Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Minimemez biorrítmica

31 May 2009
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Una de las historias más absurdas de la larga historia de los números es la protagonizada por un cirujano berlinés de nombre Wilhelm Fliess, un hombre obsesionado con dos números. Estaba convencido que detrás de todo proceso biológico había dos ciclos fundamentales: uno masculino, con una duración de 23 días, y otro femenino, de 28. Hoy no sabríamos nada de él y sus locuras numerológicas si no hubiera sido el mejor amigo y confidente de Sigmund Freud justamente en su época de máxima creatividad, desde 1890 a 1900, periodo que culminaría con su famoso libro La interpretación de los sueños. Según cuenta Martin Gardner, la relación entre ambos fue muy extraña, neurótica, y con fuertes corrientes homosexuales soterradas.

Fliess creía que cualquier persona era en esencia bisexual… reprimido. La componente masculina se encontraría sintonizada al ciclo de 23 días y la femenina al de 28 –ojo con confundirlo con el ciclo menstrual–. Por otro lado, estos ciclos estaban íntimamente relacionados con la mucosa de la nariz. Fliess creyó haber encontrado una relación entre las irritaciones de la nariz y toda clase de síntomas neuróticos e irregularidades sexuales. Como médico que era, diagnosticaba estas enfermedades inspeccionando la nariz.

Freud creyó que moriría a los 51 años –la suma de 23 y 28– porque Fleiss le dijo que sería su edad más crítica. Años más tarde, por culpa de rencillas y envidias, su amistad se rompió.

Fliess escribió muchos libros sobre su idea de los ciclos. De su obra más importante, El decurso de la vida, un volumen de 584 páginas que Gardner acertadamente bautiza como “obra maestra de la excentricidad germánica”. Al final del libro aparecen multitud de tablas donde Fliess pretende demostrar que con sus dos números mágicos se pueden obtener todos los ciclos de la naturaleza.

La popularidad de los ciclos de Fliess creció, y sus discípulos añadieron un tercero de 33 días, al que llamaron “el ciclo intelectual”. Con él se completa lo que hoy se conoce como biorritmos, la mayor tontería numerológica del siglo XX.

La cuarta pregunta

29 May 2009
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

*Escritor y matemático

Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Además de ser los grandes tópicos de la filosofía de salón, de las elucubraciones adolescentes y de las crisis de identidad, estas tres preguntas vertebran todas las mitologías y religiones. Y también están en el corazón de la ciencia, que, aunque no siempre lo reconozca, responde (aunque no solo a eso) a las mismas necesidades básicas que la religión y a la misma angustia existencial que las elucubraciones adolescentes. La diferencia es que la religión pretende dar respuestas definitivas y las elucubraciones adolescentes suelen resolverse –o disolverse– en tormentas hormonales, mientras que la ciencia suministra respuestas que, aunque siempre provisionales, son cada vez más detalladas y operativas.

¿Quiénes –o qué– somos? Básicamente, y para decirlo en tres palabras, somos sistemas complejos adaptativos. Constantemente adquirimos y procesamos información sobre nuestro entorno, así como sobre nuestra propia interacción con el mismo, y a partir de esa información elaboramos unas pautas de comportamiento que tienden a garantizar la eficiente –y placentera– adaptación del sistema complejo que somos al complejo entorno en el que estamos. ¿De dónde venimos? De un larguísimo proceso evolutivo, que hay que medir en miles de millones de años, que llevó de la materia inanimada a la vida y de la vida a la conciencia. ¿Adónde vamos? En buena medida, hacia donde queramos: nuestra capacidad para determinar nuestro futuro es, al menos en teoría, cada vez mayor, y presumiblemente va a seguir creciendo.

Pero hay una cuarta pregunta que subyace a las anteriores (y que no tiene nada que ver con la antigua “cuarta pregunta” judicial relativa a la solvencia del imputado); una metapregunta que, a la vez que alimenta nuestra perplejidad, nos da una pista: ¿por qué nos preguntamos ese tipo de cosas? Hay otras muchas preguntas cuya utilidad adaptativa es evidente. De hecho, el éxito evolutivo de nuestra especie se basa en una rara habilidad para encontrar respuestas correctas, lo cual presupone hacerse –y hacerle a la naturaleza– las preguntas adecuadas. Y sin embargo, las tres “grandes preguntas” parecen de escasa utilidad (salvo en sus aspectos más pragmáticos; pero hay que tener en cuenta que no es lo mismo preguntarse quiénes somos que cómo funciona el cuerpo humano). Y, por cierto, ¿cuál es la utilidad de la cuarta pregunta? ¿Y la de la pregunta que acabo de hacer? “Yo soy quien pregunta quién soy yo”, podríamos concluir palindrómicamente.

Ciencia y poesía

28 May 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

A veces me preguntan si tienen algo en común la ciencia y la poesía. Suelo responder mal, porque ese asunto siempre me entristece. Podría decir, citando al poeta colombiano Carlos Framb, que la ciencia y la poesía quizá sean dos formas de un mismo éxtasis; también podría acudir al alemán decimonónico Karl Weiestrass, para el que un matemático que no tenga algo de poeta no será nunca un matemático completo. En cualquier caso, todos los profesores de ciencia sabemos que, al menos los procesos físicos, no se pueden explicar sino a través de imágenes y metáforas. Tanto es así, que se puede considerar que no es sólo asunto de pedagogía, sino que los criterios estéticos desempeñan un papel en la investigación, porque como sostiene el físico inglés Penrose, una idea bella tiene mucha mayor probabilidad de ser correcta. Naturalmente, también hay científicos que niegan la relación entre ciencia y poesía, pues, como diría uno de los padres de la mecánica cuántica, Dirac, los científicos tratan de comunicar sus hallazgos de manera que todos entiendan algo que nadie sabía antes y los poetas hacen exactamente lo opuesto, o sea, que nadie entienda lo que todos saben.

Ante la pregunta, uno podría incluso ser dramático, ingenioso y divertido. El drama lo proporcionaría Giordano Bruno, que expresaba en verso sus intuiciones científicas más acertadas. El ingenio lo pondría Cyrano de Bergerac recitando el modo de alcanzar la Luna con agilidad y un imán. La diversión la ofrecería la siguiente propiedad transitiva: si para el poeta el amor es lo sublime y una consecuencia de éste es el sexo, nada hay más parecido a la ciencia, porque ambos, el sexo y la ciencia sirven a un propósito práctico que no es la razón de que se practique. Entonces, ¿por qué diablos me entristece la pregunta sobre la ciencia y la poesía?

Tuve un buen amigo poeta aragonés que murió prematuramente. Se llamaba José Antonio Rey del Corral y, obviamente, le llamábamos El Gallo. Su mujer, sobrina del presidente Omar Torrijos de Panamá (¿qué otro estilo de matrimoniar iba a tener un sensible y surrealista poeta del frío y recio Aragón en los años más plúmbeos del franquismo?) le dijo a la mía una vez: “Mira, a los dos les brillan los ojos de la misma manera cuando habla cada uno de lo suyo”. A lo que mi mujer respondió: “Claro, llevan exactamente la misma cantidad de vino bebido”. Toda posible respuesta culta, racional o intuitiva de un científico a la relación entre ciencia y poesía queda anegada por la pena de haber perdido a un amigo poeta.

Más sexo, por favor

27 May 2009
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos.

Los bonobos (Pan paniscus) son chimpancés muy inteligentes, que suelen utilizarse con mucha frecuencia en las investigaciones sobre el comportamiento de nuestros parientes primates más próximos. Los bonobos fueron descubiertos en 1927 en la intrincadas selvas de la actual República Democrática del Congo y reconocidos como una nueva especie de chimpancés por el famoso primatólogo Ernst Schwarz.

Desde entonces, el estudio de la etología de los bonobos ha resultado ser uno de los ejemplos más interesantes del mundo de los primates. Los bonobos son matriarcales, de manera que las hembras llevan el peso de la responsabilidad de los grupos. Su jerarquía es determinante en la sociedad que forman estos primates. Los expertos en el comportamiento de los bonobos nos hablan de su altruismo, empatía, amabilidad, paciencia, sensibilidad y hasta de su compasividad hacia los miembros del grupo. Esto nos suena muy humano, de manera que se ha llegado a plantear una mayor relación filogenética con los bonobos, que con los chimpancés comunes (Pan troglodytes). En realidad, compartimos con las dos especies un porcentaje muy elevado de nuestro genoma, y las convergencias evolutivas en el comportamiento tienen una alta probabilidad de producirse.

Pero lo que más llama la atención de los etólogos es la peculiar capacidad de los bonobos para resolver sus conflictos internos: el sexo puro y duro. Los humanos nos jactamos de practicar el sexo fuera de la época de reproducción. Pues los bonobos hacen lo mismo, pero con la naturalidad propia de una especie que no tiene autoconciencia ni ha inventado la moralidad. El resultado es fantástico. Las hembras evitan problemas de jerarquía y establecen lazos sociales mediante el sexo genital. El saludo entre diferentes miembros del grupo suele ser un contacto sexual, tanto oral como genital. Los conflictos entre hembras, entre machos y entre machos y hembras también se resuelven mediante el acto sexual, que lleva a la reconciliación. El hallazgo de comida abundante no supone una avalancha incontrolada hacia la comida. Primero se practica el sexo y a continuación se reparte la comida de manera equitativa. El único tabú en esta especie parece ser la práctica de sexo entre las madres y sus hijos.

La “estrategia evolutiva” de estos primates es un claro ejemplo del fascinante proceso de la selección natural. ¿Se imaginan los lectores a sus señorías del Congreso y del Senado practicando el sexo con total promiscuidad antes de comenzar las sesiones? Quizás deberíamos reunir firmas para que se proponga como proyecto de ley. A todos nos iría mejor.

El flujo social se adueña de Internet

26 May 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del blog Periodistas21

Flujo social: información continua siempre accesible y en contacto con otros usuarios en una comunidad de intereses. La web está dejando de ser una colección de páginas para convertirse en una corriente continua de contenidos donde se navega en tiempo real por conversaciones con enlaces. Una red cada vez más social, inmediata e hipertextual con un nuevo sistema de distribución donde las redes y agregadores sociales, de Twitter a Facebook pasando por Menéame, ganan poder frente a los buscadores, directorios y portales. En la economía de la abundancia los contenidos destacados por los usuarios, compartidos y recomendados son los más valorados y consumidos.

Cuando la crisis provoca la búsqueda de nuevos negocios de pago por la insuficiencia de la publicidad para sostener la producción de contenidos digitales, el paquete –la marca, la cabecera, la obra completa– es cada vez más irrelevante. Y la corriente no admite barreras. La actualización y la distribución viral marcan la conducta de los hiperconectados. La distribución social se convierte en un valor diferencial de los contenidos. Crece el poder de los contenidos vivos, su consumo impone unidades más pequeñas (tweets, enlaces cortos) y adaptables a la multitarea continua de los internautas intensivos.

Los usuarios agrupados en comunidades rastrean el flujo continuo de la web y crean una corriente de valor con lo que comparten. Criterios sociales que permiten seleccionar entre la marea infinita de bits pero también dejarse sorprender por lo inesperado. En el reino de la hiperconexión la información se convierte en el tejido de las redes sociales y los contenidos más valorados son los que se pueden difundir viralmente en tiempo real y se pegan a la identidad digital de sus consumidores. La experiencia de los usuarios se enriquece por esa sensación de estar constantemente actualizado y en contacto con otros. Una experiencia magnética y pegajosa que atrapa frente a las pantallas y donde la atención se trunca, se acorta para cada elemento, mientras se prolonga cada vez más pendiente del propio flujo. Es la magia de las redes sociales y la explicación de su poder para atraer y retener a sus usuarios.

Por eso algunos medios permiten comentar y compartir sus contenidos a través de redes sociales, otros incorporan el criterio social de los usuarios en sus páginas y muchos adoptan formatos de actualización continua en sus webs o aplicaciones para móviles. Hasta Google permite valorar y comentar las búsquedas para mejorar su mítico algoritmo.