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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

La silla y el 2 de Mayo

07 nov 2008
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Un asesor de Zapatero suele definir uno de los rasgos que le caracterizan del siguiente modo: “Cuando alguien se ha tirado quince veces por la ventana y ha caído de pie, es muy difícil convencerle de que bajar por la escalera resulta más seguro y no una pérdida de tiempo”. La verdad es que no fueron pocos los dirigentes del PSOE, incluso miembros del Gobierno, que se llevaron un buen susto hace dos semanas al escuchar a Zapatero anunciar con absoluta rotundidad que España “tiene que estar y estará” en la cumbre de Washington. Y los temblores se extendieron al conocerse el formato decidido por George Bush para la famosa cumbre de “refundación del capitalismo”: serían convocados los países del G-20, las mayores economías del mundo y las potencias emergentes. Nadie más. Muchos pensaron que esta vez el presidente podía partirse la crisma.

La llamada clave

Zapatero continuó insistiendo en que estaba “completamente seguro” de que España asistiría a esa cumbre, con silla, voz y voto. Lo decía públicamente y manifestaba la misma contundencia en privado ante sus propios ministros y compañeros de partido. Eso sí, no desvelaba las razones que le llevaban a arriesgar tanto.

Los temblores no cedieron hasta ayer mismo, cuando Nicolas Sarkozy confirmó oficialmente que cederá la silla de Francia para que el presidente del Gobierno español tenga voz y voto el próximo día 15 en Washington. El máximo mandatario galo acudirá en su condición de presidente de turno de la Unión Europea. Sólo falta la invitación oficial de Bush, pero ayer mismo un portavoz de la Casa Blanca confirmó que aceptaba la propuesta. ¿Por qué Zapatero se la jugó el pasado 21 de octubre?

La explicación, hoy, parece bastante clara. Aquel martes por la tarde se debatían en el Congreso los Presupuestos Generales de 2009. El presidente abandonó de repente el hemiciclo para hablar telefónicamente con Sarkozy. Luego convocó por sorpresa una rueda de prensa e hizo el arriesgado anuncio. No hace falta pasar por Harvard para deducir que Sarkozy ya se comprometió durante aquella conversación a dar el paso que ahora se confirma.

Éxito diplomático

Tras la cumbre europea de ayer en Bruselas, Zapatero se mostró más prudente que en los últimos quince días; agradeció la posición francesa y reconoció que la presencia final española resultaba “difícil”. Es otro rasgo de Zapatero: disfruta mostrando humildad cuando el éxito está conseguido. Y hay que reconocer que, salvo sorpresas de última hora, se trata de uno de los mayores éxitos de la diplomacia española. O más bien del equipo responsable de política internacional en La Moncloa. Quienes conocen bien los circuitos internos sostienen que se nota la mano de Bernardino León, ex secretario de Estado con Moratinos y hoy al frente de la Secretaría General de la Presidencia del Gobierno.

Se trata de un éxito rotundo no sólo por la conveniencia de figurar en la foto que componen los líderes del mundo, sino porque esa presencia destroza uno de los ejes que el PP ha venido utilizando en su estrategia de desgaste del Gobierno. La tesis de que España no pinta nada en política internacional desde la cumbre de Aznar con Bush y Blair en las Azores (ni falta que hacía para el desastre que originó) se va al traste. Especialmente cuando Zapatero es aupado al escenario no sólo por un colega ideológico como puede ser el primer ministro británico, Gordon Brown, sino sobre todo por Sarkozy, referente de la derecha española (al menos hasta la tarde de la famosa llamada telefónica).

El PP ha apoyado oficialmente la pretensión del Gobierno de participar en la refundación del sistema financiero, pero varios de sus dirigentes lanzaban al mismo tiempo una batería de desprecios. Montoro definió a Zapatero como un “mendicante” y González Pons desarrolló un argumento sorprendente: “España debe estar en la cumbre de una manera digna, no en una silla prestada por Francia en el año del bicentenario”. Sí, sí: se refiere al bicentenario de la Guerra de la Independencia, cuyas celebraciones han costado un pico a los contribuyentes madrileños para mayor gloria de Esperanza Aguirre y José Luis Garci. Que se preparen las tropas de Sarkozy, porque en el PP no están dispuestos a olvidar tan fácilmente el 2 de Mayo. ¿Quién dijo que el PP no apoya la recuperación de la memoria histórica? Una cosa es la represión franquista, que debe ser cosa de historiadores, pero que un gabacho le preste una silla a España… ¡Qué falta de dignidad!

El ‘punto G’ de la psicología política

23 oct 2008

Desde las reuniones de “apaciguamiento” que Neville Chamberlain y Hitler mantuvieron en 1938, la obsesión psicológica por pisar la alfombra de un “parlamento en la cumbre” ha marcado a casi todos los dirigentes que en el mundo han sido. “Tras superar las estribaciones de la política nacional, se sienten atraídos por las cumbres de la política internacional como si ésta fuera un imán”, explica David Reynolds en su imprescindible ensayo Cumbres: seis encuentros de líderes políticos que marcaron el siglo XX (Ariel).

La rotundidad con la que Zapatero ha proclamado que España “tiene que estar” en la cumbre de “refundación” del sistema financiero puede levantar la sospecha de que el presidente del Gobierno haya encontrado, como todos sus predecesores, ese punto G de la política que al parecer provoca un inescrutable placer a sus protagonistas. Porque asume un alto riesgo al abrir esa batalla diplomática sabiendo que Bush no le perdonará jamás (ni falta que hace) haberse rebelado contra su deshilachado imperio.

Tiene sobradas razones Zapatero para defender que España debe pertenecer al G-8 y, por supuesto, al G-20, grupo que a Aznar le pareció poca cosa cuando se fundó. Otra cuestión es si merece la pena el órdago que ha lanzado, por mucho valor político que se otorgue a la fotografía del 15 de noviembre. Porque EEUU ya ha aclarado que no va abordar en esa cumbre ninguna refundación del capitalismo: ni eliminación de paraísos fiscales ni prácticamente nada de lo que plantean Brown, Sarkozy o Zapatero. Como mucho se organizarán “grupos de trabajo” y se “sentarán las bases” para nuevas cumbres en 2009. Reynolds señala la importancia de conocer el ascenso hasta la cima, pero también la de saber “cómo bajar de esas alturas”. Chamberlain se arrepintió de la “histórica” foto de Múnich.

Hora de refundaciones

17 oct 2008

En la nómina de columnistas y tertulianos que atienden a la derecha se palpa un estado de ánimo intelectual que oscila entre la perplejidad y el cabreo. Uno de ellos (Ignacio Ruiz Quintano) arrancó hace cuatro días su colaboración en ABC con la siguiente sentencia: “El azar los trae y la lógica se los lleva. El azar del terrorismo nos trajo a Zapatero y el azar de la crisis nos trae a Obama (…) Muertos el comunismo y el capitalismo, viva la corrupción global”. No escarmientan. Pasarán más de mil años antes de que reconozcan la falsedad de esa miserable ecuación. Hasta Paul Krugman, flamante Premio Nobel de Economía, se lo ha explicado: “Los españoles no se intimidaron con las bombas terroristas; se rebelaron contra un Gobierno en el que no confiaban porque culpó a la gente equivocada y utilizó la televisión y la radio públicas para impulsar sus falsas acusaciones”. Han decidido Quintano y los federicos que, también “por azar”, un negro llegará a la Casa Blanca para solucionar la crisis económica. No porque McCain propusiera interrumpir la campaña electoral para dedicarse a analizar el hundimiento del sistema financiero; ni porque tenga pinta de vendedor de seguros jubilado o porque muchos votantes le consideren simple continuador de Bush, el presidente más impopular de la historia desde Truman. No. Obama ganará, si gana, por el puro azar de la más aguda crisis financiera.

Por accidente

Andan cabreados o perplejos quienes sostenían que Zapatero era un “presidente por accidente”, un perfecto inútil de sonrisa hueca que además soltó una patada en los testículos del emperador con la retirada de tropas de Irak. Ahora, por “el azar” de que el neoliberalismo se enfrenta a un espejo hecho añicos, resulta que Zapatero habla en francés con el primer ministro inglés y que tanto Gordon Brown como Sarkozy reclaman su presencia en la cumbre mundial que pretende refundar el capitalismo.

En la política del corto plazo, el PP y sus gurús intelectuales se ven obligados a “refundar” su estrategia. Después de perder un tiempo precioso negando que llovía cuando diluviaba, el Gobierno ha conseguido recuperar la iniciativa anulando además la sensación de que sólo había ocurrencias en lugar de medidas de calado. Ahora, esas medidas tienen el paraguas de foros internacionales en los que figuran los referentes máximos de la derecha española: Merkel y Sarkozy. Hasta el punto de que asistimos a una especie de mundo al revés en el que también la izquierda se siente un poco perpleja: Zapatero defiende con uñas, dientes y deuda pública a los insignes banqueros mientras Rajoy enarbola la pancarta de los derechos de las familias, los parados y las pequeñas empresas. Hay un problema de credibilidad que, en principio, desgasta más al líder de la oposición que al presidente del Gobierno: nadie se cree que Zapatero se dedique a favorecer a “sus amiguetes de la banca”, ni tampoco Rajoy da el perfil de máximo protector de los parados.

Pero al PP no le queda otra que agarrarse al paro. Ya no sirve decir que el Gobierno niega la crisis, que el presidente no pinta nada en la escena internacional o que no toma medidas. Esteban González Pons, alterado al saber que Zapatero puede acudir a una cumbre entre los máximos líderes del mundo, ha disimulado mal: “Zapatero debería asistir a una cumbre sobre el desempleo”. Pues qué bien.

Lo que importa

En la política del largo plazo, asistimos a uno de esos procesos que marcan un siglo entero (la revolución bolchevique, Munich, Yalta, Breton Woods, la caída del Muro…) con la diferencia de que ahora todo es global y se retransmite en directo. Para bien y para mal.

Sarkozy ha anunciado solemnemente una próxima cumbre de los líderes del mundo para la “refundación” del capitalismo. Dan ganas de responder como aquel personaje de Chesterton: “Yo me voy a dormir, avísenme cuando acaben”. Refundar viene a ser “dar nueva estructura, nuevos principios a una institución u organización”, según María Moliner. Trabajo no les va a faltar en esa cumbre. Y en otras diez si de verdad pretendieran no sólo revisar las funciones del Banco Mundial o del Fondo Monetario sino abordar un nuevo modelo capaz de poner coto a la pura especulación, a los paraísos fiscales o a la ingeniería financiera. Sería mucho más que “azar” que este crash lo consiguiera.

Más confianza y menos ‘bonus’

06 oct 2008

Un par de certezas entre tanta incertidumbre. 1: Si la banca española está más saneada que la de otros países no es porque nuestros banqueros sean mejores, sino porque no se les ha permitido ser peores. La codicia no conoce fronteras. 2: Si un número importante de clientes decide retirar de los bancos sus ahorros, nuestro sistema financiero hará “crash” como cualquier otro. Conclusión obvia: todo depende de la confianza.

Confianza es lo que intenta transmitir el plan Bush, un pequeño tapón en una enorme vía de agua. Confianza es lo que pretenden trasladar en los próximos días los gobiernos europeos con nuevas medidas de garantía de los depósitos bancarios. Confianza es lo que Zapatero busca comunicar con las reuniones que ha convocado para la semana que viene en Moncloa, adelantándose a la hipótesis de que surja en España algún agujero bancario.

Confianza es lo que pusieron varios miles de ciudadanos al invertir sus ahorros en entidades cuyos depósitos no están garantizados por el Banco de España, lo cual no quiere decir que vayan a perder su dinero, sino que no estaban al corriente de esa circunstancia. Confianza es lo que produce no olvidar la evidencia de que nadie da euros a ochenta céntimos.

Confianza es lo que ganarían los gobiernos si acordaran también poner freno a la ingeniería financiera y a los millonarios bonus de ejecutivos sin escrúpulos.

Haciendo el tonto

26 sep 2008

Ha dicho Mariano Rajoy en TV3 que Zapatero está “haciendo el tonto”. Para llegar a tal conclusión, el presidente del PP argumenta lo siguiente: “La situación económica es mala (…) Un presidente del Gobierno tiene que hablar bien de su país (…) pero a la gente hay que decirle la verdad: que hay una crisis muy importante que nosotros sufrimos en situación de más vulnerabilidad [que los demás países]. No decir la verdad es hacer el tonto, y supone engañarse y engañar a la gente”. Ni la Real Academia, ni María Moliner ni Manuel Seco, ni siquiera el Inventario general de insultos del sabio Pancracio Celdrán recoge una acepción de “tonto” que responda claramente a la que propone Rajoy, pero tampoco es cuestión de discutir su autoridad en la materia. Si no decir la verdad es hacer el tonto, el PP desarrolló la definición durante la última legislatura casi a tiempo completo, ya fuera a cuenta del 11-M, del Estatut o del proceso de paz.

En este caso, Rajoy critica a Zapatero por haberse paseado por Nueva York presumiendo ante empresarios y banqueros norteamericanos de que el sistema financiero español es uno de los más sólidos del mundo, y lanzando el mensaje de que nuestra economía está mejor preparada que otras para salir de la crisis provocada por el terremoto financiero en Estados Unidos y por el estallido de la burbuja inmobiliaria en España, siempre que los precios del petróleo no incordien excesivamente.

El diagnóstico

Después de haber perdido un tiempo precioso en marear la perdiz con el uso y significado de la palabra crisis, la verdad es que hace ya meses que el Gobierno admite que la situación económica es muy mala. Sería tonto y necio negar una evidencia que cantan, día tras día, los datos macro y micro de la economía. Esto nadie lo discute. Lo que se discute es el origen de los problemas y las posibles soluciones. El PP hace oposición, y por tanto se empeña en trasladar el mensaje de que Zapatero es el gran culpable de la crisis, por no haber abordado en los últimos cuatro años reformas estructurales, liberalizaciones, reformas laborales, privatizaciones, etcétera. Es decir, por no haber aplicado una política económica neoliberal. Claro, eso sí que podría considerarse “hacer el tonto” desde cualquier punto de vista: un Gobierno de izquierdas que aplica una política de derechas.

Pero resulta que los propios neoconservadores, norteamericanos o españoles, premios Nobel y analistas más o menos expertos reconocen que el origen esencial de la actual crisis financiera global está en Estados Unidos, en la macroestafa piramidal de las hipotecas subprime y en la clamorosa ausencia de un control estatal que pusiera freno a la codicia de los tiburones de Wall Street.

Andan ahora llorando para que el Estado, con el dinero de todos los contribuyentes, acuda en socorro de multimillonarios arruinados. Y lo van a conseguir, porque republicanos y demócratas coinciden en que será la única forma de evitar que se venga abajo todo el tinglado y el terremoto no arrase también con las cuentas corrientes y los sueldos corrientes de los ciudadanos corrientes. Siguiendo la argumentación de Rajoy, negar este origen de la crisis o pretender que la burbuja inmobiliaria española se la inventó Zapatero desde 2004 es sencillamente falso. Es “engañarse y engañar a los demás. O sea: “Hacer el tonto”.

Se pueden discutir las palabras exactas o si sobraban o no las irónicas alusiones de Zapatero a Sarkozy o Berlusconi en Nueva York, cuando se puso a sacar pecho por las fortalezas de España en comparación con Francia o Italia. Pero alguien que aspira a la presidencia del Gobierno no discutirá que un presidente tiene la obligación de recorrer el mundo intentando atraer inversores a su país.

Genios asesores

Mariano Rajoy debería encargar a sus asesores que escuchen los discursos que pronuncian Emilio Botín (Banco Santander) o Francisco González (BBVA) en Londres, en Nueva York o en Pekín, y buscar las diferencias con los mensajes de Zapatero. A ver qué encuentran. Los bancos y las grandes empresas españolas necesitan financiación exterior, y no tendría la menor gracia que lo que propagaran por el mundo fuera algo así como “no inviertan ustedes en España, porque aquello es un desastre absoluto, con un Gobierno que se dedica a hacer el tonto. Esperen ustedes cuatro añitos a ver si ganan los conservadores y ya hablamos”. Un mensaje, por cierto, que con escasas variaciones repite por ahí machaconamente José María Aznar, con un sentido del Estado perfectamente descriptible.

Por supuesto que aquí afrontamos también una mala situación financiera, pero es evidente que el modelo de banca comercial en España, con un negocio basado fundamentalmente en la captación y el préstamo de fondos, sin más ingenierías extrañas, nos aleja de los riesgos que han puesto en jaque a la economía más fuerte del mundo.
Si se trata de no “hacer el tonto”, el Partido Popular debería examinar también a fondo a los asesores de su candidato preferido para la Casa Blanca, con el objetivo prioritario de no repetir sus genialidades. La propuesta de John McCain de suspender la campaña y los debates para centrarse en la crisis económica pasará a la historia de la estrategia política como una de las más grandes tonterías escuchadas en una carrera presidencial. Barack Obama ha respondido con habilidad y cierto cachondeo: “Creo que un presidente debe ser capaz de hacer más de una cosa a la vez”. Pensar y comer chicle al menos, como dice el chiste. Alguien que aspira a dirigir un país, sea Estados Unidos o España, debe plantear soluciones a los problemas y convencer a la gente de que sus soluciones son precisamente las más acertadas. Todo lo demás es engañar a los demás o engañarse a uno mismo. O sea: “Hacer el tonto”.

Abdominales ideológicos en tiempos de crisis

07 sep 2008
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Se ve que Mariano Rajoy ha librado el fin de semana, o quizás no se haya recuperado del susto al enterarse de que su predecesor, José María Aznar, hace ¡2.000! abdominales diarios en el garaje de su casa. Si es que así es complicado consolidar un liderazgo. Cuando la sombra que te persigue es culturista y no se cansan de adjudicarle idilios y paternidades, ¿qué puede uno hacer para centrar la atención sobre la crisis económica?

El caso es que el líder de la oposición no ha contraprogramado un solo acto, lo cual ha permitido a Rodríguez Zapatero sacar abdominales ideológicos y anunciar que su Gobierno conseguirá capear el temporal sin recortar los gastos sociales. No sólo mantiene sus compromisos de seguir subiendo las pensiones mínimas por encima del IPC o de invertir mil millones de euros en 2009 en ayudas a las familias con personas dependientes. «¡Que no me pidan dinero para empresas en dificultades que antes obtuvieron grandes beneficios!», advirtió ayer el presidente en las campas leonesas de Rodiezmo, donde culpó de la actual situación económica a la política neoconservadora de Bush y de sus imitadores.

Los portavoces de guardia en el Partido Popular tiraron de argumentario y, en lugar de responder a las recetas de Zapatero, le acusaron por enésima vez de desviar la atención con asuntos como el aborto, la eutanasia o la memoria histórica. Sostiene el PP que estos temas no interesan a nadie, aunque no explica en qué encuesta se basa para afirmarlo.

A la espera de que hoy, lunes, reaparezca el líder de la oposición, ejerció el papel de voz crítica o escéptica el secretario general de UGT, Cándido Méndez. No es que amenazara con una huelga general a Zapatero si se le ocurre olvidarse de defender los intereses de los trabajadores, pero por si acaso le recordó que no sería la primera vez que el “sindicato hermano” se echa a la calle. Sobre todo si Corbacho sigue enredando.

A Rouco hay que exigirle algo más que respeto

01 ago 2008
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Es más fácil encontrar restos de vida en Marte que de dignidad en la cúpula de la Iglesia católica española. ¿Cómo se atreve monseñor Rouco Varela a plantear una negociación con el Gobierno sobre los contenidos de Educación para la Ciudadanía? ¿O sobre la futura Ley de Libertad Religiosa? ¿A qué espera la máxima autoridad del catolicismo en España para pedir perdón por los cuatro años de campaña de manipulación política que ha protagonizado? ¿Cuántas condenas judiciales por calumnias, falsedades, injurias e insultos tiene que recibir Jiménez Losantos para que la Conferencia Episcopal decida poner en su sitio al rentabilísimo predicador? ¿Romperán los obispos su cómplice silencio con un sermón sobre la libertad de expresión? ¿El ideario de la Cope es el que conocemos o existe un manual secreto que permite utilizar la infamia para hacer dinero?

El cardenal que ayer visitó el Palacio de la Moncloa es el mismo que el 30 de diciembre pasado proclamó que en España “no se respetan los derechos humanos”. El mismo que en plena campaña electoral pidió descaradamente el voto para el PP y condenó a los infiernos a todo aquel que votara a la izquierda. ¡Y todavía esperaba que el presidente del Gobierno bajara la escalinata y le besara el anillo episcopal!

En un ataque de firmeza dentro de la más “exquisita cordialidad”, Zapatero reclamó a la Iglesia “el mismo respeto y lealtad” que el Gobierno le brinda. Se ve que el presidente tenía ya la cabeza en las marismas de Doñana. Además de respeto y lealtad, no habría sobrado exigir a los obispos alguna disculpa por las barbaridades cometidas.

Monseñor Rouco necesita ahora la colaboración del Gobierno para mayor gloria de Benedicto XVI en su futuro viaje a España, en 2011. Casi en vísperas de las próximas elecciones generales. Habrá que escuchar esa homilía.

Otra vez las peras y las manzanas

18 abr 2008

El más genuino ejemplo de las toneladas de caspa sexista que han asomado con motivo de los nombramientos de las nuevas ministras lo protagoniza (¿curiosamente?) una mujer. «Las mujeres están muy bien siempre que sean las mejores. Yo no creo en las cuotas, así que las nuevas ministras tendrán que demostrar ahora que son las mejores». Ana Botella dixit. La autoridad sexista de Ana Botella es indiscutible desde que hizo pública su profunda reflexión filosófico-matemática sobre los matrimonios homosexuales: «Si se suman dos manzanas, pues da dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta». Ana Botella suelta por la boca esa empanada mental que no distingue de géneros ni de ideologías políticas y que, desgraciadamente, sigue instalada en el menú sociológico español. Si un hombre llega a ministro de Defensa, nadie se cuestiona si lo hará bien, mal o regular por el hecho de ser hombre. Se analizará su currículum, su capacidad de diálogo, su carácter firme o blando, sus discursos o sus silencios. Pero una mujer, cuidado, «tendrá que demostrar que es la mejor». Es decir, sin conceder siquiera los cien días tradicionales de confianza, se da por hecho que parte en inferioridad de condiciones.

Vergüenza ajena

Esta mentalidad es mucho más peligrosa que la que expresan esa panda de columnistas y oradores que sacaron del armario el hacha machista a las tres horas de los nombramientos. Los que hablan de «la ministra del bombo» o de «la flamenquita» se creen muy graciosos, cuando realmente dan grima. Uno se pregunta si sus propias parejas no sentirán vergüenza ajena al tener que leer y escuchar tales ocurrencias. Por si acaso, conviene recordar a esas parejas (sean manzanas o peras, vaya usted a saber) la existencia del teléfono 016, útil también cuando se producen malos tratos psicológicos.

Basta echar un vistazo a la prensa internacional para darse cuenta de la trascendencia que puede alcanzar el paso decidido por Zapatero. Se podrán hacer mil críticas muy pronto de la capacidad política y gestora de cada miembro del Gobierno, pero no tiene duda que el hecho de que haya más mujeres que hombres en el Ejecutivo supone uno de los mayores avances hacia la modernidad que se han producido en treinta años de democracia. El británico The Independent recuerda que, hace poco más de tres décadas, las mujeres en España no podían abrir una cuenta bancaria, solicitar el pasaporte o firmar un contrato sin permiso del marido. Con Franco, incluso bastantes años después, la opción de que una mujer sirviera en el Ejército ni se planteaba. Medios conservadores alemanes han editorializado esta semana con la imagen de Carme Chacón pasando revista a las tropas: «Un gran día para España y para la lucha contra una sociedad de hombres». En política, como en la vida misma, las palabras y los gestos no son simple ruido. Tienen unas consecuencias reales, palpables, capaces de provocar un efecto mariposa que contribuye a cambiar la sociedad.

Es una obviedad estadística que España se divide casi al 50% entre mujeres y hombres, como lo es que las mujeres no ocupan ni de lejos esa proporción en los puestos de poder público y privado. Hay quienes rechazan (como Ana Botella y buena parte de la derecha) las cuotas como herramienta de discriminación positiva que impulse más rápidamente el deseable equilibrio, pero no proponen una alternativa mejor para alcanzar un objetivo tan justo. Hay quienes plantean otro debate, más allá del basado en el puro censo demográfico. El prestigioso filósofo Daniel
Innerarity considera que cuando las mujeres «hacen política de mujeres, desarrollando unos supuestos atributos de la feminidad (cercanía, humanidad, sensibilidad hacia lo particular…) contribuyen involuntariamente a que se las expulse del espacio público». En su opinión, una vez que las mujeres alcanzan el poder, no conseguirán la renovación de la política porque hagan una política «femenina» sino porque »ejerzan la equidad efectiva». Interesante debate, en el que otros sociólogos argumentan lo contrario, la necesidad de una feminización de la política con una nueva cultura de valores y códigos propios del feminismo político.

Carme Chacón, Bibiana Aido, Cristina Garmendia o Beatriz Corredor tienen, como tantas otras mujeres, la oportunidad de demostrar cuál de esas opciones es más positiva para lo que más importa y para lo que se les paga: el bienestar de los ciudadanos. Si son o no las mejores nos debe preocupar lo mismo que si sus colegas varones son o no imbéciles.

Cuando casi todo es provisional

28 mar 2008

La política española está en funciones. Es lo que ocurre después de unas elecciones generales, pero esta vez más que nunca. Y no sólo por el hecho de que hasta el martes no se constituyen oficialmente las Cortes y hasta la semana siguiente no tomará posesión el nuevo Gobierno. En esta ocasión, por razones ajenas al calendario legal, un viento de provisionalidad azota tanto la estructura del Ejecutivo como las filas de la oposición.

Es verdad que Zapatero dejó claro, antes incluso de las elecciones, que mantendría a Solbes y De la Vega en las dos vicepresidencias del Gobierno y que no crearía ninguna más. Pero también anticipó (precisamente en Público) que pretendía cambiar la estructura del Ejecutivo para dotarle de mayor eficacia y para dar el peso correspondiente a materias clave en el futuro del país. Si a ese anuncio, que ya de por sí crea cierto suspense ante la formación de un nuevo Gobierno, añadimos su compromiso con la paridad, es lógico que entre los ministros en funciones y los supuestos ministrables haya muchos a los que no les llega la camisa al cuello.

Además, ya se sabe que todo presidente del Gobierno disfruta como un enano a la hora de armar un puzle en el que siempre se guarda algunas fichas sorpresa. Se trata de una demostración de poder y de un ejercicio de audacia.
Hasta ahí, nada que no hayamos vivido en anteriores resacas electorales. Pero esta legislatura parece predestinada a quedar partida en dos mitades. Uno de los pocos miembros del Gobierno confirmado oficiosamente en su actual puesto reconoce que Zapatero ha trasladado a su entorno más directo que el equipo que está a punto de nombrar tiene fecha de caducidad en 2010, tras el semestre de presidencia española de la Unión Europea. Otras fuentes socialistas sostienen que ese plazo es el comprometido, por ejemplo, con Pedro Solbes, que luego tendrá libertad para continuar o jubilarse; o con José Blanco, que en esa misma fecha decidirá su propio futuro.

Maldito silencio

De modo que en los próximos días iremos conociendo una alineación titular que tiene dos años de contrato para afrontar como prioridad una desaceleración económica que pone fin al mejor ciclo vivido en democracia. Esa provisionalidad conlleva, obviamente, el mantenimiento de cierta tensión en el banquillo, puesto que también suenan nombres masculinos y femeninos que ya habrían sido tocados por Zapatero para incorporarse a la primera plantilla en 2010.

En el Partido Popular, la incertidumbre es aún más intensa. Desde que Mariano Rajoy regresó de sus vacaciones caribeñas, sólo ha salido del despacho oficial en tres ocasiones: para firmar en el Congreso el papeleo oficial como diputado, para asistir a la misa funeral por Rogelio Baón y, ayer, para recorrer en Calahorra las ruinas de la casa cuartel atacada por ETA. En la localidad riojana, aseguró el presidente del PP que ya tiene decididos los nombres de los portavoces en el Congreso y en el Senado, pero que ni siquiera ellos (o ellas, o mitad y mitad) lo saben ni lo sabrán hasta que el lunes informe a la Junta
Directiva Nacional del partido.

Cada cual es dueño de administrar sus silencios, pero en las filas del PP no pocos se quejan de la costumbre rajoyniana de echar una pensada a casi todo y eternizar la respuesta a los problemas del partido. Cuando un líder permanece callado, se escuchan con más volumen otras voces en su entorno. En los últimos días, han sonado con claridad peticiones de renovación de dirigentes y de discurso por parte de líderes del PP en Catalunya y en el País Vasco. Un diputado catalán lo explica en privado sin florituras: “Mira, está muy bien que Rajoy continúe porque evita poner el foco en una pelea por la sucesión en el liderazgo del partido, pero lo más importante sería analizar de forma autocrítica los resultados del 9-M y tengo serias dudas de que lo hagamos”.

A juicio de este diputado (“No pongas mi nombre, que Federico me abrasa”), el PP debe asumir que le resultará casi imposible volver al poder si no modera sensiblemente su discurso en Catalunya y País Vasco, “donde los sectores que podrían votar al PP nos perciben como extraterrestres”.

Pese al solemne anuncio de continuidad de Rajoy, los ataques sin piedad que recibe a diario de los medios afines y la irritación contenida que provocan sus silencios abonan también el clima de provisionalidad en el PP. El lunes, empezaremos a ver por dónde apunta el líder de la oposición, pero un miembro de la dirección nacional reconoce que, como ocurre con los plazos del Gobierno, “nadie puede asegurar que la verdadera renovación de caras e ideas en el PP no se produzca hasta 2010 ó 2011”. Con Rajoy como candidato. O no.

Ataques de sinceridad ante el 9-M

08 mar 2008

¿Conoce usted a alguien que sepa de alguien que tenga un pariente que dedique el día de reflexión a reflexionar para finalmente decidir lo que votará al día siguiente? Eso es más difícil que conocer a una familia en cuyo salón exista un aparato medidor de audiencias de televisión. La mayoría de las encuestas publicadas dentro del absurdo plazo legal que impone la normativa electoral han hecho oscilar el número de indecisos entre los dos y los cinco millones largos de españoles. Lo cual apunta que el porcentaje de ecuestados que mienten o esconden su voto sería suficiente para hacer bailar el resultado por completo, aun descontando a aquellos que hayan sido sinceros en la respuesta y no tuvieran clara su decisión en el momento de ser preguntados. De modo que no es disparatado concluir que el dato final que salga de las urnas está niquelado desde hace bastante tiempo y no depende del ejercicio de reflexión individual que hoy practican algunos devotos del suspense político. Ni mucho menos depende del criminal intento de ETA de condicionar la libertad de los ciudadanos.

Las propuestas electorales de los partidos, que deberían ser pero no son el motivo fundamental de movilización del voto, figuran en sus programas y fueron presentadas, lanzadas y voceadas antes del inicio de los quince días de campaña. De hecho, las últimas dos semanas han supuesto un casi absoluto vacío de contenido, y se han caracterizado por un enfrentamiento muy personalizado entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Nunca en los últimos treinta años habíamos asistido a una campaña tan presidencialista y centrada en la contraposición de dos estilos, dos lenguajes, dos miradas. La recuperación de los debates televisados, que sí que deberían ser de obligado complimiento en la legislación electoral, ha sido la guinda final que ha contribuido a dejar el resto de la campaña en un goteo de mítines sólo útiles para mantener animados a los más fieles.

 Momentos fundamentales

Ha sido una campaña diferente a otras, una especie de solución concentrada de los cuatro años de legislatura. En dosis de altísima toxicidad, los debates y las intervenciones de los dos líderes han reflejado toda la crispación que ha caracterizado la vida política desde 2004. Pero no han faltado momentos fundamentales de los que cualquier ciudadano dispuesto a reflexionar puede extraer conclusiones que le ayuden a separar el marketing de la esencia.

Un ejemplo. Si el programa especial de La Sexta Salvados por la Campaña hubiera registrado un 70% de share, quizás Mariano Rajoy habría perdido las elecciones con una semana de adelanto. El equipo del Follonero pidió al candidato del PP que diera alguna razón para votar el PSOE. Rajoy se quedó unos segundos pensativo y luego, en un ataque de sinceridad, respondió: «Pues que tampoco pasa nada». ¡Acabáramos! O sea que, según Rajoy, votar PSOE no equivale a rendirse ante ETA, romper España, vender Navarra y lanzarse por el precipicio de una crisis económica. Haberlo dicho antes y nos habríamos ahorrado muchas tensiones y dramatismos. Igual de reveladora fue el jueves en El País la respuesta del presidente del PP a una pregunta sobre el 11-M: «El sábado y el domingo (13 y 14 de marzo de 2004) empecé a tener mis dudas. Yo sólo dije que creía que había sido ETA, porque, claro, yo no estaba en el Gobierno». ¡Eureka! Tres años largos insistiendo en la posible implicación de ETA en los atentados, con Zaplana, Acebes, Martínez Pujalte y Jaime Ignacio del Burgo dedicados en cuerpo y alma a tal menester, y ahora resulta que, desde el mismo día de las elecciones, Rajoy ya se situaba donde estábamos la mayoría de los españoles, en la clara intuición de que nos estaban engañando. De modo que quizás los debates y las campañas no sirvan para cambiar porcentajes significativos de voto, pero desde luego pueden servir para destapar mentiras y clarificar misterios.

La tendencia marcada por las encuestas y la sensación de que no se percibe una oleada de cambio parecen inclinar todos los pronósticos hacia una victoria de Zapatero en las urnas. Nunca un Gobierno ha tenido que dejar el poder después de una sola legislatura, pero tampoco había ocurrido nunca lo sucedido en 2004, que un partido pasara de la mayoría absoluta a la oposición sin un aviso previo como el que recibió Felipe González en las elecciones de 1993. Lo único demostrado en las nueve elecciones generales celebradas desde 1977 es que los resultados indican una suma del sentido común de los españoles, que siempre han decidido en conjunto lo que el país necesitaba en cada momento. Si un partido es incapaz de renovarse y jubilar a quienes han traspasado todas las fronteras de la higiene democrática, las urnas se encargan de decretar una renovación forzosa. 

 P.D. Se ruega a quienes decidan no acudir a votar se abstengan también en los próximos cuatro años de dar la tabarra en las tertulias televisivas o radiofónicas, en los blogs, en las charlas de café, en las cenas familiares o en los trayectos en taxi. La abstención es legítima, por supuesto, pero absolutamente irresponsable cuando el país se juega tanto.