Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

‘Cosmos’: un viaje necesario

26 Sep 2010
10:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Escribir en periódicos de ámbito estatal (y por ende vinculados al gran capital) no suele ser motivo de alegría, sino más bien de lo contrario. Pero de vez en cuando uno se lleva una grata sorpresa. Como lo es, y mucho, que en estos tiempos en que los diarios regalan sartenes y toallas de rizo, Público apueste por la inteligencia de sus lectores ofreciéndoles una de las mejores series de divulgación científica jamás realizadas.

El poder transformador de la ciencia nunca ha sido tan grande –y tan peligroso– como ahora, por lo que, hoy más que nunca, es imprescindible que la ciudadanía esté científicamente formada e informada. Por eso los grandes divulgadores de las últimas décadas, como George Gamov, Isaac Asimov, Raymond Smullyan o el recientemente fallecido Martin Gardner, serán recordados como auténticos “héroes civilizadores”. Y entre ellos ocupa un lugar muy suyo y muy alto el astrofísico Carl Sagan, prematuramente fallecido en 1996 a los sesenta y dos años de edad.

La mera enumeración de las actividades científicas y divulgativas de Sagan ocuparía varias columnas, así que me limitaré a recordar su sostenido y pionero interés por la exobiología, que, entre otras cosas, le llevó a promover, junto con Frank Drake, el proyecto SETI (Search of Extra Terrestrial Intelligence: búsqueda de inteligencia extraterrestre), del que recientemente se ha cumplido el quincuagésimo aniversario. También fue Sagan uno de los primeros en señalar los peligros del cambio climático: al estudiar el efecto invernadero en la atmósfera de Venus, comprendió que nuestras desmedidas emisiones de dióxido de carbono podían dar lugar a un calentamiento global de consecuencias catastróficas.

Pero la ópera magna de Carl Sagan es sin duda Cosmos: un viaje personal, considerada por muchos la mejor serie de divulgación científica de todos los tiempos. Emitida por primera vez en 1980, sus 13 capítulos de una hora constituyen un sobrecogedor viaje por el espacio y el tiempo que nadie debería perderse, y que no ha envejecido en absoluto a pesar de los treinta años transcurridos. Y no sólo no ha envejecido conceptualmente, sino, lo que es más difícil, tampoco estéticamente; los eficaces y ajustados efectos especiales y la ultraterrena música de Vangelis siguen fascinándonos hoy como entonces, igual que ocurre con las grandes películas de ciencia ficción, como 2001: una odisea del espacio (de la que, por cierto, Sagan fue asesor). Y es que la verdadera ciencia, como el arte verdadero, nunca envejece.

Turismo matemático

18 Jul 2010
10:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

En estas fechas en las que se da rienda suelta a las más variadas –y no siempre recomendables– formas de turismo (playero, rural, gastronómico, enológico, cultural, religioso, sexual…), no está de más proponer una modalidad que, aunque poco conocida y menos practicada, reviste un extraordinario interés y no sólo para los especialistas: el turismo matemático.

Si algún lector escéptico cree que me lo acabo de inventar para pergeñar una festiva columna veraniega (la última, por cierto, antes del paréntesis vacacional), no tiene más que entrar en un buscador y teclear “turismo matemático”: para su sorpresa (y la mía), encontrará unas 1.500 entradas con una elevada proporción de páginas interesantes, cualquiera de las cuales puede servir de punto de partida para una fascinante recorrido ciberturístico.

Partiendo, por ejemplo, de una página de título tan sugerente como Viaje a Ítaca con Manoli, llegamos al oportuno y documentado libro de Claudi Alsina Geometría para turistas, que nos explica, entre otras muchas cosas, cómo se calculó la fachada del Guggenheim de Bilbao o cuál es el secreto de las decoraciones de La Alhambra. Y el museo bilbaíno nos remite a las torsiones elípticas de Richard Serra, que utiliza la matemática para dotar a sus gigantescas esculturas metálicas de una sobrecogedora apariencia de liviandad. Y las decoraciones de La Alhambra nos llevan hasta M. C. Escher, que dedicó muchas horas a estudiar en los arabescos del palacio granadino los 17 tipos de simetría que utilizó en sus fascinantes grabados. Grabados que, según nos revela otra página, podemos encontrar en las tapas de las alcantarillas de Tokio…

El Guggenheim, La Alhambra, Escher, Serra… ¿Dónde está la novedad?, se preguntará tal vez el escéptico lector al que antes aludía. Y la respuesta es bien simple: en la mirada. Roma recibe cada año millones de turistas de todos los tipos antes mencionados (y de algunos más que prefiero no mencionar) y la ciudad a la que todos llegan es la misma, aunque cada cual la vea y la viva de una manera distinta. Las matemáticas están en todas partes, sólo que, como ese personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo, muchas veces las percibimos y las gozamos sin darnos cuenta. ¿Las gozamos?, se preguntará ahora mi hipotético lector escéptico. Sí, porque el turismo matemático, aunque suene a didáctico, es ante todo estético; es decir, gozoso. “Sólo Euclides ha contemplado la belleza desnuda”, dice la poeta Edna St. Vincent Millay. Que es una forma de invitarnos a adoptar su esclarecedora mirada.

¿Qué es la tecnología?

20 Jun 2010
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

En su reciente artículo Tecnociencia (5-6-10), mi querido colega Manuel Lozano Leyva se preguntaba retóricamente qué demonios son la ciencia y la tecnología. Y poco antes, en ¿Es la tecnología un atributo humano? (30-5-10), mi no menos querido y admirado José María Bermúdez de Castro nos planteaba la nada retórica pregunta del título. Casualmente (o no), hace algún tiempo publiqué en esta misma sección un artículo titulado ¿Qué es la ciencia? (15-2-08), en el que, sin pretender dar ninguna respuesta definitiva ni definitoria, señalaba, al hilo de algunas preguntas planteadas por los lectores en el blog, las características básicas de lo que hoy entendemos por ciencia: su método (experimental) y su lenguaje (matemático).

¿Y la tecnología, qué demonios es? Es tan difícil definirla con independencia de la ciencia –y viceversa– que algunos han considerado oportuno introducir el término “tecnociencia”, un “palabrón” que Lozano se niega a aceptar; y con toda la razón, pues, como tantos otros híbridos, es un término estéril. Porque, valga la paradoja, solo tiene sentido unir dos palabras cuando designan cosas separadas. Fue necesario crear el término “coche-cama” porque los coches no solían servir para dormir ni las camas para viajar. Pero hablar de “tecnociencia” es tan ocioso –y equívoco– como hablar de “prosa poética”; en todo caso, habría que decir “una prosa más poética de lo habitual” (lo cual tampoco serviría de mucho si no definiéramos ese plus), pues la prosa siempre es poética, hasta la de los folletos de instrucciones (que a veces incluso se acercan a la poesía hermética). Somos como ese personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo, pero al revés: todos hablamos en verso sin darnos cuenta, pues continuamente utilizamos metáforas, metonimias, hipérboles…

La ciencia y la tecnología no se pueden definir por separado porque no son cosas separadas ni separables; para empezar, ni siquiera son “cosas”, sino procesos, o, mejor dicho, aspectos complementarios de un mismo proceso, de una dialéctica incesante entre el hacer y el pensar, entre la mano y el cerebro, entre la materia y la mente. Nuestra tendencia a razonar de forma no dialéctica, a ver el mundo como un conjunto de “cosas” fijas e individualizadas, seguramente nos ha reportado alguna ventaja evolutiva, sobre todo a la hora de tomar decisiones rápidas, tan importantes para la supervivencia. Pero a la hora de reflexionar hemos de pensar en procesos e interacciones, si no queremos quedarnos atascados en la paradoja del huevo y la gallina.

Orden y sorpresa

06 Jun 2010
10:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Decía Einstein que lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible. Y Rudolf Carnap expresó la misma idea de forma más técnica pero en esencia idéntica: “Es algo realmente sorprendente que la naturaleza pueda expresarse mediante fórmulas matemáticas relativamente sencillas”. Y Bertrand Russell escribió al final de un libro sobre la relatividad: “La conclusión es que sabemos muy poco, y no obstante es asombroso que sepamos todo lo que sabemos, y todavía más asombroso que tan poco conocimiento nos confiera tanto poder”.

La sorpresa ante el orden y la armonía del universo, que lo hace –aunque no del todo ni de forma definitiva– comprensible y expresable mediante descripciones y modelos relativamente simples, no es privativa de los científicos: está también en la base misma de la literatura y el arte. En su novela más famosa, El hombre que fue Jueves, dice el inefable G. K. Chesterton: “Le digo que cada vez que llega un tren a su destino, pienso que el ser humano le ha ganado una batalla al caos. Usted dice despectivamente que cuando uno deja atrás Sloan Square tiene que llegar a Victoria. Yo digo que podrían pasar mil cosas distintas, y que cuando llego realmente allí tengo la sensación de haber escapado por los pelos. Y cuando oigo al revisor gritar Victoria, no es una palabra sin sentido. Para mí es el grito de un heraldo que anuncia una conquista”.

Es casi innecesario señalar que el asombro reverente ante la armonía del universo halló su primera expresión en los mitos cosmogónicos de las diversas culturas, que con el tiempo evolucionarían hasta dar lugar a las religiones actuales. Y hasta hace bien poco esta tendencia a atribuir el orden a una divinidad ordenadora coexistió con la ciencia. El propio Newton veía en su gran descubrimiento, la gravedad, el continuo milagro con el que Dios mantenía unidas todas las cosas que había creado. Hoy día, sin embargo, ni siquiera los teólogos más conservadores se toman en serio el argumento del “designio”, pues el salto conceptual del orden al supuesto “ordenador” carece de fundamento. El orden es un hecho objetivo que, por sí mismo, no conduce a ninguna conclusión ulterior. Pero que no deja de maravillarnos.

Y de esta maravilla incesante nos habla en su imprescindible libro Orden y sorpresa el recientemente fallecido Martin Gardner, el más concienzudo divulgador de la lógica y la matemática de nuestro tiempo, este tiempo apasionante caracterizado por la progresiva e imparable matematización del saber.

Noosfera

09 May 2010
10:04 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Hace más de cien años que Konstantin Tsiolkovski publicó La exploración del espacio cósmico mediante motores a reacción, el primer tratado de astronáutica, cuyas conclusiones y propuestas generales siguen siendo válidas.

Pero Tsiolkovski no sólo es el padre de la astronáutica, sino también uno de los principales impulsores de la corriente filosófica conocida como cosmismo. En su visionaria obra Filosofía cósmica, especula sobre el futuro remoto de la humanidad, la colonización del sistema solar y el encuentro con posibles civilizaciones extraterrestres; o, más que posibles, probables, según él, pues siempre dio por supuesta la existencia de vida en otros planetas (suya es la famosa frase “La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”).

En la obra de Tsiolkovski, como en la de su antecesor Fyodorov, está latente el concepto de noosfera (del griego noos, inteligencia); pero fue otro ruso, Vladimir Vernadski, quien acuñó el término y formuló una teoría específica de la noosfera como tercera fase de la evolución de la Tierra, tras la geosfera y la biosfera. Entendida como el “conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven”, que es como la define el diccionario, la noosfera es una noción ampliamente aceptada; pero en cuanto se intenta ir un poco más allá y precisar sus características, empiezan las dificultades y las divergencias. Así como la noosfera supone un salto cualitativo con respecto a la biosfera, el estudio de la primera (e incluso su mera descripción) plantea problemas cualitativamente distintos a los del estudio de los fenómenos biológicos, en gran medida tangibles y directamente observables, e incluso cuantificables (aunque no siempre o no del todo).

Y, por otra parte, la naturaleza de la noosfera introduce un problema ontológico radicalmente nuevo (que tiene que ver con lo tratado en los dos artículos anteriores: La inteligencia del hormiguero e Inteligencia colectiva); Teilhard de Chardin lo planteó desde una perspectiva cristiana, pero se puede y se debe abordar de forma rigurosamente científica: ¿Es la conciencia individual la última etapa del larguísimo proceso evolutivo que ha llevado de la materia inanimada a la vida y de la vida a la inteligencia? ¿O del mismo modo que los organismos unicelulares se agruparon para formar seres cualitativamente distintos, las conciencias individuales están confluyendo hacia algún tipo de supermente colectiva? Es una lástima, queridos lectores y lectoras, que se haya terminado el espacio del que dispongo y no pueda dar la respuesta…