Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Acuerdo de caballeros

30 Jun 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

A mediados de junio de 1858, Darwin fue dolorosamente sorprendido al constatar que Wallace había escrito en tres días las ideas que él llevaba 20 años rumiando. No sabía qué hacer. Le disgustaba tanto renunciar al crédito que creía merecer como pasar por un oportunista ante sí mismo y la sociedad. Un gentleman sabe perder y lo demuestra, por injusta que considere su derrota. “Siempre pensé que podrían anticipárseme, pero suponía que iba a tener la grandeza de espíritu suficiente para que no me importara”, escribió, expresando quizá más deseos que realidades.

No se conocía bien. Le importaba, y mucho. Sus amigos el geólogo Lyell y el botánico Hooker le ofrecieron hacerse responsables de una salida honorable y se puso en sus manos. “Estaba bastante resignado y tenía hecha media carta a Wallace renunciando a toda prioridad, que habría enviado de no haber sido por su intervención”, les dijo agradecido. Aprisa y corriendo, los dos influyentes colegas decidieron presentar en una reunión extraordinaria de la Linnean Society unos escritos antiguos de Darwin, no pensados para hacerse públicos, junto al manuscrito de Wallace. La sesión se celebró el 1 de julio de 1858 y el tema se abordó con una entradilla que comenzaba: “Estos caballeros han concebido, independientemente, y en la ignorancia el uno del otro, la misma ingeniosa teoría (…), ambos pueden reclamar honestamente el mérito de ser los pensadores originales…”. La comunicación pasó prácticamente inadvertida, para sorpresa de Darwin, que temía un terremoto científico y social. “Esto demuestra la necesidad de que cualquier punto de vista nuevo se explique con el debido detalle”, escribió años después, justificando su incesante búsqueda de pruebas y argumentos.

La presentación ante la Sociedad Linneana, nacimiento oficial de la teoría de la selección natural, ha sido tildada de “acuerdo de caballeros”. Pero fue un acuerdo, cuando menos, pintoresco, pues el protagonista que desencadenó la crisis ni supo que lo había hecho, ni pudo ser consultado, ni conoció hasta mucho después la solución alcanzada. Darwin, y quizás también sus amigos, temían la reacción de Wallace, que fue exquisita. En su autobiografía, anotó: “Darwin y Hooker me escribieron del modo más cortés y amable para informarme de lo que se había hecho, esperando mi aprobación. Por supuesto, no sólo lo aprobé, sino que pensé que me habían concedido más honor y crédito del que merecía, colocando mi intuición repentina (…) al mismo nivel que los largos trabajos de Darwin”. Claro que a Darwin le preocupaba la gloria y a Wallace, principalmente, la manera de ganarse la vida. Tal vez por eso escribió, entusiasmado, a su madre: “Han leído mi ensayo ante la Linnean Society. Eso me asegura el reconocimiento y la ayuda de estos hombres eminentes a mi vuelta a casa”.

¡Pero qué listos somos!

29 Jun 2008
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Al menos eso es lo que creemos de cada uno de nosotros. Si hay algo que nos demuestran en multitud de estudios y experimentos es que la percepción que tenemos de nosotros mismos es poco menos que exagerada. La mayor parte pensamos que somos más inteligentes y más justos e imparciales que la media. O que tenemos menos prejuicios. Y nadie se escapa a esta forma de verse a sí mismo: policías, inversores bursátiles, primeros ejecutivos de grandes empresas… Todos nos creemos mejores que el resto. Los psicólogos lo llaman el efecto Lago Wobegon, en honor a un pueblo ficticio creado por el escritor Garrison Keillor donde todos los chicos estaban por encima de la media. Las empresas de selección de personal no se escapan a este efecto. La mayoría de los responsables de recursos humanos sobreestiman su capacidad para escoger acertadamente. Entre los ejemplos más conocidos está el informe de la agencia de modelos a la que se presentó Marilyn Monroe: le recomendaba que mejor se hiciera secretaria o buscase marido.

También somos muy malos a lo hora de calcular probabilidades. Hace unos años estuvo de moda acusar a los juegos de rol de provocar suicidios entre los adolescentes. En EE UU se dijo que 28 adolescentes aficionados al rol se habían matado. Y la población se alarmó sin necesidad. La tasa de suicidios adolescentes en EE UU es de 1 cada 10.000. Teniendo en cuenta que había tres millones de jóvenes enganchados a juegos como Dungeons & Dragons, el número de suicidios esperables entre ellos era de 300. Mucho más que esos irrisorios 28 casos.

Imagine que va al médico porque se siente mal y el doctor sospecha que puede tratarse de una enfermedad que afecta al 1% de la población. Entonces decide hacerle una prueba que la detecta en el 80% de los casos, y la probabilidad de un falso positivo, esto es, que no tenga la enfermedad pero que la prueba diga que sí, es del 10%. A usted le interesa saber hasta qué punto es fiable. El médico le dice que si sale positiva, la probabilidad de que sea cierto es alrededor del 75%. Usted, confiado, acepta su palabra.

Craso error. Sobre un total de 1.000 personas habrá 10 que tengan la enfermedad. De esos, 8 darán positivos en la prueba. Pero entre los 990 sanos aparecerán 99 falsos positivos. En total, habrá 107 positivos en la prueba de los que sólo ocho estarán realmente enfermos. ¡Una fiabilidad de menos de 8%! Yo de usted pediría una segunda opinión…

La otra noticia

27 Jun 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

*Escritor y matemático

El pasado fin de semana tuve el privilegio de compartirlo con mis admirados colegas José María Bermúdez de Castro, Miguel Delibes de Castro y Manuel Lozano Leyva, y con los y las responsables de la sección de ciencias y opinión de Público. Hablamos, naturalmente, de divulgación científica, y en un momento dado Miguel (que ha heredado de su ilustre padre la rara habilidad de llamar a las cosas por su nombre) condensó la esencia de nuestra misión como divulgadores en una fórmula con la que todos nos identificamos inmediatamente: defensa de la racionalidad.

A primera vista podría parecer que plantearse la divulgación científica en esos términos “militantes” es irse por las ramas, pero en realidad es todo lo contrario. Porque las ramas, en todo caso, son los temas concretos que abordamos los divulgadores: el origen del hombre, la biodiversidad, la formación de las estrellas… El tronco es el propio método científico. Y la raíz del árbol de la ciencia es la racionalidad.

La actividad mental del ser humano se debate, como dijo Hölderlin, entre la reflexión y el mito. Durante mucho tiempo, el mito ha prevalecido sobre la reflexión, le ha puesto límites, incluso la ha perseguido; pero los filósofos de la antigua Grecia iniciaron (al menos en Occidente) un proceso imparable, que se consolidó en el siglo XVII con la eclosión de la ciencia en el actual sentido del término. Una parte importante de la humanidad apuesta hoy por la razón, por la racionalidad, y la racionalidad es enemiga de los dogmas, los infundios y las supercherías. Y también de los abusos. Porque la racionalidad desmonta cualquier pretensión de superioridad de unos países sobre otros, de unas etnias sobre otras, de un género sobre otro. La racionalidad no admite justificaciones como “Las guerras son inevitables” o “Siempre habrá ricos y pobres”.

Por eso Marx intentó (aunque sólo lo consiguiera a medias) articular su propuesta de transformación del mundo alrededor del concepto de “socialismo científico”. Y por eso, en un sentido a la vez radical y poético, la ciencia es la única noticia, como reza el epígrafe del blog de esta sección. Porque, como máxima expresión y máxima defensora de la racionalidad, propicia las demás noticias verdaderas, los verdaderos cambios. La única gran noticia que no depende (solo) de la ciencia es la voluntad de hacer que esos cambios beneficien a toda la humanidad y no exclusivamente a unos pocos, así como la lucha en la que esa voluntad se concreta. La otra noticia es la revolución.

Sueño y realidad

26 Jun 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE //MANUEL LOZANO LEYVA

*Catedrático de física atómica molecular y nuclear de la Universidad de Sevilla

Que mi vecino de columna de los miércoles, don Bermúdez de Castro, perdone mi osadía y me corrija si es el caso, pero tengo por cierto que fue una mujer quien descubrió el modo de hacer fuego. Amamantar a un niño, abrigarlo y preparar la comida da alas más ágiles a los sueños que andar de correrías tras los animales para cazarlos. Cuando el hombre prehistórico observó fascinado el logro de su mujer, le dijo con los ojos brillando por las llamas: “¡Ahora vamos a inventar la locomotora!”. La mujer miró al cielo sonriendo y moviendo la cabeza resignada.

Desde la época de las cavernas hasta ahora, cada avance científico o tecnológico nos ha hecho soñar con cómo nos iba a facilitar la vida en el futuro. Estas ensoñaciones, motor risueño y poderoso del devenir humano, han ido casi siempre demasiado por delante del realismo práctico. Pero lo que ha caracterizado al siglo XX ha sido el acortamiento entre los descubrimientos y sus aplicaciones. Hace apenas 10 años se clonó el primer mamífero, la oveja Dolly, y éste podía ser, forzando el símil, el método para encender fuego. El sueño, o sea, la locomotora, es la medicina regenerativa por trasplante celular basada en el cultivo de células madre específicas de pacientes con graves enfermedades. Casi nada. Lo exagerado de la comparación no está en que las etapas a cubrir entre domeñar el fuego y construir locomotoras sean tan numerosas y arduas como las que hay entre la oveja Dolly y los futuros servicios de Terapia Genética de los hospitales de la Seguridad Social. No, la diferencia respecto a toda época anterior está en que ahora se tiene tal fe en la ciencia y la tecnología que la humanidad las organiza con tan extraordinaria eficiencia que esas etapas se pueden superar en breve tiempo. No toda la humanidad, obviamente, pero sí muchas de sus sociedades más abiertas y entusiastas. Aún no se sabe cómo diferenciar las células troncales (si una en concreto va a terminar como componente del hígado o del dedo gordo del pie); tampoco se sabe si una vez trasplantadas al paciente las células deseables, éstas van a hacer lo que deben o se van a desmadrar provocando tumores y cosas así; ni si van a sobrevivir un tiempo razonable. Ignoramos un sinfín de cosas más, pero en estos 10 años se han conseguido tales éxitos que podríamos decir que nos hemos plantado ante la máquina de vapor, por lo que el sueño de la locomotora no está demasiado lejano.

Así pues, todos deberíamos estar contentos e ilusionados, aunque, como casi siempre, haya nubarrones que amenazan el panorama: las creencias religiosas y el conservadurismo político (lo mismo da) en algunas de esas sociedades tratan de poner el freno en la boca de este caballo del progreso. Sonriamos, porque más a la corta que a la larga el bello corcel va a galopar.

Un museo para saber qué somos

25 Jun 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

*  Director del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana en Burgos

Desde hace algo más de un año se construye en Burgos el futuro Museo de la Evolución Humana (MEH), proyectado por el reputado arquitecto español Juan Navarro Baldeweg. Este Museo, verdadero centro de interpretación sobre nuestros orígenes, abrirá probablemente sus puertas en 2010. El MEH, lo mismo que el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), nació del impulso de los impresionantes descubrimientos realizados en la Sierra de Atapuerca. Hace un par de semanas se resolvió el concurso del proyecto que proporcionará los contenidos del MEH. Se inicia así el camino final hacia lo que será uno de los centros de interpretación sobre la evolución humana más importantes del mundo. El MEH, el CENIEH, la Fundación Atapuerca y otros proyectos arquitectónicos próximos a la Sierra de Atapuerca constituirán un conjunto cultural único en su género.

Los miles de visitantes que se acercarán sin duda a Burgos tendrán ya no solo la oportunidad de visitar los lugares donde se están realizando hallazgos trascendentales para descifrar toda la evolución humana de Europa, sino de comprender las claves biológicas y culturales de lo que hemos llamado procesos de hominización y humanización. El Museo intentará dimensionar al ser humano en su conjunto, de mostrar el azaroso y difícil camino que han seguido nuestros ancestros para llegar a ser lo que somos. Pero, sobre todo, tratará de explicar que el camino continúa y que cada vez somos más dueños de nuestro propio destino como especie. Por supuesto, el MEH contará con las técnicas más modernas para entretener a todos los que quieren conocer la historia de la humanidad, pero también para transmitir mensajes trascendentales. El visitante del MEH entenderá que la evolución no ha sido una secuencia lineal de especies en orden creciente de complejidad, sino un verdadero entramado de posibilidades evolutivas, sujetas al azar de un sin fin de circunstancias diversas. Algunas especies tuvieron éxito durante miles de años, pero su patrimonio genético fue incapaz de superar crisis ambientales y otros retos ecológicos.

Nuestra especie, única superviviente de un grupo de homínidos otrora rico en diversidad, ha llegado hasta la actualidad y se enfrenta a si misma en un dilema hamletiano del ser o no ser. El MEH debe ser un espejo en el que se miren los humanos que lo visiten, donde se potenciará la idea de autoconciencia de especie responsable del planeta y de todas las demás especies que la habitan. Esa debería ser la misión principal de un centro dedicado a explicar la evolución humana. La ciudad de Burgos tiene la oportunidad de dejar atrás un pasado conservador decimonónico, para convertirse en un centro transmisor de ideas fundamentales para el futuro de nuestra especie.