Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Oxígeno para creacionistas

20 Mar 2010
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Comentaba no hace mucho que los humanos necesitamos clasificar y dar nombre a las cosas. También en la ciencia. Si advertimos que nueve décimas partes (quizás más) de la biodiversidad global son desconocidas, es porque aún no las hemos bautizado y catalogado. Hacerlo nos obliga a diferenciar unidades discretas, cuando sabemos que la realidad no funciona así. Los individuos cambian y las poblaciones (los acervos genéticos) evolucionan de forma continua, de manera que, aun si pudiéramos seguir el proceso completo, no habría modo, si no artificial, de colocar una barrera diciendo: “A partir de aquí, a esta población le damos un nombre distinto”. Eso supone, al menos desde el punto de vista nominal, que negamos por decreto la existencia de especies (o, con más precisión, de taxones) intermedios, lo que no quiere decir que no los haya.

Richard Dawkins ha utilizado brillantemente la analogía de este caso con el de la mayoría de edad legal. Uno es mayor de edad a partir de los 18 años y es menor antes. ¿Indica eso que la misma persona ha cambiado mucho del día previo al día posterior al 18 cumpleaños? ¿Sugiere que sólo se puede ser mayor o menor, que no existen estados intermedios? ¡De sobra sabemos que, para muchos de nosotros, casi toda la vida es un estado intermedio! La mayoría de edad es una convención formal y las reglas de la clasificación taxonómica también. Para alegría de los creacionistas.

Uno de los argumentos preferidos de los creacionistas es la ausencia de fósiles intermedios. Y, curiosamente, ocurre en la época en que más especímenes de ese tipo se descubren (Dawkins dice, con razón, que todos los fósiles son intermedios de algo). ¿Por qué esa insistencia? Quizás sea por los nombres. El celacanto, el famoso pez que tiene casi patas, descubierto vivo cerca de Madagascar en 1938, bien puede aceptarse a medio camino entre los peces y los anfibios o reptiles. “Pero es un pez, ¿no? Usted mismo lo ha dicho. Luego no es el eslabón intermedio”, argüirá el
creacionista.

Y si vamos al Ychthyostega, un fósil de hace 350 millones de años, aún próximo a los peces pero que parece una gran salamandra y vivía entre el agua y la tierra, el creacionista dirá: “Un anfibio, claro; sigue sin ser un eslabón intermedio”. Se da así la paradoja de que cuantas más formas intermedias se descubren, más se reclaman para aceptar que lo sean.

La ciencia del juego

14 Mar 2010
09:26 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El juego de la ciencia // Carlo Frabetti

*Escritor y matemático

A mediados del siglo XVII, el caballero De Méré, un amigo de Pascal aficionado a los juegos de azar, le planteó al gran matemático y físico francés algunos problemas relacionados con los dados. Por ejemplo, ¿es ventajoso apostar a que si lanzamos un dado cuatro veces saldrá al menos un 6?

Pascal se dio cuenta de que era más fácil calcular la probabilidad contraria, la de que no saliera ningún 6, y razonó del siguiente modo: puesto que la probabilidad de que en una tirada no salga el 6 es de 5/6 y las cuatro tiradas son independientes entre sí, la probabilidad de que en ninguna de ellas salga un 6 será de 5/6×5/6×5/6×5/6 = 625/1296 = 0,48.Si la probabilidad de que no salga ningún 6 es del 48 %, la de que salga alguno será del 52%, luego la apuesta es ligeramente ventajosa.

Pascal discutió por carta este y otros resultados con otro gran matemático de la época, Pierre de Fermat, y la correspondencia entre los dos genios marcó el comienzo del cálculo de probabilidades.Había antecedentes, por supuesto, ya que los juegos de azar, y muy concretamente los dados, se conocen desde hace milenios. El mismísimo Galileo le dedicó un libro al tema: Sopra le scoperte dei dadi.

Pero ni Galileo ni Pascal ni Fermat podían imaginar la enorme trascendencia que iban a tener para la matemática y para la ciencia en general sus aparentemente anecdóticas elucubraciones sobre un vulgar juego de mesa.Se podría decir que hoy tenemos una visión probabilística del mundo, y la discusión sobre si Dios juega o no a los dados ha presidido la física del siglo XX.

Cálculo de probabilidades

Un jugador empedernido le hace a un matemático una pregunta casual (nunca mejor dicho) sobre la conveniencia o inconveniencia de una apuesta, y se pone en marcha un proceso que, pasando por el análisis combinatorio y el cálculo de probabilidades, desemboca en la actual teoría de juegos, una de las áreas más sugestivas y fecundas de la matemática aplicada.

Pues si ampliamos las consideraciones relativas a los dados a otros juegos más complejos, pero en los que siempre se pretende hallar estrategias vencedoras, estaremos hablando de economía, política, guerra, lucha por la supervivencia…Estaremos hablando de cualquier actividad en la que diversos intereses entren en conflicto y haya que tomar decisiones que optimicen las probabilidades de éxito.Así lo comprendió John von Neumann a mediados del siglo pasado: la ciencia del juego es, ni más ni menos, la ciencia de la vida. Y la ciencia de la ciencia misma, que también es un juego.

Precisión y exactitud

13 Mar 2010
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Una noticia se ha hecho sitio en los medios entre las desgracias que ha ocasionado el infausto terremoto de Chile: el fenómeno, además, ha desviado el eje del planeta haciendo los días más cortos.

La Tierra es una esfera muy uniforme que gira plácidamente en torno a sí misma desplazándose igual de suavemente alrededor del Sol. Sin embargo, no es una bola perfecta, entre otras cosas porque su delgada superficie, a una escala como la piel de una manzana respecto al fruto completo, es muy heterogénea al estar formada por océanos, montañas, planicies, etc. Un gran terremoto es la consecuencia de un desplazamiento repentino de enormes masas de rocas en un punto de esta corteza. Es lógico que produzca un efecto, aunque sea muy pequeño. Es como si una pesada peonza girando sobre una superficie suave, como de hielo o mármol pulido, se encontrara un granito de azúcar. Su movimiento se altera, pero las leyes de la física hacen que su dinámica se recupere en gran medida. Estamos hablando, en el caso de la Tierra, de alteraciones de centímetros en cuanto al eje de giro (a comparar con los 40.000 kilómetros que tiene su circunferencia) y de microsegundos en cuanto al periodo diurno (que es como un segundo respecto a algo más de dos milenios).

Lo fascinante de todo esto es que seamos capaces de detectar estas mínimas alteraciones. Eso es lo grande de la física y la ingeniería, que la búsqueda ansiosa de la precisión se hace controlando los errores. Hasta hace poco, a las matemáticas se las denominaban ciencias exactas. La física, es decir, el uso de las matemáticas para explorar el universo, se basa en la medida experimental de diversas magnitudes con ayuda de aparatos, lo cual siempre conlleva una indeterminación o margen de error. Usar el ingenio para disminuir este margen, o sea, dar rienda suelta al afán antedicho de la precisión, nos ha llevado a descubrimientos maravillosos en campos tan diversos como la astronomía, la nanotecnología, las comunicaciones o el microcosmos atómico. Y, naturalmente, a desarrollos tecnológicos igual de pasmosos, como no podía ser menos. La exactitud matemática siempre será fuente de asombro y placer intelectual, pero lo que de verdad nos alegra la vida es el progreso que genera la exploración cada vez más precisa de la naturaleza, o sea, de la materia y sus propiedades. Es curioso que la Real Academia Española de la Lengua y doña María Moliner no distingan el abismo que hay entre precisión y exactitud. Consulte el lector.

Diseño inteligente

07 Mar 2010
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

La evolución biológica es una de las teorías más bellas propuestas por la ciencia. Han pasado más de 160 años desde su formulación por Charles Darwin y Alfred Rusell Wallace y las evidencias obtenidas por la paleontología, la genética y la embriología no han hecho sino apoyar con infinidad de datos lo que hoy día es el paradigma de la biología moderna. Pero, así como la mayoría de los humanos aceptamos de buen grado los avances tecnológicos que nos facilitan la vida, las hipótesis científicas que no suponen un beneficio inmediato y palpable interesan menos y suelen quedar relegadas al disfrute de minorías. Ni que decir tiene que si la hipótesis choca frontalmente con las creencias religiosas oficiales, su aceptación social puede llevar decenas, si no centenares de años.

La corriente de pensamiento denominada diseño inteligente nació en el ámbito de las creencias religiosas, como una forma más sofisticada de presentar el creacionismo e impregnada de pretensiones científicas. Las raíces de las ideas del diseño inteligente pueden encontrarse ya en el siglo XIX, en paralelo al desarrollo de la teoría de la evolución, si bien su implantación definitiva se ha producido en los años 1990 con la publicación del libro Proceso a Darwin, de Phillip E. Johnson.
No puedo olvidar la pregunta que me hizo mi hija mayor, Elena, cuando tan sólo contaba tres años: papá, ¿cómo es Dios? Me quedé perplejo; no tenía una respuesta. No recuerdo cómo salí del envite y continuamos caminando hacia el parque para jugar, que es lo que le tocaba a su edad. Unos años más tarde encontré la respuesta precisamente en el diseño inteligente: el Hombre creó a Dios a su imagen y semejanza. En efecto, desde que tenemos una constancia histórica la mayoría de los dioses tienen un aspecto humano o muy humano. ¿Qué otra cosa podíamos hacer sino basarnos en nuestro conocimiento de la realidad? Y el mejor modelo para ese diseño éramos nosotros mismos.

El concepto de Dios nació de la consciencia de nuestras propias limitaciones, quizá hace miles de años y muy probablemente en varias especies de homínidos, incluidos los neandertales. El concepto se fue desarrollando y aparecieron las primeras religiones. Algunas mentes privilegiadas habrían sido capaces de abstraer un concepto tan complejo; sin embargo, para la mayoría la identificación de los dioses sólo se podía realizar sumando el mundo real conocido (seres inanimados, animales y humanos) y la imaginación. Esta última fue capaz de conferir poderes sobrenaturales a los dioses. Con el paso del tiempo, las religiones han añadido una buena dosis de inteligencia al diseño, al punto de convertirse en una gran fuente de riqueza y de puestos de trabajo. Qué más queremos.

Oasis individual

06 Mar 2010
09:00 
Compartir: facebook twitter meneame delicious

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Botánicos israelíes han descubierto en el Negev una planta cercana al ruibarbo capaz de fabricarse minúsculos oasis privados. Por el momento, se trata de la única planta del mundo de la que se haya demostrado que colecta agua para aportarla a sus raíces. El Rheum palaestinum, que tal es su nombre científico, es escaso y vive en montañas donde apenas caen 75 milímetros de lluvia al año. Aún así, su aspecto lustroso le hace muy diferente de las otras plantas del desierto, que tienen hojas poco aparentes. Los científicos pensaron que algo raro debía ocurrir para que en un medio tan árido una planta luciera hojas redondeadas de decenas de centímetros de ancho, formando alrededor del tallo rosetas que llegaban al metro cuadrado de superficie.

Decidieron experimentar simulando lluvias ligeras sobre el ruibarbo, y entonces apreciaron que el haz de sus hojas estaba diseñado como un perfecto sistema de drenaje tridimensional (la fotografía de detalle publicada en la revista –Naturwissenschaften 96, 2009– recuerda un atormentado relieve montañoso, con sus profundas cárcavas, arroyos y ríos). Además, la consistencia cérea de la epidermis foliar favorece la escorrentía, de manera que, a poca agua que cayera encima, era canalizada hacia el centro de la roseta y volcada sobre la raíz, clavada profundamente en el suelo (algo también excepcional, pues la mayoría de las restantes plantas en ese medio hostil tienen raíces superficiales para aprovechar la poca agua que recibe el suelo).

El diseño del Rheum funciona. Un ejemplar promedio colecta más de cuatro litros de agua por año (y algunos más de 40), agua que profundiza a lo largo de su raíz central mucho más que el resto de la caída en el desierto. Esto hace que los ruibarbos del Negev disfruten de un régimen natural de irrigación similar al de una planta mediterránea, es decir, unos 500 milímetros por año.

Cuando se descubre algo así, uno siempre se pregunta lo mismo: “No parece un invento evolutivo tan difícil, ¿por qué otras especies de plantas no lo hacen?”. Cabe recordar entonces que en la naturaleza no existe el vencedor por K.O., siempre hay compromisos.

Se puede imaginar, por ejemplo, que las gacelas encuentren especialmente apetitoso al fresco y húmedo Rheum, comparado con las restantes especies de hojas esmirriadas. ¿Para qué fabricarse un oasis si, por vivir tan bien, te comen antes de reproducirte? No es posible tenerlo todo en la vida (deberíamos recordarlo).