Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

El abuelo de Darwin

30 Ene 2009
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLOS FRABETTI

* Escritor y matemático

Al celebrar el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, sería injusto olvidar a su abuelo Erasmus. Médico, científico, filósofo, inventor, poeta, Erasmus Darwin (1731-1802) fue uno de los precursores de la teoría de la evolución, y expuso sus ideas en una singular obra en verso titulada Zoonomía, que ejercería una gran influencia sobre su nieto Charles cuando la leyó a los 17 años. Masón afín a los illuminati y racionalista acérrimo, Erasmus Darwin fue uno de los fundadores de la Sociedad Lunar, que entre 1765 y 1813 celebraría en Birmingham sus reuniones mensuales (las noches de luna llena, de ahí su nombre). Entre los “lunáticos” –como ellos mismos se autodenominaban– más asiduos estaban, además del propio Erasmus, James Watt, Matthew Boulton y Joseph Priestley, y algunos ilustres estadounidenses, como Benjamin Franklin o el mismísimo Thomas Jefferson, mantuvieron estrechas relaciones con la Sociedad Lunar e incluso asistieron a algunas de sus reuniones.

Cuando, diez años después de leer Zoonomía, el joven Charles Darwin llegó a las islas Galápagos a bordo del Beagle y descubrió catorce especies distintas de pinzones adaptadas a diferentes tipos de alimentación, sin duda las elucubraciones evolucionistas de su abuelo le indicaron la dirección en la que debía seguir investigando. Se ha hablado mucho –y no sin razón– de la influencia de Malthus y de Lyell en el joven Darwin, pero, paradójicamente, se suele pasar por alto la de su propio abuelo. Se ha llegado incluso a calificar a Erasmus Darwin de lamarquiano con total desprecio de la cronología, puesto que Lamarck expuso su teoría de la evolución en 1809, siete años después de la muerte de Erasmus y, casualmente, el mismo año del nacimiento de Charles. Sería más correcto calificar a Lamarck de darwiniano (aunque habría que aclarar a qué Darwin se refiere el adjetivo).

Cuando estalló la Revolución Francesa, Erasmus y los demás miembros de la Sociedad Lunar se pusieron del lado de los revolucionarios, como no podía ser de otra manera, puesto que ellos mismos eran los promotores de la otra gran revolución de la época: la Revolución Industrial. El hijo de James Watt (que impidió un duelo entre Danton y Robespierre) fue acusado en la conservadora Inglaterra de ser un agente francés, y lo mismo les ocurrió a Joseph Priestley -el descubridor del oxígeno- y a otros “lunáticos”, que en 1791, cuando estaban reunidos para celebrar el segundo aniversario de la toma de la Bastilla, a punto estuvieron de ser linchados por una multitud enfurecida. ¿Capitaneada, tal vez, por la Pimpinela Escarlata?

Los experimentos imaginarios

29 Ene 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla

El método que le da todo su poderío a la ciencia es complejo de definir, pero seguramente su pilar básico es la experimentación. Un experimento consiste en provocar cierto fenómeno para estudiarlo o analizar sus efectos. Su grandeza reside en la reproducibilidad, es decir, que si se explican todos los pasos seguidos, cualquiera, en cualquier momento, lugar y con los mismos medios ha de obtener idénticos resultados. La ciencia es tan amplia que la esencia del método se ha de adaptar en ciertos casos. La vulcanología o la astronomía se pueden estudiar científicamente sin experimentar: ni se puede provocar un volcán para analizarlo ni aumentar la temperatura de una estrella a ver qué pasa.

En cualquier caso, se podría pensar que los experimentos exigen un cierto equipamiento, que puede ir desde un mechero y un matraz hasta un acelerador de partículas como el LHC. La flexibilidad del método llega a tal límite que hay experimentos que no provocan ningún fenómeno y el único aparato que exigen es la imaginación. Este tipo de herramienta científica se denominó con el palabrón latino germano Gedankenexperiment: experimento mental o imaginario.

Hay muchos experimentos de estos en la historia de la física y los profesores echamos mano de ellos cada día en clase. Algunos famosos son el barco de Galileo, el trinquete browniano de Feynman, los conos de Casimir, el cubo de Mach,… Más populares aún son los que plantean paradojas, como la del demonio de Maxwell, los gemelos de Einstein o el gato de Schrödinger. Dedicaremos algunas columnas a ellos para deleite del lector, pero en esta interesa resaltar varias cosas de estos “experimentos”.

Parece que la ciencia se acerca así a la filosofía, porque desde Zenón de Elea con su tortuga hasta Putnam con la Tierra Gemela es lo que han hecho infinidad de pensadores. Quizá sea así, pero mientras que la filosofía no termina nunca planteando un experimento real, los gedankenexperiments no tienen otro sentido que proponer alguno. Pero hasta esto último es discutible. Un profesor de filosofía de la Universidad de Nueva York (Stony Brook) hizo una encuesta entre un gran número de físicos. Les preguntaba qué experimento les parecía el más bello de la historia de la física.

El resultado fue pasmoso, porque el ganador fue un experimento imaginario. Se trataba de hacer pasar mentalmente electrones y luz por dos rendijas paralelas para poner de manifiesto el carácter dual de corpúsculos y ondas de los pilares del universo. El experimento real se llevó a cabo cuarenta años después de que el imaginario se explicara en todos los libros de mecánica cuántica. Su publicación pasó prácticamente inadvertida, poniendo así de manifiesto que hasta en la ciencia la imaginación puede ser tan poderosa como el más sofisticado equipamiento experimental.

Especies fósiles

28 Ene 2009
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

La identificación de las especies en el registro fósil es quizá uno de los mayores problemas que tenemos en evolución humana y que suelen dificultar la comprensión de este ámbito científico a los que se interesan por primera vez por los orígenes de la humanidad. El reconocimiento de la especies vivas no es nada sencillo, aunque los biólogos tienen a su disposición los ejemplares vivos, que informan no sólo sobre su anatomía y morfología, sino también sobre su fisiología, comportamiento, hábitat… Los paleontólogos sólo contamos con los fósiles, por lo que la identificación de las especies se convierte en la recopilación de un conjunto de caracteres anatómicos y morfológicos singulares de las partes conservadas.
Por ese motivo, en Paleontología se tiende a pensar en las especies con una concepción totalmente estática. Las colecciones inertes de fósiles se comparan hasta la saciedad y, de acuerdo con los criterios personales de cada especialista y el método utilizado, decidimos si las diferencias observadas permiten distinguir dos colecciones lo suficiente como para considerarlas especies diferentes. En definitiva, las concepciones dinámicas de la biología de los seres vivos se tienden a ignorar y el debate se convierte en una historia interminable.

Sin embargo, los paleontólogos no debemos olvidar que las especies son entidades biológicas que, aunque ya se hayan extinguido, han estado formadas por individuos vivos y han sido resultado de un proceso dinámico de especiación. En este proceso son esenciales el espacio y el tiempo. Conocer el espacio es saber de geografía o, si se prefiere, de paleo-geografía y paleo-climatología. Los mapas que podríamos confeccionar en cada momento del Pleistoceno variarían en función del clima. Durante las épocas glaciales, el hielo acumulado en los continente llevó a descensos de hasta 150 metros en el nivel del mar. ¿Alguien puede imaginarse que durante las época glaciales del Pleistoceno hubiera que recorrer unos 100 kilómetros para llegar a la costa desde donde hoy está ubicada la ciudad de Venecia? Las barreras geográficas han sido siempre elementos esenciales de la evolución de las especies. En épocas glaciales las poblaciones europeas de homininos pudieron quedar aisladas unas de otras durante milenios por las cadenas montañosas, como el Cáucaso, los Alpes o los propios Pirineos.

Por otro lado, el concepto de tiempo se nos escapa con facilidad. El espacio y el tiempo pudieron mantener la identidad histórica de muchas poblaciones del Pleistoceno durante milenios. No importa si en las fronteras del área de distribución de estas poblaciones se establecieron intercambios genéticos con otras poblaciones, por otra parte imposibles de demostrar. No podemos viajar al pasado, por lo que seguiremos discutiendo hasta el aburrimiento si Homo erectus vivió sólo en el Lejano Oriente o fue una especie cosmopolita.

España, lejos del gobierno abierto

27 Ene 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del blog ‘Periodistas21’

La Constitución garantiza el acceso a la información pública (art. 105b) pero la Administración es opaca. Lejano está el gobierno abierto, que empieza a andar en Estados Unidos con la presidencia de Obama o en ciertos ayuntamientos con los presupuestos participativos. Internet y las nuevas tecnologías permiten una democracia más participativa, pero los políticos las adoptan más para la propaganda que para la gobernanza.

Los principales partidos reconocen que la sociedad de la información debe cambiar la política. María González Veracruz, secretaria de Nuevas Tecnologías del PSOE, defiende los logros del Plan Avanza y pone como ejemplo de ciberdemocracia la web del Plan E, donde Zapatero explica sus medidas económicas y el secretario de Hacienda ha celebrado un chat con ciudadanos. José Luis Ayllón, diputado del PP y responsable de campañas, reconoce el atraso en ciberdemocracia a pesar de que la Red “está cambiando la política, la vida de los partidos y de los políticos, que deben estar permanentemente conectados”.

La ley garantiza la transparencia y participación con los ciudadanos. Pero los estudios de la Unión Europea sobre eGobierno revelan que la Administración es más eficiente para recaudar que para compartir.  Zapatero puede seguir respondiendo preguntas en televisión, pero los ciudadanos aguardan su promesa de una ley de acceso a la información pública como la existente en otros países.

¿Qué principios son los que debería respetar un gobierno abierto?

  • Comunicación. Usar las nuevas tecnologías para comunicarse con los ciudadanos, tanto en procedimientos administrativos como de otra índole, con canales de diálogo permanente.
  • Transparencia. Acceso con las menores restricciones legales a los datos, informes y decisiones de la Administración.
  • Participación. Hacer accesibles y reutilizables los datos públicos a través de portales y herramientas digitales fáciles de usar: un Google de la Administración, como defiende Obama, muy necesario en el Estado autonómico.
  • Domino público. Devolver a los ciudadanos lo que es suyo. Liberar de derechos de propiedad la información pública y los contenidos de todo tipo pagados con fondos públicos.
  • Responsabilidad y servicio público. Los ciudadanos deben poder identificar a los funcionarios públicos y exigir su responsabilidad informativa.
  • Rendición de cuentas. Publicación y acceso a las cuentas públicas y cómo se gestionan.
  • Debate legislativo. Permitir el debate y voto consultivo de los ciudadanos a proyectos de ley antes de su tramitación parlamentaria.
  • Accesibilidad y neutralidad tecnológica. Eliminar las barreras para acceder y compartir la información pública.

Queda camino.

Galgos, podencos y clima

26 Ene 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos// Miguel Delibes de Castro

* Profesor de Investigación del CSIC 

En la conocida fábula, dos conejos debaten sobre si sus perseguidores son galgos o podencos. Al no ponerse de acuerdo, dan tiempo a los canes para hacerse con ellos. Hoy día discutimos encarnizadamente tantas cosas con respuestas evidentes – ¿desaparece la familia?, ¿evolucionan las especies?, ¿fue proporcionada la respuesta de Israel a los cohetes de Hamás?- que Iriarte debería introducir, cuando menos, un tercer lagomorfo preguntándose, cándida o malintencionadamente: “¿Seguro que nos persiguen? Se oyen ladridos, y cada vez más cerca, pero ¿serán perros o una grabación magnetofónica?”. Entiéndaseme bien; dudar y discutir son prácticas muy recomendables, y jamás negaré la conveniencia de someter a debate cualquier asunto. Sólo sugiero que, ante algunos problemas, prolongar la conversación es retrasar la toma de medidas, y por tanto negativo. El cambio global es un caso paradigmático.

A la profesora Katherine Richardson, de la Universidad de Copenhague, le han encargado oficialmente que explique al gobierno danés la situación real del planeta y el clima. Ella les dice: “Estamos peor de lo que parece; el calentamiento, la acidificación del mar, la destrucción de los arrecifes coralinos, están acelerándose y por encima de las cifras que manejáis”. Los políticos, lógicamente, protestan: “Bastante hacemos con creernos los datos de consenso del IPCC, el Panel Intergubernamental; otros no admiten que exista un problema”. Y Richardson reargumenta, con lógica aplastante: “La mejor virtud del IPCC es que cimienta sus informes en el consenso entre científicos; su principal defecto es que conseguir ese consenso requiere tiempo, y por tanto sus conclusiones siempre van por detrás de los últimos datos”.

Kevin Anderson y Alice Bows (en las Philosophical Transactions of the Royal Society, serie A) han reconsiderado a la luz de las emisiones posteriores al año 2000 los objetivos del Protocolo de Kioto y otras propuestas internacionales. Sus conclusiones son descorazonadoras. Las emisiones de CO2 en los últimos años son muy superiores a lo previsto, de manera que ya resulta del todo imposible alcanzar el objetivo político de limitar la concentración durante el presente siglo a 450 partes por millón (ppm). Dicha concentración se asocia a un aumento de la temperatura media de 2ºC, que se tiene por la máxima asumible. Según los autores citados, habrá que hacer un esfuerzo enorme, empezando ya mismo, para que la concentración de CO2 en la atmósfera no supere en el siglo XXI las 650 ppm, traducible en un aumento de temperatura de al menos 4ºC. Las consecuencias pueden ser catastróficas.

En definitiva, mientras algunos no admiten que exista el problema, los que sí lo hacen tardan mucho tiempo -como los conejos de la fábula- en alcanzar acuerdos. Tanto, que antes de ponerlos en práctica ya han quedado obsoletos.