Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La cuarta ley de Clarke

31 Oct 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático 

Si hablamos de tres leyes formuladas por un famoso escritor de ciencia ficción, es inevitable pensar en Isaac Asimov y sus leyes de la robótica (del mismo modo que si hablamos de tres leyes formuladas por un tal Isaac, es inevitable pensar en Newton). Sin embargo, otro gran maestro de la fantasía especulativa, el recientemente fallecido Arthur C. Clarke, formuló tres leyes no menos interesantes que las del inolvidable autor de Yo, robot. Las tres leyes de Clarke son las siguientes:

1. Si un científico anciano y distinguido dice que algo es posible, probablemente esté en lo cierto; si dice que algo es imposible, probablemente esté equivocado.
2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
3. Una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

La más conocida es la tercera, y hay toda una rama de la ciencia ficción, que a su vez es una variante del fecundo tema del “primer contacto”, que viene a ser una formulación implícita de esta ley (pienso, entre otras grandes obras del género, en Qué difícil es ser Dios, de los hermanos Strugatski). El propio Clarke jugó a menudo con la idea de una civilización mucho más avanzada que la nuestra, con manifestaciones y poderes poco menos que divinos a nuestros ojos; los misteriosos monolitos de 2001: una odisea del espacio son un buen ejemplo. Pero ¿es necesario recurrir a historias imaginarias sobre avanzadísimas civilizaciones extraterrestres para ilustrar la tercera ley de Clarke? En absoluto. Nuestra propia tecnología ha alcanzado niveles que para la mayoría de la gente la hacen, en ocasiones, indistinguible de la magia. Y no me refiero a los gigantescos colisionadores de partículas ni a los últimos avances de la nanotecnología.

¿Qué porcentaje de la población tiene una idea aproximada de cómo funciona un televisor, un ordenador o un teléfono móvil, tres de los productos tecnológicos más utilizados? Muy pequeño, probablemente, y sin embargo todos manejan estos instrumentos con naturalidad y sin grandes muestras de asombro. La cuarta ley de Clarke podría decir algo así como: “La gente se acostumbra fácilmente a lo que parece magia, sin preocuparse por entender cómo funciona”. Lo cual no deja de ser preocupante, pues a quienes la ciencia les parece magia, la magia (el pensamiento mágico) puede parecerles ciencia (pensamiento racional). Solo así se explica el paradójico auge de las seudociencias en plena era tecnológica.

Ni Dios es perfecto

30 Oct 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de física atómica molecular y nuclear en la universidad de Sevilla 

La última frase de la película Con faldas y a lo loco es memorable: “Nadie es perfecto”. El premio Nobel de Física de este año se lo han dado a quienes demostraron en su día lo correctísimo de este aserto, pues si todas las religiones consideran perfectos a su Dios y su obra, resulta que estamos aquí gracias a ciertas leves imperfecciones de ambos.

Cuando se generó el universo (o lo creó Dios, que también así se denomina al magno acontecimiento), se produjeron tres cosas: radiación, espacio y tiempo. El espacio se fue ensanchando portentosamente y el tiempo empezó a transcurrir hasta hoy: han pasado 13.700 millones de años. Lo que ocurrió con la radiación es mucho más interesante y complejo. Fue cuajando en materia en forma de partículas, pero este proceso siempre va acompañado de la creación de antipartículas. Las partículas y las antipartículas se aniquilan entre sí en cuanto se ponen en contacto y se transforman de nuevo en radiación. Un objeto cualquiera, por ejemplo este periódico o el propio lector serían absolutamente indistinguibles de otros hechos de antimateria. Así pues, nuestro universo bien podría estar formado por la mitad de galaxias de materia y la mitad de antimateria. Eso sí, sin contacto alguno entre ellas porque se desintegrarían espectacularmente. Pero resulta que no, que los telescopios de todo tipo muestran algo que, además, corroboran las leyes de la física y los resultados experimentales en los aceleradores de partículas: nuestro universo es de materia, tiene muy poca antimateria y la radiación aún está en la proporción de mil millones a uno respecto a la materia. Conclusión: tras el Big Bang, una ligera imperfección del proceso permitió que, de mil millones de aniquilaciones entre partículas y antipartículas, sobreviviera una de aquellas y ninguna de estas. Y por eso tenemos un espléndido universo hecho de luz, acogedora materia oscura y preciosas galaxias, y no una triste zona de radiación cada vez más invisible y fría. Así pues, demos gracias a que la generación del mundo se llevó a cabo de manera sutilmente imperfecta.

Alfred Nobel dejó escrito en su testamento que el premio anual a otorgar se les concediera a científicos jóvenes que hubieran descubierto o inventado algo importante para el bien de la humanidad el año en curso. Nambu, Kobayashi y Maskawa son tres venerables vejetes que hicieron sus contribuciones a la ruptura espontánea de la simetría, que así se llama a la divina imperfección anterior, hace casi tres décadas. El italiano Nicola Cabbibo y el ruso Andrei Zaharov contribuyeron al asunto más decididamente que los premiados, pero al primero se le ignora y al segundo, ya muerto, le dieron el Nobel… de la Paz. Si nadie es perfecto, ni siquiera Dios, no íbamos a pretender que lo fuera la Academia sueca.

¡Vaya chasco!

29 Oct 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Siempre nos hemos sentido orgullosos de nuestra superioridad con respecto a las demás especies. No es para menos. Nuestra gran inteligencia es fiel reflejo de ese gran cerebro que controla nuestra existencia. Si comparamos el volumen de toda nuestra masa encefálica con la masa corporal salimos muy bien parados con respecto a todos los primates, aunque no así con otras especies de mamíferos (delfines). Pero, en fin, ¡que caramba!, somos mucho más listos que los pobres chimpancés, que a fuerza de paciencia se les puede enseñar a utilizar algunas herramientas, o de aprender algunos juegos. No importa si compartimos con ellos casi el 99% de nuestro genoma. Las diferencias son suficientes para sentirnos sus protectores y tratar de evitar una extinción casi segura a corto plazo.

En los años 80 del siglo pasado, el científico Robert Martín dedicó mucho esfuerzo a estudiar la evolución de nuestro cerebro. Hemos aprendido mucho desde entonces, aunque los expertos consideran que apenas hemos desentrañado una mínima parte de los enigmas de este órgano tan especial. La humildad siempre debe caracterizar a los buenos científicos. Martín llegó a la conclusión que los humanos nacemos con un cerebro muy pequeño (unos 380 centímetros cúbicos) con respecto al que alcanzamos en el estado adulto (1350 c.c.). Es decir, que en comparación con otros simios nuestro cerebro debería crecer mucho más.

En un trabajo de este mismo año, J.M. DeSilva y J.J. Lesnik, de la Universidad de Michigan, han obtenido tanto de la literatura científica como de su propia cosecha cientos y cientos de datos sobre el volumen del cerebro de recién nacidos y de adultos de hasta 28 especies (Macaca, Simiri, Pan, Gorilla, Papio, etc..) de simios filogenéticamente emparentadas con los humanos actuales. Tras un trabajo de complejos análisis estadísticos, la regresión correspondiente dejó claro que Homo sapiens no se desvía lo más mínimo de la ley biológica que regula el crecimiento del cerebro en todas estas especies. Nuestro magnífico y gran cerebro tiene el volumen esperado para un cerebro del tamaño que tienen nuestro recién nacidos. En este rasgo biológico, como en otros muchos que cada día vamos descubriendo, no somos tan especiales como creíamos.

Bien es verdad que no todo es cuestión de tamaño. Nuestro cerebro dispone de una corteza cerebral en la que residen una serie de habilidades cognitivas extraordinarias. Cuando se pone en marcha nuestra mente, somos capaces de ejecutar programas complejísimos dentro de la carcasa de nuestro cerebro. Ahí debería residir nuestro orgullo. El problema es que no estamos tan seguros de que esos programas funcionen tan bien en los cerebros de algunos de los primates que gobiernan el destino del planeta.

Identidades bien reales

28 Oct 2008
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA 

* Autor del blog Periodistas21 

Las identidades virtuales vuelven a la realidad. Frente al reino de la simulación y la desconexión con el mundo real, alerta tantos agoreros, los usuarios de redes sociales vuelven a lo cotidiano y lo cercano. La web 2.0 se hace cada día más local y sus miembros intentan conocerse, reunirse y apoyar causas más allá de la actividad virtual.

Bienvenidos de nuevo al desierto de lo real, para parafrasear la famosa frase del filósofo Slavoj Zizek. Pero el desierto ha desaparecido y sobre sus arenas cree la riqueza de la consciencia ambiente. Deja de ser una ilusión (la regla general del universo, según Jean Baudrillard) para convertirse en una realidad percibida bit a bit: en cada mensaje de Twitter o en Facebook. ¿Fin de la era posmoderna y posthumana para volver a una realidad aumentada social y tecnológicamente?
Los defensores de las redes sociales dicen sí. Sus detractores se quejan de la deshumanización del contacto y la erosión de la conciencia, la atención y las relaciones. Pero los nómadas digitales viven apegados a sus listas de amigos en redes sociales accesibles desde cualquier conexión a Internet. Cuanto más nos movemos, más necesitamos una identidad ciborg, auxiliada por la inteligencia artificial, para seguir en contacto con una comunidad cuyo territorio ya no es la casa ni el barrio, sino una red. ¿Es sólo la superficie de la relación social?, como alerta Sherry Turkle, una de las mayores especialistas en vida virtual, o la identidad líquida (Zygmunt Baumann) anclada a la velocidad vital convierte esa consciencia ambiente en la única realidad posible del homo mobilis.

“Sistemas de consciencia son sistemas de comunicación informáticos que ayudan a la gente a mantener una conciencia periférica de los otros”, explica uno de los grupos de investigación dedicados a su estudio. El Gran Otro de la psicología freudiana mediatizado por los ordenadores y el interfaz de las pantallas. Quizá así se puede detener el horror al extraño para convertirlo en amigo y por eso los usuarios de redes sociales acumulan amistades virtuales imposibles de sostener en la vida real.

Además de las iniciativas de marketing personal, colectivo o corporativo que en esos grupos se realizan, cada vez son más los que se citan para traducir su actividad virtual en algo real, del ocio al activismo, como desde su aparición ha ocurrido en las comunidades virtuales, tan presentes en la política y en la rebelión democrática en tantos países. Si los juegos en red y las redes sociales erosionaban los límites entre lo real y lo virtual (Turkle), quizá es el momento de ir de la realidad digital a la analógica gracias a vínculos y comunidad de intereses facilitados por la tecnología y muy difíciles de sostener en un mundo cercado de soledad. Lo virtual se hace costumbre cotidiana de las personas.

Aznar y los científicos

27 Oct 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Otra vez arriba y abajo con la evidencia científica del cambio climático… ¡qué hartazgo! Concedamos un voto de confianza a Aznar. Tal vez se dejó engañar ingenuamente con lo de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein (recuerden que estaba bien orquestado: vimos fotos de los depósitos, las rampas de lanzamiento, etc), y ha decidido que a un tipo como él no se le engaña dos veces. “¿Que Bush admite ahora que la Tierra se está calentando? ¡Entonces seguro que es mentira!”. Ya ven, para que luego digan que el hombre es el único ser que tropieza reiteradamente en la misma piedra. Aznar, no.

Ahora bien, eso no tiene nada que ver con la ciencia. Si Aznar prefiere creer que el calentamiento del planeta es una falacia, está en su derecho a hacerlo. También podría pensar que los murciélagos son aves, que las bodas en un palacio valen doble, que los ríos que llegan al mar son ríos perdidos e, incluso, que los ecologistas se creen elegidos y él, en cambio, no. Los científicos dicen lo que dicen (IPCC 2007: el calentamiento es cada vez más rápido; en los últimos 100 años, el calentamiento global medio por década ha sido de 0,074ºC; en los últimos 50 años, de 0,128ºC; en los últimos 25 años, de 0,177 ºC; existe una confianza muy alta –equivalente a más del 90%- de que el efecto neto medio mundial de las actividades humanas desde 1750 ha producido calentamiento), mas uno puede admitirlo o no. Es perfectamente lícito. Lo que no sirve es engañar sugiriendo que los científicos no saben lo que dicen o no pueden decir lo que saben (se ha denunciado que las grandes revistas científicas cierran sus puertas a los investigadores que niegan el calentamiento del globo; no necesito aclarar que habitualmente rechazan mis manuscritos en Science, y que eso me disgusta, pero pienso que no alcanzan el nivel exigido, no que exista un complot universal para silenciarme).

Aznar y el presidente checo Václav Klaus podrían haber dicho, y en ese caso tendríamos poco que objetar, que los científicos cambian de opinión (es parte de su trabajo), que yerran a veces, y que otras, incluso, son víctimas de engaños tan burdos como el de las armas en Irak. Todo eso es cierto. Hasta hubieran quedado bien diciendo que prefieren que los científicos se equivoquen en este asunto, que ojalá no existan riesgos ambientales, el lince ibérico goce de buena salud y esté mal medido el nivel del mar. A mí también me gustaría. Alguien ha subrayado esa paradoja de los investigadores del medio ambiente: humanos al fin, formulamos predicciones oscuras con el deseo íntimo de que no se cumplan.