Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Estado de bienestar digital

30 Jun 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del Blog Periodistas 21

Por qué los ciudadanos pueden disfrutar de una enorme y gratuita oferta de radiotelevisión pública y no de acceso y contenido similares en Internet? Va siendo hora de que leyes y gobiernos se actualicen a la velocidad de sus ciudadanos. Los servicios de información, cultura, educación, entretenimiento, identidad, pluralismo, participación y fomento de la sociedad de la información que justifican la radiotelevisión pública están en Internet. Además son abiertos, participativos y con menos barreras a la publicación y difusión de contenidos. No dejan tanto espacio a la propaganda, así que los políticos no están tan interesados en una sociedad de la información sin su control.

¿Imaginan una red social de ciudadanos para una verdadera política P2P? ¿Y redes cívicas de ciudades, pueblos, autonomías o entre ciudadanos conectados libremente con acceso gratuito e ilimitado en espacios públicos? ¿Y por qué no poder disfrutar de los contenidos de dominio o titularidad pública desde cualquier lugar con cargo a lo que ya pagamos con impuestos?

Es hora de actualizar el manoseado artículo 20 de la Constitución para garantizar de forma efectiva, y hoy posible, la libertad de expresión, creación y comunicación de todos los ciudadanos. Eso implica dotar a la sociedad de la información de plataformas inclusivas y eficientes de acceso y gestión de contenidos públicos a través de acceso universal a la Red.
Animo a la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones. Ahora que quiere permitir WiFi municipal gratuito con limitaciones para no obstaculizar la competencia debería ir más allá y promover una reforma legal para hacer real una sociedad de la información que debe servir a los ciudadanos además de engordar los resultados de las telefónicas.
Animo a sus señorías parlamentarias, especialmente a los devotos de blogs y redes sociales, a reformar el estado del bienestar analógico para promover la conexión entre los ciudadanos y el disfrute abierto y gratuito de los contenidos informativos, culturales o de entretenimiento que justifican las televisiones, las subvenciones al cine, a las artes, la ciencia o los museos. Y para impulsar la transparencia que permiten las herramientas de gobierno abierto y la administración electrónica.

Es efectivo, es barato, es simple, anima a la participación, fortalece la democracia, la cultura, la ciencia y puede acabar con algunas peleas estúpidas sobre subvenciones a unos pocos. Trasladen el estado del bienestar al ciberespacio y aprovechen sus ventajas para crear una sociedad más plural, culta y rica. Y déjense de propaganda.

Seguridad

29 Jun 2009
09:00 
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MIGUEL DELIBES DE CASTRO // VENTANA DE OTROS OJOS

*Profesor de Investigación del CSIC

Daniel Blumstein es ecólogo del comportamiento y uno de los mejores especialistas mundiales en el estudio de cómo los animales minimizan el riesgo de ser depredados. Recientemente ha escrito, en un libro sugerentemente titulado “Seguridad nacional: Una aproximación darwiniana a un mundo peligroso” (editado por R. Sagarin y T. Taylor), un capítulo donde aplica lo que sabe de la conducta animal a la seguridad, individual y social, en nuestra vida cotidiana. Sus conclusiones, tal vez obvias, no carecen de interés.

El investigador empieza por subrayar que la evitación completa del riesgo es imposible. Un comportamiento seguro lo es siempre de forma relativa y como resultado de un compromiso: lo que se invierte y gana en seguridad, se pierde en otras cosas. Teóricamente, un animal podría optar por el riesgo cero manteniéndose siempre en el interior de su guarida, pero entonces no comería, ni encontraría pareja. Tal vez quedarse corto en protección sea malo, por tanto, pero pasarse es peor. ¿Imaginan lo que piensa uno leyendo esto en un avión, tras pasar descalzo los controles del aeropuerto y habiendo tenido que tirar a la basura la espuma de afeitar?

Blumstein habla de la habituación, que no es sino una expresión técnica para la conocida fábula del pastor que grita repetidamente y sin motivo “¡Que viene el lobo!”, hasta que viene de veras y pilla a todos desprevenidos. Los árabes, al parecer, se sirvieron de este mecanismo para sorprender a los israelitas en la guerra de 1973. Antes de lanzar su ataque, llevaron a cabo nada menos que 40 maniobras militares cerca de la frontera, de manera que cuando agruparon tropas en la misma zona en la ocasión 41, los mandos de Israel no reaccionaron. Enseguida lo lamentarían.
Pero el etólogo trata también aspectos más desconcertantes. Desde el punto de vista de la vida y de la muerte, escribe, una posible (aunque políticamente inadmisible) respuesta a los grandes atentados de Nueva York, Madrid y Londres sería ignorarlos. En los tres países los conductores ebrios, el tabaco o la obesidad matan muchos más ciudadanos que el terrorismo, y biológicamente deberían percibirse como una amenaza más grave. Ocurre, sin embargo, que de forma natural los humanos sobreestimamos el riesgo de los acontecimientos masivos e infrecuentes, y también de aquéllos sobre los que tenemos poco control y que nos afectan de forma violenta. No sé si la conclusión de Blumstein me agrada o todo lo contrario.

El corazoncito de las plantas

28 Jun 2009
09:00 
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MIGUEL ÁNGEL SABADELL // CIENCIA DE PEGA

En el número de invierno de 1968 la revista International Journal of Parapsychology aparecía el artículo titulado Evidence of a primary perception in plant life. Su autor era Cleve Backster, un poligrafista que había colocado un detector de mentiras a las hojas de las plantas. Y encontró un cambio en la resistencia eléctrica cuando la dañaba o, simplemente, la amenazaba con dañarla.

Pero esto solo era el principio. Backster fue revelando que las plantas no solo sienten, sino también adivinan el pensamiento y reaccionan a emociones como el amor, el temor o el miedo. Incluso eran excelentes testigos judiciales. Backster “probó” que una planta reaccionaba violentamente frente a quien había arrancado y destrozado otra delante de ella momentos antes.

Semejantes descubrimientos impulsaron a que muchos se dedicaran a investigar el sorprendente fenómeno. Una de ellas fue Dorothy L. Retallack, que en su libro The sound of music and plants de 1968 decía haber comprobado cómo las plantas preferían la música clásica (en particular, la barroca) al estridente rock de la época. Algo que tuvo que ser de gran agrado para ella, organista y soprano.

Las ideas de Backster no son más que versiones friki de las investigaciones pioneras del físico bengalí Jagadish Chandra Bose de principios del siglo XX, que determinaron que era la electricidad y no la química la responsable de enviar señales por la planta. Estos trabajos dieron paso 70 años después a la neurobiología de las plantas, descrita por primera vez en 2006 por E. D. Brenner y colaboradores en el artículo Plant neurobiology: an integrated view of plant signaling. En esencia el término –confuso, todo hay que decirlo– se acuñó por las analogías que aparecen entre la neurobiología clásica y algunos aspectos de la fisiología de las plantas. Por supuesto, nada tiene que ver con la idea de que los tomates se pongan histéricos al hacer un gazpacho.

Bien mirado, si lo que dice Backster fuera cierto los vegetarianos se quedarían sin argumentos sensibleros.

El problema de los cuatro colores

26 Jun 2009
09:00 
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El juego de la ciencia// Carlo Frabetti

 * Escritor y matemático

Al citar, en la columna anterior, los versos de Nicolás Guillén (“Oh, mapamundi, gloria de la escuela…”), me acordé de aquellos antiguos atlas escolares en los que, en páginas contiguas, aparecían los mapas físicos y políticos de los distintos continentes y países. Los físicos, analógicamente coloreados en difusos tonos de amarillo y marrón (“geografía pintada de limón y de canela”), y los políticos, en vivos colores planos delimitados por las negras líneas fronterizas. Colores arbitrarios, estos últimos, pues su única función era destacar la silueta de cada país, región o provincia. Razón por la cual, obviamente, dos provincias, regiones o países contiguos no podían ser del mismo color: esa era la condición necesaria y suficiente para que un mapa político estuviera correctamente coloreado.

Desde siempre, los cartógrafos han sabido que cuatro colores son suficientes para colorear cualquier mapa de forma que nunca dos países con una frontera común sean del mismo color (un solo punto común no da lugar a confusión visual y no se considera una frontera; por eso bastan dos colores para diferenciar las casillas de ese mapa esquemático que es el tablero de ajedrez). Pero los topólogos no conseguían demostrar lo que para los topógrafos era evidente, y el problema de los cuatro colores, en apariencia sencillo, por no decir trivial, se resistió durante un par de siglos a someterse al rigor de las demostraciones matemáticas.

El problema topológico de los cuatro colores se formuló como tal en el siglo XVIII, y durante el XIX atrajo la atención de numerosos matemáticos, entre ellos Lewis Carroll, que lo utilizó en algunos de sus acertijos. Pero hasta 1976 no hubo una primera demostración, lograda por Appel y Haken con ayuda de un ordenador. Sin embargo, el hecho de que buena parte de la demostración se desarrollara en las entrañas de la máquina suscitó no pocos recelos, así como un interesante problema metamatemático. ¿Qué es una demostración? ¿Puede considerarse demostrado un teorema cuando una larga cadena de pasos intermedios son efectuados por un ordenador sin control ni conocimiento directo de persona alguna? En 1996, los matemáticos estadounidenses Robertson, Sanders, Seymour y Thomas hallaron una demostración más satisfactoria; pero el problema metamatemático –y epistemológico– sigue abierto, y es probable que, cada vez con mayor frecuencia, la colaboración hombre-máquina produzca algunos resultados que solo la máquina “comprenderá” plenamente.

Garoña, As Pontes y el Agua de Alá

25 Jun 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Consulte el lector varios anuncios de coches y concluirá que emiten unos 200 gramos de CO2 por kilómetro. Un promedio de 15.000 kilómetros anuales es razonable para un conductor normal, o sea, que un coche larga a la atmósfera unas 3 toneladas de CO2, entre otros gases nocivos. La central eléctrica más potente de España es As Pontes, está en A Coruña y funciona con carbón. Tiene una potencia de 1.440 MW. Emite 10,5 toneladas de CO2 al año, es decir, que contamina lo mismo que tres millones de coches. En el Reino Unido hay una central de carbón aún más potente, en Didcot, que la quieren cerrar: ha habido un informe estatal sobre el número de muertos por accidente que ha provocado incluyendo los de las minas de carbón y afectados en general, que por muy amplio que sea el margen de error, es estremecedor.

As Pontes ha solicitado ya prolongar su vida útil. Al parecer, nadie discute en el Gobierno la concesión de la licencia.A 18 kilómetros de Mérida hay un paraje de singular belleza y armonía ecológica. El término de Alange, nombre que parece derivar de Agua de Alá, está dominado por un balneario que data de la época de los romanos. Una de las muchas propiedades beneficiosas de sus aguas, según se enorgullece su ayuntamiento en su página web, se debe a que contienen radón, elemento radiactivo. Corramos un tupido velo sobre el asunto, no vaya a darle malas ideas a algún que otro militante en pro de la salud ajena.

En ese entorno idílico, Iberdrola tiene permiso para instalar una central de ciclo combinado de 850 MW. Contamina menos que As Pontes: igual que sólo unos 750.000 coches. Lógicamente, los vecinos están que trinan. Resulta al menos curioso que se cierre Garoña, también en contra de sus vecinos, y se autorice a Iberdrola a instalar el doble de la potencia de la que se dice que se puede prescindir.

Puede que a la empresa incluso le salga gratis con las indemnizaciones que espera obtener del Gobierno por el cierre de Garoña.Ahora démosle la vuelta al último recibo de la luz. Pone cuántos residuos genera cada kilovatio-hora producido: el CO2 lo mide en kilogramos, los residuos nucleares en miligramos. Así pues, un gramo de estos últimos equivale a una tonelada de aquellos. Ese gramo apenas ocupa la cabeza de un alfiler (el uranio es muy denso) que permanecerá miles de años vitrificado, blindado y localizado; la tonelada de CO2 de As Pontes o Alange es un nubarrón que se esparcirá a la atmósfera, donde se quedará unos miles de años. ¿Aquí no ha enloquecido alguien?