Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

El tribalismo de Europa

12 Feb 2012
09:24 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

Recuerdo haber escrito en estas mismas páginas alguna reflexión sobre nuestro carácter tribal. Los orgullosos ciudadanos de los países supuestamente civilizados contemplamos con cierto paternalismo a las tribus que, por fortuna, aún persisten en el planeta. Esas tribus viven de la caza y la recolección, aunque muchas han sido contaminadas en tiempos recientes por las influencias de los países desarrollados. No hace tanto tiempo, los europeos vivíamos en tribus similares a las que ahora perviven en ciertos lugares de África o Suramérica. Según nos cuentan, algunas tribus del norte causaron el declive de ciertos imperios.

Con el paso de los años, la globalización cultural se fue adueñando de la forma de vida de todos los europeos. Se puede viajar desde Algeciras hasta el norte de cualquier país de Escandinavia sin que notemos variaciones dramáticas en la forma de vida de sus gentes. Veremos cambios en la fisonomía de los pueblos, una interesante diversidad gastronómica, cierta pluralidad en las costumbres de la vida diaria, casi siempre condicionadas por el clima y el tiempo de luz solar, etc. Pero no detectaremos nada verdaderamente espectacular o sorprendente.

La genética está en sintonía con estas observaciones. La homogeneidad del genoma de los todos los europeos es muy notable. No obstante, y a pesar de todos los argumentos que acabo de exponer, el carácter tribal de Europa sigue vigente. Es nuestro talón de Aquiles, del que se aprovechan otros países con la misma o mucha menor trayectoria histórica.

El tribalismo es un rasgo característico de todas las especies de nuestra genealogía. Hemos conservado un tipo de comportamiento ancestral, que intentamos disfrazar con voluntad y con un gran esfuerzo intelectual. Pero los genes nos delatan y traicionan. Tanto es así que en todos los países europeos existen fuerzas de dispersión, que se oponen a las fuerzas de cohesión. Ni tan siquiera nuestros líderes políticos son capaces de ponerse de acuerdo en algo tan fundamental como la estabilidad económica de Europa. Es natural, los políticos tienen los mismos genes y, por tanto, las mismas inclinaciones que cualquiera de nosotros. Son los jefes de las tribus europeas, con mayor o menor influencia en función de sus fuerzas económicas.

A pesar de los enormes esfuerzos de los grandes intelectuales que tenemos en Europa, la influencia de los genes hará muy complicada la ansiada unidad de todas las tribus. Quizá la única manera de combatir la crisis que nos afecta de manera cada vez más alarmante.

Involución

11 Feb 2012
09:14 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Lo cierto es que pasan cosas (cuando escribo, la condena a Garzón; antes, los problemas de Público…), se anuncian otras (volver a abortar a Londres, urbanizar aun más la costa…), terminan los contratos de los más brillantes jóvenes de nuestros laboratorios sin resquicio para renovarlos… En general, la búsqueda del conocimiento es una aventura apasionante y divertida, pero estas semanas se antojan grises y ofrecen pocas oportunidades de reír. Tal vez por eso he recordado la involución, la evolución hacia un estado inferior, que fue llamada degeneración darwiniana.

Aclaremos de entrada, para no engañar a nadie, que la degeneración darwiniana fue una teoría de finales del XIX que carecía por completo de fundamento. ¿Qué es evolucionar a peor? ¿Acaso son mejores las patas que las aletas? Sin embargo, los partidarios de aquella idea sugerían que los delfines eran mamíferos degenerados, puesto que habían modificado sus patas. ¡Y para qué hablarles de las serpientes, que carecían de extremidades! ¡La degeneración en forma de bestia! Mark Twain se burló de estas aproximaciones (en otra ocasión escribí aquí mismo sobre él, pero creo que no conté esta historia).

Decía Twain, con su característica ironía, que los humanos descendíamos de animales superiores, como las anacondas, y éstas a su vez de otros animales aún mejores, y así la vida habría ido, poco a poco y durante largo tiempo, degenerando desde algún ancestro lejano casi perfecto, “tal vez un átomo”. Lo argumentaba invocando un experimento que se atribuía: tras colocar una anaconda con varios becerros, se comió uno y no molestó al resto, en cambio un conde inglés en las Grandes Llanuras mató un montón de bisontes y los dejó pudrir; sin duda, el conde era una anaconda degenerada.
El más conocido defensor de la teoría de la degeneración se llamó Lankester y fue director del Museo Británico de Historia Natural. A Lankester, un buen hombre de su tiempo, le preocupaba seriamente que los ingleses degeneraran: “Debemos saber que estamos sujetos a leyes naturales y tenemos tantas posibilidades de mejorar como de empeorar”. Pensó, por tanto, en recetas posibles para evitarlo, y encontró una: potenciar la investigación “para ser capaces de orientarse en el futuro a la luz del pasado”.

Estamos involucionando, se diría, aunque nada tenga ello que ver con Darwin y la biología. Tal vez, como Lankester sugería hace 130 años, la respuesta a esta crisis esté en el conocimiento. Pero el propio hecho de involucionar nos lleva a despreciarlo.

Seis niños en Marte

05 Feb 2012
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

En más de una ocasión he lamentado la escasa presencia de la ciencia en la literatura, y muy especialmente en la literatura infantil. En estos tiempos en que los niños y niñas son sometidos a continuos estímulos y mensajes embrutecedores (en los países más industrializados podemos llegar a sufrir unos mil impactos publicitarios diarios, por no hablar de la intoxicación informativa), el fomento de la reflexión y del racionalismo entre los más jóvenes es una tarea prioritaria. Y, para ello, nada mejor que estimular su interés por la ciencia; lo cual, en principio, no debería ser muy difícil, dada la insaciable curiosidad de los niños y niñas, su afición a preguntarse –y preguntarnos a los adultos– el porqué de las cosas. Y una pregunta que podrían –que podríamos– hacernos es, precisamente, por qué no hay más libros como Seis niños en Marte.

Pues lo primero que llama la atención de este estupendo libro infantil es su excepcionalidad en un panorama editorial donde la ciencia es la gran ausente (cuando no la gran maltratada). Escrito por el astrofísico Luis Ruiz de Gopegui (que fue director del programa de la NASA en España), y con unas magníficas ilustraciones de Juan Miguel Aguilera, realizadas a partir de imágenes de la NASA y de fotografías de los seis niños astronautas tomadas especialmente para la ocasión, el libro narra con total verismo una hipotética expedición a Marte. Un verismo minucioso que no sólo no resta amenidad al relato, sino que lo hace especialmente atractivo por la vívida sensación de estar leyendo la detallada crónica de una aventura real.

En el epílogo de este excelente libro, primorosamente editado por Media Vaca, dice la escritora Belén Gopegui, hija del autor y madre de dos de los aspirantes a astronautas: “Una de las cosas que me ha enseñado mi padre sobre la ciencia es a encontrar relaciones de semejanza entre los hechos que se producen en un universo prodigioso –a distancias casi inimaginables, con más de cien mil millones de estrellas sólo en nuestra galaxia– y los otros hechos más comunes, las cosas normales de la vida corriente”.

Y esa es la clave del cambio de paradigma pedagógico de cuya urgente necesidad tuve ocasión de hablar hace unos meses con el premio Nobel mexicano Mario Molina (cf. Revolución pedagógica, 30-10-2011): mostrar a los más jóvenes (pero también a los adultos) que la aventura de la ciencia no es algo ajeno y abstruso, sino un juego apasionante al que todos y todas podemos y debemos jugar.

Brava Valentina

04 Feb 2012
10:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

El glamour de ser astronauta se ha esfumado tanto que la NASA tiene dificultades para encontrar aspirantes a serlo. Han influido muchas causas, como que tras la exploración instrumental del sistema solar parece que no hay dónde ir ni para qué. Tampoco es ajeno el hecho de que los “astronautas” más que navegantes de las estrellas, entre las que la distancia media es de unos cien billones de kilómetros, no van más allá de los 400 a los que está la Estación Espacial Internacional. Para colmo, si quieren recorrer esa escuálida distancia lo tendrán que hacer en naves propulsadas por cohetes rusos si es que no se imponen los chinos o los brasileños por su bajo coste.

La dificultad de encontrar pilotos que quisieran verse puestos en órbita viene de lejos, porque al principio despreciaban hacer una tarea similar a la de los perros y monos con los que se iniciaron los vuelos tripulados, cuya misión principal, si no única, era sobrevivir. Pero entonces estaba la Unión Soviética con todo su poderío desafiando al mundo en todos los terrenos. En particular a Estados Unidos, estableciendo lo que se llamó carrera espacial. Por eso, por orgullo y buscando una gloria cierta, se prestaron los primeros astronautas a aquella aventura.

Entre los hitos que fueron conquistando los soviéticos en aquella carrera estuvo la de poner en órbita en 1963 a la primera mujer: Valentina Tereshkova, la cual no era piloto sino paracaidista. Era lógico porque lo único que tenía que hacer para desempeñar la misión aludida, subsistir, era lanzarse en paracaídas tras la reentrada en la atmósfera. Paradójicamente, Valentina terminó pilotando la nave porque los ingenieros rusos se habían equivocado en sus cálculos y si ella no consigue corregirlos se hubiera perdido en el espacio. Aquellos no sólo no reconocieron el error sino que acusaron a Valentina de haber vomitado y llegar al punto de la histeria. Encima, el casco lo habían diseñado tan mal que tras el salto en paracaídas le dejó el rostro tumefacto. La cosmonauta no sólo fue valiente sino también lista, porque al intuir el ostracismo al que estaba destinada se las apañó para mostrarse como heroína soviética y comunista ejemplar alcanzando el Comité Central del Partido. Tras la tragedia del Columbia, que acabó con la vida de Judith Resnik y Christa McAuliffe, y ante las aciagas perspectivas de los viajes espaciales tripulados, la hazaña de la brava Valentina continuará brillando por mucho tiempo en la historia de la conquista del espacio.

Violencia

29 Ene 2012
13:33 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

El anatomista australiano Raymond Arthur Dart, descubridor y autor de la especie Australopithecus africanus en la cantera de Taung, nos ofreció su versión particular sobre la violencia de nuestros ancestros más remotos en su estudio de los restos fósiles hallados en uno de los yacimientos del valle de Makapansgat (Suráfrica). Los restos fósiles de dientes, cuernos y huesos hallados en esta cueva a partir de 1947 fueron interpretados por Dart como herramientas fabricadas con intenciones poco pacíficas por la especie que en 1948 denominó Australopithecus prometheus. Dart nos habló entonces de la cultura osteo-donto-querática, una especie de arsenal de armas de destrucción masiva. El hecho de que estos fósiles tuvieran un color oscuro llevó a Dart a la conclusión de que habían sido quemados de manera intencionada. De ahí el nombre de “prometheus”, en honor de Prometeo, el Titán griego que robó el fuego a los dioses para donárselo a los hombres. Más tarde se supo que el color negruzco de los fósiles se debía al propio proceso de fosilización en un ambiente dominado por el manganeso y no al uso intencionado del fuego por los australopitecos. Las supuestas armas no eran sino los restos de comida abandonados por determinados predadores y carroñeros.

Pero así nació la idea de que nuestros ancestros más remotos practicaban la violencia de manera habitual. Las ideas de Dart fueron utilizadas por el escritor y divulgador científico Robert Ardrey en su conocida obra de 1971 Agresión y violencia en el hombre (traducción del original). ¿Qué había de cierto en las ideas de Raymond Dart? Por supuesto, sus conclusiones estaban equivocadas. Las evidencias arqueológicas no eran una prueba de violencia en el Plioceno. Sin embargo, los pacíficos y vegetarianos australopitecos no debieron de ser precisamente hermanitas de la caridad, porque compartían con los chimpancés un cierto grado de agresividad en la defensa de su territorio y de sus recursos.

En el género Homo se han descrito casos de canibalismo con casi un millón de años de antigüedad (Homo antecessor). En fecha reciente, se nos ha contado el supuesto caso más antiguo de agresión (120.000 años) detectado en el cráneo de Maba, recuperado en 1958 en la provincia china de Guandong. Brutales heridas craneales sanadas, como la que se describe en este cráneo, se encuentran por docenas en los cráneos de la Sima de los Huesos de Atapuerca (500.000 años). Y estoy convencido de que seguirán apareciendo en fósiles aún más antiguos. Me temo que la violencia nos ha acompañado desde siempre y con ella (en sus múltiples facetas) seguiremos hasta nuestra propia autoextinción.