Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La temperatura de los dinosaurios

29 Oct 2011
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
Eran los dinosaurios de sangre fría o caliente? Dicho de otra forma, ¿absorbían calor del medio como los reptiles, o lo liberaban como los mamíferos? Había un gran debate sobre este asunto entre los especialistas, sobre todo referido a los saurópodos jurásicos como los diplodocus. Unos investigadores de California han llegado a un resultado interesante usando un método curioso.
Los isótopos son átomos del mismo elemento que se diferencian en el número de neutrones de su núcleo. Esto implica que sus propiedades nucleares pueden ser muy diferentes (por ejemplo, ser radiactivos o no) pero las químicas son prácticamente idénticas, porque estas provienen de los electrones más externos que están a enorme distancia del núcleo y, además, la interacción entre ellos es mucho más débil que la nuclear. Los huesos de los dinosaurios, como los de casi todos los animales, tienen carbonatos, compuestos químicos en los que un átomo de carbono se une a tres de oxígeno.
Estos suelen ser los isótopos C12 y O16. Otros isótopos estables de ambos son el C13 y el O18 que apenas llegan a tener una abundancia del 1%. Resulta que la unión de estos isótopos raros en los carbonatos en lugar de los frecuentes depende de la temperatura. Midiendo delicada y exactamente la cantidad de carbonatos que contienen los isótopos C13 y O18, los californianos han deducido la temperatura corporal de los grandes dinosaurios: entre 36ºC y 38ºC, o sea, muy parecida a la de los mamíferos. El lector puede que sonría complacido y se diga, “muy bien, ¿y qué?”.
En 1969, a un biólogo llamado Book le dio por estudiar una bacteria que vivía en las aguas termales del parque de Yellowstone.
El artículo que escribió sobre ella pasó completamente desapercibido, salvo para unos investigadores que, 15 años después, recordaron que una enzima de aquella bacteria jugaba un papel fundamental en su supervivencia a alta temperatura. Estaban a punto de descubrir nada menos que la forma de manipular el ADN. Si a Book le hubieran dicho que su estudio de aquella bacteria iba a provocar una revolución se habría tronchado de risa. Quizá medirle la temperatura a los dinosaurios no pase de ser una curiosidad científica más, pero la posibilidad de que sirva para algo útil siempre estará ahí. Esa es la grandeza de la ciencia, porque a lo largo de la historia ha sido la investigación movida por la curiosidad la que más beneficios ha reportado a la humanidad.

La ciudad más bella

06 Nov 2010
22:51 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Esta columna responde al reto que ayer me lanzó el inefable y querido Carlo Frabetti.
Al llegar al valle cálido y frondoso que con tanto afán habían buscado, los más perspicaces de la gran tribu se sintieron optimistas. Haber abandonado las oscuras, frías y estériles estepas había sido un acierto. El problema era que allí no había cuevas, las cuales, por muy siniestras que fueran, daban cobijo. Habría que construir resguardos con lo que se pudieran afanar usando el ingenio y la perseverancia.

Empezaron siendo chozas precarias mucho menos recias que las tenebrosas grutas, pero eran fruto de la imaginación, la curiosidad y el esfuerzo de los individuos más inquietos que pudieron liberarse del trajín de la supervivencia.
No todos los miembros de la tribu, ni mucho menos, estaban de acuerdo con aquella nueva forma de vivir en chozones irregulares distribuidos aquí y allá. Los chamanes eran los más furibundos enemigos de los laboriosos constructores. Pero la gente empezó a apreciar las ventajas que conllevaba vivir en aquellos productos de la inteligencia y el tesón.
Paulatinamente pero a ritmo creciente, el valle tomó forma de poblado al que empezaron a llamar ciudad. Los constructores hicieron algo muy curioso que muchos no entendían dejándolos atónitos. Buscaban continuamente nuevas formas de casas y se atrevían hasta con edificios enormes. Aplicaban un método común infalible en cuanto a cimentación, techumbre, canalizaciones, paredes… pero cada cual construía innovando continuamente.

El siguiente logro fue añadir la organización al ingenio y la perseverancia. Entonces comenzó la apoteosis de edificios diversos, unos gráciles y otros mastodónticos, de manera que la ciudad se fue engrandeciendo.

Al método de construcción común le llamaron científico y los barrios empezaron a distinguirse y a tomar bonitos nombres. Se llamaban Matemática, Física, Química, Biología, Geología, Arqueología, etc. En cada uno de ellos, las calles estaban formadas por casas y edificios en las que habían colaborado infinidad de trabajadores, en cambio otras, incluidas algunas catedrales, eran obra de un solo maestro constructor por mucho que se hubiera apoyado en los hallazgos de los demás. Se llamaban Teoría de la Relatividad, Evolución de las Especies, Tectónica de Placas y demás. Los chamanes veían con trémula ira y profunda tristeza que la vuelta a las lúgubres cuevas de la superchería y la superstición la estaba haciendo imposible el progreso de aquella bella y sólida ciudad de la que todos se congratulaban.

Las máquinas de Leonardo

17 Jul 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Pocas cosas hay tan fascinantes como algunas pinturas y dibujos de Leonardo da Vinci, salvo, quizá, la simulación por ordenador del funcionamiento de las máquinas que ideó. Ante la Gioconda o La última cena, si los turistas y las medidas de seguridad lo permitieran, uno podría quedarse mucho tiempo embelesado; ante la pantalla de un ordenador o las páginas de un buen libro sobre el tema se puede llegar al éxtasis viendo las reproducciones de los mecanismos deducidos de los dibujos del maestro.
Lo curioso del asunto es que estas geniales invenciones técnicas sirvieron como las pinturas: para nada práctico. Helicópteros, aviones, submarinos, ametralladoras, tanques, coches, cañones, telares, todo salió de la mente del egregio renacentista.

¿Fue Leonardo un simple dibujante de una primigenia ciencia-ficción? No, fue un genio que escudriñó magistralmente la naturaleza, desde la anatomía humana hasta la botánica pasando por media docena de especialidades. Además, fue quien con más recio fundamento antepuso Arquímedes a Aristóteles. Aunque respecto al gigante helenístico tuvo dos deficiencias notabilísimas. Este fue un matemático excepcional y sus inventos mantuvieron a raya a la flota romana de Marcelo durante casi tres años que duró el asedio de Siracusa. Leonardo tenía unos conocimientos rudimentarios de matemáticas, apenas se sabía expresar por escrito y todas sus máquinas de guerra fueron rechazadas porque, con razón, los generales e ingenieros militares sospecharon que no valdrían para nada en la batalla si es que no producían más estragos entre amigos que entre enemigos. Aún más, mientras que Arquímedes fue un gran innovador de la ciencia y la tecnología de su tiempo, Leonardo no aportó mejora alguna a los mayores avances de su época, por ejemplo, la imprenta. Sin embargo, cosas tan sutiles como el principio de la inercia, la potencia del método empírico, el interés por la mejora de la tecnología al servicio del avance humano (y el suyo pecuniario particular), etc., precedieron la obra magna de Galileo e incluso tienen unos tintes de una modernidad notable.

La ingeniería de Leonardo también nos provoca prevención sobre dónde puede llegar una tecnología huera y visionaria: a ninguna parte. Aún hay algo peor y es que se implementen costosos artefactos por motivos que nada tengan que ver con el progreso ni el aumento del bienestar social. El verano es una buena época para reflexionar. Piense el lector en muchas maravillosas máquinas actuales tan inútiles como las de Leonardo. Puede empezar por la Estación Espacial Internacional. Hasta septiembre, amigos.

Tecnociencia

05 Jun 2010
10:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Tras años escribiendo sobre ciencia y tecnología, me asaltó la duda existencial de si tenía claros esos dos conceptos. Lo más práctico en estos casos es acudir a un diccionario. Al que más cariño le tengo es al de doña María Moliner. Ciencia: “Conjunto de conocimientos que alguien tiene, adquiridos por el estudio, la investigación o la meditación”. No vale. Tengo un buen amigo jurista cuya curiosidad, gusto por la erudición y prodigiosa memoria hace las delicias de cualquiera en una tertulia. Sus infinitos conocimientos, desde la alineación de su equipo de fútbol favorito al ganar un campeonato veinte años atrás, hasta la producción anual de diamantes en Sudáfrica, los adquiere estudiando, investigando y meditando. Su padre dice de él, fascinado, que es un pozo insondable de conocimientos inútiles. Si alguien le dijera a mi amigo que posee un cúmulo de ciencia, no sé si se reiría o se sentiría ofendido.

Nos vamos al diccionario de la Real Academia. Tecnología: “Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico”. No vale. Otro amigo mío, insigne ingeniero, me discute continuamente que el entrelazamiento de la ciencia con la tecnología (y viceversa, lo cual se suele obviar) es algo más complejo de lo que suelo sostener. Barcos, y además buenos barcos, se construyeron (tecnología) desde mucho antes que Arquímedes concibiera su principio fundamental de la hidrostática (ciencia). Los ingenieros que permiten arañar décimas de segundo a los coches de fórmula 1 de sus contrincantes no se apoyan necesariamente en las leyes de la física.

Se me ocurre fundir ambas palabras y me sale tecnociencia. Me suena, por lo que busco en los diccionarios y compruebo que no existe. Pero aún escamado, la tecleo en Google. Me salen 328.000 resultados. Exploré el asunto y me pareció cosa de filósofos. La definición que encontré menos inextricable fue la siguiente: Tecnociencia: “Construcción social altamente artificializada (sic) que se aplica a los más diversos ámbitos sociales y empíricos para producir modificaciones y mejoras. Los seres humanos pueden adherirse (o no) a dicha actividad colectiva, pero cada individuo siempre se confronta en su fase de formación a una tecnociencia previamente constituida, que ha de aprender, por una parte, pero cuyas aplicaciones concretas puede comprobar que producen efectos en su entorno”. Sumido en cierto estado de estupor, la consideré una estupidez de tal calibre que evitaré usar semejante palabrón. ¿Qué diablos serán la ciencia y la tecnología?

La destrucción de la ciencia

22 May 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Uno de los libros de historia que encuentro más fascinante lo ha escrito un físico matemático italiano: Lucio Russo. Trata de la ciencia desarrollada en Grecia durante el llamado periodo helenístico, es decir, el que se inicia con el desmembramiento del imperio de Alejandro Magno en 323 aC. Demuestra Russo, con un rigor extremo, que la ciencia realmente nació en ese siglo III de la mano de Arquímedes, Euclides, Eratóstenes, Aristarco, Herófilo, etc. Esta revolución bien se puede considerar olvidada (de hecho, tal aserto le da título al libro) de manera que sobre ella se encuentra hoy día más información en los libros de historia dedicados al Renacimiento que en los dedicados a la Grecia clásica, dominados totalmente por Platón y Aristóteles.

Pero lo fundamental del libro no es su reivindicación del protagonismo histórico de los sabios citados, por justa que fuera tal causa. Por ejemplo, causa pasmo que casi nadie sepa quién fue Herófilo de Calcedonia, quien puede considerarse el fundador de la anatomía e incluso de la medicina como ciencia. La tarea esencial de Russo, más que mostrar cómo nació la ciencia, ha sido indagar en las causas de por qué tuvo que renacer. Lo cual es fundamental, porque entre su extinción y su renacimiento transcurrió más de un milenio. La ciencia griega y la tecnología romana tenían todo a punto para que se dominara el vapor e incluso la electricidad, en cambio la oscuridad se cernió sobre Europa y el mundo durante siglos. ¿Por qué y qué podemos aprender de ello? La lección fundamental es que el progreso no fluye inexorablemente, sino que su estancamiento y regresión pueden ser rápidos y su recuperación lenta, muy lenta.

Estos comienzos de siglo XXI se están caracterizando por unos cambios tan radicales que causan perplejidad. La crisis global adquiere mil facetas, como el cambio de los centros geoestratégicos, el afán destructivo de la mística fundamentalista, el papel del terrorismo y los ejércitos, el auge de la pseudociencia, etc. Quizá la menos notoria e inquietante es el paulatino abandono de la ciencia a favor de la tecnología domeñada por el mercado y el desarrollismo. En Europa, Estados Unidos y Japón se estaban desertizando los laboratorios, los centros de investigación y las aulas de las carreras de ciencias. Se recurrió a la contratación de científicos de países emergentes. Estos están regresando por oleadas a sus países de origen para insertarse en el maremágnum productivista. ¿Será este el comienzo del fin del progreso de base científica? Hay que leer a Russo para ver lo fácil que sería acelerar ese final y lo difícil que sería recuperar la ciencia y la libertad que ella conlleva.