Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Shöningen

31 Dic 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos.

Una pregunta que me hago con cierta frecuencia es la siguiente: ¿si nuestra especie no hubiera eliminado por competencia a los neandertales, que habría sucedido?, ¿cómo habrían evolucionado estos homininos, con quienes compartimos un antecesor común que los estudios genéticos situan en un momento no anterior a los 700.000 años de antigüedad?, ¿habrían alcanzado las cotas tecnológicas del Homo sapiens? He consultado la opinión de varios colegas y  algunos no dan crédito a la posibilidad de que los neandertales hubieran alcanzando la complejidad cultural y tecnológica que poseemos los humanos actuales.

En 1995, el arqueólogo alemán Halmut Thieme descubrió en el yacimiento de Shöningen (Baja Sajonia) ocho lanzas de madera de pino de entre 180 y 250 centímetros de longitud. Estas lanzas se encontraron asociadas a numerosas herramientas de piedra de tecnología achelense y varios miles de restos fósiles de caballo producto de una caza intensiva, y su antigüedad es de entre 380.000 y 400.000 años. Los objetos de madera muy raramente se conservan en los yacimientos del Pleistoceno, pero los sedimentos de lignito de Shöningen protegieron estas lanzas de su rápido reciclado natural como materia orgánica.

No se han encontrado restos fósiles humanos en Shöningen, pero sin duda las lanzas y las herramientas líticas fueron confeccionadas por poblaciones antecesoras directas de los neandertales. Las lanzas se obtuvieron de troncos de pino de un determinado grosor, que suponía utilizar árboles de un treintena de años de vida. Se fabricaron con mucho esmero, de manera que la punta afilada coincide siempre con la parte más baja y más dura del tronco. El centro de gravedad de las lanzas se localiza en todos los casos a una distancia de la punta, que coincide con un tercio de la longitud total del arma, como en las jabalinas actuales: ¿casualidad?, ¿diseño?

En mi opinión, las lanzas de Shöningen representan la punta del iceberg de una tecnología sobre madera, de la que apenas nos quedan evidencias. La fabricación sistemática de armas de madera para la caza a corta o larga distancia debió ser común en los antecesores de los neandertales y que estos debieron perfecccionar. Las lanzas de Shöningen sugieren planificación, diseño y conocimientos tecnológicos casi tan sofisticados como los de algunas tribus actuales de nuestra especie.

No me cabe duda de que nuestro dominio actual de la Tierra es fruto de un cúmulo de circunstancias favorables. En otro caso, podrían haber sido ellos o cualquiera de las poblaciones de homininos que hace 200.000 años coexistían en nuestro planeta.

Líderes para la cultura y la ciencia libres

30 Dic 2008
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del blog Periodistas21

Rafael Simancas defiende en este diario su iniciativa parlamentaria para “liderar una estrategia para la protección de la propiedad intelectual” y uno se pregunta cuándo un político liderará la promoción de la cultura y la ciencia libres, abiertas y participativas. Ciencia y cultura popular, ahora que disponemos de las herramientas para hacerlas llegar más rápido a más personas que nunca, en lugar de encapsularlas en una propiedad intelectual abusiva y en los intereses de las grandes empresas.

No dejamos de destinar dinero a esa cultura de la que habla Simancas (siempre olvidan la ciencia), pero la Filarmónica de Berlín comienza a ofrecer sus conciertos en directo en Internet y nuestras orquestas nacionales, autonómicas y municipales todavía no lo hacen. Somos los europeos con menos fondos públicos digitalizados y nos faltan iniciativas de ciencia abierta como la lanzada por la Comisión Europea este año para garantizar el acceso a las investigaciones científicas financiadas con fondos europeos y lograr su revisión en la Red por otros científicos para aumentar la innovación y el conocimiento. Una política recomendada también por organismos como la OCDE.

Pero en España seguimos financiando con un 25% del gasto total en cultura eso que llaman creadores y que más bien son productoras y comercializadoras. ¿Cuántas de esas obras financiadas con el dinero de todos son de dominio público? ¿Cuántas se exhiben o son de acceso gratuito por las ayudas que reciben? La respuesta es que en conciertos y espectáculos en directo, algunas. Cuando hablamos de obras editadas, en soporte físico yo digital, una insignificancia. Ni siquiera los informes de los poderes públicos.

Vivimos en un país donde el Gobierno no aprueba una ley de acceso a la información como la existente en casi todos los países europeos, donde las entidades de gestión de derechos de autor no son auditadas por el Ejecutivo como establece la ley, donde una sentencia tras otra los jueces repiten que compartir obras digitales entre usuarios privados no es delito cuando no hay ánimo de lucro, donde se pueden comprar en centros comerciales música y cine a menos precio que en las tiendas digitales y donde los informes no controlados por los lobbies de la propiedad intelectual los expertos –en contenidos y en derecho, el último, el Libro Blanco de los Contenidos Digitales del Ministerio de Industria– vuelven a recomendar un cambio de modelo de negocio y proteger a los autores y las obras, no a los soportes. Ni caso.

Es más fácil perseguir y ponerse la chapa de defensores de una cultura que excluye y penaliza a una sociedad de autores enorme: la de los ciudadanos que publican y cuelgan sus contenidos en Internet sólo por el placer de compartirlos.

El paisaje más bello

29 Dic 2008
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla

Cuando Galileo hizo público el descubrimiento de los satélites de Júpiter hubo comentarios para todos los gustos no sólo en salones y alamedas sino en escalinatas, herrerías y tabernas. Pronto fueron apareciendo opiniones escritas, siendo una de ellas anónima aunque de origen claramente eclesiástico. Decía así: “Esas lunas no se ven con los ojos, por eso no tienen influencia sobre nosotros, por eso son inútiles y por eso no existen”. No tema el lector: no sigue una diatriba contra la iglesia, sino una justificación y una posterior invitación.

Hasta que el gran toscano no apuntó su pequeño telescopio a los objetos celestes, se tenía un conocimiento del cielo acumulado durante miles de años usando sólo la simple vista. Los poblados e incluso las ciudades tenían pocos habitantes y eran más bien tenebrosos de noche, por lo que todos estaban tan familiarizados con el firmamento que saber los nombres de las constelaciones, las estrellas más notables y todos los planetas era tan corriente como saber los nombres de ríos, montes, lagos y demás accidentes importantes del entorno donde se vivía. Meteoritos e incluso los menos efímeros cometas y supernovas que alteraban la noche durante meses también eran familiares y pocos entendían el empeño eclesiástico de que fueran fenómenos atmosféricos o, al menos, sublunares. La perfección e inmutabilidad aristotélica del universo eran de obligada creencia.

En cualquier caso, era lógico que la aparición de cuatro lunas de una estrella errante, como así llamaban a los planetas, provocara escepticismo. Así pues, la primera sentencia del anónimo se puede justificar. La segunda también, porque aquella era época en que nadie dudaba que el horóscopo era decisivo en la adivinación del futuro. ¿Cómo iban a influir en nosotros esas intrusas lunas que ninguna acogida podían tener en las casas y los arcanos que tan bien funcionaban desde la noche de los tiempos? En consecuencia, la tercera frase del anónimo también era lógica: esos supuestos satélites de Júpiter eran inútiles. La cuarta, o sea, la conclusión del anónimo sí era más desquiciada, sobre todo escrita por un religioso, porque si lo que no se ve no existe… Da igual, porque lo importante es la invitación que sigue.

¿Desde cuándo no miramos apropiadamente el cielo de noche? Apropiadamente significa sin contaminación lumínica, es decir, en alta mar, en un lugar del campo o la montaña muy alejado de cualquier población o bien, quizá lo mejor, en mitad de un desierto. Si el lector no ha tenido esa experiencia, le invito a que organice una excursión exclusivamente para ello. Él y sus acompañantes estarán, seguramente, ante el paisaje más bello que se puede contemplar. Se lo pasarán tan bien que igual terminan soñando. Y de los sueños a la curiosidad y la ciencia hay muy pocos pasos.

¿Una máquina antigravitatoria?

28 Dic 2008
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

En 1992 el ingeniero ruso Eugene Podkletnov, profesor en la Universidad de Tampere (Finlandia), afirmó haber observado un apantallamiento gravitacional parcial encima de un superconductor en rotación. Había inventado una máquina antigravedad. Los físicos reaccionaron con sorna y se rieron del informe: “Es seguro decir que el apantallamiento gravitacional es inconcebible”, dijo Riley Newman, que lleva más de dos décadas trabajando en gravedad, en particular en medir la constante de gravitación universal de Newton. Cuatro años más tarde, Podkletnov envió al Journal of Physics-D un artículo más largo donde afirmaba haber conseguido un efecto mayor, del orden del 2%, en comparación con el de 1992, que sólo era del 0,3%.

Uno de los editores de la revista, Ian Sample, pasó la información a un periodista científico del Sunday Telegraph y la noticia saltó a los grandes medios. El director del laboratorio de Podkletnov, enfurecido, hizo pública una declaración donde se defendía diciendo que esa investigación la había hecho el ruso por su cuenta y riesgo, y el coautor se desmarcó del mismo diciendo que no tenía conocimiento de tal artículo. El ruso se defendió diciendo que él nunca había dicho que había bloqueado la gravedad, sino únicamente disminuido sus efectos.

En 1997 Podkletnov retiró el artículo, que había sido aceptado, fue expulsado de su antiguo laboratorio y regresó a Moscú a trabajar como ingeniero. En agosto de 2001 volvió al ataque y en colaboración con el italiano Giovanni Modanese dijo haber construido un haz coherente de repulsión gravitatoria que había conseguido mover un péndulo situado a 150 metros en otro edificio. El propio Podkletnov añadió que, como efecto secundario, se producía cierta “radiación” que tenía consecuencias negativas en los tejidos orgánicos. Para complicar más las cosas, Nick Cook, de la revista Jane’s Defense Word, dijo en 2002 que Boeing estaba atenta a este tipo de trabajos.

La respuesta de Boeing fue asegurar que simplemente estaban siguiendo los desarrollos, pero incluyó esta misteriosa frase: “Podrían existir actividades clasificadas en la modificación de la gravedad”. En 2004 Podkletnov reapareció diciendo que su generador superconductor era capaz de producir un exceso de algunos cientos de kilos de “pura fuerza gravitacional”. Nadie ha reproducido sus resultados y todo parece indicar que se trata de un bluff. ¿Y si no lo fuera?

El azar y la necedad

26 Dic 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

El pasado día 21 tuve una de esas experiencias que, por un momento, pueden hacernos pensar en la intervención de misteriosas fuerzas ocultas. El día antes había empezado a escribir una columna titulada La estrella de Belén, en la que evocaba el sobrecogedor relato La estrella, de Arthur C. Clarke (en el que identifica la guía luminosa de los Reyes Magos con una supernova que destruyó una avanzada civilización extraterrestre), así como un viejo artículo de Isaac Asimov (Star in the East) en el que analizaba nueve posibles explicaciones de la supuesta estrella mensajera para acabar concluyendo: “Perseveraré en mi escepticismo y colocaré la estrella de Belén en la misma categoría que la partición del Mar Rojo, el caminar sobre las aguas y los demás milagros de la Biblia. Son simples relatos fantásticos que podríamos descartar como naderías si no fuera porque son nuestros relatos fantásticos, los que nos enseñaron a venerar cuando éramos jóvenes impresionables”.

Y al entrar en el blog de Público veo mi artículo y pienso: “Qué extraño, aún no lo he terminado de escribir y ya lo han publicado”. En mi descargo puedo decir que acababa de levantarme y que solo contemplé la posibilidad de un bucle temporal durante una fracción de segundo: enseguida me di cuenta de que, sencillamente, mi colega Miguel Ángel Sabadell se me había adelantado y había escrito una columna con el mismo título que la mía, y de contenido muy similar. Pero por un momento experimenté esa intensa sensación de sobrenaturalidad que a veces producen las coincidencias. Sensación que desaparece rápidamente al analizarlas: no tiene nada de extraño que, por estas fechas, dos columnistas de la sección de Ciencias coincidan en hablar de la estrella de Belén, y menos aún que lo hagan en términos similares.

No es sorprendente que el azar nos sorprenda, valga la paradoja, pues ocurren todos los días tan enorme cantidad de acontecimientos que, como ya señaló Aristóteles, es altamente probable que sucedan cosas altamente improbables. La probabilidad de acertar en la lotería primitiva es tan pequeña como la de lanzar una moneda al aire treinta y tres veces y que siempre salga cara. No es extraño que los acertantes se sientan tocados por algún tipo de gracia divina; y sin embargo hay tanta gente que juega a la lotería que podemos tener la certeza estadística de que con cierta frecuencia alguien dará con la combinación ganadora. Bastaría con erradicar la difundidísima ignorancia matemática para acabar con muchas ilusiones y creencias falsas. Y esa es seguramente una de las razones por las que no se erradica.