Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

La revolución dialéctica

31 Jul 2009
09:00 
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El juego de la ciencia// Carlo Frabetti

* Escritor y matemático

La dialéctica es tan antigua como el lenguaje, y ya Platón dijo, siguiendo a Sócrates, que el diálogo es la vía maestra del conocimiento. Hegel, inspirándose en el pujante método científico de Galileo y Newton, desarrolló y sistematizó la dialéctica hasta convertirla en la mejor herramienta intelectual de la que disponemos. Y Marx y Engels la limpiaron de polvo idealista y paja retórica para ponerla al servicio de la transformación del mundo. Pero un proceso dialéctico –un diálogo de cualquier tipo–, para desarrollarse con fluidez, requería hasta hace poco condiciones de proximidad similares a las del ágora ateniense o la Academia platónica, difíciles de extender a ámbitos más amplios. De ahí que el rapidísimo avance de la ciencia en los últimos tiempos se deba, en gran medida, a que ahora los científicos de todo el mundo pueden comunicarse y debatir en tiempo real, lo cual era impensable hace apenas unas décadas.

Y, paralelamente, la divulgación científica, esa importantísima vertiente didáctica y coloquial de la ciencia que la conecta con el conjunto de la sociedad (para enriquecimiento no solo de la sociedad sino también de la ciencia), se ha beneficiado de forma espectacular de las posibilidades que nos brindan las nuevas tecnologías. Una sección como esta no sería la misma, ni siquiera parecida, si la comunicación con los lectores y las lectoras tuviera que limitarse al correo postal. Gracias a esa inmensa ágora virtual que es Internet, estas columnas encuentran en el blog la amplitud prácticamente ilimitada y la interactividad casi instantánea que el papel impreso no puede conceder.

Pero pronto, gracias al papel electrónico, se podrá pasar sin intermediarios de los libros y los periódicos al ciberespacio. Y una televisión cada vez más interactiva e integrada con el ordenador personal, junto con la proliferación de blogs, webs y foros digitales, propiciará nuevas formas de participación y telepresencia. Y asistiremos a una nueva y encarnizada batalla entre quienes intentan sojuzgarnos y quienes luchan por la emancipación de las personas y de los pueblos. Si la revolución dialéctica –el diálogo sin fronteras– triunfa sobre la involución monoléctica –es decir, sobre la manipulación de las nuevas tecnologías por los poderes establecidos para imponer un discurso único y embrutecedor– podríamos asistir en breve al comienzo de una nueva era, al despertar de una nueva conciencia. Un buen tema de reflexión para este largo y cálido verano, queridos lectores y lectoras.

La flor muerta

30 Jul 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Uno de los padres de la electrodinámica cuántica, conjunción en un mismo cuerpo matemático de la mecánica cuántica y la relatividad especial, fue Richard Feynman. Le concedieron el premio Nobel en 1965. Feynman era persona de gran cultura, divulgador brillante y polemista ingenioso. Un amigo poeta le espetó que mientras que los artistas y personas sensibles en general subliman o simplemente admiran una flor, los científicos la diseccionan para estudiarla y lo único cierto que consiguen es matarla. Feynman replicó de inmediato que los científicos disfrutan igual que todos, incluidos los poetas, de la belleza de una flor, pero además admiran sus procesos celulares y el papel que juega en un ecosistema, consiguiendo así disfrutar mucho más. Concretamente, la respuesta de Feynman fue: “La ciencia sólo agranda el interés, el misterio y el asombro que produce una flor”.

Esta creencia generalizada en el mundo científico nos lleva a veces a una arrogancia absurda. Es cierto que existe una asimetría entre los profesionales de la ciencia y, digamos, el resto del mundo: los científicos podemos entender y apreciar un buen soneto o una portentosa sinfonía como cualquier amante de la literatura y la música, pero nadie salvo nosotros comprenderá los intríngulis de nuestra especialidad, por ejemplo, de la electrodinámica cuántica. Cuando algún colega me hace referencia a esta apreciación suelo responderle que es cierta, pero que piense lo siguiente. Supongamos que a Einstein le hubiera caído una maceta en la cabeza a temprana edad y lo hubiera dejado tonto; que Bohr, buen futbolista en su adolescencia, se hubiera hecho jugador profesional; y que al propio Feynman su joven esposa, diagnosticada de tuberculosis antes de casarse, le hubiera contagiado la entonces mortal enfermedad. La relatividad especial, la mecánica cuántica y el colofón unido de ambas teorías habrían surgido igual y casi al mismo tiempo. En cambio, si Vivaldi hubiera sido una víctima más de la gran mortalidad infantil de su época, jamás habríamos tenido Las Cuatro Estaciones.

¿Implica lo anterior que los científicos somos simples técnicos cuyo fruto del trabajo es independiente del autor? Nada más lejos de la realidad, pero la genialidad creativa es asunto complejo y singular de casi cualquier actividad humana. A los columnistas de esta sección de Ciencias nos dan vacaciones. Creo que, sin atisbos de arrogancia, todos aspiramos a que nuestros lectores disfruten de la dimensión científica de las flores sin necesidad de matarlas. La vagancia en agosto sin duda lo propicia.

Somos lo que comemos

29 Jul 2009
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Todos sabemos muy bien que nuestro estado de ánimo, bienestar o malestar e incluso hasta nuestro olor corporal depende de la dieta que acostumbremos a llevar. A cada uno le sientan mejor un tipo de alimentos que otros. Somos ciertamente lo que comemos. Los vegetarianos estrictos lo saben muy bien. Y esto es así porque la materia orgánica y los minerales que consumimos se incorporan a nuestro organismo. Por supuesto, nuestro cuerpo fabrica sus propios componentes específicos a partir de las moléculas que ingerimos. Pero los ladrillos que empleamos para construir nuestro particular edificio no son iguales en todos los alimentos.

Las plantas y los animales que nos sirven de sustento pueden estar construidos con isótopos diferentes de un mismo elemento químico. El carbono, el nitrógeno, el estroncio o el azufre se presentan en la naturaleza en variedades diferentes (isótopos) con el mismo número de protones pero diferente número de neutrones. Por ejemplo, existen plantas tropicales que incorporan a su estructura el isótopo del carbono C13 con mayor proporción que la mayoría de las plantas actuales. Este isótopo del carbono se encontrará también en un porcentaje mayor en los animales que consumen dichas plantas.

En el estudio de las paleo-dietas de nuestros ancestros se han utilizado varios métodos, incluidas por supuesto las evidencias indirectas del registro arqueológico. Si en un yacimiento del Pleistoceno encontramos restos de especies animales con marcas de carnicería, tendremos certeza del consumo de carne. El estudio de los isótopos estables de ciertos elementos químicos contenidos en los fósiles también puede ayudarnos a reconstruir la dieta. Tenemos un ejemplo muy reciente (PNAS, julio 2009) en el estudio del colágeno de los huesos del cráneo de Tianyuan 1, que se atribuye a Homo sapiens. Este yacimiento se localiza en la región de Zhoukoudian, a unos 50 kilómetros de Pekín y data de hace unos 40.000 años antes del presente.

El análisis de los isótopos del carbono y del nitrógeno en este espécimen sugiere una dieta con alto contenido en proteínas de origen animal. La elevada proporción de los isótopos del nitrógeno N15 y azufre S34 permite concluir que estas proteínas procedían en buena parte de pescado fresco de los ríos próximos. El único aminoácido del colágeno de los huesos que contiene azufre es la metionina. Se trata de un aminoácido esencial para nosotros, que obtenemos de las proteínas de los animales y las plantas. En los peces, la metionina tiene un valor muy elevado de S34. Así podemos conocer que los antiguos miembros de nuestra especie ya consumían pescado fresco, un alimento relativamente reciente en la historia de nuestra evolución.

Vacaciones con Wi-Fi

28 Jul 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del Blog Periodistas 21

Conectados. También en vacaciones. En muchos bares y restaurantes ya es habitual ver gente con sus portátiles y la bolsa de la playa o la mochila de andarines. Para muchos tener conexión a Internet desde cualquier lugar es prioritario. El Wi-Fi gratis es una oferta esencial para cada vez más viajeros -de negocios o turistas- a la hora de elegir. Sin embargo, a muchos hoteles todavía les cuesta aceptar que la conexión inalámbrica a Internet es más apetecible para muchos clientes que otros servicios más tradicionales.

Europa es uno de los lugares más caros para conectarse con Wi-Fi en los hoteles. Y las capitales españolas como Madrid y Barcelona, están entre las ciudades con precios más altos, según un estudio de una agencia de viajes on-line. Entre sus conclusiones, una fácil de comprobar: bares, restaurantes y hoteles de menor categoría han incorporado el Wi-Fi gratuito para atraer y fidelizar clientes mientras muchas grandes cadenas siguen cobrando por este servicio.

Una metáfora de lo que ocurre en otros ámbitos de la sociedad de la información: las grandes empresas buscan una alta rentabilización manteniendo estrategias de negocio tradicionales mientras los pequeños asumen las innovaciones con más facilidad y percibiendo con rapidez lo más querido y de mayor valor añadido para sus clientes.

El Wi-Fi gratuito no sustituye a una buena habitación con cama cómoda ni a un buen menú. Pero sí va camino de hacerlo con las televisiones o la música ambiente (¡esa tortura!). Es un servicio básico como el agua o la electricidad y un diferencial tan valorado como el buen trato a los clientes. Seguramente cada vez seremos más los que preferimos el Wi-Fi a otros aparatos y ofertas omnipresentes en estos establecimientos. Comodidad para navegar con el portátil, acceder a nuestros vídeos o música preferida en Internet o consultar el correo electrónico y nuestros RSS para no volver de vacaciones con la maleta llena de ropa sucia y largas colas de suscripciones sin revisar.

El wi-fi es por ahora imbatible como conexión a pesar de la estrategia de las operadoras telefónicas de promocionar sus servicios 3G, todavía caros para muchos internautas. Potenciales clientes perdidos además en el mareo de contratos y condiciones de las telecos y las restricciones para usar el móvil como módem. Así que el Wi-Fi gratis gana. Una oferta cada vez más deseable cuando crecen los usuarios de contenidos, servicios y programas en Internet (cloud computing), cuando el streaming permite acceder a tu música, tus vídeos o series de televisión preferidas y cuando seguir en contacto en tus redes sociales también en vacaciones es casi tan importante como hablar con quien compartes toalla en la playa.

Noticias y libros

27 Jul 2009
09:02 
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Ventana de otros ojos// Miguel Delibes de Castro

En estos días se han producido dos noticias que, por simultáneas, me han traído a la cabeza sendos libros conectados por una pequeña anécdota. Han sido noticia el cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la Luna y el choque, percibido casualmente, de lo que parece haber sido un cometa contra la superficie de Júpiter. Los libros a que me refiero, muy diferentes y recomendables para este verano, en su momento me fascinaron. Se trata de El viento de la luna, de Muñoz Molina, y Tyranosaurus rex y el cráter de la muerte, de Walter Álvarez.

La novela de Muñoz Molina recrea un adolescente, trasunto del propio escritor, que en una pequeña urbe jiennense está protagonizando, a modo de arquetipo, el cambio social de la España pueblerina, resignada e ignorante de la postguerra al país moderno que somos hoy. Las distintas tramas del argumento giran alrededor del entusiasmo del muchacho (ante la indiferencia de su familia, que se pregunta qué vamos a ganar con ello “-si no hay agua ni se puede cultivar allí, ¿para qué vamos?”) por el momento en que Neil Armstrong pondrá el pie en la Luna. El ensayo de Álvarez es una crónica de la investigación que llevó a demostrar que el paso del Cretácico al Terciario, con la extinción masiva que afectó a los dinosaurios, fue debido al choque de un asteroide con la Tierra en la actual península de Yucatán, en México. Apasionante como un relato policiaco, narra desde el cambio en la geología y su percepción del mundo con la aceptación de la tectónica de placas, ya en la segunda mitad del siglo XX, al descubrimiento de la capa de iridio en los sedimentos y, finalmente, al del propio cráter en Chicxulub.

Mi conexión entre ambos libros fue un patinazo temporal de Muñoz Molina, excusable por aquello de la licencia poética. En cierto momento, el adolescente de su novela, descreído y bastante sabihondillo, le espeta al cura progre del colegio: “¿Qué me dice de los dinosaurios, extinguidos hace 65 millones de años por el choque de un enorme meteorito contra la Tierra?”. El cura responde tranquilamente que es sólo una hipótesis. Y el problema surge porque, en teoría, tal conservación sucede en 1969 (¡en un pueblo de la España de entonces!), y la noticia del posible choque de un cuerpo celeste con nuestro planeta fue primicia en Science en 1980.