Cultura científica

12 Jun 2011
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

La recién aprobada Ley de la Ciencia ha recibido no pocas críticas, en particular por carecer de la ambición y valentías necesarios para desterrar de una vez el modelo de funcionariado de los centros de investigación. Seguirá siendo ésta una asignatura pendiente que, de momento, se deja para septiembre. No obstante, se han dado importantes pasos hacia adelante con respecto a la ley de los años 1980, que no es poco. Por primera vez, desde que la ciencia española comenzó a despuntar con timidez a nivel internacional, se crean herramientas para procurar que los avances científicos formen parte de la cultura general.

Si estas son eficaces, no me cabe duda de que los resultados se notarán en pocos años. Estoy plenamente convencido del enorme interés que existe en España por la ciencia. El problema reside en la pasividad que mostramos ante la información de los medios de comunicación. Por definición, y hablando en términos generales, somos consumidores de lo que nos echen. Y si lo que nos dan es “basura intrascendente” nos la comemos con patatas fritas. Creo que todos los lectores saben bien a lo que me refiero. Pero también podemos confiar en las nuevas generaciones que, por fortuna, empiezan a dar muestras de querer cambios en nuestros modelos obsoletos. La cultura de la ciencia, que es también la de lo relevante, es imprescindible para ello.

Por otro lado, la nueva Ley de la Ciencia busca incentivar el esfuerzo de los propios científicos en la comunicación de los avances de la ciencia y la tecnología. Hasta el momento no existía un reconocimiento expreso para la compleja tarea de comunicar sus resultados a la sociedad. Se consideraba un esfuerzo añadido, sin ningún tipo de recompensa curricular. Esta situación debe cambiar, porque así lo demanda el artículo 38 de la nueva Ley de la Ciencia. Sin embargo, no parece tarea sencilla sacar a los investigadores de sus templos del conocimiento. Es un problema de actitud, pero también de educación. Tan sólo es necesario descubrir el placer que supone compartir tus conocimientos con los demás y devolver a la sociedad, lo que ella te da: la posibilidad de dedicarte a una profesión muy bella, que se sufre por la precariedad en la que se vive durante años, pero en la que encuentras enormes satisfacciones.

Finalmente, cada vez existen mejores profesionales en los medios de comunicación, capaces de contribuir a transmitir la cultura de la ciencia. Y son tan buenos como los mejores de países con larga tradición en esta difícil asignatura. Por todo ello, estamos de enhorabuena.


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