Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Adelgazar sin esfuerzo

30 Sep 2007
11:51 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Se terminó el verano y con él los anuncios sobre cremas adelgazantes o maravillosas pastillas inteligentes devoragrasas. De todas ellas yo me quedo con las que comercializaba hace unos años una conocida empresa de complementos dietéticos catalana: pastillas de vinagre de manzana, mano de santo para eliminar la celulitis.

Por cierto, ¿sabían que la celulitis no existe? Es un término que fue popularizado por las revistas de moda y las compañías de cosméticos para referirse a esos acúmulos de grasa que se aferran a muslos, nalgas y tripa. Como apareció en
una revista médica de la Universidad de California, “la grasa es grasa”.

Potingues y pastillas
Pero volvamos a las pastillas de marras. Como cualquier otro potingue adelgazante que se precie, su éxito reside en prometer resultados casi inmediatos y sin esfuerzo. Y un dato importante: debe ser natural. Si no, no venderá un colín de esa varita que convierte calabazas en carrozas y harapos en vestidos de noche.

Por desgracia, no hay un remedio mágico contra esos kilitos de más. Ya lo dijo Grande Covián: “La única comida que no engorda es la que se queda en el plato”. Además, esas cremas o pastillas parecen surgir de la nada. Si ustedes se toman la molestia de rastrear la literatura científica en busca de las investigaciones que demuestren lo que afirman no encontrarán nada.

Michelines y pistoleras
Por otro lado, ¿se dan cuenta de lo que significaría descubrir un compuesto inocuo capaz de eliminar michelines y pistoleras? Sería la gallina de los huevos de oro de la industria farmacéutica. ¡Para qué hablar de los precios! Una caja de 90 pastillas de vinagre de manzana valía unos 50 euros.

Teniendo en cuenta que cada pastilla contiene 400 miligramos, el litro de vinagre sale a casi 1500 euros. Es preferible que se beba un buen vaso del mejor vinagre de manzana del mercado y aún le quedará dinero para irse diez días al Caribe.
¿Sabe cuál es la prueba concluyente de que no servían para nada? Que la propia empresa dejó de comercializarlas. Eso sí, ahora vende galletas devoragrasas, más de lo mismo. Mi recomendación es que para milagros mejor ir a Lourdes. Si no funciona, por lo menos habrá hecho turismo.

Los descubrimientos que la noche inspiró a los sabios

29 Sep 2007
12:09 
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CIENCIA SOÑADA // JORGE BARRERO

El 5 de noviembre de 1955 el doctor Emmet Brown cae inconsciente tras golpearse en la cabeza mientras intenta colocar un reloj de pared subido en el retrete. La visión de un extraño aparato acude a él durante el sueño y, al despertar, garabatea los esquemas que le ayudan a construir el condensador de fluzo, dispositivo clave para hacer funcionar la máquina del tiempo. Esta escena, como el resto de la película Regreso al futuro, donde se recrea, es una fantasía. También es un guiño a la historia de la ciencia, repleta de momentos de ensoñación creativa que han quedado registrados en las biografías de sus protagonistas: personajes ilustres como Newton o Einstein y otros anónimos, aunque igualmente interesantes, como Elias Howe, el inventor de la máquina de coser.

Accidentes o leyendas
¿Leyendas, descubrimientos accidentales? Pudiera ser, aunque, para algunos, estos sucesos son reales y nos están dando indicios de la importancia del sueño para la creatividad. En 2004, Ubner Wagner, investigador de la Universidad de Lübek, describió en la revista Nature un proceso dependiente del sueño que consolida la memoria reciente y permite extraer conclusiones creativas a partir de ideas dispersas. Episodios oníricos en la ciencia, un sistema donde razón e imaginación se necesitan y se desprecian mutuamente. El mismo sistema cuyas bases ayudó a construir un joven de 23 años, llamado René Descartes, tras soñar, el 10 de noviembre de 1619, con las ideas esenciales de su Discurso del Método, según relata su biógrafo Adrian Baillet.

Tres visiones
De acuerdo con Baillet, cuyo relato es sumamente confuso y nunca pudo ser confirmado, aquella noche, en su casa de Ulm, Descartes experimenta tres enigmáticas visiones. En la tercera, al filósofo se le revela la posibilidad de unificación de todo el conocimiento, merced al método de la razón; el segundo sueño está poblado de truenos y relámpagos; mientras que en el primero, Descartes es arrollado por torbellinos y perseguido por fantasmas hasta que un extranjero le ofrece un melón.

Adornar el relato
No se preocupe si no encuentra sentido al relato, a las visiones o al melón. Tal vez Baillet o Descartes quisieron adornar la escena para la posterioridad y los hechos nunca ocurrieron. Por otra parte, nada nos garantiza que los sueños tengan algún sentido o sean productivos. Y así nos lo advierte el propio Descartes al final de la IV parte del Discurso del Método: “(…)Y puesto que nuestros razonamientos nunca son tan evidentes y tan enteros cuando soñamos como cuando estamos despiertos, por eso nos dice la razón que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos, deberá infaliblemente hallarse la verdad más bien en lo que pensemos estando despiertos que en los que tengamos en sueños”.

Preguntas tontas

28 Sep 2007
12:06 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

Se está perdiendo la sana costumbre de preguntar, que los griegos, con Sócrates a la cabeza, convirtieron en arte. Hasta los niños preguntan menos que antes. Sometidos por los medios audiovisuales a un continuo bombardeo de datos dispersos, ni siquiera podemos asimilar todo lo que nos dicen sin que preguntemos, de modo que no nos queda tiempo ni ganas de preguntar nada. Y además, con tanta información al alcance de la mano, preguntar parece de tontos.

¿QUÉ FUE ANTES, el huevo o la gallina? Si el universo es finito, ¿qué hay más allá? ¿Qué es el tiempo? ¿Por qué la excepción confirma la regla? ¿Por qué 11 es once y no dos? ¿Para qué sirven las matemáticas? ¿Qué es una demostración? ¿Qué es la ciencia? ¿Qué es la conciencia? ¿Es mejor la calidad que la cantidad? ¿Quién inventa los chistes? ¿Es infinito el número de libros escribibles? ¿Por qué no se puede superar la velocidad de la luz? ¿Qué es el fuego? ¿Se puede alcanzar el extremo del arco iris? ¿Por qué los espejos invierten el eje derecha-izquierda y no el eje arriba-abajo? ¿Existe la cuarta dimensión? ¿Por qué son comestibles las manzanas? ¿Por qué huelen mal los excrementos? ¿Por qué un huevo crudo puede convertirse en un huevo frito pero no viceversa? Si el barbero de mi pueblo afeita a todos los lugareños que no se afeitan solos, ¿se afeita a sí mismo el barbero? ¿Por qué se olvidan los sueños? ¿Por qué estás leyendo esta columna?

ES PROBABLE que muchas de las anteriores preguntas le parezcan pueriles o incluso tontas a más de un lector. Y sin embargo todas ellas conducen a interesantes (y a menudo perturbadoras) reflexiones sobre el mundo en el que vivimos y sobre nuestra forma de intentar comprenderlo. Se cuenta que Gertrude Stein, en su lecho de muerte, le preguntó a Alice Toklas, su compañera: “¿Cuál es la respuesta?”. Y al no obtener contestación, dijo: “Entonces, ¿cuál es la pregunta?”.

TAMBIÉN SE CUENTA que en el siglo VI a. de C. Epiménides, el legendario poeta cretense, viajó a Oriente en busca de aquel al que llamaban el Buda, y que al encontrarlo le preguntó: “¿Cuál es la mejor pregunta que se puede hacer y cuál es la mejor respuesta que se puede dar?”. Y el filósofo poeta le contestó al poeta filósofo: “La mejor pregunta que se puede hacer es la que acabas de hacerme, y la mejor respuesta que se puede dar es la que te estoy dando”. El pensamiento que no se convierte en palabras es un pobre pensamiento, decía Goethe. Las únicas preguntas tontas son las que no se hacen.

La madre de Mendeleev

27 Sep 2007
11:02 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Todos recordamos el nombre del inventor de la espléndida Tabla Periódica de los Elementos, clasificación de los átomos que soñaron Leucipo y Demócrito. Lo que quizá no sepamos es que Dimitri Mendeleev nació en Tobolsk, Siberia, en el seno de una familia culta y bulliciosa. El padre era el director del instituto local, y la madre, siberiana de vieja alcurnia, parió 14 hijos y logró criar a 11, mérito encomiable atendiendo a la alta mortandad infantil del lugar y la época (mediados del siglo XIX). El profesor murió pronto y la magra pensión de mil rublos que le quedó a María Korniliev, que así se llamaba la brava mujer, no daba para alimentar ni a una parte de su prole. Trabajó en una fábrica de vidrio de su familia y terminó dirigiéndola con buena mano hasta que un incendio la devastó. Sólo le faltaba por sacar adelante a los dos hijos más pequeños, Dimitri y Elizabet. Cogió sus ahorros y se fue con ellos a Moscú, porque quería cumplir su sueño de que algún hijo suyo fuera a la universidad. Corría el otoño de 1850.

TRAS EL TREMENDO VIAJE, a Dimitri, de 15 años, le negaron el ingreso en la universidad porque, debido a las convulsiones políticas, no admitían forasteros por miedo a los agitadores. María no se arredró y continuó su viaje hasta San Petersburgo. Dimitri ingresó en aquella universidad y a los pocos meses la tuberculosis fulminó a su madre y, poco después, a su hermana. Siendo ya catedrático famoso, Mendeleev escribió su primer libro de química, Soluciones. En él se puede leer la siguiente dedicatoria:

“ESTA INVESTIGACIÓN está dedicada a la memoria de una madre por su hijo menor. Ella lo educó por sus propios medios mientras dirigía una fábrica. Lo instruyó con el ejemplo, lo corrigió con amor, y para hacer que se dedicara a la ciencia dejó Siberia con él gastando sus últimos recursos y fuerzas. Mientras moría, ella le dijo: ‘Refrena las quimeras, insiste en el trabajo y no en las palabras, busca pacientemente las verdades científica y divina’. Ella comprendió que los métodos dialécticos engañan muy a menudo, cuánto queda por aprender y cómo, con la ayuda de la ciencia sin violencia, con amor pero con firmeza, se eliminan toda superstición, mentira y error, porque la ciencia conlleva la certeza de verdades aún no descubiertas,
libertad de futuros desarrollos, bienestar general y felicidad íntima. Dimitri Mendeleev considera sagradas las palabras de su madre moribunda”.

QUIEN SUSCRIBE estas líneas no encuentra cita mejor para expresar en esta primera columna el espíritu que le guiará en las siguientes.

Evolución humana y cambio climático

26 Sep 2007
17:59 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

Los datos obtenidos por la ciencia y los modelos desarrollados con esta información apuntan claramente hacia una profunda modificación del clima de nuestro planeta en los próximos decenios. Todo parece indicar que la elevada concentración que hay en la atmósfera de gases de efecto invernadero puede acelerar un proceso natural y bien conocido por la paleoclimatología.

Hace algo más de dos y millones de años comenzó un ciclo de cambios climáticos con una periodicidad de 41.000 años, relacionado con las variaciones en la inclinación del eje de la Tierra. Las consecuencias de estos cambios fueron acumulativas y modificaron de manera drástica el hogar de nuestros ancestros africanos. Las zonas boscosas dejaron paso a las sabanas y a los desiertos. Los australopitecos se extinguieron y prosperaron dos grupos: los parántropos, que se adaptaron a una dieta compuesta de vegetales de consistencia dura, y los primeros Homo, que optaron por una dieta más carnívora, que incluía carne y grasa de grandes mamíferos, a los que accedían muy probablemente mediante actividades carroñeras. Aquellos primeros Homo, cuyo representante más popular y mejor estudiado es la especie Homo habilis, forman parte segura de nuestra genealogía. Podemos afirmar así que los humanos actuales somos herederos de un patrimonio genético seleccionado en buena medida por los cambios climáticos del Plioceno.

Ante la inminencia de un nuevo cambio, que puede alterar de manera dramática los paisajes que nos resultan familiares, cabe entonces preguntarse por las consecuencias para nuestra especie, la única que ha sobrevivido del otrora floreciente grupo de homínidos al que pertenecemos. Ésta es la pregunta que nos hacemos los que somos conscientes de que el mundo que conocemos no será siempre igual y a los que nos importa el futuro de nuestros hijos y el de los hijos de nuestros hijos. A diferencia de lo que sucedía en el Plioceno, ahora ya no somos miles, sino millones de seres humanos los que poblamos el planeta y disponemos de una sofisticada tecnología que, desde luego, no está disponible para todos por igual. Pero esa tecnología es a todas luces insuficiente para afrontar un problema que llega con inusitada rapidez.

El escenario ha cambiado, pero las ciencias que estudian la historia de la Tierra nos enseñan que nada es inmutable. Que a nadie le quepa duda de que el cambio climático que se avecina tendrá consecuencias para nuestra especie. En nuestra mano está evitar que acabe un linaje evolutivo que comenzó hace miles de generaciones en los bosques y sabanas del continente africano.