Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La larga Edad de Piedra

31 Oct 2007
00:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

Allá por los años sesenta del siglo XX en el colegio nos hablaban de la llamada Edad de Piedra. Por aquel entonces ni los profesores entendían muy bien el verdadero significado de ese periodo de la historia humana. Hoy sabemos que las primeras herramientas de piedra se fabricaron en África hace nada menos que unos dos millones y medio de años. Varios yacimientos de Etiopía, Kenia y Tanzania han ofrecido testimonios de esa primera tecnología del linaje humano. Lo curioso es que la Edad de Piedra ha perdurado prácticamente como quien dice hasta hace cuatro días, eso sí, con algunas revoluciones en la forma de tallar rocas como el sílex, la cuarcita, la caliza o la obsidiana.

Los primeros talladores de piedra sólo buscaban un medio para cortar y golpear los cadáveres de los animales o las plantas que constituían su alimento. Con unos cuantos golpes certeros se conseguía un filo cortante o un pico punzante, pero la forma del utensilio no formaba parte del objetivo del tallador. Los prehistoriadores llamaron Olduvayense (del yacimiento de la garganta de Olduvai, en Tanzania) a la técnica empleada por aquellos homínidos africanos. Con algunas variantes, esta técnica se utilizó durante milenios y fue la que se llevaron consigo los primeros pobladores de Eurasia.

Un millón de años más tarde, los homínidos africanos realizaron la primera gran revolución tecnológica. Su cerebro había evolucionado lo suficiente como para planificar y estandarizar sus herramientas. La forma y la función ya iban de la mano, aunque el objetivo seguía siendo el mismo: procesar los cadáveres de los animales que formaban parte de su dieta. Los arqueólogos llamaron Achelense a esta técnica, que se describió por primera vez en el yacimiento francés de Saint Acheul. Lo más curioso del caso es que esta tecnología genuinamente africana tardó un millón de años en llegar a Europa. En otras palabras, durante una gran parte del Pleistoceno nuestro querida y vieja Europa formó parte del tercer mundo de entonces.

Muchos milenios más tarde, los neandertales y otros grupos humanos fueron capaces de realizar la segunda gran revolución tecnológica de la piedra, al idear formas más complejas para tallar los núcleos de los que obtenían herramientas más elaboradas y con una función mucho más específica. La tecnología inventada por los neandertales fue descrita en el yacimiento francés de Le Moustier y recibió el nombre de Musteriense.

Hace muy poco tiempo que nuestra especie fue capaz de dejar atrás la Edad de Piedra, aunque sólo desde el punto de vista tecnológico. Por lo demás, parece difícil superar los tiempos en los que resolvemos nuestras diferencias a pedradas.

Inconsistencias

30 Oct 2007
17:21 
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DE PUERTAS ADENTRO // MARÍA ÁNGELES DURÁN

La edad es un hecho biológico, pero el modo de vivirlo es social. La Real Academia Española sitúa la juventud entre la niñez y la edad adulta, pero los límites son inciertos porque los factores sexuales, legales y económicos siguen ritmos distintos. En los países económicamente desarrollados la mayoría de edad se fija en 18 años, pero la legislación es heterogénea respecto a la edad de conducir, responsabilidad penal, beber o comprar alcohol, la educación obligatoria, relaciones sexuales consentidas, tratamientos e información anticonceptiva, y un largo etcétera. Algunas organizaciones tratan de que los límites se anticipen (para conducir o acceder a tratamientos sexuales), o retrasen (ejercer la prostitución).

En cuanto a la edad de madurez sexual, se anticipa. Estudios realizados por C. Bernis en la Universidad Autónoma de Madrid sobre la primera menstruación de las niñas (menarquia) muestran que a mayor nivel socioeconómico, más precoz resulta. Se produce entre los 10 y los 14, a una edad media de 12,5 años. Aumentan las niñas de 10 a 14 con capacidad -y riesgo- de quedarse embarazadas. Algunos estudios fijan en 17 la edad media de iniciación a la vida sexual, uno menos que la mayoría de edad. Si la inconsistencia entre madurez biológica y mayoría de edad legal crea desajustes sociales, más conflictivo es el retraso de la madurez económica respecto a la legal. Entre los 16 y los 19 años no llegan al 40% los que tienen empleo. Entre los 20 y los 24 (EPA, tercer trimestre 2007), sólo el 60% están ocupados. El 30% sigue estudiando y esta proporción tiende a aumentar. Un 10% busca empleo sin conseguirlo. De los que tienen empleo, la mayoría sigue dependiendo económicamente de su familia.

España es un país de emancipación tardía, que tiene sus efectos más visibles en el retraso de la independización domiciliaria. Entre los 18 y los 34 años, todavía el 60% de los jóvenes reside en la vivienda familiar y la mayoría recibe la manutención y el alojamiento gratuitamente de sus padres. Se suman factores económicos (dificultad de acceso al empleo, carestía de la vivienda) con conductas intergeneracionales muy liberales y solidarias dentro de los hogares. Los jóvenes inmigrantes acceden al empleo más temprano e incluso desempeñan frecuentemente el papel de ayuda económica respecto a sus familias de origen. Si la madurez biológica se alcanza como media a los 12 años (las niñas) o a los 14 (los niños) y sin embargo la autonomía económica llega hacia los 30, los jóvenes han de vivir durante casi dos decenios en una situación de inconsistencia social. Este problema no lo resuelve el sistema productivo, sino que se deriva hacia los hogares. En esto, como en tantas otras cosas, los conflictos estallan en el interior de las familias y las soluciones han de inventarse cada día de puertas adentro.

Controversias científicas

29 Oct 2007
13:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

La transición del siglo XVII al XVIII fue testigo de una gran polémica científica en Europa. Los estudiosos de Francia e Inglaterra debatían agriamente sobre la forma de la Tierra. Era preciso aclarar si se trataba o no de una esfera perfecta.

Durante años se llevaron a cabo expediciones examinando el comportamiento de los péndulos y midiendo grados de arco a distintas latitudes… hasta que se llegó a una conclusión oficial, comunicada a la Real Academia de Ciencias de Francia en 1718: “La Tierra es un esferoide achatado en el ecuador y alargado por los polos”. El conflicto era inevitable, porque años antes el inglés Isaac Newton había predicho (acertadamente) lo contrario: Puesto que la Tierra rotaba sobre su eje, la fuerza centrífuga debía ser mayor en el ecuador, y por tanto la esfera terrestre tenía que ser más ancha allí.

La controversia fue larga y dura; se tildó de absurdas a las ideas de Newton y se menospreciaron las predicciones de los modelos basados en teorías y no en datos tomados sobre el terreno. Lo que probablemente nunca ocurrió, y ahí es adonde quiero llegar, es que alguien dijera: “Los científicos debaten sobre la forma de la Tierra, así que no podemos descartar que sea plana”.

Las verdades científicas no son verdades absolutas y generalmente son probabilísticas. A finales del XVII el consenso científico sobre la esfericidad de la Tierra era tan alto que se asumía como una evidencia, por más que se discutieran hasta la saciedad los detalles (con los argumentos científicos de la época, era tan probable que fuera achatada por el ecuador como por los polos). Hoy ocurre tres cuartos de lo mismo con el cambio climático. Por más que, afortunadamente, se discuta mucho acerca de sus detalles, hay consenso científico en que, como destacó en un titular la revista Science en enero de 2001, “Es oficial: Los humanos están detrás de gran parte del calentamiento global”.

Por eso sorprende que no sólo el jefe de la oposición, sino también muchos lectores de este y otros periódicos, invoquen el
“desacuerdo entre los científicos” para dudar del calentamiento del planeta provocado por las actividades humanas. Los científicos discuten mucho del tema, es cierto, pero para conocerlo mejor, no para negar su existencia. Nadie oculta que hay incertidumbres y sólo hablamos de probabilidades. Pero afirmar que la Tierra se calienta, que nuestra manera de vivir impulsa ese calentamiento, y que eso es un problema, no es presuntuosidad de científico, ni una nueva religión, ni dogmatismo, ni bandera del pensamiento único. Es simplemente un hecho en el que debemos apoyarnos para, discutiendo e investigando, aprender más. Y también para mitigarlo.

Mírame a los ojos

28 Oct 2007
12:51 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Muchos habremos oído hablar alguna vez de una terapia llamada iridología, cuyos practicantes afirman ser capaces de diagnosticar todo tipo de enfermedades simplemente mirando el iris de los ojos. ¿Es cierto? La respuesta la conocemos desde hace tiempo.

En 1979 se realizó una prueba a Bernard Jensen, uno de los más importantes iridólogos estadounidenses. Decía haber trabajado con más de 350.000 pacientes a lo largo de casi 50 años y afirmaba que la iridología revelaba las debilidades y fortalezas de los tejidos del mismo modo que sus necesidades químicas y nutricionales. En su librito Iridología simplificada relacionaba más de 30 enfermedades, incluida la artritis, obesidad, tuberculosis o las piedras en la vesícula, con deficiencias minerales.

Jensen y otros dos iridólogos fueron puestos a prueba mostrándoles fotografías de los iris de 143 pacientes, algunos con severos problemas en el riñón y otros sin evidencia de este tipo de problemas. Cuando se les pidió que identificaran quiénes eran los pacientes con patología renal, los tres fallaron en sus diagnósticos.

En 1988, cinco iridólogos holandeses se sometieron a un test similar. Se les pidió que identificaran a 39 pacientes con piedras en la vesícula –y que fueron operados al día siguiente de obtener la foto de su iris– de otras 39 personas que no las tenían. Los iridólogos no acertaron más de lo que cualquiera hubiera hecho tirando una moneda al aire, es decir, la mitad de las veces. Lo más interesante es que además no coincidieron en sus diagnósticos, que sería al menos lo esperable. Si la iridología estuviera correctamente establecida, aunque fuera errónea, todos los participantes deberían haber diagnosticado más o menos lo mismo. Este tipo de resultado es común en todas las pseudociencias, como
la astrología.

También a este respecto se han realizado pruebas para evaluar su fiabilidad. En este caso, se entregaron a los astrólogos las fechas y horas de nacimiento de diversas personas, de las cuales debían determinar si eran extrovertidos o introvertidos. El resultado fue el mismo: no sólo no acertaron, sino que tampoco estuvieron de acuerdo en
sus predicciones.

La iridología y la astrología se encuentran, a nivel científico, a la misma altura: no han probado su validez, sino todo lo contrario. Por mucho que a algunos les duela.

“Respetuosamente dedicado a Elias Howe”

27 Oct 2007
12:17 
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CIENCIA SOÑADA // JORGE BARRERO

Elias Howe luchaba por deshacerse de sus ataduras mientras el agua de la olla comenzaba a hervir. Cuando uno está a punto de ser devorado por una tribu caníbal, no es fácil reparar en los detalles, sin embargo, había algo extraño en aquellas lanzas… El inventor estadounidense despertó sudoroso, las imágenes de la pesadilla se desvanecían en la penumbra de la habitación. Aliviado, trató de fijar en su memoria la forma de las lanzas amenazantes… ¿Era esa la respuesta que estaba buscando?

Al día siguiente, de vuelta en el taller, pudo confirmarlo: “¡Un agujero en la punta! Eso es ¡La aguja debe tener un agujero en la punta, como las lanzas de mi sueño!”. Howe acababa de dar con la clave para hacer funcionar la primera máquina de coser. Un invento ansiado y temido a partes iguales por su impacto drástico en la mano de obra dedicada a la costura. No en vano en 1830, quince años antes de la afortunada pesadilla, otro prototipo, el del francés Thimonnier, había sido boicoteado por un motín de costureras furiosas. Su inventor logró huir y murió poco después en la bancarrota.

El fracaso de Thimonnier no disuadió a otros inventores, entre ellos, Walter Hunt, prolífico ingeniero que ideó el imperdible y el rifle de repetición. Pero ninguno había caído en la cuenta de que, para funcionar, las agujas de una máquina debían tener el ojo en la punta, y no en la base como las de costura manual. Así se viene haciendo desde la patente de Howe hasta nuestros días. Respecto a su fortuna, las cosas no le fueron tan bien como se podría pensar, consumió su vida en pleitos con otros inventores más astutos o mejor asesorados, como Isaac Singer, quien se llevó la mayor parte de la fama y la fortuna.

La llamada Guerra de las Máquinas de Coser recibió gran cobertura de los diarios de la época, con seguimientos periódicos del litigio y anuncios en donde los defensores de cada patente se descalificaban mutuamente. Tras muchos desvelos, Howe logró cobrar cinco dólares por cada máquina vendida en EEUU, aunque no tuvo mucho tiempo para disfrutar de esta victoria tardía, murió en 1867, el mismo año que su patente expiraba. Seguramente tampoco llegó a imaginar el impacto que tendría su invento en la industria y los hogares del siglo XX.

Quizá le hubiera consolado saber que la película de Richard Lester Help, protagonizada por los Beatles en 1965, termina con este enigmático homenaje: “Respetuosamente dedicada a Elias Howe, quien en 1846 inventó la máquina de coser”.