Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Si bebe, no investigue

31 Mar 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Publicar un artículo en una buena revista científica es muy difícil. Casi me atrevería a decir que cada vez cuesta más, si no fuera porque soy consciente de que, tanto como el posible endurecimiento de los editores, contribuye a esa sensación el paso del tiempo y la consiguiente merma de mis capacidades (sin rodeos, cada vez me cuesta más a mí). En todo caso, cuando una revista de prestigio nos acepta un manuscrito, solemos celebrarlo tomando unas copas. A partir de ahora, tal vez deberíamos pensarlo dos veces.

Ha llegado a mis manos un estudio perturbador. Está prepublicado en la versión digital de Oikos, una revista importante en ecología, y su autor es el checo Tomás Grim. El bueno de Grim no se corta un pelo a la hora de plantear su hipótesis: puesto que el alcohol disminuye el rendimiento intelectual, tanto a corto (en el plano fisiológico) como a largo plazo (en el plano psicológico), los científicos que beben deberían ser peores que los que no lo hacen.

Tomás preguntó a todos los investigadores checos en biología evolutiva y comportamiento de aves cuántas cervezas bebían por semana. Corrigió por la edad y el tiempo dedicado a investigar, lo repitió con cuatro años de diferencia, etc., y acabó relacionando el consumo anual de cerveza con tres variables indicadoras de éxito científico: el número de artículos publicados, el número de veces que otros colegas los habían citado y el número medio de citas por artículo.

Es cierto que no consiguió la colaboración de muchos colegas (tan sólo 18 el primer año y 34 el segundo), y ni siquiera sabemos si alguno le engañó, ya fuera por presumir de abstemio, ya de bebedor, o por gastarle una broma, pero, aún con tamaños de muestra tan reducidos, encontró una relación negativa y significativa entre la cantidad de cerveza bebida por año y el rendimiento científico. De acuerdo con sus resultados, los bebedores publican menos artículos y con menos impacto. Osó, incluso, dar otro paso: los investigadores de Bohemia rinden menos que los de Moravia, y precisamente en Bohemia se bebe más.

Uno tiene la sensación de que la relación de causa a efecto no está bien establecida en el estudio (por ejemplo, beber más podría ser una consecuencia del escaso éxito, y no al revés), que con los mismos argumentos quizás habría sido rechazado de tratar un tema menos llamativo. Además, ya saben lo que tiene la estadística: muestra tendencias, probabilidades, pero no puede dar razón del destino de un individuo concreto. Sin ir más lejos, como muchos de mis colegas me considero una honrosa excepción a esa norma de Grim. Así que acabo de brindar por ello con una cerveza. Salud.

Mercaderes de salud

30 Mar 2008
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Si hay algo que me repatea son los curanderos y los programas de televisión que no son más que una colección de autoalabanzas y el testimonio de algunos a los que habían curado con sus poderes. De este modo, los incrédulos como Santo Tomás podemos meter la mano en la herida y convencernos del milagro.

Estas situaciones me demuestran lo difícil que es mantener una postura racional y sensata en este mundo. Y lo que es peor, lo extremadamente complicado que es querer explicar esa postura. Dos mil años de búsqueda de las leyes que rigen el Cosmos nos han legado una visión del mundo más o menos correcta y más o menos coherente. Comprenderla, aprehenderla, exige esfuerzo. La explicación mágica, supersticiosa, pide muy poco: basta con aceptar que vivimos en un mundo gobernado por el misterio, arbitrario y completamente ininteligible.

Se puede decir más alto pero no más claro: el curandero no cura. La prueba más palpable es que en un siglo la medicina ha elevado nuestra esperanza de vida. Los curanderos y chamanes, con sus  miles de años de historia, no lo han logrado aumentar ni en un día. Ellos negocian con la desesperanza que provoca la enfermedad. Los curanderos son puros y simples placebos. Y muy a menudo, caros.

Una de las estrategias más efectivas que utilizan los curanderos es poner un ejemplo de una de sus curaciones y retar al incrédulo a explicarlo. Eso es imposible. Habría que ver hasta qué punto la narración de los hechos es correcta –todos sabemos lo propenso que es el ser humano a la hipérbole–, cuál era la historia clínica del paciente y cuál es su estado actual.

Cuando se comenta lo habitual que es el fraude curanderil suelen contestar atacando: eso también ocurre en la medicina. Y es cierto… en parte. Mientras que entre ellos es algo cotidiano, en medicina es una excepción y existen mecanismos para corregirlo y perseguirlo; entre los curanderos eso no sucede. Es más, al médico se le exige responsabilidad sobre sus pacientes; al curandero no.

Pero lo más grave es el absoluto desprecio que tienen ellos y sus defensores hacia el esfuerzo continuado de cientos de miles de investigadores que a lo largo de la historia han intentado comprender las enfermedades. Esos curanderos advenedizos y sus adláteres proclaman a los cuatro vientos que gracias a unos poderes, que sabe Dios de dónde les han venido, afirman que pueden curar todo tipo de dolencia sin tener ni repajolera idea de lo que es.

El secreto de las pirámides

29 Mar 2008
09:00 
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MICROBIOGRAFÍAS // JORGE BARRERO

No hay duda, las pirámides de Egipto fueron construidas con la ayuda de extraños seres que, en un tiempo remoto, viajaban protegidos por cápsulas en forma de disco. Pero sugiero que el lector no los busque en un libro de Iker Jiménez, ni espere el aterrizaje de una nave nodriza. Tampoco merece la pena inquietarse ante una hipotética amenaza, los últimos especímenes de nummulites debieron morir antes de acabar la era terciaria. Sus esqueletos fósiles forman la roca con la que se han construido el mausoleo de Keops y otras muchas edificaciones.

No hayaremos nummulites vivos, pero sí a descendientes de su mismo linaje: los foraminíferos. Organismos unicelulares de gran belleza, en su mayoría microscópicos, circunstancia que hace todavía más singulares a sus antepasados de más de seis centímetros de diámetro. Un tamaño nada despreciable para una sola célula, eso sí, protegida por una armadura calcárea tan resistente que permanece intacta millones de años después de que su propietario se
extinguiera.

El registro fósil conserva más de 40.000 especies distintas de foraminíferos, de los cuales una décima parte vive todavía. Algunos autores afirman que estas amebas con concha son, de hecho, los organismos más abundantes del planeta después de las bacterias. Habitan los mares de regiones polares y también los arrecifes tropicales. Sus esqueletos se depositan en el fondo marino formando capas de hasta dos kilómetros de espesor. Y en lugares como las Bermudas son el principal componente de la arena de playa.

Las pirámides y muchas catedrales están fabricadas con el biomaterial fabricado por foraminíferos. También gracias a ellos hemos podido conocer la historia climática del planeta y encontrar petróleo. Para colmo, la joven investigadora española Elisa Piña anunció en la revista Nature en 2006 que los foraminíferos, como las bacterias, son capaces de eliminar el nitrato del agua, un proceso que podría aprovecharse en las
depuradoras.

Por cierto, el hallazgo de estos fósiles a orillas del Nilo no lo publicó Nature. Lo hizo Estrabón hace más de 2.000 años: “Las pirámides han sido construidas utilizando una roca llena de incrustaciones que asemejaban lentejas” (Geografica 17, 33-34). Aunque el geógrafo e historiador griego, de manera comprensible, confundió a los nummulites con restos petrificados de comida; abandonada, dedujo, 2.500 años antes por los esclavos que construyeron la necrópolis faraónica.

La pesadilla de Aristóteles

28 Mar 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

*Escritor y matemático

En cierta ocasión, le preguntaron a Aristóteles: “Si pudieras pedir un deseo en beneficio de la humanidad, ¿qué les pedirías a los dioses?”, y él contestó que les pediría que unificaran el significado de las palabras, de forma que todos las entendiéramos exactamente de la misma manera. Y se podría decir que los dioses complacieron parcialmente a Aristóteles, pues con las matemáticas disponemos de un lenguaje exento de ambigüedades e interpretaciones subjetivas. Y esta precisión, esta unificación de significados, se ha ido haciendo cada vez más extensiva (sobre todo a partir de Newton, nuestro invitado de la columna anterior) al discurso científico en general.

Pero Aristóteles se refería al lenguaje común, y soñaba con eliminar los continuos malentendidos a los que su uso da lugar, la paradójica incomunicación verbal (precariamente suplida por la comunicación no verbal) que condena a los seres humanos a una juanramoniana “soledad sonora”. Y, por suerte, los dioses no escucharon la petición del filósofo. Porque para que dos hablantes se entendieran a la perfección, es decir, para que entendieran todas las palabras –con todos sus matices y connotaciones– de idéntica manera, tendrían que ser prácticamente la misma persona. En el plano denotativo del lenguaje podemos lograr niveles de acuerdo relativamente satisfactorios; de lo contrario, hablar no serviría de nada y las sociedades humanas no existirían como tales. Pero el plano connotativo es, en gran medida, un universo personal e intransferible (o de muy difícil transferencia: por eso existe la literatura, y muy especialmente la poesía). Eso nos causa numerosos problemas, así como una irreductible sensación de alteridad (que Kafka expresó magistralmente: “A mí me conozco, en los demás creo; esta contradicción me separa de todo”). Puede que sea muy alto, pero ese es el precio de la individualidad.

El pensamiento es fundamentalmente (aunque no exclusivamente) lingüístico. Somos lenguaje, incluso cuando callamos. Continuamente nos recorre un río de palabras, y somos los ecos innumerables que esas palabras multiplican en el irrepetible laberinto de nuestra mente. Por eso el sueño de Aristóteles, como tantos otros sueños filantrópicos, se resuelve en pesadilla. Si las palabras significaran exactamente lo mismo para todos, solo habría un individuo repetido millones de veces, y entonces sí que su soledad, atrapada en un laberinto de espejos, sería terrible: tan absoluta y vertiginosa como la soledad de Dios.

LHC: El ‘señor de los anillos’ (III)

27 Mar 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear, Universidad de Sevilla
Decíamos que el CERN, el laboratorio europeo dedicado a la investigación básica del núcleo atómico y las partículas elementales, afrontaba su último proyecto: el LHC. Hora es ya de que digamos lo que significan esas siglas: Large Hadron Collider, o sea, gran colisionador de hadrones. Un hadrón es una partícula formada por otras llamadas quarks y gluones. El hadrón más famoso quizá sea el protón, el núcleo del átomo más sencillo y abundante del universo: el hidrógeno. El LHC es un anillo de 27 km de circunferencia formado por electroimanes y artilugios aceleradores. Por dos canales paralelos, circularán paquetitos de protones en sentido opuesto que, de vez en cuando, en lugares concretos, donde están los detectores, colisionarán. Cada paquetito es un hilillo muy corto y de un espesor la quinta parte de un pelo humano. Lo forman unos 100.000 millones de protones. Cuando se cruzan los hilillos sólo chocan unos 20 protones de cada uno, pero como van casi a la velocidad de la luz, se producen unas 500 colisiones por segundo. De estos estallidos surgen infinidad de partículas que hay que analizar.

Para aclararnos, piense el lector en dos relojes que, por mor del romanticismo, sean de los antiguos, de bolsillo. Se lanza uno contra otro a gran velocidad. Cuando chocan resultan destrozados y saltan piezas por todas partes. Los físicos estudian esas piezas para averiguar cómo funcionan los relojes. Cuantos más relojes destrocen, más pistas acumulan, hasta deducir el mecanismo del resorte y el áncora, porque ahí está el secreto. Este misterio, hasta ahora no encontrado, aunque muy bien conjeturado, se llama en física de partículas el bosón de Higgs. Esto es lo que se espera descubrir en el LHC, porque en los anteriores anillos no se ha llegado a una violencia de los choques tan grande como para que salte el mecanismo esencial de las partículas, la auténtica caja negra de la materia. Si se detecta, habremos averiguado uno de los mayores enigmas de la física. Además, se da la circunstancia siguiente, que hace aún más fascinante el hipotético descubrimiento.

La energía que se llegará a concentrar cuando dos protones choquen en el LHC es tal que no hay escenario natural en que se dé: sólo tuvo lugar al inicio del Universo. Así pues, es posible que estemos no sólo ante el descubrimiento del funcionamiento último de la materia, sino a punto de poder filmar el comienzo de la película que nos trajo hasta aquí. El LHC, auténtico señor de los anillos, puede no alcanzar la energía necesaria para descubrir la intimidad más discreta de la naturaleza, pero el CERN, aquél embrión de Europa que propuso el pequeño gran idealista que fue el príncipe Louis de Broglie, habrá cumplido el objetivo de unirnos en la paz, la excelencia y los sueños.