Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Comunicar la ciencia

30 Abr 2008
09:55 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

*Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Hace unas semanas tuve ocasión de participar en un encuentro sobre “comunicación científica”, organizado por los departamentos de comunicación de ciertos organismos públicos. Ante todo, me parece importantísimo que desde las administraciones se haya tomado conciencia de la trascendencia de comunicar los avances de la ciencia a la sociedad. Llevamos todavía un retraso notable con respecto a los países situados en la vanguardia de la ciencia y nos costará llegar al nivel que a todos nos gustaría alcanzar. La comunicación de la ciencia a la sociedad es un paso fundamental en este proceso. Desde luego, todos disfrutamos de los avances tecnológicos fruto de la investigación en muchas disciplinas, desde la biomedicina a la física cuántica. Pero también podemos y debemos disfrutar de los métodos, hipótesis y procedimientos que generan los avances tecnológicos, así como de las investigaciones que simplemente incrementan el conocimiento de la humanidad.

Muchos científicos cuestionan la capacidad de los no iniciados para entender la enorme complejidad de ciertas disciplinas. Ciertamente, el lenguaje críptico y particular de cada materia, además de la dificultad del conjunto de métodos que se utilizan para el contraste de las hipótesis, son impedimentos importantes. Pero no se trata de formar expertos en todos los ámbitos, sino de transmitir la esencia fundamental de los conocimientos. Para ello es necesario realizar un enorme esfuerzo de traducción de la jerga específica a un lenguaje más comprensivo, así como un ejercicio de selección de los aspectos más significativos y de síntesis de los conocimientos. Algunos científicos son capaces de transmitir sus conocimientos a un público no profesional, pero con cierta preparación para entender determinada materia. Sin embargo, el reto más importante es conseguir interesar a una gran mayoría.

En España existen excelentes profesionales de la comunicación de la ciencia, verdaderos expertos que se han formado a la par que se desarrollaba la investigación científica de los últimos 30 años. Desde luego, ellos y ellas deberían ser quienes realizaran el trabajo; pero necesitan el apoyo de los investigadores. En los últimos 20 años, nuestro sistema de evaluación de la producción científica se ha centrado casi de manera exclusiva (y yo diría que hasta obsesiva) en la acumulación de publicaciones científicas de cierto nivel. ¿Cómo perder el tiempo en otras labores menos rentables para el currículo? Celebraría que los responsables de la Ciencia en España apoyaran a los científicos, para que dedicaran una parte de su esfuerzo a divulgar sus conocimientos. Se necesita también la complicidad de los medios para que dejen más espacios a la ciencia, aunque fuera a costa de reducir los chismorreos de la política y otras informaciones poco o nada formativas.

SMS para hablar y ser

29 Abr 2008
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Director del blog Periodistas21.com

Personales y cortos. Descifrados con un código compartido por el grupo. Si no perteneces, no te enteras. Entropía mínima, máxima economía verbal. Sociales y socializadores. Su objetivo: hablar y tocarse a golpe de teclado. Los jóvenes lo tienen claro. Una cosa es hablar con sms a través del móvil o chatear y otra, escribir. Comunicarse con SMS es hablar, dicen la mayoría de los jóvenes en una reciente encuesta norteamericana. Pura cultura oral, pura comunicación interpersonal.
Nada de fijar las ideas con la escritura para preservadas de la caducidad oral. Un SMS vive y muere con la misma rapidez que se agotan sus caracteres. Pero tiene una forma de sobrevivir y propagarse: la difusión social en red. Como los conocimientos y los cantares sobrevivían por el aprendizaje y la repetición, ahora la oralidad de los mensajes de móviles y los chats supera las leyes de la relatividad con su difusión en red, repetidos de móvil en móvil como las rebeliones del ciberactivismo SMS o compartidos por grupos en Twitter y sus mil metamorfosis en diferentes redes sociales.
Por ahí la vida líquida postmoderna se busca y afirma en la comunicación para reconocimiento de los demás. Eterna adolescencia. Esa necesidad de reconocimiento y autoafirmación de quinceañeros se prolonga en la sociedad red, donde la comunicación de la identidad digital es imprescindible en la economía de la atención. Ser visibles y mostrarse a los demás a través de la transparencia o la simulación.

Me comunico, luego existo.

Los jóvenes encuestados afirman que para ellos chatear, postear en redes sociales o enviar mensajes es hablar, no escribir. Sólo los blogueros se afanan en la escritura por expresar un yo con más voluntad de permanencia e historia. Narrativas complejas para mediatizar la vida y hacerla visible y atractiva para los demás.

Que no se inquieten los expertos reunidos hace poco en San Millán de la Cogolla para explorar las consecuencias de los nuevos ciberlenguajes en la lengua. Sus usuarios los separan, aunque una mayoría admiten que el léxico y gramática de la cibercomunicación se cuela en su escritura formal.

Pero, ¿hubo alguna vez tanta gente escribiendo? Nunca. Y la oralidad perdida a menudo en los siglos de la sacralización de la obra escrita se recupera.

Bienvenida sea la polisemia, la ampliación de la paleta lingüística, como dijo el escritor José Ángel Mañas. Pero bienvenida también la expresión del yo en una oralidad manifestada en texto y multimedia. Y la interpretación del mundo compartida con los demás en las redes sociales. Bienvenida la comunicación. No se asusten los académicos. A veces la norma fija y el esplendor es propiedad de unos cuantos. Ahora, más y con más diversidad lo comparten. Idioma vivo :-)

Estímulos engañosos

28 Abr 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de investigación del CSIC 

Junto a Karl von Frish, famoso por su trabajo sobre la comunicación entre las abejas, en 1973 recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina el alemán Konrad Lorenz y el holandés Niko Tinbergen. A los que entonces éramos jóvenes naturalistas nos llenó de ilusión, pues era un reconocimiento a los etólogos y la etología, o estudio científico del comportamiento animal. Además, en los años sesenta a muchos de nosotros los hallazgos de estos sabios nos habían descubierto un mundo nuevo. Nos tenían fascinados. Queríamos ser etólogos.

Lorenz y Tinbergen hablaban, entre muchas otras cosas, de la capacidad de los estímulos anormales, o superestímulos, para generar respuestas en la naturaleza. Un ganso salvaje prefiere incubar huevos grandes, pero si se le ofrece uno enorme, descomunal, lo escogerá sobre los huevos propios de su especie. Entre las gaviotas argénteas, para que la madre regurgite comida los pollos picotean una mancha roja dibujada sobre el pico amarillo de su progenitora; exagerando esa señal, Tinbergen consiguió que los pollitos de gaviota demandaran más alimento del maniquí que había fabricado (una simple varilla roja con bandas claras) que de su propia madre.

Lejos de mi ánimo sugerir que las observaciones sobre el comportamiento de los animales (lo que antes llamábamos instinto) sean directamente extrapolables a los humanos. Apenas cabe duda, sin embargo, de que consciente o subconscientemente la noción de superestímulo está presente, por ejemplo, en mucha de la publicidad que diariamente nos bombardea desde la radio o la televisión. ¿Qué otra cosa, si no estímulos superiores a lo normal, son los perfumes, los adornos y mucha de la ropa que utilizamos? Probablemente también el arte funciona con superestímulos, distorsionando o resaltando para nuestro placer unas claves estéticas presentes, a más bajo nivel, en cuanto nos rodea.

Ciertamente, a diferencia de los gansos y las gaviotas los seres humanos no respondemos innata e invariablemente al estímulo excesivo, mas somos sensibles al mismo. Con algún riesgo de caer en la tentación. A lo largo de nuestra historia biológica, el pecho femenino puede haber sido una señal de buena condición física dirigida a una hipotética pareja; pero hoy hay gente que sueña morbosamente con pechos desmedidos, absolutamente desproporcionados, hasta el punto de excitarse sólo con ellos. La presencia de grasa o azúcares ha debido funcionar como señal de alto valor nutritivo en la comida, pero muchos consumidores responden compulsivamente al superestímulo de los dulces y las hamburguesas gigantes y acaban enfermos. Ya hemos comentado otras veces que otro tanto ocurre con el alcohol. Sin darnos cuenta, al modificar con rapidez el mundo en el que hemos evolucionado tendemos peligrosas celadas a los restantes seres vivos, y también a nosotros mismos.

Todo sucede por algo

27 Abr 2008
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Un bosnio, Radivoje Lajic, dice que los extraterrestres le odian. Desde noviembre del año pasado le han caído encima cinco meteoritos. Profesores de la Universidad de Belgrado confirman que las piedras proceden del cielo, no de gamberros de su ciudad, Gornja Lamovite. En la Universidad buscan variaciones en el campo magnético local que puedan explicar tan peculiar atracción (una idea descabellada como cualquier otra). El peculiar damnificado cuenta que las piedras sólo caen cuando llueve con fuerza, nunca cuando hace Sol, y sostiene: “Estoy en el punto de mira de los extraterrestres. No sé qué he hecho para molestarles, pero no tengo otra explicación que tenga sentido”.

Con independencia de su veracidad, esta historia nos ilumina sobre un peculiar proceso de nuestra mente: la necesidad de tener certidumbres. Demandamos explicaciones que nos den seguridad, nos afanamos por encontrarlas y somos capaces de asirnos a un clavo ardiendo por sentirnos a salvo. La incertidumbre nos molesta y a bastantes les produce ansiedad. Posiblemente sea producto de nuestra época en la sabana, cuando debíamos identificar con rapidez esa sombra que se acercaba. En el caso de Lajic, él usó el folklore propio del siglo XX: los extraterrestres. Si hubiera vivido en el siglo XVIII, quizá hubiera usado al diablo. La explicación puede ser absurda, pero nos aferramos a ella porque nos tranquiliza. Ahí está el quid: en situaciones con un alto contenido emocional no buscamos respuestas correctas, sino aquellas que nos reconfortan. Y no soportamos pensar que las cosas sucedan porque sí; somos incrédulos hacia la casualidad.

A esto debemos añadir lo incompetentes que somos a la hora de evaluar situaciones de riesgo. Sabemos distinguir entre lo que no comporta ningún riesgo y lo que sí lo tiene, pero somos incapaces de diferenciar entre un acto que tenga un 1/10.000 de riesgo de otro con un 1/100. Y aún más grave: mientras dejamos de realizar ciertos actos porque comportan riesgo, asumimos otros donde el porcentaje de riesgo es mayor. Por ejemplo, tememos volar por el miedo a un accidente, pero nada nos impide coger el coche, cuando la probabilidad de morir es mucho mayor.

Nuestro cerebro nos hace creer que un acontecimiento es muy probable basándose no en pulcros cálculos probabilísticos, sino en un motivo más mundano: es más probable lo que con mayor facilidad se imagina y más impresiona emotivamente.

Yo soy el rey

25 Abr 2008
09:50 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

*Escritor y matemático

Hace unos días, en un vuelo de una conocida compañía aérea me correspondió el asiento 14 B. Los números que indicaban las filas no estaban iluminados y se veían con dificultad, así que al vislumbrar el 12 me senté, sin más averiguaciones, dos filas más atrás. Pero al cabo de unos minutos un señor de poblada barba me dijo que estaba sentado en su sitio. “¿Usted también tiene el 14 B?”, pregunté con sorpresa. “No; pero es que ese es el 15 B”, respondió él. Me levanté y comprobé con alarma que el señor de la barba florida tenía razón. Con alarma, sí, porque saltarse una fila de entre siete u ocho le puede pasar a cualquiera, pero saltarse una de entre dos es preocupante. Para mi tranquilidad (aunque solo momentánea), descubrí que mi error se había debido a que faltaba la fila 13. Atónito, se lo señalé a la azafata, y ella, dedicándome una sonrisa condescendiente, me dijo: “Pues claro que falta la fila 13; mucha gente tiene miedo a volar, y el 13 trae mala suerte”.

Estaba en un avión, un artefacto volador fruto de una avanzada tecnología basada en una ciencia objetiva consolidada tras varios siglos de riguroso estudio de la realidad. Y a la vez estaba en la Edad Media, en los tiempos oscuros en que la superstición y la barbarie, convertidas en ley, relegaron al olvido las preclaras obras de Aristóteles y Lucrecio, de Euclides y Arquímedes. ¿Suena exagerado? No lo es. Que una compañía aérea supuestamente seria haga tamaña concesión al irracionalismo es extremadamente grave, porque si se le permite el paso a una de sus manifestaciones, por la puerta abierta se puede colar cualquier otro de los monstruos engendrados por el sueño de la razón. Si el número 13 trae mala suerte, ¿por qué no un gato negro, o un negro sin gato? De la numerología al racismo no hay más que un paso, y no es casual que el irracionalismo y la intolerancia suelan ir de la mano.

La lógica aristotélica nos dice que dar por cierta una proposición falsa equivale a darlas por ciertas todas. Si aceptamos una falacia cualquiera, aceptamos implícitamente cualquier otra. Si detrás de la fila 12 va la 14, yo soy el rey. En efecto: por definición, dos números consecutivos se diferencian en una unidad, luego si el 14 va inmediatamente después del 12, 12+1=14; pero 14=12+2, luego 12+1=12+2, luego 1=2. El rey y yo somos dos, pero como 1=2, el rey y yo somos uno, luego yo soy el rey. Subes confiadamente a un avión, y al buscar tu asiento te encuentras con un trono. Debería demandar a la compañía aérea.