¿Es la tecnología un atributo humano?

30 may 2010
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

Hace poco más de tres años nos sorprendía la noticia de un hallazgo casi inesperado en el yacimiento de Noulo, situado en la selvas de Costa de Marfil. Eran evidencias del uso de herramientas de piedra por parte de los chimpancés. Un equipo de científicos, encabezado por Julio Mercader (Universidad de Calgary, Canadá) nos contaba en la revista de la Academia Americana de Ciencias su hallazgo de martillos de piedra seleccionados por aquellos primates, que habitaron el lugar hace 4.300 años. Los percutores se usaban para romper los frutos secos que formaban parte de su dieta, a juzgar por los restos de almidón todavía presentes en las zonas golpeadas. No cabe pensar en imitación, sino en una cultura propia de aquellos grupos de las selvas de Costa de Marfil, milenaria y heredada de nuestro antepasado común.

Nadie dudó entonces de que nuestros ancestros bípedos más remotos, aún con sus cerebros de 400 centímetros cúbicos, podrían haber tenido también una cultura rudimentaria. La ausencia de evidencias sólo significa que hay que buscar más. Este es un principio elemental de la arqueología de la prehistoria. Las selvas africanas, donde vivieron nuestros antepasados del Plioceno, no es el mejor ambiente para la formación de yacimientos. Las acumulaciones de herramientas de piedra aparecen hace 2,6 millones de años, cuando su fabricación sistemática ya se ha establecido en las poblaciones de homininos africanos y se incrementa la probabilidad de encontrar yacimientos con evidencias arqueológicas. Naturalmente, nadie piensa que la tecnología de la piedra surgió de la noche a la mañana en algún lugar de África, sino que esa tradición cultural debió ser muy anterior.

Todo esto nos lleva a plantear que los australopitecos o los parántropos pudieron fabricar herramientas de piedra ¿Por qué no? La idea de que hace falta un cerebro de 600 centímetros cúbicos para poseer esa capacidad no me parece acertada, y más bien propia de nuestro marcado antropocentrismo. Los fósiles africanos de homininos de hace entre 2,5 y 2 millones de años son escasos y fragmentarios. Ahora ya se pueden comparar con la nueva especie Australopithecus sediba (1,95-1,75 millones de años), recién nombrada, y comprobar si se justifica su pertenencia al género Homo. Si no fuera así, quedaría pendiente el hallazgo de algún fósil que apoyara la hipótesis de la aparición de nuestro género hace más de dos millones de años. Hasta entonces, es perfectamente lícito proponer que los australopitecos fabricaron herramientas de piedra y que cierto grado de tecnología no es un atributo propio de la definición del género Homo y de los albores de lo que llamamos humanidad.


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