Unas pequeñas diferencias

16 Jul 2011
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

John Herschel fue un astrónomo tan famoso en su época que se decía, y a menudo se comprobaba, que si se le escribía una carta con “Londres” como única dirección debajo de su nombre le llegaba con toda seguridad. Un curioso incidente propició que alcanzara tal popularidad. En 1830, contando Herschel con 38 años, fue propuesto para presidir la excelsa Royal Society, posiblemente la institución científica más antigua y prestigiosa de Europa. Sus entusiastas defensores pretendían con su candidatura evitar el supuesto declinar de la ciencia inglesa frente a la francesa y alemana.

Llegaron a escribir hasta tres cartas en el Times firmadas por ochenta de los científicos más prestigiosos de la Society. Pero a Herschel le surgió un adversario formidable: el duque de Sussex, que aunque no sabía nada de ciencia y simplemente confesó que le hacía ilusión el cargo, tenía la circunstancia favorable de ser hermano del rey. La abrumadora y cualificada mayoría de apoyos con que contaba Herschel se tradujo en 111 votos. Las extorsiones, amenazas e intrigas desatadas en el entorno del duque consiguieron 119 votos para él.

El Times vaticinó, a modo de invitación de estilo británico, que siendo el duque un caballero no aceptaría el cargo obtenido con tan exigua mayoría. El de Sussex no solo tomó posesión del mismo sino que nunca olvidó el agravio del periódico cuestionando su idoneidad y alabando los méritos de Herschel.

La anécdota anterior es un sinsentido más de la infinidad cometidos por las distintas sociedades, pero el asunto tiene otros matices. En 1830 reinaba en España Fernando VII. España aún era una de las grandes potencias del mundo aunque estuviera dejando que su imperio se desintegrara. ¿Es imaginable pensar que un hermano del rey considerara un gran honor presidir una sociedad científica y que su deseo dependiera además de una votación? ¿Es imaginable unas clases populares discutiendo en tajos y tabernas sobre tal evento en lugar de sobre las figuras de las escuelas de tauromaquia que habían sustituido a las universidades clausuradas?

Situémonos en nuestros días. ¿Es imaginable que las instituciones apoyaran de manera decidida a un científico de 38 años para dirigir un centro de vanguardia científica o preferirían un gestor o una figura más o menos egregia pero ya amortizada en el extranjero? En nuestro país siempre se ha afrontado la ciencia con pequeñas diferencias respecto a los países más sensibles hacia ella.


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