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OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Otra hora

21 Dic 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

Escribo cuando apenas faltan horas para que termine la Cumbre del Clima en Copenhague y, obviamente, sin saber cómo lo hará. No va bien, es cierto, pero pocas veces este tipo de citas han cuajado antes del ultimísimo momento. Tengo la esperanza de que algo avanzaremos y la seguridad de que será menos de lo deseable. Y tengo, también, la certidumbre de que no es esta, ya, la hora de la ciencia, sino otra hora. La ciencia no es la única ni la principal noticia en Copenhague. Me atrevo a decir que afortunadamente. La ciencia debe aportar conocimiento, pero es la sociedad ilustrada la que debe responsabilizarse de sus decisiones. Ello permite detectar, en momentos como este, la falacia de cuantos argumentaban que aún no había argumentos científicos, como sugiriendo que de contar con evidencias, actuarían de inmediato. La ciencia ha ganado el pulso, hay más evidencia (basada en el conocimiento) de la necesaria, ya no se discute eso, pero quienes aguardaban sin hacer nada o haciendo poco intentan seguir aguardando. El pudoroso velo de la necesidad de ciencia ha caído y podemos mirarnos desnudos en el espejo, constatando una vez más nuestras miserias (léase, cuánto nos cuesta, a los que más tenemos, renunciar a nuestros privilegios).

El conocimiento es una palanca para cambiar el mundo, sin duda, pero el instrumento no presupone cómo ni hacia donde. Lo que la ciencia enseña no es bueno ni malo, mejor ni peor. Se suele pensar que Darwin, hombre religioso en su juventud, habría perdido la fe al descubrir la evolución por selección natural. Él lo contó de otro modo. La perdió al descubrir la malignidad en la naturaleza, incompatible, en su opinión, con la existencia de un misericordioso Dios creador. En parte lo movieron razones familiares (en especial, la pérdida de su hija Annie), pero en parte, también, el estudio de las avispas parasitoides, que ponen sus huevos en presas vivas a las que, tras nacer, la larva devora desde dentro, lenta e inexorablemente. ¿Cómo un buen Dios podría inventar tanta crueldad?

El conocimiento científico nos sirve para constatar que en el mundo hay insectos parasitoides e insectos víctimas, pero no quién debe ganar y mucho menos si actúa correctamente al hacerlo. También han sido sociedades parasitoides y países víctimas los que han discutido en Copenhague y seguirán haciéndolo durante mucho tiempo. El quién tenga razón es un asunto ético, no científico.

Más sobre el clima

26 Oct 2009
09:00 
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MIGUEL DELIBES DE CASTRO// VENTANA DE OTROS OJOS

* Profesor de investigación del CSIC

La proximidad de la Cumbre del Clima en Copenhague, prevista para diciembre y que algunas voces han tildado de “la última oportunidad para poner freno al cambio climático” –y donde se aspira a sentar las bases de un acuerdo que mejore al de Kioto–, ha exacerbado la polémica científica sobre la naturaleza, la intensidad y otros detalles del calentamiento global. Desde el punto de vista científico es extraordinario que así ocurra, pues el hábitat natural de la ciencia es la confrontación de datos y de ideas. Desde el punto de vista de la sociedad, en cambio, las consecuencias son menos claras, puesto que, como hemos advertido muchas veces, la gente tiende a asociar el debate, la falta de acuerdo, con la ausencia de conocimiento.

El principal argumento novedoso, muy jaleado estos días en foros de Internet, se apoya en un análisis de los datos climáticos globales según el cual el año más cálido de la historia reciente habría sido 1998 (aunque en dura pugna con 2007). Destacados oceanógrafos han sugerido que el obvio calentamiento de la Tierra podría haberse detenido entonces, de acuerdo con ciclos naturales relacionados con la temperatura del mar, especialmente en el Océano Pacífico, que duran unos treinta años. Según ellos, en futuras décadas podría detectarse incluso un ligero enfriamiento. Independientemente, y con menos fuerza, otros investigadores argumentan que los cambios en la actividad del sol no han sido tan valorados como debieran. Como ya he dicho, los escépticos del cambio climático aprovechan estos debates para postular que todo esto del calentamiento es una gran mentira.

Debatir es necesario y muy útil, repito. Pero no hay que perder de vista las escalas de lo que se discute. Aún cuando 1998 hubiera sido el año más cálido, la última década lo ha sido más que todas las anteriores. Los glaciares disminuyen de tamaño con rapidez. Y el permafrost se descongela. El aumento global de la temperatura en medio siglo es inequívoco. A pequeña escala temporal podrá haber incrementos o decrementos debidos a causas que, efectivamente, no conocemos bien, y que deben investigarse, pero nada niega por ahora la gravedad de las tendencias detectadas por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Los políticos que en apenas mes y medio van a reunirse en Dinamarca harán bien en tenerlo en cuenta, y armándose de coraje y generosidad, negociar cuanto haga falta hasta ponerse de acuerdo. Por el bien de todos.

Galgos, podencos y clima

26 Ene 2009
09:00 
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Ventana de otros ojos// Miguel Delibes de Castro

* Profesor de Investigación del CSIC 

En la conocida fábula, dos conejos debaten sobre si sus perseguidores son galgos o podencos. Al no ponerse de acuerdo, dan tiempo a los canes para hacerse con ellos. Hoy día discutimos encarnizadamente tantas cosas con respuestas evidentes - ¿desaparece la familia?, ¿evolucionan las especies?, ¿fue proporcionada la respuesta de Israel a los cohetes de Hamás?- que Iriarte debería introducir, cuando menos, un tercer lagomorfo preguntándose, cándida o malintencionadamente: “¿Seguro que nos persiguen? Se oyen ladridos, y cada vez más cerca, pero ¿serán perros o una grabación magnetofónica?”. Entiéndaseme bien; dudar y discutir son prácticas muy recomendables, y jamás negaré la conveniencia de someter a debate cualquier asunto. Sólo sugiero que, ante algunos problemas, prolongar la conversación es retrasar la toma de medidas, y por tanto negativo. El cambio global es un caso paradigmático.

A la profesora Katherine Richardson, de la Universidad de Copenhague, le han encargado oficialmente que explique al gobierno danés la situación real del planeta y el clima. Ella les dice: “Estamos peor de lo que parece; el calentamiento, la acidificación del mar, la destrucción de los arrecifes coralinos, están acelerándose y por encima de las cifras que manejáis”. Los políticos, lógicamente, protestan: “Bastante hacemos con creernos los datos de consenso del IPCC, el Panel Intergubernamental; otros no admiten que exista un problema”. Y Richardson reargumenta, con lógica aplastante: “La mejor virtud del IPCC es que cimienta sus informes en el consenso entre científicos; su principal defecto es que conseguir ese consenso requiere tiempo, y por tanto sus conclusiones siempre van por detrás de los últimos datos”.

Kevin Anderson y Alice Bows (en las Philosophical Transactions of the Royal Society, serie A) han reconsiderado a la luz de las emisiones posteriores al año 2000 los objetivos del Protocolo de Kioto y otras propuestas internacionales. Sus conclusiones son descorazonadoras. Las emisiones de CO2 en los últimos años son muy superiores a lo previsto, de manera que ya resulta del todo imposible alcanzar el objetivo político de limitar la concentración durante el presente siglo a 450 partes por millón (ppm). Dicha concentración se asocia a un aumento de la temperatura media de 2ºC, que se tiene por la máxima asumible. Según los autores citados, habrá que hacer un esfuerzo enorme, empezando ya mismo, para que la concentración de CO2 en la atmósfera no supere en el siglo XXI las 650 ppm, traducible en un aumento de temperatura de al menos 4ºC. Las consecuencias pueden ser catastróficas.

En definitiva, mientras algunos no admiten que exista el problema, los que sí lo hacen tardan mucho tiempo -como los conejos de la fábula- en alcanzar acuerdos. Tanto, que antes de ponerlos en práctica ya han quedado obsoletos.

A Dios rogando…

19 Ene 2009
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO 

*Profesor de Investigación del CSIC

Poco podía imaginar la Iglesia católica y romana que condenaba a Galileo y abrasaba en la hoguera a Giordano Bruno, demonizados por perseguir la verdad obviando los dogmas, que los propios registros de sus catedrales serían utilizados un día para intentar comprender el funcionamiento del mundo al margen de los designios divinos. Las muestras documentales de fe de pobres gentes que confiaban su destino a un ser superior, son hoy valiosos datos para los investigadores.

A lo largo de siglos, en España, los periodos de sequía catastrófica y los más escasos de lluvias torrenciales han sido tomados por castigos divinos. En cada caso, o en los más graves, la Iglesia ha organizado actos litúrgicos (desde colectas y misas a complejas procesiones) para pedir clemencia. No estés eternamente enojado; perdona a tu pueblo, perdónale, Señor. A las primeras, solicitando agua, se les llamaba rogativas pro-pluvia; las segundas eran rogativas pro-serenitate. Cuando la lluvia o la calma ansiadas llegaban, se daba gracias a Dios con misas especiales. La catedral de Toledo conserva un magnífico archivo con documentos referidos a esas rogativas, que han sido estudiados por Fernando Domínguez Castro, del Instituto Geológico y Minero de España, y otros colegas, para reconstruir patrones históricos de precipitación en el centro de la Península. Su investigación está publicada en la revista científica Global and Planetary Change.

En el plazo trascurrido entre 1506 y 1900, los estudiosos han reconocido registros de 341 rogativas pro-pluvia, 36 pro-serenitate y 94 misas de acción de gracias. No por casualidad, la mayoría corresponden a la estación primaveral, la época en que más condicionan los meteoros el rendimiento de las cosechas. Este no es lugar para dar cuenta de sus resultados, pero puede decirse que identifican dos largos periodos de frecuentes y largas sequías, entre 1600 y 1675 y entre 1711 y 1775, donde las rogativas se prolongaron, en ocasiones, durante años seguidos. ¿Estaría Dios castigando por alguna razón a los campesinos del centro de España? No parece probable, pues la anomalía climática debía funcionar a una escala más amplia. Los científicos asocian esas prolongadas sequías a la posición nororiental del anticiclón de las Azores, que habría provocado un desplazamiento hacia el norte de la zona de bajas presiones que habitualmente trae borrascas a nuestras latitudes.

Seguramente las rogativas no ayudaron a resolver los problemas que las motivaban. Siglos más tarde, no obstante, ayudan a entender la variabilidad climática y de ese modo a mejorar los modelos que permiten predecir los efectos, a escala local, del cambio climático global. Gracias a Dios (y a su Iglesia).

¿A quién le importa?

30 Nov 2008
09:00 
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Ciencia de pega// Miguel Ángel Sabadell

No hay tema más sensible en la actualidad al uso de la ciencia de pega que el famoso cambio climático. A pesar del empeño de catastrofistas varios, resulta muy difícil vaticinar lo que sucederá si la temperatura de la Tierra aumenta en un grado a finales del siglo XXI. Lo llamativo es que, a menudo, el posible impacto contribuye de forma marginal a un problema que ya existe y sobre el que no se hace nada. Por ejemplo, el gobierno filipino ha reconocido la amenaza que para su país supondrá el aumento gradual del nivel del mar entre 1 y 3 milímetros por año y quiere tomar medidas. Pero olvida que el principal motivo del riesgo de inundaciones es la excesiva explotación de las aguas subterráneas, que hunde las tierras desde varios centímetros a casi un decímetro al año. La malaria es otro tema recurrente: al parecer se incrementará en un 7% a causa del calentamiento global. Pero nadie menciona el estudio publicado en Science en 2004, donde se decía que, sin tener en cuenta el calentamiento del planeta, en 2080 el riesgo de malaria aumentará un 100%. El cambio climático es una buena excusa para deslizar bajo la alfombra políticas incompetentes: es el moderno aguamanil de Pilato.

Los ecologistas han publicitado hasta extremos catastróficos los efectos del calentamiento global, pero han sido incapaces de movilizar a la sociedad pues sus soluciones no son nada atractivas: hablan de apretarse el cinturón y restringir las comodidades. En esencia, su planteamiento de regresar a un modo de vida más simple no cuaja, quizá porque la mayoría preferimos comprar productos ecológicos en el supermercado a cultivarlos. Pedir a los habitantes del primer mundo que den la espalda a su abundancia es tremendamente naïve.

El sociólogo Juan Ignacio Sáenz-Díez decía que vivimos en la civilización del desperdicio, y no sólo por nuestro producto manufacturado estrella, la basura. España se comprometió en 1990 a aumentar sus emisiones para 2012 en sólo un 15%; en 2005 superaban el 50%. Mientras, compramos los contaminantes y derrochadores SUV: padres y madres los necesitan para llevar a sus hijos al colegio. Se amenaza al ciudadano con cortes de agua para ahorrar el preciado líquido, pero seguimos teniendo tuberías decimonónicas, con un nivel de pérdidas altísimo y que ningún político está dispuesto a cambiar. La razón es bien simple: cuestan mucho y no se pueden inaugurar.

Escépticos diferentes

24 Dic 2007
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC 

Algunos ingenuos, los optimistas mal informados, muchos interesados por razones diversas, niegan las evidencias del cambio climático. Aseguran que no hay unanimidad entre los científicos, que no están completamente de acuerdo. Y tienen razón. Como he argumentado otras veces, afortunadamente no hay coincidencias absolutas, y eso permite seguir aprendiendo, precisando más.

Hace unos días, en una interesante mesa redonda organizada por Pangea Consultores, tropecé con un modelo de escéptico diferente y particularmente lúcido. Roberto Bermejo es profesor de economía en la Universidad del País Vasco y duda de que el calentamiento global llegue a ser tan extremo como anticipan los modelos. “Mira que bien -podríamos pensar-, abre una ventana de esperanza”. No se hagan ilusiones. El problema es que, aunque escéptico, Bermejo no es optimista. “Los análisis de los climatólogos son correctos -señala -, pero no han tenido en cuenta que en poco tiempo no habrá suficiente gas, petróleo y carbón en el mundo como para seguir añadiendo CO2 a la atmósfera”. En otras palabras, aunque quisiéramos, no podríamos seguir utilizando combustibles fósiles, porque no los habrá.

Bermejo subraya la dificultad de conocer el estado real de las reservas de petróleo, pues hay muchos intereses y mucho secretismo alrededor. En todo caso, según él, cada vez contamos con menos reservas y es más difícil extraer el crudo existente, de manera que estamos muy cerca del techo máximo de producción. Sin embargo, la demanda no cesa de crecer, lo que explica la especulación y la subida disparatada de los precios. “Por primera vez -advierte el experto, la Agencia Internacional de la Energía ha emitido un informe, distribuido sólo a los gobiernos, donde urge a ahorrar energía de forma urgente. Entre otras medidas sugiere favorecer que varias personas compartan el mismo coche, trabajar cuatro días a la semana y hasta prohibir la circulación en determinados días”.

El escepticismo del economista Bermejo, por tanto, es de un tenor diferente al habitual. No niega el calentamiento global debido a la utilización de combustibles fósiles y a los cambios de uso del suelo, ni tampoco duda de sus efectos adversos. Pero teme que la crisis de la energía se manifieste con toda su crudeza antes, y de una forma más difícil de mitigar, que la crisis del clima. “Ahora sabemos que cada año vamos a tener menos petróleo y que también estamos cerca del techo en la disponibilidad de gas y carbón. Hemos pensado poco sobre ello. Forzosamente se generarán conflictos y las actividades económicas que requieran muchos combustibles fósiles, como el turismo, el transporte por carretera y la agricultura, disminuirán radicalmente”.

La concienciación sobre el cambio climático es muy positiva, pero su éxito mediático amenaza con dejar en sombras otros problemas con los que deberíamos contar.

¿Inocentada?

17 Dic 2007
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Hace unos días, recién despertado, oí por la radio que se había aprobado un proyecto para construir en Los Monegros decenas de casinos y hoteles, cientos de restaurantes, réplicas del Pentágono y de las pirámides de Egipto… Aseguraban que las obras comenzarían en 2008, es decir, casi de inmediato. Mi primera reacción fue de estupor. La segunda, más razonable, de incredulidad: alguien nos estaba tomando el pelo.

Sólo sé de tal proyecto lo aparecido en los medios de comunicación, y no quiero criticar algo que no conozco bien. Me limito a exponer mi perplejidad. Primero, por las formas. “En estas tierras no ha ocurrido nada mejor desde Fernando el Católico”, ha dicho alguien importante. ¡Cielo santo! ¿Y la Basílica del Pilar? ¿Y Agustina de Aragón? ¿Y la Expo del agua? ¡Menos mal que la aparición de la Virgen y la tragedia de los amantes de Teruel precedieron al Rey Fernando!

Luego, por las dimensiones. Según se ha dicho, obligan incluso a cambiar las leyes. Y no un poquito, no vayan a creer. Me cuentan que actualmente sólo se autoriza en España un casino de juego por provincia. Entendería que alguien propusiera cambiar la norma para admitir dos, o hasta tres. Pero no, no, ¡hay que cambiarla para construir 35! Por no hablar de los aeropuertos, carreteras, aparcamientos… que habría que disponer para los 25 millones de turistas anuales que se dice planean recibir.

En tercer lugar, por la oportunidad. La noticia ha llegado al tiempo de la Cumbre de Bali sobre el clima, donde se trata de la imperiosa necesidad de reducir emisiones de gases de efecto invernadero. Desde Bali se intenta concienciar al mundo para reducir lo superfluo, ahorrar recursos, evitar los cambios de uso del suelo que exacerban el calentamiento global. ¿Habrá algo más superfluo que 35 casinos y 200 restaurantes en el mismo rincón? ¿Se imaginan la cantidad de agua y energía necesarios para llevar a la gente hasta allí y atender sus demandas, de la cantidad de basura que se generará? ¿Es compatible el proyecto con la idea-fuerza “agua y desarrollo sostenible” de la Exposición del 2008?

Por fin, para hacer cualquier pequeña obra en cualquier lugar hacen falta meses de trámites, evaluaciones de impacto ambiental, autorizaciones… ¿Podrán empezar aquí en menos de un año? ¿No tendrá nada que decir la Unión Europea, por ejemplo, siendo gran parte de Monegros una zona de interés comunitario por sus valores naturales? ¿No habría que juzgar por separado cada proyecto y cada infraestructura? De veras, no me lo acabo de creer. Parece el fruto de una alucinación colectiva. Si la noticia hubiera saltado un par de semanas más tarde hubiera apostado mil contra uno a que se trataba de una inocentada.

Palabras de científico

26 Nov 2007
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

A comienzos de febrero de 2002, los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York estaban muy presentes en la mente de todos. Se había producido ya el derrocamiento armado del régimen talibán de Afganistán y estaba funcionando la irregular prisión de Guantánamo. Pero Bin Laden había desaparecido, existían rumores de otros atentados o intentos de atentado y, en general, el mundo occidental tenía miedo. La disposición psicológica de la mayoría, particularmente en Estados Unidos, se antojaba muy favorable para el discurso simplista del presidente Bush que, en resumidas cuentas, venía a decir: “O nosotros, o ellos”.

En tales circunstancias se abrió en Boston la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS), seguramente la organización que más y mejores científicos reúne en el planeta. El discurso de apertura había sido encargado tiempo atrás al Presidente, el botánico Peter Raven, de la Universidad de Missouri. Había cierta expectación. ¿Qué dirían los científicos tras el 11-S? ¿Reconocerían la existencia de un problema mayor, como era el terrorismo internacional? ¿Pondrían incondicionalmente su saber a disposición de las “fuerzas del bien”?

La presentación del Dr. Raven consiguió, y aún consigue, que muchos investigadores nos sintiéramos orgullosos de nuestra profesión. No rehuyó la realidad más inmediata. Desde el principio se refirió al “inmenso shock del 11-S”, pero relacionándolo con “nuestro descuido colectivo de los motivos que han ayudado a hacer de nuestro mundo un lugar inestable y peligroso” (se estaba refiriendo a las consecuencias negativas, agravadas por las desigualdades en el plano social, del agotamiento de recursos provocado por el enorme crecimiento de la población y el consumo, así como al efecto de algunas tecnologías). Enseguida añadió: “Aunque la prevención de actos específicos de terrorismo deba ser un objetivo inmediato, nuestro objetivo último tiene que ser (…) conseguir una sociedad global en la cual podamos vivir todos juntos en paz y justicia (…). El papel potencial de la ciencia y la ingeniería para alcanzar ese logro es trascendente y profundamente significativo”.

Casi seis años después, incluso reconociendo la seriedad de los problemas ambientales se suele argumentar que enfrentamos otros más importantes, como la pobreza y el terrorismo. Raven tuvo la virtud de poner todos juntos en el mismo plato, mostrando que son caras de un mismo y único problema. Los recursos mundiales son limitados y el deterioro ambiental los limita aún más, algunos consumimos demasiado mientras otros no tienen nada y, como decía el propio Raven invocando a Leon Fuerth: “Un mundo en el que el destino de tanta gente pobre y hambrienta no nos importe, nunca podrá ser un mundo seguro para nosotros”.

Advertencias y predicciones

05 Nov 2007
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Cuando un padre ruega a su hijo adolescente que tenga cuidado con lo que hace y, sobre todo, con cómo lo hace, porque pudiera contraer el sida, no está ejerciendo ante él de profeta de desventuras, sino advirtiéndole de un peligro en forma prudente, cariñosa y, seguramente, imprescindible. En los asuntos ambientales se confunden a menudo las bienintencionadas advertencias con las oscuras predicciones. Hablando, una vez más, del cambio climático, en las últimas semanas se ha repetido hasta la saciedad que no está mal preocuparse del problema, pero que deberían evitarse las lúgubres previsiones, las visiones catastrofistas, los mensajes apocalípticos… ¿Acaso es apocalíptico aleccionar a una quinceañera sobre los riesgos del sexo sin precauciones? Lo sería, por supuesto, y además de apocalíptico, lúgubre y catastrófico, que llegara a enfermar, pero la advertencia trata, precisamente, de evitarlo.

Al exhortar a cambiar nuestro modelo de desarrollo, porque es insostenible, los científicos ambientales tratan de rehuir el temido colapso, están deseando que no llegue nunca. Por eso es tramposo contraatacarles argumentando que tal o cual advertencia se quedó en nada, sin tener en cuenta las medidas tomadas para evitar que se hiciera realidad. Estos días ha ocurrido con la debilidad de la capa de ozono. Retador, convencido de sus razones, un participante en una tertulia radiofónica preguntaba al mundo: “A ver, ¿dónde está el agujero de ozono?, ¿acaso no nos íbamos a achicharrar todos? ¡Pamplinas!”. El tertuliano confundía de forma grave las advertencias de los científicos con predicciones, y al hacerlo, generaba confusión, de paso, a sus oyentes. A mediados de la década de 1980 los investigadores advirtieron de la extrema gravedad de la radiación ultravioleta si el ozono estratosférico seguía destruyéndose y, conscientes de ello, los países más desarrollados del mundo firmaron ya en 1987 el Protocolo de Montreal, que en poco tiempo fue corregido al alza, para limitar o evitar el uso de gases de cloro. Las normativas se aplicaron y, en líneas generales, se cumplieron, de manera que hoy el problema parece controlado.

Pero, de no haber hecho nada, claro que nos habríamos quemado. Que se lo pregunten, si no, a los pacientes de cáncer de piel del sur de Chile, donde esta enfermedad aumentó a finales del siglo XX más que en ningún otro lugar del mundo. Los científicos generan modelos predictivos sobre la dinámica social, pese a su complejidad, pero las salidas de esos modelos deben introducirse de nuevo como datos, pues nos enseñan y, en virtud de ellos, modificamos nuestros comportamientos. Ese bucle, que incluye la capacidad humana de reaccionar e innovar, no puede modelarse. El deterioro ambiental es muy serio, pero lo que haya de ocurrir depende de nosotros, está en nuestras manos.

Controversias científicas

29 Oct 2007
13:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

La transición del siglo XVII al XVIII fue testigo de una gran polémica científica en Europa. Los estudiosos de Francia e Inglaterra debatían agriamente sobre la forma de la Tierra. Era preciso aclarar si se trataba o no de una esfera perfecta.

Durante años se llevaron a cabo expediciones examinando el comportamiento de los péndulos y midiendo grados de arco a distintas latitudes… hasta que se llegó a una conclusión oficial, comunicada a la Real Academia de Ciencias de Francia en 1718: “La Tierra es un esferoide achatado en el ecuador y alargado por los polos”. El conflicto era inevitable, porque años antes el inglés Isaac Newton había predicho (acertadamente) lo contrario: Puesto que la Tierra rotaba sobre su eje, la fuerza centrífuga debía ser mayor en el ecuador, y por tanto la esfera terrestre tenía que ser más ancha allí.

La controversia fue larga y dura; se tildó de absurdas a las ideas de Newton y se menospreciaron las predicciones de los modelos basados en teorías y no en datos tomados sobre el terreno. Lo que probablemente nunca ocurrió, y ahí es adonde quiero llegar, es que alguien dijera: “Los científicos debaten sobre la forma de la Tierra, así que no podemos descartar que sea plana”.

Las verdades científicas no son verdades absolutas y generalmente son probabilísticas. A finales del XVII el consenso científico sobre la esfericidad de la Tierra era tan alto que se asumía como una evidencia, por más que se discutieran hasta la saciedad los detalles (con los argumentos científicos de la época, era tan probable que fuera achatada por el ecuador como por los polos). Hoy ocurre tres cuartos de lo mismo con el cambio climático. Por más que, afortunadamente, se discuta mucho acerca de sus detalles, hay consenso científico en que, como destacó en un titular la revista Science en enero de 2001, “Es oficial: Los humanos están detrás de gran parte del calentamiento global”.

Por eso sorprende que no sólo el jefe de la oposición, sino también muchos lectores de este y otros periódicos, invoquen el
“desacuerdo entre los científicos” para dudar del calentamiento del planeta provocado por las actividades humanas. Los científicos discuten mucho del tema, es cierto, pero para conocerlo mejor, no para negar su existencia. Nadie oculta que hay incertidumbres y sólo hablamos de probabilidades. Pero afirmar que la Tierra se calienta, que nuestra manera de vivir impulsa ese calentamiento, y que eso es un problema, no es presuntuosidad de científico, ni una nueva religión, ni dogmatismo, ni bandera del pensamiento único. Es simplemente un hecho en el que debemos apoyarnos para, discutiendo e investigando, aprender más. Y también para mitigarlo.

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