Defectos de fábrica

01 May 2010
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Sugería hace poco que cabe defender que nuestros ojos han evolucionado para captar la luz y transmitirla al cerebro. Pero eso no quiere decir que sean perfectos. De hecho, es famosa la aseveración del físico decimonónico Hermann von Helmholtz de que, si le vendieran un aparato como el ojo, no sólo se sentiría con todo el derecho a devolverlo, sino que incluso denunciaría al vendedor. El ojo, digámoslo simplemente, está mal construido y ve mal. Tiene, en palabras del propio Helmholtz, “todos los posibles defectos de cualquier instrumento óptico más algunos propios”, y menciona la aberración cromática, los puntos ciegos, la turbidez, la sombra de los vasos sanguíneos, etc. ¡Hasta la retina está vuelta del revés, con las células sensibles a la luz en la parte de atrás! El ojo ve mal, pero el cerebro lo compensa con un complicado trabajo de depuración y acabado. No vemos lo que el ojo ve, sino las imágenes retocadas que el cerebro fabrica.

Lo dicho no es sólo un poderoso argumento contra la teoría del diseño inteligente, sino también una buena prueba del hecho de la evolución. Somos hijos de la historia y nuestro cuerpo lleva escrito, más o menos encriptado, aquello que fuimos. Un ojo mal diseñado puede acabar, gracias a los ajustes de la selección natural, funcionando correctamente (“bajo las condiciones ordinarias”, matiza Helmholtz), pero difícilmente se rediseñará de otra manera, pues sería muy costoso volver a empezar.

Defectos de diseño achacables al pasado son fáciles de encontrar. Contra lo que pudiera creerse, por ejemplo, los conductos deferentes por los que circulan los espermatozoides no hacen el corto trayecto directo entre los testículos y el pene, sino que pasan por encima de los uréteres y la vejiga de la orina. ¿A qué achacar ese rodeo?

En los antepasados de los mamíferos los testículos estaban mucho más arriba, cerca de los riñones, y cuando han descendido al escroto no se ha fabricado un conducto nuevo, sino que se ha doblado el preexistente.
Uno de nuestros defectos de fábrica más evidentes reside en la espalda, de la que, quien más quién menos, todos nos quejamos alguna vez. Durante casi toda nuestra historia evolutiva hemos andado a cuatro patas, con la columna vertebral horizontal, de manera que la posición vertical actual sólo funciona satisfactoriamente “en las condiciones ordinarias”. El australiano Robyn Williams, autor de un libro sobre el “diseño no-inteligente” y frecuente víctima de lumbago, ironiza: “Si Dios fuera responsable del diseño de la espalda, deberíamos aceptar que no tuvo uno de sus mejores momentos”.


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