Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La muerte del coche

31 Ene 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear, Universidad de sevilla

Escuché al barón Thyssen-Bornemisza contar ante el cuadrito La Virgen del árbol seco, de Petrus Christus, que hubieron de recuperarlo para la colección, ya que un familiar suyo cabeza loca lo había cambiado por un Bugatti. Cada vez que veo el cuadro en el museo, considero que fue un mal cambalache porque si hubieran conservado el coche como el cuadro, hoy, al menos yo, lo apreciaría como obra de arte mejor conseguida aún que la pintura del flamenco renacentista. Dejando así sentado que soy un admirador apasionado de los automóviles y de la impronta que han dejado en el siglo XX, auguro que es máquina que va a pasar a mejor vida. Al menos, deberán quedar sólo vestigios deportivos y de aficiones estetas y algo extravagantes, como ocurre actualmente con los coches de caballos.

El rendimiento de un buen motor de gasolina está en torno al 40%. Pero eso es durante un funcionamiento teórico óptimo porque si contamos regímenes reales exigidos por frenadas, aceleraciones, atascos, etcétera, la eficiencia se sitúa en torno al 10%. Si consideramos un promedio de un conductor y un pasajero –es decir, un 10% del peso del automóvil–, sólo el 1% de la energía química almacenada en el depósito mueve carga útil. Ahora, hay que añadir el coste energético de producción, transporte y destrucción del vehículo, junto con el necesario para extraer petróleo, distribuirlo, refinarlo para obtener gasolina y transportar ésta a las gasolineras. ¿En qué queda ese 1% de eficiencia energética? En un escalofrío. He dejado aparte lo que supone de consumo energético la construcción de infraestructuras, como carreteras y demás, porque pueden ser útiles en otro escenario futuro.

El mundo consume en la actualidad unos 80 millones de barriles de petróleo al día. Al transporte terrestre, se destinan 50, de los cuales 20 se dedican a trasladar mercancías y 30, a personas; o sea, a mover los coches. Los ciudadanos de países emergentes van a querer vivir como nosotros. Puesto que lo que mejor define nuestro modo de vida es el coche, el asunto puede dispararse porque la principal característica de esos congéneres es que son muchísimos. Si las reservas de petróleo fueran ilimitadas y la atmósfera fuera insensible al CO2 emitido por los tubos de escape, todo lo anterior nos dejaría al pairo como hasta ahora, pero, ¡ay!, sospecho que toda esta locura automovilística se va a acabar. Llegará el hidrógeno o no (el esperpéntico biodiésel es más de lo mismo), aumentaremos la eficiencia energética de producción, distribución y consumo de electricidad, tendremos fuentes limpias como la fotovoltaica y la nuclear, pero nos moveremos en bicicletas y en lindos medios colectivos de transporte. Todo ello es racional y deseable; pero, cuando vayamos a un museo, sentiremos estremecimientos de placer ante un bellísimo Ferrari Testarossa.

El proceso de humanización (III)

30 Ene 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

*Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos

La adolescencia es una parte muy significativa de nuestro particular modelo de desarrollo. Sus aproximadamente seis años de duración representan nada menos que la tercera parte de todo el proceso. Como explicamos en un texto anterior, la niñez y la adolescencia son características exclusivas de nuestro desarrollo, que no compartimos con ninguna especie de primate actual. Durante la adolescencia termina la muda de los dientes de leche y se completa la dentición definitiva con la emergencia de los segundos y terceros molares. Se produce un cambio neuroendocrino de consecuencias muy llamativas, tanto en ellos como en ellas, y poco a poco se completa la madurez sexual. El crecimiento se acelera, sobre todo en los chicos, y en muy poco tiempo se ganan muchos centímetros de estatura; es el llamado estirón puberal. Hacia los 16 años se produce una desaceleración del crecimiento y de manera más pausada se alcanza la estatura del adulto.

No es sencillo averiguar cuándo aparecieron por primera vez los síntomas que caracterizan la adolescencia. Es muy posible que hace un millón y medio de años las especies Homo erectus y Homo ergaster tuvieran ya un estirón puberal de intensidad moderada y una adolescencia incipiente. La prolongación del desarrollo hasta los 18 años, sin embargo, parece un rasgo exclusivo de nuestra especie. Pero, ¿qué utilidad o qué significado tiene la adolescencia para Homo sapiens?

Con el estirón puberal recuperamos un crecimiento muy retenido durante los primeros 10 años de vida, pero esto por sí solo no responde a nuestra pregunta. Desde luego, todos los padres y madres estaremos de acuerdo en que es un periodo desesperadamente largo. En todas las especies de mamíferos el tránsito del periodo juvenil al estado adulto es muy suave. Nada que ver con la brusquedad de los cambios que experimentamos en nuestro aspecto, especialmente, los varones. Las descargas hormonales nos transforman y en pocos años apenas nos reconocemos.

Los expertos en neurología saben muy bien que durante la adolescencia el cerebro experimenta una reestructuración funcional muy significativa, que produce fuertes cambios en la conducta, en los intereses sociales o en la relaciones con los progenitores. En términos estrictamente biológicos y en el contexto natural de las primitivas sociedades cazadoras y recolectoras, el retraso en la paternidad y la maternidad con una adolescencia prolongada pudo tener un efecto positivo: padres y madres mejor preparados psicológica y socialmente para recibir a sus descendientes. En nuestro mundo desarrollado, la rebeldía de los adolescentes supone un nuevo impulso de cambio y progreso con cada nueva generación.

La ruina de los cascos históricos

29 Ene 2008
09:02 
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DE PUERTAS ADENTRO// MARÍA ÁNGELES DURÁN

Muchos cascos históricos de multitud de pueblos y ciudades de España tienen problemas graves de despoblamiento y amenaza de ruina. Los problemas son mas agudos en las zonas rurales de las regiones que han sufrido emigración, pero también se producen en zonas de fuerte pujanza económica.

Las razones de la ruina son múltiples, y la primera es la emigración, que deja los campos deshabitados y algunos barrios de las ciudades semivacíos, hasta el punto de que la seguridad decrece, la convivencia se convierte en soledad y los servicios resultan poco rentables para las empresas privadas, con lo que el círculo vicioso del despoblamiento se estrecha.

La segunda razón es el envejecimiento. Con alta proporción de personas mayores, el mantenimiento del patrimonio arquitectónico privado se hace muy difícil, porque los ancianos no pueden acometer por sí mismos muchas tareas de mantenimiento ni sufragarlas a precio de mercado. Aun así, buena parte del patrimonio arquitectónico está hoy sostenida por los frágiles cuidados de ancianas y ancianos que se resisten a abandonar sus hogares y aguantan de manera numantina, cono Robinsones cotidianos, entre muros solitarios donde no oyen más voz que la suya.

En tercer lugar, la tecnología y los estilos de vida: el tráfico rodado, los sistemas de elevación, los servicios electrónicos y de comunicación.

La cuarta causa es paradójica, es el exceso de proteccionismo que entra en colisión con la necesidad de los habitantes de adaptarse a la vida contemporánea. Hay demasiadas regulaciones, ventanillas, disposiciones contradictorias de diferentes entidades que tienen el poder de prohibir y castigar, pero no de promover y premiar.

La labor de recuperación de edificios monumentales es encomiable y produce resultados espectaculares, pero no basta. Si el tejido social que da vida a calles y edificios no se conserva, los cascos históricos sobreviven como parques temáticos o museos al aire libre, visitables en horario laboral y apuntalados por la actividad de las instituciones que los han restaurado, pero les falta la vida de la gente corriente, lo que diferencia un espacio de exhibición de un lugar vivido.

Cambiar de opinión

28 Ene 2008
08:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS// MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC

La Fundación Edge apunta a promover el pensamiento y la actividad intelectual en la sociedad, primordialmente americana. Publica una revista con su mismo nombre, donde al comienzo de cada enero se propone una “pregunta del año”, a la que responden numerosos pensadores. En 2007, por ejemplo, la pregunta fue: “¿Sobre qué es usted optimista y por qué motivo?”. En el año que hemos comenzado el interrogante ha sido: “¿Acerca de qué ha cambiado usted de ideas y por qué? Más de 150 personas, en su mayoría investigadores (tanto humanistas como científicos, por simplificar), explican con más o menos detalle de qué forma nuevos datos o evidencias les han hecho cambiar alguna de sus opiniones en los últimos años.

Nada de eso puede resultar extraño a un científico, por eso me ha llamado la atención el enorme revuelo que ha levantado el asunto. Que grandes mentes reconozcan haber modificado sus ideas ha sido descrito por los cronistas de medio mundo como una majestuosa prueba de humildad, de valor y de coherencia intelectual. Pero, ¿acaso podía ser de otra manera? Los investigadores trabajan sistemáticamente para desafiar los conocimientos previos, para cambiar las ideas, sean propias o ajenas. Como dirían los filósofos de la ciencia seguidores de Popper, “no podemos probar nuestras teorías, sólo demostrar sus errores y avanzar depurándolos”. Si se trata, por tanto, de buscar valientes, deberíamos ensalzar más bien al hipotético científico que se atreviera a defender no haber cambiado ni estar dispuesto a hacerlo, puesto que semejante respuesta sería equiparable a un suicidio profesional.

Es bien sabido que a otros niveles, en cambio, se valora especialmente el mantenimiento inflexible de posturas, lo que a veces se llama fidelidad a uno mismo, que los viejos hidalgos plasmaban en el “sostenella y no enmendalla”. A mi entender, ese es uno de los problemas para que la ciencia y el pensamiento crítico lleguen a permear el tejido social. Recuerdo a este respecto algunas anécdotas sucedidas años atrás en el Patronato del Parque Nacional de Doñana que, si hoy me hacen sonreír, en su momento me originaron serios disgustos. Los investigadores tardábamos tanto tiempo en convencer de una nueva idea a políticos y gestores que, para cuando ellos la adoptaban casi como un dogma de fe, nosotros ya habíamos cambiado. Más de uno pensó que lo hacíamos porque nos divertía tomarles el pelo.

Como sugiere uno de los interrogados por Edge, sólo hay una cosa en la que un investigador que pretenda seguir siéndolo nunca podrá cambiar de opinión, a saber: En la necesidad de plantear en sus proyectos precisamente aquéllos experimentos y observaciones que ayuden a desafiar las “verdades” aceptadas hasta entonces.

Cirugía paranormal

27 Ene 2008
09:00 
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CIENCIA DE PEGA// MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Uno de los cómicos de EEUU más conocido en las décadas de 1970 y 1980 fue Andy Kaufman, inmortalizado en el cine por Jim Carrey en la película de Milos Forman Un hombre en la Luna. Murió en 1984 de un cáncer de pulmón, a los 35 años. Dos meses antes viajó a Filipinas para que le operaran unos personajes conocidos como “cirujanos psíquicos”, que aseguran ser capaces de penetrar en el cuerpo con las manos desnudas y extirpar los tejidos que consideran culpables de la dolencia. Por supuesto no utilizan anestesia; ni falta que les hace, porque no llegan a rasgar la piel. No quedan cicatrices y no duele, pero se puede ver manar sangre a raudales.

El escritor y divulgador científico Martín Gardner cuenta que Kaufman voló a Filipinas porque vio un programa en la televisión que cantaba alabanzas de estos curanderos de la mano de esa eminente autoridad de la ciencia médica que era Burt Lancaster. Aquél infecto programa fue lo que necesitaban los curanderos filipinos para aumentar las visitas de enfermos terminales procedentes de EEUU. Los responsables de la cadena de televisión, la NBC, se defendieron de las críticas insistiendo en que únicamente buscaban entretener y que jamás hubieran podido imaginar que alguien pudiera tomárselo en serio.

Los cirujanos psíquicos hacen trucos de magia. Vísceras (de pollo) y sangre (no humana) ocultas a la vista del pobre infeliz provocan la ilusión. Doblan los dedos de sus manos por los nudillos y aprietan en el vientre con firmeza. Les recomiendo que lo hagan delante de un espejo: el efecto óptico es impresionante. La fama de estos timadores decayó 20 años atrás, después de que uno de los más famosos, Tony Agpaoa, muriese en 1982 de un ataque al corazón: ni él ni sus colegas pudieron evitarlo. Curioso.

Pero si uno creía que todo este asunto estaba muerto, olvida que el campo de los supuestos fenómenos misteriosos es como el cauce del Guadiana. En la pasada década Telecinco promocionó en España a una variante de este tipo de curanderillos, un hombre llamado Stephen Turoff, en uno de esos pestilentes programas que venden paramemeces con aire de seriedad. Tiempo después el programa Crónica Marcianas volvió a la carga con ellos, de la mano de Javier Sierra.

Y ahora el programa Enigmas, emitido en TVE la semana pasada, ha hecho lo propio. ¡Qué más da que se sepa el timo de semejantes operaciones desde hace 40 años! No dejes que la verdad estropee una buena historia.