Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

¿A quién le importa?

30 Nov 2008
09:00 
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Ciencia de pega// Miguel Ángel Sabadell

No hay tema más sensible en la actualidad al uso de la ciencia de pega que el famoso cambio climático. A pesar del empeño de catastrofistas varios, resulta muy difícil vaticinar lo que sucederá si la temperatura de la Tierra aumenta en un grado a finales del siglo XXI. Lo llamativo es que, a menudo, el posible impacto contribuye de forma marginal a un problema que ya existe y sobre el que no se hace nada. Por ejemplo, el gobierno filipino ha reconocido la amenaza que para su país supondrá el aumento gradual del nivel del mar entre 1 y 3 milímetros por año y quiere tomar medidas. Pero olvida que el principal motivo del riesgo de inundaciones es la excesiva explotación de las aguas subterráneas, que hunde las tierras desde varios centímetros a casi un decímetro al año. La malaria es otro tema recurrente: al parecer se incrementará en un 7% a causa del calentamiento global. Pero nadie menciona el estudio publicado en Science en 2004, donde se decía que, sin tener en cuenta el calentamiento del planeta, en 2080 el riesgo de malaria aumentará un 100%. El cambio climático es una buena excusa para deslizar bajo la alfombra políticas incompetentes: es el moderno aguamanil de Pilato.

Los ecologistas han publicitado hasta extremos catastróficos los efectos del calentamiento global, pero han sido incapaces de movilizar a la sociedad pues sus soluciones no son nada atractivas: hablan de apretarse el cinturón y restringir las comodidades. En esencia, su planteamiento de regresar a un modo de vida más simple no cuaja, quizá porque la mayoría preferimos comprar productos ecológicos en el supermercado a cultivarlos. Pedir a los habitantes del primer mundo que den la espalda a su abundancia es tremendamente naïve.

El sociólogo Juan Ignacio Sáenz-Díez decía que vivimos en la civilización del desperdicio, y no sólo por nuestro producto manufacturado estrella, la basura. España se comprometió en 1990 a aumentar sus emisiones para 2012 en sólo un 15%; en 2005 superaban el 50%. Mientras, compramos los contaminantes y derrochadores SUV: padres y madres los necesitan para llevar a sus hijos al colegio. Se amenaza al ciudadano con cortes de agua para ahorrar el preciado líquido, pero seguimos teniendo tuberías decimonónicas, con un nivel de pérdidas altísimo y que ningún político está dispuesto a cambiar. La razón es bien simple: cuestan mucho y no se pueden inaugurar.

Atrévete a saber

28 Nov 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

En su Epístola II, Horacio exhorta a su amigo Lolio a abrazar la sabiduría: Sapere aude, le dice, atrévete a saber. La máxima se difundió con la revolución humanista del Renacimiento, y en el siglo XVII Tomás Tamayo de Vargas tradujo la Epístola II al castellano: “La mitad tiene hecha aquel que empieza: atrévete a saber: da el primer paso…”. Pero fue Kant quien impuso definitivamente la consigna horaciana como lema de la Ilustración. En 1784, cinco años antes de la Revolución Francesa, escribió: “La Ilustración es el proceso por el cual el ser humano supera su inmadurez, de la que él mismo era culpable. La inmadurez es la incapacidad de utilizar el propio entendimiento sin la tutela de otro. Y uno mismo es culpable de dicha inmadurez cuando su causa no estriba en un fallo del entendimiento, sino en la falta de determinación y valor para utilizarlo. Independízate. Sapere aude. Esta es la divisa de la Ilustración”.

A raíz de los estudios de Erich Fromm sobre la psicología del fascismo, el miedo a la libertad se ha convertido en un tópico del discurso sociológico; sin embargo, no se suele hablar del miedo al conocimiento, a pesar de que casi siempre acompaña al anterior. Pues si la cultura nos hace libres, como dice Martí, es inevitable que el miedo a la verdadera libertad se traduzca en miedo a la verdadera cultura, que no consiste en la mera acumulación de datos, sino en ese saber que solo se obtiene utilizando el entendimiento con valor y determinación. La paradójica vigencia de la religión y el auge del esoterismo en nuestra época supuestamente racionalista serían difíciles de explicar sin un generalizado miedo al conocimiento libre y liberador, al saber obtenido mediante el ejercicio no tutelado de la razón.

El poder transformador de la ciencia estriba, en buena medida, en el hecho de que su propia metodología la protege de cualquier intento de tutela ideológica y la inmuniza casi por completo contra el miedo al conocimiento. No es casual que la mayoría de los científicos sean ateos y progresistas (aunque sería tendencioso intentar establecer una relación causal o ignorar las numerosas excepciones). En cualquier caso, la instrucción científica y filosófica de los niños y los jóvenes debería ser una prioridad de todo sistema educativo cuya finalidad fuera formar ciudadanos libres y responsables. Pero, por desgracia, no parece ser esa la tendencia dominante, y en el denominado Plan Bolonia no hay mucho sitio para Kant, ni para Horacio, ni para Martí…

Los hombros de los gigantes

27 Nov 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

*  Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla

Es frecuente citar, como hizo Miguel Delibes en su columna del lunes pasado, la frase de Newton “Divisé tan lejos porque trepé a hombros de gigantes”. Refleja muy bien cómo se alcanzan las cumbres en la ciencia y la modestia que ha de presidir el trabajo de investigación. Lo curioso es que a Newton le dejaban al pairo ambas consideraciones y que la frase de marras fue más bien un improperio.

Con pocas excepciones y algunas diferencias, el desarrollo de la ciencia se puede describir con la metáfora de la construcción de pirámides egipcias. Miríadas de personas laboriosas, curiosas y a veces geniales van colocando bloques con más o menos orden. En la ciencia este orden lo aporta más la intuición que un proyecto. Poco a poco, el montón de piedras va tomando forma, se vislumbra el objetivo, se deshecha lo fútil y culmina el esfuerzo con una bella cumbre que da sentido a todo lo anterior. Así, todas las ramas del saber están plagadas de hermosas pirámides más o menos portentosas. Los gigantes a los que se refería Newton serían los que más piedras aportaron o los que colocaron las suyas en las posiciones más decisivas para conseguir el objetivo final. Como reconocimiento al trabajo de los demás, nada hay como reconocer con humildad, por parte del que corona la cúspide y divisa el paisaje, que el mérito está más en aquellos que en él mismo.

Sir Isaac Newton, quien llegó a coronar una de las pirámides más impresionantes de la sabiduría, ni era modesto ni le concedió mucha importancia a Copérnico, Galileo, Kepler ni a ningún otro gigante. Aún más, Newton destacó siempre más por la gente a la que detestó que por la que admiró, si es que admiró a alguien. Uno de los blancos preferidos de sus invectivas no fue el famoso Leibniz, que este sí que supo mantener a raya al genial y neurótico inglés, sino a Robert Hooke, curator de la insigne Royal Society.

Al curator o director de experimentos, a cambio de un buen salario, se le exigía que cuando no se previera presentar ningún experimento notable en una sesión, él llevara a cabo tres o cuatro. La ardua tarea la llevaba a cabo Hooke haciendo experimentos magníficos y construyendo aparatos extraordinarios. Pero Hooke no tenía ni idea de matemáticas y su carácter era el opuesto del huraño, secretista y taciturno Newton: era alegre, amante de la vida en sociedad, publicista de todo lo que se le ocurría y reivindicador de ser el primero que había inventado todo.

Una de estas reivindicaciones sobre la autoría primera de un asunto de óptica desarrollado por Newton fue la que motivó la famosa frase de este, con la cual ironizaba cruelmente sobre el hecho de que Hooke era bajito y ligeramente contrahecho. Si él se apoyaba en alguien era en gigantes, no en chiquilicuatros medio jorobados. Lamento evanescer un bello mito, pero es que fue así.

Lenguaje y socialización

26 Nov 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

*  Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

La aparición del lenguaje en la evolución humana sigue siendo una gran incógnita. Nos faltan las partes blandas, que darían muchas respuestas, y los restos óseos fosilizados son escasos y sólo ofrecen una información parcial. Por ese motivo, los científicos han tenido que recurrir a construir modelos sofisticados, no exentos de una cierta dosis de especulación. Es el caso de los paleo-antropólogos Leslie Aiello y Robin Dunbar, del Colegio Universitario de Londres. Varios investigadores han defendido que el lenguaje humano es una característica exclusiva de nuestra especie. Para estos científicos, tan sólo nosotros, con nuestro gran desarrollo cerebral y capacidades cognitivas, incluido el pensamiento simbólico, seríamos capaces de producir un lenguaje complejo y sofisticado.

Aiello y Dunbar, así como otros muchos colegas (entre los que me cuento), no compartimos esta opinión. Si bien es cierto que nuestro mundo actual requiere nombrar y definir cientos de miles de objetos artificiales y naturales, no es menos cierto que el mundo del Pleistoceno también necesitaba nombrar y definir miles de especies animales y vegetales, así como otros muchos elementos físicos de la naturaleza. Aiello y Dunbar estudiaron diversas especies de primates y establecieron hace varios años una relación entre el tamaño de la corteza cerebral con respecto al resto del cerebro, el número de individuos que forman los grupos y el tiempo dedicado a la interacción social. Estos investigadores hallaron una correlación positiva entre los tres factores.

Cuando los mismos cálculos se aplicaban a las especies de homininos extinguidos, el dato más sorprendente (y tal vez el más discutible) es que las especies como Homo habilis y Homo erectus formarían grupos constituidos por casi un centenar de individuos. Quizás estas cifras pueden resultar exageradas, aunque los grupos de babuinos, que viven en ecosistemas parecidos a los que ocuparon ciertas especies de homininos, también están formados por un número muy elevado de individuos. Estos primates tienen interacciones sociales complejas y continuadas y han establecido un sistema de comunicación más sofisticado que el de otros primates menos sociales, que incluye una gran variedad de tonos y emociones.

En los grupos muy numerosos la cohesión social no es fácil de mantener. La jerarquía y el liderazgo ayudan a conservar la unidad; pero Aiello y Dunbar sostienen que una cierta complejidad en la comunicación también es indispensable. Cuanto mayor sea el grupo, más complejas deben ser las unidades de información que se transmiten entre los individuos. Si añadimos que especies como Homo habilis ya presentaban claras evidencias de asimetría cerebral y diferenciación para el uso habitual de una de las manos, quizás estos homininos tan antiguos estaban ya capacitados para construir secuencias de vocalización con un cierto contenido conceptual.

Más contenido para los ciudadanos

25 Nov 2008
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del blog Periodistas21  

Por qué a los políticos les preocupan tanto los derechos de unos pocos y tan poco los de muchos? Siguen empeñados en reducir el acceso a los contenidos digitales, una parte de ellos financiados con fondos públicos (impuestos) que los ciudadanos nunca recuperan.

El Congreso discute una nueva proposición no de ley presentada por el diputado socialista Rafael Simancas para “ordenar la circulación de contenidos en Internet, hacer frente a la piratería cultural, garantizando los derechos de los ciudadanos, favoreciendo el desarrollo de la industria cultural”. Otra apelación invocando los derechos ciudadanos para garantizar el negocio de una obsoleta industria cultural.

Europeana, la nueva gran biblioteca europea, duró sólo un ratito. Al poco rato de estrenarse se suspendió su servicio por la afluencia de internautas en busca de los dos millones de contenidos digitales anunciados. señal indudable del interés por la cultura y su acceso en red en la sociedad de la información y de la falta de previsión de los responsables del proyecto europeo, que después de varios informes de especialistas en los programas i2010 y eContentPlus no ha conseguido mejorar la recuperación de las obras huérfanas (de las que se desconocen los titulares de los derechos de autor), ni de las obras descatalogadas, y mucho menos de las obras con derechos vigentes. Ni siquiera los que están en poder o son gestionados por instituciones públicas.

La Comisión Europea quiere avanzar hacia la Europa 3.0, pero cada vez que loa la innovación y la participación de los ciudadanos refuerza de inmediato la preservación de los derechos de autor y propiedad intelectual con mayores períodos de vigencia y más restricciones.

Ni siquiera la financiación pública de las obras y de su digitalización revierte en derechos para los ciudadanos ni en una ampliación del dominio público. Y eso pese a las recomendaciones de la OCDE o la propia Comisión sobre el acceso abierto a la cultura y a los datos de las investigaciones financiadas por dinero público: la llamada ciencia abierta. Pero tampoco se cumplen las propias directivas europeas sobre acceso a la información de las administraciones públicas, que en muchos casos siguen sin ser de dominio público.

En 2006 las administraciones españolas gastaron 5.932 millones de euros en cultura, un 0,6% del PIB y más de 135 euros por habitante. La recaudación por derechos de autor fue de 476 millones de euros (511 en 2007). No estaría de más que al menos una parte de la inversión pública en cultura y ciencia revirtiera en un aumento del dominio público y la mejora del acceso a los contenidos de los ciudadanos con el uso de derechos flexibles (como los de este diario, por ejemplo) y una reducción del tiempo y ámbito de explotación de todas las obras financiadas con fondos públicos.