Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Teilhard de Chardin II

30 Sep 2009
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Como explicaba la semana pasada, el filósofo, científico y pensador Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) marcó una época en las investigaciones sobre evolución humana. Pero quizás Teilhard es más conocido por sus reflexiones sobre la espiritualidad, que más parecen propias de un experto en ciencia ficción del siglo XXI que de un jesuita de principios del siglo XX. Sus conceptos de Noosfera y Punto Omega denotan una imaginación desbordante, que ha tenido influencia en ciertos modelos científicos.

El pensamiento surge de la actividad química del cerebro y representa una forma de energía. Pero Teilhard no conoce el funcionamiento del cerebro cuando postula la existencia de un espacio virtual que nace del aspecto psíquico de la mente humana, donde suceden los fenómenos del pensamiento y la inteligencia. Los pensamientos individuales representan algún tipo de entelequia espiritual, que fluyen por encima de la biosfera buscando un nivel cada vez mayor de complejidad, hasta armonizarse en una especie de súper conciencia o envoltura pensante a modo de córtex cerebral de las especies de homínidos más encefalizadas.

En realidad, Teilhard de Chardin rechaza el aspecto mecanicista y materialista de la evolución biológica. No obstante, quiere armonizarla y sintetizarla con lo espiritual en una evolución teleológica que, desde el inicio de la vida y pasando por la aparición del Ser Humano, se dirige hacia su culminación espiritual en el Punto Omega. En ese punto no existiría lo material, sino que confluirían la espiritualidad humana con la divinidad que Teilhard habría concebido a su manera. La evolución tendría pues una finalidad universal dirigida, que debería finalizar en el Cristo Universal.

No puede extrañar que esta concepción del Universo tropezara con la pureza de las concepciones religiosas del catolicismo de entonces. Con sus reflexiones, que alguno tacharía de extravagantes, Teilhard no es sino un ejemplo de esa esquizofrenia a la que me refería la semana pasada, cuando se tratan de armonizar y conciliar ciencia y religión.

La influencia de Teilhard de Chardin no ha pasado inadvertida y ciertos modelos científicos, como la hipótesis de Gaia de James Lovelock (1969) son herederos de esa influencia. Según Lovelock, la vida de nuestro planeta se comporta como un “ser pensante” capaz de autorregular las condiciones de equilibrio necesarias para mantener la vida. Los seres humanos nos hemos empeñado en distorsionar esas condiciones y de poner en peligro la continuidad de Gaia (la diosa Gea de la mitología griega). La denominada “conciencia de especie” de Eudald Carbonell también está en la misma línea de pensamiento.

Cibervoluntarios

29 Sep 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del Blog Periodistas 21

Félix quiere ayudar. Y no está dispuesto a que sus problemas de salud lo impidan. Buscó y encontró una fórmula sencilla y adecuada para sus conocimientos y sus gustos. En Internet ayuda a varias ONG con traducciones, a actualizar información sobre proyectos y actividades solidarias, hace carteles, sube fotos, vídeos y todo tipo de contenidos. Félix dedica sus esfuerzos y la actividad que tantos hacen en muchas redes sociales y en otros instrumentos de la Web 2.0 a la solidaridad. Es uno de los más de tres mil microvoluntarios que la Fundación Bip Bip ha conseguido reunir en una página que recoge pequeñas tareas de ayuda a las asociaciones de solidaridad que los microvoluntarios realizan desde su ordenador o su móvil. Son microtareas, fáciles de hacer, sin demasiado esfuerzo, pero contribuyen a mejorar la acción de las organizaciones solidarias.

Félix es el microvoluntario más activo. Ronda los 500 puntos de karma, recibidos por los usuarios cuando realizan sus tareas, una jerarquía de reputación igual a la de tantas redes sociales y webs de crowdsourcing y participación. El perfil de los microvoluntarios es el de personas activas en Internet, “solidario, totalmente desinteresado (hasta el punto que muchas veces no se conoce el nombre) y con gran compromiso social”, según los responsables de esta iniciativa.
Los microvoluntarios también pueden ser empresas. Con esta opción las ONG reciben ayuda de especialistas –especialmente del sector tecnológico– que realizan esas pequeñas tareas desde sus propios puestos de trabajo, a menudo cambiando el café por un rato de cibersolidaridad.

Los microvoluntarios no son los únicos internautas solidarios. Millones de personas en todo el mundo participan en proyectos para ayudar en todo tipo de tareas. En España otra de las iniciativas pioneras es la de la Fundación Cibervoluntarios, creada en 2001 para ayudar a superar la brecha digital a los colectivos más olvidados por la sociedad de la información.

¿Funciona la cibersolidaridad? Félix lamenta que a pesar de funcionar como una red social, la comunicación entre microvoluntarios es escasa. La respuesta de las ONG es desigual. “La mayoría te tratan bien y agradecen la ayuda. Otras, en cambio, te ignoran bastante y no puedes cumplir con las tareas por falta de comunicación por su parte”, se queja Félix. Pero no se desaniman. Son parte de un movimiento que combina solidaridad, participación en redes sociales y pasión por la tecnología. Como el resto de los usuarios de la web prefieren los microformatos, las pequeñas tareas y objetivos a las grandes. Pero la red y la participación son su poder.

Un solo gen

28 Sep 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

El análisis minucioso de múltiples casos por Darwin, y la intuición genial de Wallace, llevaron a ambos simultáneamente a concluir que los seres vivos tenían forzosamente que estar emparentados, descender unos de otros, de modo que en algún momento el camino de una especie se bifurcaba dando lugar a dos. Sólo así podían explicarse racionalmente las observaciones de campo (sobre la distribución en el tiempo y el espacio, por ejemplo). Pero la suya era sólo una hipótesis; ignorantes de la leyes de la herencia, no pudieron demostrarla (se ha comentado a menudo que justamente el “origen” de las especies es algo que Darwin no aclaró).

A partir de su hallazgo, Darwin y Wallace, muy distintos en su formación, carácter y medios de vida, optaron por rutas contrapuestas. El primero siguió investigando muchos aspectos relacionados con su teoría de la descendencia con modificación, mientras el segundo, satisfecho con el trabajo de Darwin, comentó a uno de sus amigos: “Gracias a eso me evita a mí la obligación de profundizar en el tema”. Fue Darwin, por tanto, quien abrumado ante la magnitud del problema optó por una respuesta que no respondía del todo: la acumulación de pequeños cambios durante periodos de tiempo muy largos conduce a que dos poblaciones difieran lo suficiente como para no poder reproducirse entre sí. Esta idea del cambio gradual generador de divergencia (que a menudo es cierta) ha estado muy presente en toda la biología del siglo XX, pese a que los botánicos, por ejemplo, sabían que especies triploides o tetraploides (con tres o cuatro juegos de cromosomas, en lugar de dos) pueden surgir repentinamente. Basta con que aparezca un mecanismo de aislamiento reproductor.

Unos ornitólogos americanos han “sorprendido” a dos poblaciones de aves de las islas Solomon en el momento en que sus caminos se bifurcan (Uy y otros, The American Naturalist, 174). Los individuos de una son completamente negros y los de la otra tienen el vientre castaño. Al parecer, los negros sólo se aparean con negros y los castaños con castaños (así lo deducen de que los machos de cada morfo no defienden sus territorios de cría ante los del otro). Pero, además, análisis genéticos han mostrado que las diferencias entre ellos se reducen a una mutación en el gen MC1R que regula la producción de melanina. No han precisado, pues, ni muchos cambios ni mucho tiempo. ¡Darwin se alegraría de saberlo!

El planeta del fin de los días

27 Sep 2009
09:00 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Hacía años que no volvía a oír hablar de Hercóbulus, un planeta que, además de quitarle a Marte el sobrenombre de planeta rojo, amenaza con acabar con la vida en la Tierra (y van…). Dice el entendido y creador del cotarro Joaquín Amortegui Valbuena, cuyo alias gnóstico es V. M. Rabolú, que el buen planeta pertenece a un sistema solar de nombre Tylo, que ya se vino a dar una vuelta por este barrio cósmico hace 13.000 años provocando nada menos que la desaparición de la Atlántida.

La primera vez que oí hablar de este planeta, unas seis veces más grande que Júpiter, fue hace 20 años, cuando estaba en la universidad. Ya para entonces sus inventores amenazaban con el apocalipsis más apocalíptico, con multitud de erupciones volcánicas, terremotos, maremotos,… que se irán haciendo cada vez más frecuentes e intensos hasta concluir con el fin del mundo.

Algunos seguidores estiman que el gran fiestón tendrá lugar en el 2012, que –miren ustedes qué casualidad– coincide con el fin de mundo de las profecías mayas. ¿Ven como todo va encajando? A esta altura de la película no nos debe extrañar que los astrónomos no hayan dicho ni mu. Porque saberlo, sí lo saben y desde hace dos décadas nada menos. Lo mantienen en secreto porque creen que si lo supieran el resto de los mortales, se montaría un cirio de aquí te espero. Hay que mantener el sistema y la crisis en perfecto estado de revista.

Para más coña, Rabolú dice que Hercóbulus viene para limpiarnos el aura. ¿Cómo? No está claro pero desde 2006 la humanidad ya está bien diferenciada entre quienes trabajan por la Luz y quienes lo hacen por la Oscuridad, al más puro estilo de la Tierra Media. Los mayores enemigos ideológicos de estos gnósticos son el autodenominado Grupo Elron, una “organización científica independiente” destinada a “erradicar los falsos conceptos en todos los campos del conocimiento”. Para ello, sólo necesitan una güija y contactar con un Maestro de la Luz.

Lo que haría un guionista de Hollywood con esta historia.

Finito e infinito

26 Sep 2009
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

*Escritor y matemático

En su fascinante poema filosófico (el propio autor lo definió así) Eureka, Edgar Allan Poe dice que la mente humana no solo no puede concebir lo infinito, sino tampoco lo finito. Una afirmación inquietante, pues decir que no podemos concebir ni lo infinito ni lo finito es, o así lo parece a primera vista, como decir que no podemos concebir nada. Pero, más que inquietante, ¿no es sencillamente absurda la afirmación de Poe? ¿Tiene algún sentido o es otra de esas ingeniosas boutades a las que tan propenso era el autor de El cuervo? ¿Acaso no vemos, tocamos y concebimos continuamente cosas finitas? ¿No es lo finito lo real, mientras que lo infinito es una mera extrapolación, una entelequia…?

Continuamente vemos y tocamos cosas finitas, en efecto. Pero solo podemos verlas y tocarlas –e imaginarlas– en un entorno y en relación con él. Pruebe el lector a imaginar una esfera y nada más que una esfera; cuando menos, tendrá que imaginarla suspendida en el espacio, como un planeta solitario. Y a ese espacio circundante sin el cual la esfera no es posible ni siquiera como imagen mental, no podemos ponerle límites definitivos, definitorios. No podemos concebirlo infinito, pero tampoco finito, pues la imaginación viaja instantáneamente hasta esa imposible frontera del espacio y pregunta qué hay más allá. Como arriba y abajo, como anverso y reverso, finito e infinito son conceptos que no pueden existir por separado, que se determinan mutuamente, que se funden y confunden en un híbrido elusivo.

Y lo anterior vale tanto para lo infinitamente grande como para lo infinitamente pequeño. Demócrito llegó a la conclusión de que no se puede dividir indefinidamente un trozo de pan en partículas cada vez más pequeñas. Y la física del siglo XX le dio la razón. Pero los objetos matemáticos no están sometidos a las leyes de la naturaleza; no han de obedecer más reglas que las que se desprenden de su propia definición. Un polígono regular inscrito en una circunferencia puede tener tantos lados como queramos, y cuanto mayor sea su número de lados, más se aproximará el perímetro del polígono a la longitud de la circunferencia, y su área a la del círculo correspondiente. Y lo mismo se puede decir de un poliedro inscrito en una esfera. A partir de este tipo de consideraciones –este vertiginoso viaje de ida y vuelta de lo finito a lo infinito– Arquímedes pudo hallar, anticipándose dos mil años al cálculo infinitesimal, el volumen de la esfera, del cilindro, del cono… Pero esa es otra columna.