Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Pesticidas

12 Jun 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Cuando hablamos por ahí de los servicios que la naturaleza presta gratuitamente a los humanos somos, por lo general, bien entendidos. La gente admite que los bosques frenan la erosión, las bacterias y plantas liberan el oxígeno que respiramos, los microorganismos hacen fértil el suelo, los insectos polinizan las cosechas, etc. Hay un punto, no obstante, que a menudo suscita controversia: el de que la naturaleza controla, o limita, las plagas de las cosechas. Más de una persona me ha interpelado: “Delibes, ahí se equivoca; la naturaleza causa las plagas, y no al revés; si lo sabré yo, que no doy abasto envenenando pulgones”.

Ocurre que tal vez sin esos venenos y otros anteriores las plagas de pulgones no existirían. Está más que demostrado que el uso de insecticidas de amplio espectro es responsable de gran parte de las plagas actuales. Es sencillo de explicar: los insectos fitófagos llevan millones de años detoxificando los venenos defensivos de las plantas, así que están preparados evolutivamente para tornarse resistentes, poniendo a punto antídotos contra nuestros pesticidas. Los insectos depredadores (y aves, y arañas…), en cambio, no tienen esa capacidad, y al envenenarlos desaparecen. Muy a menudo, cuando combatimos una plaga eliminamos también, sin saberlo, depredadores que están evitando la aparición de plagas nuevas. De acuerdo con el National Research Council de Estados Unidos, 24 de las 25 plagas más devastadoras en California en el último cuarto del siglo XX habían sido generadas por la industria de los pesticidas.

La dependencia de los venenos químicos resulta particularmente desasosegante. Cada año necesitamos usar más para poder comer y, sin embargo, el número y la importancia de las plagas no disminuyen. Además, al coste ecológico debe sumarse un considerable coste social y sanitario, derivado de imprudencias, accidentes, descuidos, etc, o simplemente de la acumulación de venenos en el agua o los alimentos. El precio indirecto a pagar por el mal uso, accidental o no, de los pesticidas sintéticos no suele cuantificarse. Y cuando se hace, ocasionalmente, resulta aún peor. Conocen la historia: el escape en 1984 de gas letal de una fábrica de pesticidas en Bhopal, India, que dejó al menos 15.000 muertos y otros cien mil afectados, ha sido juzgado; la pena impuesta a la empresa no ha llegado a los 9.000 euros (quizás el mismo día, a un entrenador de fútbol español le han multado con 15.000 euros por acusar a un árbitro de faltar a la verdad). Las víctimas de Bhopal bien pueden pensar, con Ciro Alegría, que “el mundo es ancho y ajeno”.

Ciencia, justicia, procedimiento

16 May 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Es muy frecuente comparar la tarea de los investigadores con la de los detectives forzados a desentrañar un crimen del que no hay testigos. Personalmente, en cambio, siempre me ha parecido que la labor judicial era más próxima a la ciencia. El detective busca un culpable y aporta los datos para juzgarlo, pero es en el juicio donde hay que demostrar que el acusado no es inocente, como a priori se supone. Del mismo modo, en la ciencia uno debe garantizar la absoluta improbabilidad de que unos hechos observados (los datos) obedezcan a una razón diferente de la hipótesis previamente formulada. En ambos casos, trabajamos para demostrar que lo asumido inicialmente es falso.

Ciertamente, los escasos juicios en los que me he visto obligado a participar han distado de satisfacerme intelectualmente, pero recuerdo con pasión películas como Doce hombres sin piedad o Matar un ruiseñor, en donde los protagonistas se esforzaban denodadamente por conseguir que todos y cada uno de los hechos, cada una de las observaciones, casaran con la interpretación final y la sentencia del tribunal. No se conformaban con cualquier respuesta, debía ser totalmente ajustada a los hechos. Me recordaban a los científicos obstinados en encontrar una sola observación que negara su hipótesis para darla por perdida. Sirve o no sirve. En la ciencia y el derecho apenas hay lugar para las medias tintas o los cabos sueltos.

Por todo ello, también me complace la relevancia que en la práctica científica y en los procesos judiciales se otorga al procedimiento. Garantizar la absoluta coherencia entre los datos disponibles y el balance final exige extrema pulcritud en el procedimiento, pues es mucho lo que está en juego. Uno puede tener razón, pero de nada vale si no es capaz de demostrarlo, o utiliza vías espurias para hacerlo.

La chapucera instrucción que ha llevado al banquillo y apartado de la Audiencia Nacional al juez Garzón jamás pasaría el filtro de un código de buenas prácticas científicas. La hipótesis inicial parece disparatada, y así lo ha reconocido el encargado procedimental de mantenerla, es decir, el fiscal. Como es disparatada, debía haber sido rechazada de inicio, pero en lugar de eso el instructor, encargado procedimental de defender la presumida inocencia, ha sugerido a los acusadores: “Modifiquen su escrito en tal sentido”, aparentemente para poder concluir lo que tenía pensado de antemano. ¿Se imaginan a un científico modificando sus hipótesis iniciales hasta hacerlas coincidir con sus datos? Porque confío en el procedimiento, pueden sumarme a todos los decepcionados hoy por la justicia.

Adaptación

05 Abr 2010
10:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Hasta avanzado el siglo XIX muchos naturalistas pensaban que los seres vivos estaban perfectamente diseñados por un creador de acuerdo con un fin. Dios habría dotado de un buen abrigo de piel a los osos polares y los habría colocado en el Ártico, donde aquella capa aislante les hacía falta. En Cándido, a través de su personaje Pangloss, Voltaire se mofó de esta tendencia a imaginar el mundo pensado como el mejor de los posibles. Pangloss festejaba, por ejemplo, el acierto del creador colocando la nariz entre los ojos, pues suponía que al hacerlo había considerado la necesidad de apoyar las gafas en algún sitio. Algunos biólogos han llamado panglossianismo a esta interpretación eminentemente dirigida y utilitaria, adaptacionista, de la naturaleza.

Con la teoría de la evolución por selección natural se aclaró en gran medida el misterio de por qué animales y plantas estaban adaptados a su entorno. Pero no se resolvió. Los evolucionistas discuten hoy los límites estructurales de la adaptación, la existencia de genes neutrales, las herencias filogenéticas que carecen de utilidad, las asociaciones entre caracteres aparentemente independientes, los compromisos entre demandas selectivas opuestas…

Un artículo muy famoso, ya un tanto antiguo, de Gould y Lewontin advertía contra el “programa adaptacionista” reconocible en muchos escritos. Es necesario separar, argumentaban, los conceptos de selección y adaptación, no siempre aparejados y, por supuesto, no cabe fraccionar un organismo en sus componentes y buscarle a cada uno de éstos una utilidad. Existen biólogos evolutivos, incluso, que evitan hablar de adaptación, porque en su opinión resulta confuso.

Pero también en este caso quedarse corto puede ser tan peligroso como pasarse. Si negamos que el ojo de los vertebrados haya evolucionado durante largo tiempo para captar la luz, formar imágenes y transmitirlas al cerebro, nos resultara muy difícil, si no imposible, explicar la evolución del ojo. No cabe imaginar unas mutaciones azarosas que hayan producido de golpe un ojo completo y funcional. Y lo mismo podríamos decir de la cola del pavo real.

Darwin entendió que, así como los criadores humanos seleccionaban las formas de las palomas, las hembras podrían seleccionar los atributos de los machos. Lo llamó selección sexual. Durante muchas generaciones las pavas han seleccionado como padres de sus polluelos a los machos con cola más larga y brillante, y el resultado es la bella y exagerada estructura que conocemos. No es disparatado afirmar que la cola del pavo real macho es como es para gustar a las hembras.

Oxígeno para creacionistas

20 Mar 2010
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Comentaba no hace mucho que los humanos necesitamos clasificar y dar nombre a las cosas. También en la ciencia. Si advertimos que nueve décimas partes (quizás más) de la biodiversidad global son desconocidas, es porque aún no las hemos bautizado y catalogado. Hacerlo nos obliga a diferenciar unidades discretas, cuando sabemos que la realidad no funciona así. Los individuos cambian y las poblaciones (los acervos genéticos) evolucionan de forma continua, de manera que, aun si pudiéramos seguir el proceso completo, no habría modo, si no artificial, de colocar una barrera diciendo: “A partir de aquí, a esta población le damos un nombre distinto”. Eso supone, al menos desde el punto de vista nominal, que negamos por decreto la existencia de especies (o, con más precisión, de taxones) intermedios, lo que no quiere decir que no los haya.

Richard Dawkins ha utilizado brillantemente la analogía de este caso con el de la mayoría de edad legal. Uno es mayor de edad a partir de los 18 años y es menor antes. ¿Indica eso que la misma persona ha cambiado mucho del día previo al día posterior al 18 cumpleaños? ¿Sugiere que sólo se puede ser mayor o menor, que no existen estados intermedios? ¡De sobra sabemos que, para muchos de nosotros, casi toda la vida es un estado intermedio! La mayoría de edad es una convención formal y las reglas de la clasificación taxonómica también. Para alegría de los creacionistas.

Uno de los argumentos preferidos de los creacionistas es la ausencia de fósiles intermedios. Y, curiosamente, ocurre en la época en que más especímenes de ese tipo se descubren (Dawkins dice, con razón, que todos los fósiles son intermedios de algo). ¿Por qué esa insistencia? Quizás sea por los nombres. El celacanto, el famoso pez que tiene casi patas, descubierto vivo cerca de Madagascar en 1938, bien puede aceptarse a medio camino entre los peces y los anfibios o reptiles. “Pero es un pez, ¿no? Usted mismo lo ha dicho. Luego no es el eslabón intermedio”, argüirá el
creacionista.

Y si vamos al Ychthyostega, un fósil de hace 350 millones de años, aún próximo a los peces pero que parece una gran salamandra y vivía entre el agua y la tierra, el creacionista dirá: “Un anfibio, claro; sigue sin ser un eslabón intermedio”. Se da así la paradoja de que cuantas más formas intermedias se descubren, más se reclaman para aceptar que lo sean.

Optar para el futuro

25 Ene 2010
10:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

En 1997 Jared Diamond era conocido por sus investigaciones ornitológicas en Nueva Guinea, los estudios sobre ecología y conservación de comunidades, y algunas obras de divulgación. Entonces sorprendió con un libro de 500 páginas, Armas, gérmenes y acero, donde se preguntaba, nada más y nada menos, por qué los pueblos euroasiáticos habían dominado a los del resto del mundo y no al revés. Era antirracista: hombres y mujeres de Eurasia no eran más inteligentes, fuertes o innovadores; básicamente, habían encontrado mejores condiciones ambientales, en concreto un mayor número de especies animales que domesticar y una disposición este-oeste de la tierra firme que hacía posible extender la agricultura y ganadería a través de lugares con clima similar. Aunque objetable, como toda explicación simple de asuntos complejos, el libro
era inteligente y sus argumentos sugestivos.

Entre las principales críticas se mencionó el aparente determinismo ambiental. ¿Acaso las decisiones humanas no pintaban nada en el devenir de los pueblos? Diamond respondió en 2005 con otro libro aún más extenso, titulado Colapso: cómo las sociedades escogen fallar o tener éxito. La palabra esencial, desaparecida en la versión castellana, era escogen: el ambiente condiciona qué puede y no puede hacerse, pero en última instancia el destino de las sociedades depende de su comportamiento, fundamentalmente al gestionar los recursos. ¿Cómo probarlo? De encontrar dos lugares ambientalmente similares, pero utilizados de diferente forma, podrían usarse como un experimento no planeado. Tal vez ya imaginan donde lo analizó, pues estos días hablan de ello los periódicos.

La isla de La Española estaba totalmente cubierta de bosques cuando llegó Colón. Con el tiempo, el tercio occidental se convirtió en Haití y los dos tercios orientales en la República Dominicana. En realidad, ni haitianos ni dominicanos escogieron cómo usar su país, pues a lo largo de la historia lo hicieron por ellos colonizadores, latifundistas y dictadores. Deforestaron Haití (queda un 1% del bosque original), mientras que respetaron parte del arbolado (el 28%) en la República Dominicana. Como consecuencia, en Haití faltan madera y carbón vegetal, la erosión arrasa el suelo fértil, hay menos agua dulce y energía hidroeléctrica… Según la ONU, la República Dominicana ocupa un lugar intermedio a nivel mundial en el índice de desarrollo humano, mientras que Haití está entre los más bajos. De haber conservado los recursos, los pobres haitianos no hubieran evitado del terremoto, pero enfrentarían mejor sus consecuencias. Reconstruir el país debería incluir la restauración ambiental.