La amnesia no se impone por decreto. El pasado nos persigue a los humanos mientras exista alguien empeñado en refrescarnos la memoria. Dicen en su entorno que Mariano Rajoy era perfectamente consciente de la citada obviedad cuando decidió emprender y pilotar el último giro al centro del Partido Popular, ya se trate de una mudanza definitiva o de una excursión dominguera. Sabía que no resultaría fácil borrar del calendario político la estrategia radical de los últimos cuatro años. No ya porque se lo recuerde el PSOE a la menor oportunidad, sino porque en el dichoso viaje está pisando muchos callos en sus propias filas. Por si le quedara alguna duda, a estas horas afronta Rajoy una nueva rebelión que no por intuida deja de ser incómoda y arriesgada. El PP vasco cerrará hoy su congreso con la ausencia de la todavía presidenta, María San Gil, y de Jaime Mayor Oreja, autor intelectual de la política que su formación ha seguido en Euskadi durante la última década.
No es que la nueva dirección del PP surgida en el congreso de Valencia esperara una escenificación dulce del cambio que se pretende. Pero lo cierto es que no hay precedentes en democracia de la celebración del congreso de un partido a la que no acude la presidenta saliente. Ni siquiera para soltar un discurso de despedida. Sostienen los devotos de San Gil que de este modo “hace menos daño al PP”. Extraño argumento. Es como si Aznar y Acebes hubieran dejado sus sillas vacías en Valencia. Ese silencio habría resultado mucho más clamoroso que los discursos críticos que
pronunciaron.
En los últimos días, se han sucedido las dimisiones de varios dirigentes guipuzcoanos que siguen los pasos de San Gil. Ayer mismo, otro nombre simbólico y adorado por el PP, el de la alcaldesa de Lizartza Regina Otaola, se sumó a la rebelión con el anuncio de un voto en blanco a la nueva Ejecutiva. Y lo expresó incluso antes de que se conocieran los nombres que la forman, para que no quedara la menor duda de que, a estas alturas, importaba poco quiénes fueran los candidatos.
La escisión en el PP de Euskadi tiene difícil marcha atrás. Quienes han apostado por el cambio que plantea Rajoy se declaran indignados con las formas empleadas por San Gil y sus fieles, y por la campaña emprendida desde algunos medios de la derecha. Antonio Basagoiti, Alfonso Alonso o María José Usandizaga, hasta hace cuatro días “héroes de la lucha por la libertad en Euskadi”, son tratados ahora como traidores o cobardes. Uno de los dirigentes dimisionarios ha calificado de “ignominia” la ponencia política que hoy se aprobará porque la considera demasiado “light”.
Para algunos de los “rebeldes”, todo lo que no sea acusar al PNV de complicidad con ETA es “demasiado light”.
Y Aznar no se calla
La mochila que lleva Rajoy es ciertamente pesada. Tiene que cargar con los símbolos que él mismo contribuyó a elevar a los altares; con las piedras que le lanzan sus adoradores mediáticos; con la sombra amenazadora de Esperanza Aguirre que se mantiene a la espera; y con los reproches que le dedica José María Aznar cada vez que abre la boca.
Rajoy intenta hablar del paro, de la crisis y de los puntos débiles de Zapatero, pero la mochila pesa y pesa. Ayer mismo, mientras el PP presentaba un plan contra la corrupción en Estepona, él tenía que acudir a un homenaje a Carlos Fabra, eterno amo del partido en Castellón y todo un ejemplo de lo que no es transparencia política. Pero Fabra acarreó unos cuantos votos para el congreso de Valencia y no tiene planes anticorrupción, aunque sí memoria.
El próximo lunes, José María Aznar tiene una cita pública en el hotel Wellington de Madrid. Aunque se trate del hotel de los toreros y en plena feria de San Isidro, la cita no es taurina. Aznar pronunciará el discurso de inauguración de una jornada organizada por FAES sobre el décimo aniversario del acceso de España al euro. Habrá coloquios y mesas redondas en las que participará buena parte del equipo económico de los Gobiernos del PP, a excepción –curiosamente– del director de aquella orquesta, Rodrigo Rato. Una lástima, porque la expectación se habría multiplicado. El personal sigue esperando un gesto, una palabra, un signo que permita deducir en qué posición exacta se ubican a día de hoy Aznar y Rato respecto a la crisis de la derecha.
Sobre el segundo resulta más difícil conjeturar, pero sobre Aznar caben ya pocas dudas. El caso San Gil, penúltima estación en el calvario del supuesto viaje al centro del PP, ha desvelado una nueva fase de la crisis. No pocos dirigentes han abandonado los circunloquios y se han retratado casi al desnudo. Por las bocas de algunos de ellos ha podido escucharse el eco inconfundible de las posiciones de Aznar. Advierten fuentes de su entorno que el personal ya puede esperar sentado. Que Aznar no dirá palabra sobre la crisis de su partido. Pero, con la misma seguridad, admiten que “el matrimonio está muy enfadado con la forma en que Mariano Rajoy está llevando las cosas”. Su querido Jose no lo puede expresar, así que Ana Botella se explaya. Su apoyo rotundo y explícito a María San Gil, antes incluso de conocerse la versión de la dirigente vasca, fue elocuente.
Nombres y principios
Hasta ahora, las críticas internas a Rajoy se centraban casi todas en los nombres. Los de quienes le rodean tras la derrota electoral, los de los caídos Zaplana o Acebes o los que se mantienen en expectativa de destino, como Costa o Pizarro. Hasta el conflicto con Esperanza Aguirre se dibujó como una batalla nominal, más que de contenidos. Pero el caso San Gil abre una nueva fase, porque ha hecho saltar todas las alarmas del aznarismo.
Nos quedamos con las ganas de conocer los cambios que José María Lassalle, miembro del equipo de confianza de Rajoy, pretendía introducir en la ponencia política del partido y que teóricamente han provocado el plante y posterior ultimátum de María San Gil a Rajoy. Y decimos teóricamente porque esos cambios al final no se produjeron, de modo que la ponencia presentada contenía todas las propuestas de la dirigente vasca y la contundencia acostumbrada en la criminalización de los nacionalismos. Llegados a ese punto no resulta fácil explicar ni la indignación de San Gil ni la estrategia de Rajoy, puesto que la primera no puede negar que se ha salido con la suya y el segundo vuelve a demostrar una evidente debilidad en su liderazgo.
Sostiene María San Gil que tuvo que discutir muchísimo con Lassalle sobre el concepto de nación, y que por eso no se fía de las intenciones de Rajoy, por mucho que los papeles reflejen, por ejemplo, el disparate de que “el PNV no está interesado en acabar con ETA”. Las reacciones de San Gil, de Ana Botella y, muy especialmente, de Jaime Mayor Oreja, conducen a sospechar que, de algún modo, José María Aznar ha entonado un “¡hasta ahí podíamos llegar!” Ya no se trata de si el portavoz del PP en el Congreso se llama Soraya o se llama Esteban; o de si las primarias son buenas o malas para elegir al candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Aznar y sus fieles consideran que Rajoy está jugando con las cosas de comer, con las esencias del perfume del PP. Suponen que el análisis post-electoral de Pedro Arriola aconseja altas dosis de moderación para recuperar votos en Catalunya y en el País Vasco, donde la sangría ha sido permanente desde que Aznar y Mayor Oreja decidieron tratar a los nacionalismos como a los representantes de Lucifer en la Tierra.
Aznar dice que se ha retirado de la política, pero basta repasar sus últimos libros, sobre todo “Cartas a un joven español”, para concluir que los negocios no han conseguido curar las dos obsesiones instaladas en su cerebro: el terrorismo y los nacionalismos. Obsesiones con orígenes más lejanos, pero sin duda disparadas hasta rozar lo absurdo en su segunda y última legislatura. Porque es falso que la política radical contra los nacionalismos pertenezca a las esencias del PP. Al menos no figuraba entre las que manejaban Aznar y Rato cuando negociaban con CiU y PNV entre 1996 y el año 2000.
El caso San Gil es una bomba de relojería en el proyecto de Rajoy de construir un PP moderado y dialogante. Ha chocado con “las esencias”. Ha topado con Aznar.