Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La partícula de Europa

30 Mar 2010
19:13 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

El mayor experimento científico de la historia está en marcha desde hoy. Se lleva a cabo en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares, el CERN, en las cercanías de Ginebra. En un túnel circular de 27 kilómetros repleto de alta tecnología viajan dos haces de protones, los núcleos del átomo más abundante del universo, el hidrógeno, en sentido opuesto. Se les obligará a colisionar violentamente en varios puntos donde hay detectores inmensos que registrarán lo que suceda tras esos choques.

Centenares, miles de ingenieros y físicos se han afanado en mantener el enorme sistema a 270 grados bajo cero en un vacío interestelar, en procesar informáticamente una estremecedora cantidad de datos, en conseguir unas precisiones mecánicas inauditas hasta hoy, en domeñar todo el electromagnetismo conocido y en elaborar unas teorías que aúnan todo el conocimiento físico acumulado en el siglo XX.

Por su parte, el pueblo llano, fundamentalmente el europeo, ha contribuido con unos 20 euros al magno experimento. Seguramente cada contribuyente se sentirá orgulloso de su aportación cuando el LHC, que así se llama el artilugio con que se llevará a cabo el experimento, ofrezca los resultados que de él se esperan.

Dicen que se busca la partícula divina, reproducir la película de la creación o encontrar el lado oscuro del mundo. Son estupideces del calibre de la estupefacción que pretenden provocar. Los resultados del LHC pueden explicar algunos enigmas o, lo que es frecuente en ciencia, abrir muchos más de los que aclare.

Cuando esos avances tienen lugar en el extremo de una escala de energía jamás alcanzado, se explora la naturaleza en su intimidad más recóndita. Esta podrá presentarse en forma de nuevas partículas elementales, quizá sólo una. Pero ésa no será la partícula fruto de mística alguna, sino la nuestra, la de todos los que hemos contribuido a la proeza de su hallazgo. No será la partícula de Dios sino la partícula de Europa.

¡Son las ciencias, señores!

21 Ene 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Los partidos políticos se han decidido a pactar por la educación. Es inaudito que las grandes conquistas sociales y de todo tipo que nos ha traído la democracia se hayan reflejado de manera tímida y harto discutible en la instrucción pública (bella formulación republicana de la educación). Deleita leer que los socialistas van a transigir en su supuesto progresismo educativo y que los populares no se encastillarán en valores trasnochados. Las discusiones parece que empiezan por esos extremos, pero, a diferencia de otras ocasiones, se avanza. Los asuntos siguientes agitan las negociaciones.

La garantía de igualdad de oportunidades es equilibrar a la baja. Los inmigrantes tienen derecho a todo, pero no en los colegios concertados. El tremendo abandono escolar no es culpa nuestra. La Educación para la Ciudadanía no se toca. O se toca o nos vamos. Hay que reducir la educación común y los torpes para eso tienen la FP, si no aquí no progresa nadie. La enseñanza se ha de basar en la confianza de los alumnos con el profesor. Las tarimas se vuelven a instalar, todo el mundo se levanta al entrar el profesor y los crucifijos ni se tocan. El castellano hay que garantizarlo. El catalán, el vasco y el gallego hay que garantizarlos. Los itinerarios… De lo que se tiene poca noticia es de si se desea recuperar el número de horas de clase dedicado a las ciencias. Y, parodiando a Bill Clinton cuando espetaba “¡es la economía, estúpidos!”, yo alertaría con más respeto a los negociadores del pacto con el título de esta columna.

La facilidad ayudada por el esfuerzo para entender las ciencias es discriminador entre los chavales, qué duda cabe. Y aún más las matemáticas, si encima se jalea que no entenderlas tiene su gracia. Pero consten dos cosas: primera, que las únicas discriminaciones no admisibles son las que marca la Constitución, en particular las relacionadas con el dinero y el género; segunda, que un chaval sea bueno en ciencias casi nunca le ha supuesto, ni tiene por qué, más oportunidades en la vida. O sea, que quien se la juega con el abandono de las ciencias en las escuelas e institutos es el país, no los estudiantes. Y se están abandonando, porque hasta a los buenos alumnos, conscientes de sus inmensas carencias, les asusta matricularse en las facultades científicas y en las escuelas de ingenieros, que se desertizan de manera alarmante. Cuando a los políticos se les llene la boca de ciencia, tecnología, I+D+i y futuro, que sepan que tendremos que contratar jóvenes científicos de países emergentes, muchos de los cuales hace mucho tiempo que se han dado cuenta de lo que aquí se sostiene.

El gazpacho y la sal

14 Ene 2010
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Tradicionalmente se ha asociado la química a la cocina, sobre todo como chanza entre los físicos. Las sofisticaciones de la cocina moderna pueden estar reforzando esta jocosa idea. Sin embargo, el calado del asunto es tal que justo la demostración de que las transformaciones de la materia no se hacen como en la cocina fue lo que hizo de la química una ciencia. Así, la diferencia esencial entre el gazpacho y la sal que le da alegría está en lo siguiente: el gazpacho de la madre de cada sevillano, sin ir más lejos, es el mejor del mundo; la sal es sal si contiene un 39,34% de sodio y un 60,66% de cloro se haya extraído de una mina, recogido en una salina o sintetizado en el laboratorio.

Durante siglos, la lógica dictaba que las proporciones de los elementos en los compuestos químicos dependían de la manera que estos se formaron. Eso sería como decir que todos los gazpachos son gazpachos aunque no haya dos iguales. Sin embargo, Galileo nos dotó de un método infalible para poner a prueba toda lógica: experimentar y medir. Lo inició lanzando bolas de hierro y de madera desde el campanille de Pisa y, al demostrar que no llegaban al suelo a velocidad proporcional a su peso, acabó con un aserto aristotélico milenario. Algo equivalente fue lo que hizo a mitad del siglo XIX en el Gabinete Real de la corte española un francés endemoniado: Joseph-Louis Proust. Lo formuló así de crudamente en su llamada Ley de las Proporciones Definidas: “No podemos crear compuestos como queramos. Cuando usted cree que puede combinar cuerpos en proporciones arbitrarias, miope desgraciado, lo que hace son mezclas de las que es incapaz de distinguir sus partes; lo que hace son monstruos. Un compuesto es una sustancia a la cual la naturaleza asigna proporciones fijas, es un ser que la naturaleza nunca crea de otra manera que con una balanza en la mano”.

Tito Lucrecio Caro, entre los miles de versos de su De Rerum Natura, sostuvo similar conclusión de manera más bella y educadamente formulada, pero a diferencia del ilustrado francés contratado inicialmente por el Real Seminario Patriótico de Vergara, no midió. Concretamente, Proust llegó a su conclusión tras pesar con gran rigor y paciencia las cantidades de una inmensa variedad de reactivos y productos de reacciones químicas provocadas por él en el laboratorio. Una tarea que podría parecer absurda por aburrida y estéril dada su simpleza conceptual, fue la llave que abrió el misterio de una de las conjeturas más antiguas: la existencia de los átomos. Y con ellos el inicio de una nueva era para la humanidad. Nada menos.

La magia de la ciencia

17 Dic 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

¿Hay algo más pasmoso que la magia o el ilusionismo para un niño o adulto imaginativo? En mi caso, nada. Por eso la ciencia me ha hecho disfrutar toda la vida. La ciencia es la enemiga mortal y por fin gloriosamente triunfante (o no) de la patraña, el ocultismo y la sinrazón de mitos y religiones, pero no de la honrada y fascinante habilidad de magos e ilusionistas. Busco en Internet las categorías y efectos del ilusionismo y encuentro todos a los que mi padre me aficionó de niño y pienso en cómo la ciencia los ha hecho realidad. ¡Tachan, tachan, comienza el espectáculo!

Generación, el mago crea algo de nada: un conejo de una chistera vacía, un ramillete de cartas del aire, incluso él mismo de una voluta de humo. Las fluctuaciones cuánticas del vacío producen sin causa pares electrón-positrón que justifican hasta la generación del propio universo en un grandioso Big Bang. Desaparición, el mago hace desaparecer monedas, su bella ayudante e incluso la Estatua de la Libertad. Los médicos observan en el enfermo de dolencia grave cómo se esfuman las antipartículas emitidas por el radioisótopo inyectado dando lugar a imágenes espectrales que les ayudarán a diagnosticar. Transformación, el mago convierte cosas de un estado a otro como una mujer en un tigre, pañuelos de seda de un color a otro y cartas en otras distintas a las elegidas por el público. Las reacciones químicas son capaces de romper, alterar y recomponer grandiosos moleculones a voluntad del químico ayudado misteriosamente por extraños catalizadores. Restauración, el mago destruye objetos que después recompone incluida su ayudante segada por la mitad con espeluznante serrucho. Los aceleradores de partículas llevan a cabo procesos de ese estilo en número insólito y calidad insospechada. Teleportación, el mago mueve objetos de un lugar a otro sin tocarlos incluyendo a su ayudante desde una caja del escenario hasta el fondo del teatro. Nuestro Gran Cirac, posiblemente el más aventajado físico español, domeña la mecánica cuántica hasta hacer vislumbrar no sólo la teleportación de la información y las partículas mágicamente sino con provecho para la futura computación cuántica.

La levitación, la escapología y la penetración son fenómenos familiares en cualquier laboratorio científico que maneje núcleos, átomos, moléculas y materia condensada. La última clase de magia, la predicción, es tarea corriente de la física teórica siendo la confirmación experimental una de las más excelsas satisfacciones de la investigación. ¿Necesita un chaval mayor motivación para dedicarse a la ciencia con tesón y entusiasmo?

Pasilleros al poder

10 Dic 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Supongo que en todos los ámbitos laborales existen los pasilleros, pero es en la universidad donde se ha acrisolado el término. Son aquellos individuos que se pasan la vida charlando en los pasillos o recorriéndolos yendo de despacho en despacho con ánimo intrigante. Los teléfonos, los SMS, las videocámaras y los e-mail no les bastan por más que abusen de ellos, porque los encantos personales no se despliegan bien por esos medios. Salvo excepciones, los pasilleros suelen ser personas agradables y en muchas ocasiones de cierta utilidad. Hasta ciertos límites, claro. Lo único que no hacen es trabajar en lo que debieran, que en el caso de la universidad es investigar. Nadie se equivoque ni elucubre sobre si los profesores universitarios han de investigar y no sólo enseñar, porque en caso de duda existencial nada la despeja mejor que el BOE: la falta de actividad investigadora puede conllevar sanciones administrativas e incluso la expulsión de la universidad. Así de claro es, por insólito que parezca porque creo que jamás se ha aplicado castigo alguno por no investigar.

El motivo de que los pasilleros hayan progresado tanto es que en infinidad de universidades son los que tendrían que sancionar, o sea, que han tomado el poder. Si se analizara el currículum de muchos rectores de universidad se nos pondría cara de lelo. Pero no nos preocuparía, porque un rector de historial pasillero suele tener contento a todo el mundo: a los estudiantes se les exige lo mínimo, a los profesores se les estabiliza y promociona sin grandes pretensiones y al personal de administración y servicio se le adula en todos los aspectos laborales, porque, al fin y al cabo, todos votan, como debe ser. El único problema puede surgir cuando a la universidad se la evalúa externamente por un panel internacional. Ante el resultado negativo, el rector pasillero no puede más que hablar de injusticia, de agravio a su comunidad autónoma, de falta de rigor y falsas jeremíadas de ese estilo.

Sostengo sinceramente que la defensa nacional la puede dirigir alguien que no haya hecho la mili, un hospital un gerente que no sea médico y un ministerio de fomento una persona sin estudios superiores, pero no un sargento patatero, un mal cirujano y un ingeniero chapucero, respectivamente. La ministra Garmendia ha situado al frente de la investigación científica del país a un pasillero de currículum investigador sonrojante. Tan aviados estamos como aviada ha quedado la universidad de Zaragoza después de haberla regido el flamante secretario de estado durante ocho años. Eso sí, dicen que es un buen gestor, dialogante y muy trabajador…