Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La abuela de Einstein

29 Feb 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Se le atribuyen a Einstein dos frases gemelas que tienen que ver tanto con la teoría del conocimiento como con esas preguntas tontas que constituyen la espina dorsal de esta sección. Las frases son: “Si no puedo explicárselo a mi abuela, no lo comprendo” y “si no puedo dibujarlo, no lo comprendo”. Y la pregunta a la que remiten es: ¿qué significa comprender? Según la primera de las frases, comprender algo implicaría poder expresarlo de forma coloquial. No basta con conocer la fórmula E=mc2 y saber que “E” es energía, “m” masa y “c” la velocidad de la luz; hay que entender, para poder explicárselo a la abuela de Einstein, que la materia se puede convertir en energía y viceversa, que materia y energía son dos estados de lo mismo. Según la segunda frase, la comprensión estaría ligada a la imaginación en el sentido más literal del término: la capacidad para producir imágenes significativas, para visualizar el contenido de un enunciado verbal o alfanumérico.

Al menos en teoría, a la hipotética abuela de Einstein se le podría explicar cualquier concepto científico con palabras sencillas, aunque el explicador tendría que conocer muy bien lo explicado y disponer del tiempo necesario para poder traducir al lenguaje coloquial, mediante largos circunloquios, lo que la jerga especializada expresa de forma sintética y precisa. Sin embargo, no todo es dibujable, ni siquiera de forma vagamente aproximada. No podemos dibujar un electrón, y la consabida representación del átomo como un “sistema solar en miniatura” confunde más de lo que esclarece. Por eso Einstein, discípulo de Spinoza y de Schopenhauer, nunca pudo aceptar la mecánica cuántica a pesar de ser uno de sus fundadores. No podía dibujarla.

Una de las grandes paradojas de la ciencia es que la más eficaz y precisa teoría física jamás formulada, la que mejor se ciñe a los hechos observados y más exactas predicciones produce, es totalmente contraria a la intuición, intrínsecamente incomprensible (una vez un discípulo de Planck le dijo que estaba empezando a entender la mecánica cuántica, y este replicó: “Si crees entenderla, es que no la entiendes”). Podemos imaginarnos a Einstein intentando explicarle a su abuela la paradoja del gato de Schrödinger, y a ella exclamando: “No digas tonterías, Albert, ¿cómo va a estar un gato vivo y muerto a la vez?”. Puede que fuera una objeción como ésta la que lo llevó a buscar en vano, durante treinta años, unas “variables ocultas” que le permitieran reconciliarse con su abuela.

El origen de ‘Homo sapiens’

28 Feb 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos

El origen de nuestra especie comenzó a clarificarse hace un par de décadas. En los años sesenta del siglo XX, y todavía con muy pocos datos procedentes de las investigaciones paleontológicas, se había llegado a proponer un modelo lineal para explicar la evolución humana. Así, nuestra especie habría surgido tanto en África como en Eurasia por evolución de Homo erectus, que a su vez habría evolucionado de Homo habilis. Esta última especie había sido nombrada en 1964 por los paleontólogos Louis Leakey, Philip Tobias y John Napier y procedería de una especie de Australopithecus. Un esquema sintético y lineal resultaba muy atractivo y todavía se puede ver en muchos anuncios publicitarios. Nada más lejos de la realidad que hoy día nos ofrece el registro fósil, con una evolución compleja y ramificada. En 1987, los genetistas Rebeca Cann, Mark Stoneking y Allan Wilson publicaron un estudio sobre la variabilidad del ADN mitocondrial en numerosas poblaciones humanas que anunciaba conclusiones revolucionarias. El origen de Homo sapiens estaría únicamente en África y habría surgido de una pequeña población ancestral subsahariana, hace unos 200.000 años. Y entonces el puzzle de fósiles humanos comenzó a encajar.

La antigüedad de los fósiles más antiguos atribuidos sin ningún género de duda a nuestra especie datan de hace entre 260.000 y 130.000 años, y procedían de yacimientos de Kenya, Tanzania y Etiopía. Hace unos 100.000 años comenzó una expansión demográfica imparable de aquellas poblaciones, que acabó por sustituir a otros grupos de homínidos, como los Neandertales de Europa y Próximo Oriente y los erectus asiáticos. Gracias a los conocimientos que ahora tenemos sobre el genoma humano y las ventajas de la informática, se pueden realizar estudios cada vez más complejos sobre la variabilidad genética de nuestra especie. Los últimos estudios, publicados la semana pasada por sendos equipos internacionales en Nature y Science, revelan que la variabilidad genotípica es tanto menor cuanto mayor es la lejanía respecto a la zona oriental de África, el punto cero donde vivió la primera población de nuestra especie, hace más de 100.000 años.

El camino desde África Oriental hacia el resto de lugares del planeta no ha sido fácil. En el Pleistoceno superior las poblaciones de Homo sapiens sólo podían habitar territorios favorables en clima y recursos. Con frecuencia tuvieron que atravesar corredores muy estrechos para acceder a nuevos territorios. En estos pasos debieron actuar procesos de deriva genética, con pérdida progresiva de variabilidad en cada unos de los pasos sucesivos. Aún así, la variabilidad entre todas las poblaciones es menor que la observada dentro de las poblaciones. El antiguo concepto de raza ya no se sostiene.

De la estación espacial a Marte

27 Feb 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear, Universidad de Sevilla.

Fueron las administraciones de Reagan y sus estimados soviéticos quienes inventaron lo de las estaciones espaciales. Se trataba de establecer un laboratorio de investigación y desarrollo (y cosas más inquietantes) en condiciones de microgravedad, que generaría avances inconcebibles y relanzaría la exploración del espacio. La Freedom se llamaría. Hubo científicos razonables que dijeron dos cosas que aún hoy no han calado en el público. La primera y fundamental es que la principal diferencia entre un laboratorio en órbita y otro en tierra es que en aquél apenas actúa la fuerza de la gravedad. Pero esta fuerza es completamente despreciable frente a la electromagnética que gobierna las reacciones químicas y todos los procesos de manipulación de materiales. La segunda es que una estación “espacial” se sitúa a unos 400 kilómetros de la superficie: menos distancia que de Sevilla a Madrid. Si eso es exploración espacial…

¿Por qué no hizo caso Reagan a sus científicos? Por un anuncio de televisión. Los soviéticos, tan enardecidos como los americanos, le habían ganado a estos la mano situando en órbita su estación Mir. Pagado por la gigante aeroespacial McDonnell Douglas– esta sí actuando con toda lógica–, se transmitió un anuncio impresionante. En un fondo de estrellas aparece lentamente una nave espacial. Se escucha el rugido de sus motores (sin aire no hay sonido, pero es igual). La nave avanza y ocupa buena parte de la pantalla. Una voz en off dice: “En este momento, a muchas millas sobre la Tierra, en una estación espacial tripulada se están haciendo experimentos que podrían curar graves enfermedades, se están creando nuevas aleaciones y materiales, cada minuto se están obteniendo datos científicos que cambiarán el rumbo de la historia”. Se hace una pausa y en pantalla aparece una estrella roja en el costado de la nave. La voz se pregunta: “¿No deberíamos estar allí también?”. La nave avanza y se escuchan voces animadas en ruso que terminan en carcajadas. Las consecuencias, 20 años después, son impresionantes. La Mir yace como chatarra hundida en el océano y la estación espacial de EEUU, internacional por gracia de Bill Clinton (aunque los costes le parecían desmesurados no era cosa de enfadar a la industria aeroespacial, ni de dejar pasar la oportunidad de congraciarse con sus aliados), sigue sin dar el más nimio resultado científico.

La NASA de George W. Bush, temiendo que la estación espacial terminará siendo impopular, ha ido pergeñando un nuevo ideal: volver a la Luna, donde se establecería una base para ir a Marte. Entre las herencias desastrosas de este presidente puede estar el inicio irreversible de una nueva carrera espacial –tan absurda como la de su admirado Reagan–, en la cual los participantes, en lugar de dos, seremos muchos; y el ganador, como siempre, sólo será uno.

¿Para qué vamos al médico?

26 Feb 2008
09:00 
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DE PUERTAS ADENTRO // MARÍA ÁNGELES DURÁN

*Profesora de Investigación del CSIC

Las razones por las que se acude al médico son variadas, pero menos de la mitad de las consultas médicas en España tienen por objetivo el diagnóstico o el tratamiento directo. En las últimas dos semanas, acudieron a consulta médica el 24% de los varones y el 32% de las mujeres. A excepción del primer quinquenio de vida, en que son llevados al médico más los niños que las niñas, las mujeres acuden más al médico que los varones en todos los grupos de edad hasta los 75 años, en que proporcionalmente empiezan a ser más frecuentes las consultas de varones. La edad de máxima diferencia en el uso de este servicio se produce entre los 45 y los 54 años; en ese grupo de edad, las mujeres casi duplican el índice de consultas médicas de los varones (Encuesta Nacional de Salud).

Una cuarta parte de las consultas se destinan a revisión y casi otra cuarta parte, a búsqueda de recetas. Entre los mayores de 65 años, la proporción de visitas al médico que tienen por objetivo la búsqueda de recetas llega al 37%, la mayoría, para enfermedades crónicas. En este último componente, habría que deslindar lo que la consulta aporta al cuidado de la salud y su función disuasoria del consumo entre los asegurados, al espaciar y hacer costosa en tiempo la
obtención de recetas.

El temor a la pérdida de tiempo reduce el uso de consultas médicas, especialmente entre los ocupados, y abarata el sistema; pero favorece la automedicación y deriva las consultas desde los sistemas más lentos hacia los más rápidos y, en general, desde la medicina pública hacia la medicina privada. Muchos trabajadores sienten que no pueden concederse el tiempo requerido por el sistema sanitario y prefieren prescindir de él, así que no asisten a las consultas médicas a las que les convendría ir o bien optan por la automedicación.

Más de la mitad de las personas ha consumido alguna medicina en las dos semanas anteriores a la encuesta; entre los mayores de 75 años, sobrepasan el 90%. El consumo de medicinas es menor en los grupos de nivel socioeconómico más alto y el máximo consumo se produce entre los trabajadores no cualificados, aunque en ello influye que su edad media es más alta que la de otros grupos profesionales. La automedicación sigue el patrón inverso a la medicación y los directivos se automedican (un 22% de ellos) bastante más que los trabajadores no cualificados.

En la economía de la salud se producen paradojas como ésta, que los que disfrutan mejores recursos monetarios pueden ser, simultáneamente, tan pobres en tiempo que necesitan restringir el cuidado de su salud por debajo de lo razonable.

Fabricando plagas

25 Feb 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Hace pocas semanas, Miguel Ángel Criado firmaba en Público un interesantísimo reportaje sobre la lucha biológica en los invernaderos del sureste ibérico. El empleo de enemigos naturales para controlar las plagas, decía, está sustituyendo con ventaja a los pesticidas sintéticos. Era una excelente y bien documentada información, aunque quizás un detalle del texto merezca un matiz. Criado sugería que la ocurrencia de acudir a los depredadores para reducir las poblaciones que causan daños había surgido al “echar la vista al pasado”, como si la mayoría de las plagas, en la actualidad, fueran frenadas por la química. En modo alguno es así.

Muchísimas especies de plantas y animales pueden constituir plagas, especialmente en las zonas de cultivo, donde abunda su alimento. Si no lo hacen habitualmente, es porque existen otras especies capaces de limitar su crecimiento poblacional. Los estudiosos estiman que por encima del 90% de las plagas potenciales no llegan a serlo, hoy día, porque lo evitan sus enemigos naturales. Ocurre, sin embargo, que no nos damos cuenta. El control biológico es uno de esos servicios ambientales, infravalorados y habitualmente no reconocidos, de los que hablábamos la semana pasada.

Podría argumentarse que, puesto que nos referimos a plagas en potencia, nunca se podrá saber si de veras llegarían a constituir un problema. Lo sabemos porque, con no poca frecuencia, lo hacen, ya que las plagas se fabrican. De acuerdo con un informe del Nacional Research Council de Estados Unidos, 24 de las 25 plagas agrícolas más importantes en California, entrando al último cuarto del siglo XX, no eran plagas antes. Habían sido creadas como consecuencia del abuso de pesticidas. El mecanismo es muy sencillo: el veneno mata a la especie dañina, pero también a muchas otras que están evitando que animales hasta entonces inocuos, por escasos, aumenten tanto su población que se tornen plagas. Si desaparecen los depredadores que ejercen el control, la plaga potencial tiene muchas posibilidades de convertirse en real.

Los venenos, en general, son más eficaces reduciendo las poblaciones de depredadores, menos nutridas, que las poblaciones de presas. Cuando se aplica un pesticida, tal vez a primera vista parezca que se ha conseguido eliminar la plaga que causaba problemas. Pero en poco tiempo esa misma plaga puede resurgir con más fuerza, u otra nueva puede aparecer, puesto que los depredadores y patógenos que las controlaban fueron eliminados con la primera aplicación. Me pregunto si se han considerado estos riesgos antes de llenar de veneno los campos de Castilla y León para acabar con los topillos.