El recurso a Dios

18 sep 2010
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Para mi sorpresa, las declaraciones de Stephen Hawking que recogió este periódico hace un par de semanas, en las que afirmaba que “Dios no fue necesario para crear el universo”, han causado una gran conmoción en medio mundo. Y digo sorpresa porque en los razonamientos científicos, como serán los de Hawking en el libro anunciado, la intervención de entes sobrenaturales no cabe ni siquiera en los planteamientos. Si no, todo sería muy fácil: atribuiríamos a Dios lo que no entendemos, y no necesitaríamos investigar. En realidad, ocurre lo contrario: analizamos lo que no comprendemos precisamente porque creemos que ha de tener una explicación sin necesidad de milagros (cuestión distinta es que la encontremos).

Hace poco más de un siglo un hombre excepcional, muy apegado a la ciencia y a la racionalidad, pero ansioso por saber, cometió el error de invocar a los ángeles para explicar lo que no entendía, cavando la tumba de su bien ganado prestigio. Se trataba de Alfred Russel Wallace, quien propuso al tiempo que Darwin la hipótesis de la evolución por selección natural. Suele decirse, y Manolo Lozano lo recogió en estas páginas, que Wallace era muy religioso, pero no es acertado. En su autobiografía decía de sí mismo que era “absolutamente no religioso […] y podría ser descrito con el moderno término agnóstico”.

En 1903, sin embargo, ¡a los ochenta años!, Wallace empezó a considerar (sobre bases equivocadas) que la excepcionalidad del ser humano, y el hecho de que el sistema solar estuviera “cerca del centro del universo”, debían tener un sentido; luego interpretó que no podía deberse tan sólo a casualidades la cadena de circunstancias (encargos, una enfermedad, los contactos establecidos a través del médico) que le había llevado a discurrir sobre aquello; recordó las sorprendentes experiencias espiritistas que había protagonizado años atrás (encuentros con personas que sólo él podía conocer), a las que llamó “supernaturales”, y su incapacidad para explicarlas científicamente; y encontró, por fin, una carta donde su antiguamente admirado Robert Chambers le decía: “Su utilización del término supernatural me parece un error; basta con ampliar el concepto de lo natural para que todo cuadre”.

Claro, debió pensar Wallace, según su autobiografía, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Mis dificultades de comprensión desaparecen si acepto que “puede ser cierto que haya una divinidad que conforma nuestros fines como si fuéramos nosotros […] y que tengan razón quienes piensan que seres espirituales pueden influir e influyen en nuestros pensamientos y nuestras acciones”. Un senil Wallace admitió que tal vez Dios fuera preciso para explicar sus observaciones, mas para entonces había dejado de razonar como científico.


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