Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

El poder de los transgénicos

30 Nov 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Acabo de ver en televisión una playa del sur cubierta de pepinos descargados desde tractores, mientras en el norte los agricultores regalaban toneladas de brócolis a los ganaderos para nutrir con ellos a las vacas. Producimos alimentos que nadie quiere o, al menos, por los que nadie está dispuesto a pagar lo que cuesta generarlos. Me ha venido a la mente un debate en Madrid, organizado por el CSIC, sobre los recursos transgénicos, pues el argumento principal de sus defensores era que la humanidad necesita esos productos para comer. “Hay algún riesgo inherente a los transgénicos”, admitían, “como lo hay en todas las cosas, pero ¿acaso preferís que la gente muera de hambre?”.

No me asustan los transgénicos. Al menos, no me asustan más que las mutaciones al azar o las producidas ciegamente por los humanos en el pasado, cuando han intentado (por ejemplo, con radiaciones) obtener nuevas variedades para aumentar el rendimiento de las cosechas. Requerimos prudencia en su uso, ciertamente, pero creo que existe. En el fondo, sin embargo, no sé si lo urgente es producir más o distribuir mejor lo que producimos. ¿De verás disminuirán los hambrientos del mundo con nuevos cultivares? Ojalá sí, aunque mucho me temo que, principalmente, servirán para que unos pocos adinerados se enriquezcan todavía más. Y me preocupa otra cosa. Modificando genéticamente los vegetales cultivados producimos variedades capaces de medrar, hasta ser rentables, en suelos o ambientes antes improductivos. ¿Se deforestaría al mismo ritmo infernal la Amazonía de no existir la soja transgénica? Alterando los usos del suelo (cultivándolo más) empobrecemos la biodiversidad e incrementamos de forma muy significativa la emisión de gases de efecto invernadero.

En otras palabras, mi problema no es tanto el transgénico en sí, como el poder de esa herramienta. Tengo muchos y buenos amigos que investigan sobre transgénicos. Comparto con ellos la pasión por el conocimiento y el deseo de que éste sirva para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. Pero alcanzo a percibir que los objetivos de nuestros esfuerzos son, en gran medida, antagónicos. Ellos trabajan para conseguir incrementar la producción, mientras los biólogos conservacionistas aspiramos a que se estabilice o disminuya, en tanto se distribuye mejor. El conocimiento de todos aumenta cada día, lo que es muy positivo, pero tal vez lo que tejemos unos durante el día lo destejen otros por la noche, o al revés, con el dinero de todos.

Enemigo a las puertas

29 Nov 2009
15:44 
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Es una pérdida de tiempo denunciar las pseudociencias? Esta semana he descubierto un poderoso motivo para seguir haciéndolo. En dos colegios de dos ciudades diferentes, estudiantes de secundaria y bachillerato me han asegurado que no llegamos a la Luna y que el transistor y la fibra óptica los conseguimos de una nave que se estrelló en Roswell y que está bajo llave en el Área 51. Intuyo que lo escucharon en algún programa de televisión. Para cualquiera que sepa un mínimo de historia de la ciencia, esto es una chorrimemez.

El problema no es que los chicos se lo crean, sino que semejantes demostraciones de analfabetismo funcional sean propagadas en programas que las cadenas que los emiten los consideran científicos. Esos adolescentes que piensan que la fibra óptica es de origen extraterrestre son los que en el futuro decidirán si hay que dar dinero a la investigación. Y la respuesta es obvia: si la conseguimos de los extraterrestres, para qué vamos a investigar.

Este razonamiento no es nuevo. Hace 18 años, un senador americano votó en contra de asignar dinero a la NASA para la búsqueda de vida extraterrestre diciendo que no hacía falta buscarla porque ya estaban aquí. Que unos futuros ciudadanos estén convencidos de que fuimos técnicamente incapaces de llegar a la Luna y que sólo parasitamos la ciencia extraterrestre, debería hacer pensar a quienes trabajan y viven de la investigación: los llama inútiles y mentirosos.

Esta es la verdadera carga de profundidad de programas como Cuarto milenio cuando hablan de personas con poderes psíquicos que les han sido poco menos que regalados, cuando defienden que el mayor logro tecnológico del siglo XX es un fraude y cuando afirman que el Premio Nobel por inventar el transistor es poco más que una filfa. Lo que están diciendo es que el esfuerzo, el estudio y el trabajo duro no tienen ningún valor. Sólo buscan desprestigiar el ingenio y la razón
humana.

El cero y la nada

27 Nov 2009
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Muchas personas ilustradas ignoran algo tan importante y llamativo como que el cero es un invento –o un descubrimiento, según se mire– relativamente reciente. Solo hacia el siglo II de nuestra era empezaron a utilizarlo los mayas, y unos trescientos años más tarde lo descubrieron –o inventaron– los indios (los de verdad, es decir, los de India); y a Europa no llegaría, traído por los árabes, hasta varios siglos después. Cuesta creer que los antiguos griegos no conocieran el cero; ni Euclides –cuya perfecta geometría se sigue enseñando en las escuelas tal como él la formuló–, ni los pitagóricos, ni Arquímedes –que se anticipó en dos mil años al cálculo infinitesimal– dieron con algo tan simple, tan elemental, tan necesario. ¿Por qué?

Porque en realidad el cero no tiene nada de simple: en contraste con la sencillez de su manejo, es uno de los conceptos más difíciles de concebir y asimilar, una verdadera acrobacia de la mente en los más elevados niveles de abstracción. Es más: a primera vista, representar lo inexistente mediante un signo y convertir ese signo en un dígito más para hacerlo interactuar en igualdad de condiciones con los otros dígitos parece una contradicción in términis: un dígito sin dedos. Como un pájaro sin alas, un arco sin cuerda, un libro sin páginas… Es el equivalente matemático del inaprensible concepto filosófico de “la nada”, que por el mero hecho de nombrarla se convierte en “algo”; tanto es así que algunos filósofos proponen el concepto de no-nada: lo que ni siquiera es la nada. Anonadante (nunca mejor dicho).

Tan anonadante que me atrevería a decir que el cero es una de las principales causas del fracaso escolar en matemáticas y, por ende, del generalizado anaritmetismo de nuestra sociedad. No el cero en sí, obviamente, sino la forma en que se enseña nuestro sistema de numeración decimal, que, junto con el alfabeto y su combinatoria, constituye la base –y los ladrillos– de nuestra civilización alfanumérica (no hay más que ver un teclado de ordenador). Lo que a la humanidad le ha costado siglos descubrir –o inventar–, se pretende que un niño que aún no ha desarrollado plenamente su capacidad de abstracción lo asimile en un par de clases apresuradas. Y sobre esta ausencia de base, sobre esta no-nada en la que ni siquiera está el cero, se levanta un castillo de naipes que se viene abajo al primer estremecimiento mental. No es extraño que tantos niños detesten las matemáticas; lo realmente extraño es que algunos consigan no detestarlas.

Inmensamente solos

26 Nov 2009
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Conforme la ciencia iba mostrando la grandiosidad del universo, los científicos cayeron en la tentación de trascender su oficio, que no es otro que encontrar las propiedades del mundo estableciendo leyes demostrables experimentalmente y predicciones sobre la base de ellas. Para eso se puede tanto partir de principios como llegar a ellos. Creo que fue el propio codescubridor de la evolución por selección natural, Alfred Russel Wallace, el primero que sostuvo, bien que modestamente, que toda la enormidad y complejidad de nuestro universo son necesarias para que surja un solo planeta apropiado para el desarrollo de la vida y su evolución hasta la inteligencia. Los centenares de miles de millones de estrellas de cada galaxia y los centenares de miles de millones de estas fueron necesarias para que surgiera la Tierra en el lugar y el momento adecuados para que los humanos estemos aquí. Ni Ptolomeo, ni Copérnico acertaron, porque ni la Tierra ni el Sol son el centro del universo, sino nosotros mismos. Aún más, el universo existe porque nosotros existimos y nos dedicamos a observarlo.

Todo lo anterior, que pronto recibió el nombre de Principio Antrópico, tenía un aroma religioso que a unos recordaba el incienso y a otros el azufre hasta que lo tomaron los físicos teóricos y lo complicaron de forma inaudita. Con un abracadabra pasmoso, que si lo llega a hacer un alumno de los primeros cursos le amonestamos seriamente, el gran Dirac, merecidísimo premio Nobel de física, barajó arbitrariamente varias constantes fundamentales ¡et, voilá! le salió la edad aproximada del universo: unos quince mil millones de años. Ahora está establecida en 13.700 millones, pero da igual. El caso es que se desató, hasta hoy, una auténtica avalancha de publicaciones sofisticando el principio hasta llegar a las seis o siete formulaciones actuales del mismo, aunque todas mantienen el sustrato básico: todo el universo es necesario para que existamos. Estamos solos y quien (o lo que) nos haya creado no ha derrochado nada, porque se precisan todas las galaxias para nuestra existencia que es de lo único de lo que tenemos certeza.

Escribo estas líneas de madrugada con un catarro cósmico. Miro a las estrellas y me resigno a pensar que quizá lleven razón y estemos solos, pero me gusta más imaginar que ahí fuera bulle la vida y la inteligencia por más que por ahora no podamos contactar con ellas. No obstante, incluso si fuera cierta nuestra inmensa soledad, ésta nos debería alentar a unirnos globalmente en íntima relación con el planeta. Hasta ese bienestar nos puede proporcionar la ciencia.

Nuestra mano primitiva

25 Nov 2009
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Nuestra mano presenta una particularidad única entre las especies vivas de primates. La longitud del pulgar, su notable musculación y la gran cantidad de terminaciones nerviosas de la yema del dedo se han modificado a lo largo de nuestra genealogía, para conseguir una adaptación de una enorme importancia: la pinza de precisión. La yema del pulgar puede oponerse fácilmente a los demás dedos y en particular al índice. Con esta adaptación anatómica somos capaces de realizar trabajos de una enorme precisión, que ha permitido el desarrollo de una tecnología cada vez más compleja, desde las primeras herramientas hasta los microprocesadores más sofisticados.

El equipo del Profesor Salvador Moyà-Solà, que desarrolla sus investigaciones en el Institut Català de Paleontología, ha realizado un trabajo muy detallado sobre las falanges de especies fósiles de primates del Mioceno. Muchos de estos fósiles se vienen localizando desde hace años en yacimientos catalanes y están teniendo una enorme importancia en el estudio de la evolución del antecesor común que compartimos con gorilas, chimpancés y orangutanes. La especie Pieralopithecus catalaunicus, descubierta y nombrada en 2004 por el equipo de Salvador Moyà-Solà, vivió hace unos 12 millones de años en el área que hoy ocupa el territorio de Cataluña, cuando la Península Ibérica todavía no tenía su configuración actual.

Moyà-Solà y su equipo han observado que las falanges de los dedos de esta especie no son tan largas como las de los chimpancés, que únicamente pueden realizar una pinza de presión, sujetando los objetos con fuerza entre un pulgar muy largo y menos fuerte que el nuestro y los demás dedos de la mano. Los chimpancés, gorilas y sobre todo los orangutanes (los más arborícolas) tienen una gran capacidad para trepar y su mano tiene la anatomía necesaria para esta función. Los australopitecos todavía no habían conseguido una mano como la nuestra, pero su mano ya no era como la de los chimpancés, sino que recuerda más a la de Pieralopithecus.

La conclusión más lógica para explicar estas evidencias del registro fósil es que tanto los orangutanes como los chimpancés y los gorilas han modificado su mano a partir de un modelo primitivo. Este modelo está en Pieralopithecus y fue heredado por los antecesores de nuestra genealogía. Hace menos de tres millones de años comenzamos a modificar la anatomía de la mano para conseguir la pinza de precisión. Aún así, nuestra mano parece estar más próxima al modelo primitivo que la mano de los chimpancés o de los gorilas.