no sólo por el hecho de que hasta el martes no se constituyen oficialmente las Cortes y hasta la semana siguiente no tomará posesión el nuevo Gobierno. En esta ocasión, por razones ajenas al calendario legal, un viento de provisionalidad azota tanto la estructura del Ejecutivo como las filas de la oposición.

Es verdad que Zapatero dejó claro, antes incluso de las elecciones, que mantendría a Solbes y De la Vega en las dos vicepresidencias del Gobierno y que no crearía ninguna más. Pero también anticipó (precisamente en Público) que pretendía cambiar la estructura del Ejecutivo para dotarle de mayor eficacia y para dar el peso correspondiente a materias clave en el futuro del país. Si a ese anuncio, que ya de por sí crea cierto suspense ante la formación de un nuevo Gobierno, añadimos su compromiso con la paridad, es lógico que entre los ministros en funciones y los supuestos ministrables haya muchos a los que no les llega la camisa al cuello.

Además, ya se sabe que todo presidente del Gobierno disfruta como un enano a la hora de armar un puzle en el que siempre se guarda algunas fichas sorpresa. Se trata de una demostración de poder y de un ejercicio de audacia.
Hasta ahí, nada que no hayamos vivido en anteriores resacas electorales. Pero esta legislatura parece predestinada a quedar partida en dos mitades. Uno de los pocos miembros del Gobierno confirmado oficiosamente en su actual puesto reconoce que Zapatero ha trasladado a su entorno más directo que el equipo que está a punto de nombrar tiene fecha de caducidad en 2010, tras el semestre de presidencia española de la Unión Europea. Otras fuentes socialistas sostienen que ese plazo es el comprometido, por ejemplo, con Pedro Solbes, que luego tendrá libertad para continuar o jubilarse; o con José Blanco, que en esa misma fecha decidirá su propio futuro.

Maldito silencio

De modo que en los próximos días iremos conociendo una alineación titular que tiene dos años de contrato para afrontar como prioridad una desaceleración económica que pone fin al mejor ciclo vivido en democracia. Esa provisionalidad conlleva, obviamente, el mantenimiento de cierta tensión en el banquillo, puesto que también suenan nombres masculinos y femeninos que ya habrían sido tocados por Zapatero para incorporarse a la primera plantilla en 2010.

En el Partido Popular, la incertidumbre es aún más intensa. Desde que Mariano Rajoy regresó de sus vacaciones caribeñas, sólo ha salido del despacho oficial en tres ocasiones: para firmar en el Congreso el papeleo oficial como diputado, para asistir a la misa funeral por Rogelio Baón y, ayer, para recorrer en Calahorra las ruinas de la casa cuartel atacada por ETA. En la localidad riojana, aseguró el presidente del PP que ya tiene decididos los nombres de los portavoces en el Congreso y en el Senado, pero que ni siquiera ellos (o ellas, o mitad y mitad) lo saben ni lo sabrán hasta que el lunes informe a la Junta
Directiva Nacional del partido.

Cada cual es dueño de administrar sus silencios, pero en las filas del PP no pocos se quejan de la costumbre rajoyniana de echar una pensada a casi todo y eternizar la respuesta a los problemas del partido. Cuando un líder permanece callado, se escuchan con más volumen otras voces en su entorno. En los últimos días, han sonado con claridad peticiones de renovación de dirigentes y de discurso por parte de líderes del PP en Catalunya y en el País Vasco. Un diputado catalán lo explica en privado sin florituras: “Mira, está muy bien que Rajoy continúe porque evita poner el foco en una pelea por la sucesión en el liderazgo del partido, pero lo más importante sería analizar de forma autocrítica los resultados del 9-M y tengo serias dudas de que lo hagamos”.

A juicio de este diputado (“No pongas mi nombre, que Federico me abrasa”), el PP debe asumir que le resultará casi imposible volver al poder si no modera sensiblemente su discurso en Catalunya y País Vasco, “donde los sectores que podrían votar al PP nos perciben como extraterrestres”.

Pese al solemne anuncio de continuidad de Rajoy, los ataques sin piedad que recibe a diario de los medios afines y la irritación contenida que provocan sus silencios abonan también el clima de provisionalidad en el PP. El lunes, empezaremos a ver por dónde apunta el líder de la oposición, pero un miembro de la dirección nacional reconoce que, como ocurre con los plazos del Gobierno, “nadie puede asegurar que la verdadera renovación de caras e ideas en el PP no se produzca hasta 2010 ó 2011”. Con Rajoy como candidato. O no.

Por qué pierde la derecha

10 mar 2008
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Las urnas han decretado por segunda vez en cuatro años que el Partido Popular se quede en la oposición. Y las urnas españolas, desde una perspectiva histórica, derrochan sentido común desde 1977. El PP, por iniciativa propia o dejándose guiar por sus oráculos mediáticos, perdió ayer por las mismas razones que se estrelló hace cuatro años: por intentar engañar a los ciudadanos y por equivocarse radicalmente en Catalunya.

Son discutibles algunos de los mimbres de su estrategia electoral, como el fichaje de un SuperPizarro que no aguantó el primer asalto a un Pedro Solbes con un solo ojo. Ese debate supuso el varapalo más importante de la campaña, porque el PP había basado buena parte de su discurso en el catastrofismo económico. Son discutibles también algunas ocurrencias como la de la niña de Rajoy, voluntaria y machaconamente convertida en icono del último tramo de la campaña.

Sin embargo, ni la niña ni el tío Pizarro bastan para explicar la derrota, porque el resultado electoral de ayer empezó a fraguarse el 14 de marzo de 2004. Desde ese mismo día, la derecha política y mediática inició una nueva cruzada dirigida a poner en duda la legitimidad de aquella victoria del PSOE. En lugar de afrontar la autocrítica por la indigna gestión de los atentados del 11-M, el PP se obcecó en mantener prietas las filas. No fue capaz de renovar su dirigencia, ni siquiera de aparentar cierta distancia respecto a José María Aznar, máximo responsable de aquel desaguisado.

Durante estos cuatro años, el PP –aunque lo creyera–  nunca se ha planteado en serio el objetivo de volver a gobernar España, sino el de echar a Zapatero de La Moncloa. Y no es lo mismo. Cuando la política se guía por el rencor echa mano de cualquier arma, y tanto le sirve la utilización de las víctimas del terrorismo como la exageración permanente en la crítica al adversario.

La derecha se ha instalado en un discurso nacionalista español que fracasa una y otra vez en Catalunya, aunque le reporte ganancias en Andalucía, en Valencia o en Madrid. ¿Seguirá en la misma senda sólo por haber mantenido ayer la diferencia con el PSOE en votos y escaños? El PP tiene la palabra.

Ataques de sinceridad ante el 9-M

08 mar 2008

¿Conoce usted a alguien que sepa de alguien que tenga un pariente que dedique el día de reflexión a reflexionar para finalmente decidir lo que votará al día siguiente? Eso es más difícil que conocer a una familia en cuyo salón exista un aparato medidor de audiencias de televisión. La mayoría de las encuestas publicadas dentro del absurdo plazo legal que impone la normativa electoral han hecho oscilar el número de indecisos entre los dos y los cinco millones largos de españoles. Lo cual apunta que el porcentaje de ecuestados que mienten o esconden su voto sería suficiente para hacer bailar el resultado por completo, aun descontando a aquellos que hayan sido sinceros en la respuesta y no tuvieran clara su decisión en el momento de ser preguntados. De modo que no es disparatado concluir que el dato final que salga de las urnas está niquelado desde hace bastante tiempo y no depende del ejercicio de reflexión individual que hoy practican algunos devotos del suspense político. Ni mucho menos depende del criminal intento de ETA de condicionar la libertad de los ciudadanos.

Las propuestas electorales de los partidos, que deberían ser pero no son el motivo fundamental de movilización del voto, figuran en sus programas y fueron presentadas, lanzadas y voceadas antes del inicio de los quince días de campaña. De hecho, las últimas dos semanas han supuesto un casi absoluto vacío de contenido, y se han caracterizado por un enfrentamiento muy personalizado entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Nunca en los últimos treinta años habíamos asistido a una campaña tan presidencialista y centrada en la contraposición de dos estilos, dos lenguajes, dos miradas. La recuperación de los debates televisados, que sí que deberían ser de obligado complimiento en la legislación electoral, ha sido la guinda final que ha contribuido a dejar el resto de la campaña en un goteo de mítines sólo útiles para mantener animados a los más fieles.

 Momentos fundamentales

Ha sido una campaña diferente a otras, una especie de solución concentrada de los cuatro años de legislatura. En dosis de altísima toxicidad, los debates y las intervenciones de los dos líderes han reflejado toda la crispación que ha caracterizado la vida política desde 2004. Pero no han faltado momentos fundamentales de los que cualquier ciudadano dispuesto a reflexionar puede extraer conclusiones que le ayuden a separar el marketing de la esencia.

Un ejemplo. Si el programa especial de La Sexta Salvados por la Campaña hubiera registrado un 70% de share, quizás Mariano Rajoy habría perdido las elecciones con una semana de adelanto. El equipo del Follonero pidió al candidato del PP que diera alguna razón para votar el PSOE. Rajoy se quedó unos segundos pensativo y luego, en un ataque de sinceridad, respondió: «Pues que tampoco pasa nada». ¡Acabáramos! O sea que, según Rajoy, votar PSOE no equivale a rendirse ante ETA, romper España, vender Navarra y lanzarse por el precipicio de una crisis económica. Haberlo dicho antes y nos habríamos ahorrado muchas tensiones y dramatismos. Igual de reveladora fue el jueves en El País la respuesta del presidente del PP a una pregunta sobre el 11-M: «El sábado y el domingo (13 y 14 de marzo de 2004) empecé a tener mis dudas. Yo sólo dije que creía que había sido ETA, porque, claro, yo no estaba en el Gobierno». ¡Eureka! Tres años largos insistiendo en la posible implicación de ETA en los atentados, con Zaplana, Acebes, Martínez Pujalte y Jaime Ignacio del Burgo dedicados en cuerpo y alma a tal menester, y ahora resulta que, desde el mismo día de las elecciones, Rajoy ya se situaba donde estábamos la mayoría de los españoles, en la clara intuición de que nos estaban engañando. De modo que quizás los debates y las campañas no sirvan para cambiar porcentajes significativos de voto, pero desde luego pueden servir para destapar mentiras y clarificar misterios.

La tendencia marcada por las encuestas y la sensación de que no se percibe una oleada de cambio parecen inclinar todos los pronósticos hacia una victoria de Zapatero en las urnas. Nunca un Gobierno ha tenido que dejar el poder después de una sola legislatura, pero tampoco había ocurrido nunca lo sucedido en 2004, que un partido pasara de la mayoría absoluta a la oposición sin un aviso previo como el que recibió Felipe González en las elecciones de 1993. Lo único demostrado en las nueve elecciones generales celebradas desde 1977 es que los resultados indican una suma del sentido común de los españoles, que siempre han decidido en conjunto lo que el país necesitaba en cada momento. Si un partido es incapaz de renovarse y jubilar a quienes han traspasado todas las fronteras de la higiene democrática, las urnas se encargan de decretar una renovación forzosa. 

 P.D. Se ruega a quienes decidan no acudir a votar se abstengan también en los próximos cuatro años de dar la tabarra en las tertulias televisivas o radiofónicas, en los blogs, en las charlas de café, en las cenas familiares o en los trayectos en taxi. La abstención es legítima, por supuesto, pero absolutamente irresponsable cuando el país se juega tanto.

A Rajoy le pierde el retrovisor

04 mar 2008
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Llegó Zapatero, sacó el ‘libro blanco’ y marcó el debate. Le bastaba al candidato socialista con empatar anoche la segunda vuelta. Once de los trece sondeos realizados sobre el primer asalto del combate le dieron ganador, incluidos los realizados por los medios más entusiastas del PP. Así que Mariano Rajoy llegaba a la cita con la obligación de ganar. Y no pudo ser.

Zapatero no se conformó con no meter la pata, que era su prioridad. Entró dispuesto a noquear al rival con la combinación de dos armas: el anuncio de medidas concretas de futuro y la puesta en evidencia de la demagogia que empapa los ejes del discurso del PP. Especialmente en la primera parte del debate, el contraste fue notable. Mientras Rajoy seguía enredado en la misma cesta de los huevos, la inmigración y la política antiterrorista, Zapatero anunció un plan concreto de medidas económicas de choque y un compromiso público de apoyo al PP «haga lo que haga» contra ETA si gana las elecciones.

Rajoy debía suplir ayer la agresividad por la credibilidad; los reproches por la presentación de alternativas. Sólo hubo un atisbo en el discurso final, pero se empeñó en recordar a su ya célebre niña. No miraba al cronómetro, sólo al retrovisor. Y en el espejo seguían el 11-M, Irak…