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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

A pesar de todo eso, levántate y vota

06 jun 2009
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Es verdad. Sobran motivos para quedarse en casa. Ni los partidos políticos ni los intelectuales de izquierda o derecha ni los intermediarios mediáticos han sido nunca capaces de transmitir a la ciudadanía la importancia de participar en unas elecciones al Parlamento Europeo. Quizás los ciudadanos, cuya suma en el sentido común es siempre superior a la inteligencia individual del político, el intelectual o el periodista, castiguen con el desinterés la construcción de una Europa que no les gusta. No debe servir de consuelo que la misma atonía afecte a los otros 26 miembros de la Unión Europea, en distinto grado, pero en torno a una media de un 65% de abstención.

Sin duda son los partidos y los gobiernos los principales responsables del desapego. Y muy especialmente los partidos mayoritarios. La oposición suele empeñarse en utilizar los comicios europeos como campo de entrenamiento o consolidación de una alternativa interna al Gobierno de turno. En el caso de este 7-J, la derecha incluso va más lejos. Ha empleado todas las armas posibles en movilizar a su electorado y en desmotivar a las bases de la izquierda, porque el PP pretende hoy una victoria contundente de la que salgan tres interpretaciones: que ha ganado la primera vuelta de las próximas elecciones generales, que Mariano Rajoy consolida su débil liderazgo interno y que las urnas lavan todas las sospechas de corrupción que afectan a decenas de dirigentes del partido. Esta última tentativa es una verdadera aberración, pero no existe el pudor para quien tiene por costumbre actuar con absoluta impunidad.

El PSOE habría preferido lógicamente hablar más de Europa y menos del paro en España; más de la sintonía entre Zapatero y Obama y menos del uso de aviones oficiales en viajes de partido. Pero ha hecho una campaña a la defensiva, demasiado guiada por el intento de explicar las causas globales de la crisis y por hacer visible la falta de soluciones por parte de la derecha.

Por responsabilidad

A pesar de todo esto y de muchos motivos más, es obvia la necesidad individual y colectiva de comprometerse con Europa y tomarse la molestia de acudir a las urnas. ¿Por qué?

Para empezar, por una mínima coherencia y gratitud con el pasado y con las posibilidades de futuro. Algunos quizás piensen que las autovías que cruzan España de sur a norte y de este a oeste han surgido por esporas, así que conviene no olvidar que buena parte del gigantesco progreso que este país ha experimentado en los últimos veinte años se debe a la ayuda económica de la Unión Europea. Algunos sostienen que el Parlamento de Estrasburgo no sirve para nada, pese a que hace unos meses ese único órgano europeo elegido democráticamente en las urnas sirvió, por ejemplo, para frenar la vergonzosa intención de los gobiernos de los 27 de ampliar la jornada laboral a las 65 horas semanales. ¿Debería tener el Parlamento una mayor capacidad de legislar para toda la Unión y mayores poderes de control sobre la Comisión? Sí, y ese es el camino que traza la bloqueada Constitución y el Tratado de Lisboa que los euroescépticos pretenden cepillarse, y que sólo se salvarán con el compromiso de quienes verdaderamente creen en Europa, y no de los que sólo se aprovechan de sus fondos.

Hay quienes piensan que el carácter casi exclusivamente económico y monetario de la Unión no tiene ninguna posibilidad de avanzar en otros frentes porque el enemigo está dentro: los británicos, tanto conservadores como laboristas, han torpedeado cualquier intento de implantar una política social comunitaria.

Han sido los sindicatos, con su manifiesto por un Tesoro Único Europeo, y algunas formaciones más a la izquierda del PSOE aglutinantes del apoyo de la escasa intelectualidad comprometida con una profunda revisión de los excesos del capitalismo quienes han puesto en valor la necesidad de acudir hoy a las urnas. La abstención sólo sirve para permitir que el neoliberalismo que ha caracterizado hasta ahora la política de Bruselas prolongue sus coqueteos con los profesionales de la especulación. Quedarse en casa sólo propicia el ascenso de los euroescépticos, los xenófobos, los grupos ultras que utilizan precisamente las herramientas de la democracia para acabar con ella. Sobran motivos para quedarse en casa, vale, pero hay razones de mucho más peso para votar.

Rajoy confía en la otra crisis

06 jun 2008
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Las encuestas encargadas por el PSOE y el PP sobre los resultados electorales del 9 de marzo parecen coincidir en lo esencial: el PP fue derrotado por su radicalismo y por el débil liderazgo de Mariano Rajoy entre sus propios votantes, frente a la imagen moderada del PSOE y la credibilidad de José Luis Rodríguez Zapatero. Esos datos explican en parte el giro en el discurso de Rajoy y el consiguiente carajal organizado en sus filas. Anteayer, el líder del PP avanzó un paso más en su mensaje del viaje al centro: “No podemos quedarnos en una esquina”. Es una forma diáfana de reconocer que su partido se ha tirado cuatro años en el monte. De modo que Rajoy afronta esa conclusión convencido de que tiene ahora otros cuatro años por delante para suavizar mensajes y convencer al espacio central del electorado de que no es el lobo. Cabe preguntarse cómo pretende superar el pequeño escollo de que él mismo dirigía a sus huestes por el agreste monte y ahora decide bajar al valle y abandonar a unos cuantos en la citada esquina sin mayores explicaciones ni gestos de arrepentimiento. Tal contradicción ya es un obstáculo para ganar credibilidad, pero aún más complicado es resolver el segundo problema que apuntan las encuestas. La encargada por el PSOE refleja que el 58% de los votantes de derechas no ve a Rajoy como líder. No lo ven los votantes y es evidente que no lo ven muchos de sus propios compañeros de filas.

De Valencia a Galicia

Faltan quince días para el congreso de Valencia. A Rajoy le habría gustado salir de la capital del Turia con una cerrada ovación y un equipo de fieles en la cúpula del partido habiendo soltado ya el lastre de los nombres más contaminados por el radicalismo: Zaplana, Acebes, Mayor Oreja… a ser posible con el asentimiento mudo de su padrino, José María Aznar. Pero eso en el PP es como pedir que llueva hacia arriba. Aunque Juan Costa no se atreva a dar el paso final en Valencia con una candidatura alternativa y pese a llevar cargadita de avales la cartera, Rajoy ya no puede evitar salir tocado de la convención. Es prácticamente imposible que consiga un porcentaje de apoyo superior al del último congreso (81,8%), en el que las abstenciones sólo podían explicarse por problemas de transporte o gripes de última hora. Esta vez no sólo se vaticina mayor abstención, sino que existe el riesgo de que los sectores críticos, sin un cartel alternativo, se planteen jugar al voto en blanco, mucho más vergonzante para quien lo recibe que la abstención.

Superado el trago con mayor o menor desgaste, el reto siguiente pasa por las urnas. Rajoy sólo conseguiría recuperar alguna solidez en el liderazgo si saliera bien parado de los comicios previstos en los próximos meses. Incluso desde el PSOE reconocen que el PP, a pesar de su crisis actual, tiene un año por delante para llegar a las elecciones europeas en disposición de cosechar un buen resultado. Esa cita siempre ha sido utilizada por los ciudadanos para el voto de castigo. Rajoy se subirá a la grupa de la crisis económica e intentará culpar a Zapatero de las subidas de las hipotecas, los precios de los alimentos, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la escalada imparable de los carburantes. Esa es la principal y casi única baza política que puede jugar el PP en la oposición. Su pretendido giro al centro implica que ya no puede denunciar la ruptura de España ni criminalizar a los nacionalismos ni manifestarse contra el Gobierno por la política antiterrorista. La moderación no admite esos disparates. Pero sí puede colocarse bajo la pancarta de los nuevos parados o de quienes temen que los inmigrantes ocupen sus puestos de trabajo. Se trata de que la crisis económica de los próximos dos años consiga por sí misma desgastar a Zapatero más que el debate político.

Pero antes de llegar a las europeas, Rajoy debe afrontar otras dos paradas en su viaje al centro. La de las elecciones vascas no pinta bien, porque la madre de todas las batallas se producirá entre el PNV y el PSE. Todos los sondeos pronostican una caída del voto del PP, a costa del cual puede crecer el apoyo a la UPyD de Rosa Díez. No sería el mal resultado vasco, en cualquier caso, la mayor herida de Rajoy en su calvario. Donde realmente se la juega es en su propia tierra. El actual PP de Galicia ha sido una apuesta personal del pontevedrés, que consiguió pasito a pasito deshacerse del clan de la boina que tanto ayudó a Manuel Fraga a perpetuarse en el poder. El PSOE aspira a ganar, por primera vez, en votos y a seguir gobernando con el apoyo de los nacionalistas del BNG. Si Rajoy no logra ser profeta en su tierra, donde hasta ahora no ha surgido una sola voz crítica, desde otras latitudes del partido lo echarán a los leones. Y para qué mencionar el traje que le cortarán sus locutores de cabecera.