Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Sexo y prejuicios en ornitología

31 Dic 2007
00:03 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Los falaropos son unas aves encantadoras que se reproducen en el lejano norte pero pasan el invierno en los mares tropicales. De pequeño tamaño, pertenecen al grupo de los limícolos, como los chorlitos, pero a diferencia de ellos tienen los pies palmeados y pasan la vida nadando. Los falaropos comistrajean en primavera y verano larvas que toman de la superficie del agua, para lo cual alzan y bajan, continua y reiteradamente, la cabeza y el cuello. Por eso Bjartur de la Casa Estival, el granjero protagonista de Gente independiente, novela del Nobel islandés Halldór Laxness, asegura que los falaropos hacen reverencias, y que “ningún ave de todas las ciénagas es tan cortés”.

Pero los falaropos son especiales también en otras cosas, por ejemplo, en su asignación de los papeles sexuales. Entre ellos, las hembras son mayores y más vistosas que los machos. Son las hembras quienes se exhiben y pavonean, y los discretos machos escogen para aparearse la que tiene pinta de ser mejor madre de sus hijos. La falaropa pone los huevos, pero inmediatamente parte en busca de otro consorte, dejando al padre la completa responsabilidad de la incubación y crianza de los pollos. Puesto que no se ocupa del hogar, por decirlo de algún modo, una buena hembra conquistará en cada estación cuantos machos pueda, con objeto de dejar más descendientes.

Los biólogos estudian hoy con interés la evolución de la poliandria en las aves. Hace años, sin embargo, el hecho de que una hembra saltara de macho en macho y abandonara a sus hijos antes de nacer no podía entenderse sino como algo malsano. En un libro serio y bien documentado sobre las aves de California, publicado en 1923, W. L. Dawson se refiere a un estudioso amigo que ha observado en verano grandes bandadas de falaropos en el Gran Lago Salado de Utah. Hoy sabemos que son concentraciones premigratorias de aves que ya se han reproducido, pero el amigo en cuestión pensaba que no lo habían hecho; además, cazó alguna hembra y observó que sus ovarios estaban poco desarrollados. De ahí llegó rápidamente a la conclusión de que la mayoría de las hembras no criaban porque tenían enfermo el aparato reproductor.

¿A qué podría deberse? El prejuicio se encargó de responder por boca del científico. “Sin duda, el extraño exceso de libido de las hembras de falaropo produce en ellas tanto su inquietante perfección en tamaño y fortaleza como el deterioro de sus órganos sexuales”. Hoy día estas conclusiones nos hacen sonreír, pero el ornitólogo contemporáneo Joseph R. Jehl, que sacó a la luz esta historia, acaba preguntándose cuánto no se reirán los científicos del futuro al detectar nuestros errores y prejuicios actuales. Así que ¡cuidado!

¿La fuerza del destino?

30 Dic 2007
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

En 1970 aparecía el libro del premio Nobel de Medicina Jacques Monod El azar y la necesidad. Una reflexión del mundo y el ser humano que suscitó debates porque defendía que la vida es un simple accidente en la historia de la naturaleza: “El hombre vive en un mundo extraño; un mundo que es sordo a su música, y tan indiferente a sus esperanzas como a sus sufrimientos y sus crímenes”.

¿Existe el destino? Antes de responder habría que definirlo. Según la Real Academia Española es “una fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos”; pero eso no es decir mucho. ¿Qué es esa fuerza irresistible? Se dice que todo tiene un motivo. ¿Qué razón hay para que te toque el gordo de Navidad? ¿No será que nos negamos a aceptar la aleatoriedad del mundo? Los experimentos de la psicóloga Susan Blackmore han demostrado que quienes tienen creencias paranormales tienden a estimar la probabilidad de las coincidencias más bajas de lo que en realidad son.

El destino siempre ha estado relacionado con lo sobrenatural: si el futuro está predeterminado, alguien debe haberlo hecho. Llamémoslo Dios o Energía Vibratoria Multidimensional. Somos dignos herederos de Grecia y sus Moiras, que tejían el futuro al nacer. El destino griego, impregnado de fatalidad, ha persistido hasta hoy: nadie habla de destino cuando gana, sino cuando pierde.

A veces lo invocamos porque necesitamos de Justicia. Si miramos a nuestro alrededor, descubrimos que el mundo es todo menos justo: Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Pero en nuestro fuero interno necesitamos que exista algún tipo de sentencia divina que ponga las cosas en su sitio y nos recompense por el esfuerzo. Este mensaje es un clásico entre los autores de psicología pop, esos mercaderes de felicidad que nos tranquilizan con frases como: “La Creación es justa. Lo que sembramos es lo que cosechamos”.

La creencia en un destino tampoco se puede separar de la psicología. Muchos experimentos han demostrado que el ser humano necesita encontrar razones para lo que sucede. Si no las ve, las busca; si no las encuentra, las inventa. Uno de los sesgos cognitivos de la depresión es el fatalismo: la indefensión ante los sucesos se interpreta en función de que ése es su sino. El destino también es una buena excusa. Un buen propósito para 2008 sería no caer en esa tentación.

Las bacterias preferidas de Coronado cumplen años

29 Dic 2007
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

MICROBIOGRAFÍAS //JORGE BARRERO

A mediados de la década de 1990, las bacterias lácticas se convirtieron en estrellas televisivas. Recuerdo especialmente aquel anuncio en el que el actor José Coronado, en un alarde de espíritu crítico y curiosidad científica –“no me preguntes qué hacen estos bífidus…”– nos instruía sobre las bondades de los yogures del futuro. Como Microbiografías es un espacio más bien dedicado a héroes (o villanos) anónimos e invisibles, quizá deberíamos dejar de lado a unas bacterias con tan buena prensa. Sin embargo, en este año que se acaba en unos días se conmemoran tres importantes efemérides en la historia de la microbiología y del yogur, que bien merecen unas líneas en este espacio.

Hace 150 años, Louis Pasteur publicaba su Mémoire sur la fermentation appelée lactique en la que, por primera vez, se propone a los microorganismos como agentes causantes de las fermentaciones, concretamente, de la fermentación láctea. La teoría de Pasteur, además de facilitar la compresión de muchos procesos de fabricación de alimentos, supuso el golpe de gracia a las tesis de la generación espontánea y sentó las bases de la microbiología moderna. En 2007 también se ha celebrado el centenario de las investigaciones del Dr. Eli Metchnikoff, que popularizaron los efectos beneficiosos de la leche fermentada. En su libro titulado La prolongación de la vida, el médico y premio Nobel ruso sugería una relación entre la longevidad de los búlgaros y la ingesta de yogur. Para entonces, ya se habían descubierto algunas de las bacterias lácticas que Pasteur había pronosticado 50 años antes.

Metchinkoff sugería que al ingerir yogur, estas bacterias benéficas llegaban hasta el intestino delgado, donde desplazaban a otras, causantes de enfermedad, envejecimiento y muerte. La teoría de Metchinkoff promocionó el consumo de yogur entre los europeos de la época, aunque estudios posteriores demostraron que las propiedades saludables de los fermentos lácteos no eran tan sencillas de explicar y, de hecho, continúan siendo objeto de numerosos estudios. La tercera efemérides es, precisamente, la llegada del yogur a España.

Hace 75 años, en un pequeño taller de Barcelona, el búlgaro Isaac Carasso comenzó a producir esta leche fermentada. Inicialmente, la fabricaba para venderla en farmacias, aprovechando el tirón publicitario de Metchinkoff. Carasso acabaría siendo el primer fabricante mundial de yogures, bajo una marca inspirada en el nombre de su hijo Daniel. Si todavía no ha descubierto cuál era esa marca, pregúntele a José Coronado, que esto seguro que lo sabe.

El emblema de la razón

28 Dic 2007
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Cuenta Vitrubio en el prefacio de su De Architectura que, tras un terrible naufragio, llegó el filósofo Aristipo (el famoso discípulo de Sócrates que identificaba el bien con el placer y que fundó la escuela cirenaica) a una playa de Rodas y, tras pensar por un momento que se hallaba en una isla inhóspita, vio dibujadas en la arena unas figuras geométricas y exclamó con júbilo: “¡Estoy salvado, pues aquí veo las huellas del pensamiento!”.

Volviendo al tema de la semana pasada –el primer contacto con una hipotética civilización extraterrestre–, algunos piensan que si un día arribamos, como exploradores o como náufragos, a las lejanas costas de otros mundos, será la geometría el lenguaje más adecuado para saludar a otros seres racionales e identificarnos como tales ante ellos. Pero no todos opinan lo mismo. En un delicioso relato de ciencia ficción titulado La jaula, que bien podría haber salido de la pluma de un Voltaire o de un Swift, A. Bertram Chandler sugiere que tal vez no sea la geometría el más conspicuo emblema de la racionalidad. En resumen, esta es la historia:

Un grupo de náufragos asilvestrados son tomados por animales irracionales (confusión del todo excusable dadas las circunstancias) por unos zoólogos extraterrestres, que los capturan y enjaulan. Los humanos, conscientes del error de sus captores, intentan demostrar su racionalidad por todos los medios: hablan, cantan, bailan, dibujan figuras geométricas, pero ninguna de estas manifestaciones impresiona a los zoólogos alienígenas (en El planeta de los simios se plantea una situación similar). Al fin y al cabo, hay animales que parlotean animadamente (como los loros), emiten los sonidos más melifluos (como las aves canoras), ejecutan elaboradas danzas amorosas (como los pulpos) o utilizan la geometría con asombrosa precisión y eficacia (como las abejas, que resuelven un complejo problema de máximos y mínimos al construir sus panales de celdillas hexagonales).

Resignados, los hombres empiezan a acostumbrarse a su benigno cautiverio. Un día se cuela en su recinto un pequeño animal peludo y los prisioneros lo adoptan como mascota. Lo cuidan, lo alimentan y le construyen una jaula rudimentaria. Inmediatamente, los extraterrestres dejan en libertad a los humanos y, tras establecer un mínimo sistema de comunicación, les presentan sus excusas por haberlos confundido con animales. ¿Y por qué han comprendido de pronto su error? Porque solo los seres racionales enjaulan a otros seres.

El científico aficionado

27 Dic 2007
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla

Un grupo de científicos veteranos nos contábamos batallitas en el despacho de uno de ellos. Éste se levantó a mitad del jolgorio y nos enseñó una foto insólita. Se veía a cuatro hombres de espalda que caminaban por la nieve cuesta arriba. Dos portaban bolsas de plástico, otro una caja y el cuarto cargaba al hombro… ¡una bombona de butano! Eran astrónomos dirigiéndose al Veleta con el agua, las viandas y la calefacción a cuestas para llevar a cabo una observación de cuatro noches, allá por los años setenta del siglo pasado. Como no se veían sus rostros, nuestro amigo, que era el que había tomado la foto, los identificó. Todos son hoy respetados catedráticos o profesores de investigación. Las batallitas renovaron bríos y estuvimos de acuerdo en que, por muy plañideros que seamos siempre los científicos, teníamos que reconocer que la ciencia de este país había dado un paso de gigante en treinta años. Permanecimos un rato en silencio complacido y nuestro anfitrión nos preguntó si sabíamos quiénes tienen ahora el espíritu de los de la foto. Ante nuestro titubeo, respondió: los científicos aficionados. Esa pléyade de personas (son muchísimas) anónimas y discretas: astrónomos, botánicos, zoólogos, espeleólogos, paleontólogos, mineralogistas y un largo etcétera que tienen la ciencia como afición forman uno de los conjuntos sociales más amables e interesantes. Renuncian a los placeres estereotipados por el mercado y, a su vez, son una fuente potencial de riqueza. Caso aparte son los inventores, porque sus inventos han de funcionar y esto es ya harina de otro costal, sobre todo por culpa del malhadado primer principio de la termodinámica, que exige que el trabajo que realiza cualquier mecanismo sea menor que la energía que consume.

¿Existe conflicto entre los científicos profesionales y los diletantes? Lamentablemente no, porque la comunicación entre ellos es escasa, pero cuando se da, está llena de suspicacia y arrogancia. Y esto es así por ambos lados. Por parte de los aficionados, los problemas surgen cuando acuden a los profesionales no a asesorarse o a discutir, sino a comunicarles su gran hallazgo. La del científico se refleja en tirar a la papelera cualquier escrito que se le envíe que tenga mala pinta. En ningún momento se le ocurre pensar en renovar sus entusiasmos, quizá ya alicaídos, al modo del diletante.

Dejémonos de arrogancias estériles y hagamos fluida la comunicación entre los profesionales y los aficionados. Respeten los científicos a éstos y consideren continuamente los diletantes que su objetivo fundamental es disfrutar del placer de la investigación y que los descubrimientos llegarán o no, pero si llegan, jamás pasarán desapercibidos. Mientras mayor sea el número de científicos e inventores aficionados, más libre, próspera y divertida será la sociedad.