Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Bienvenidos a la inteligencia en red

06 Ene 2009
09:00 
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VIDA 3.0 // JUAN VARELA

* Autor del blog Periodistas21

Niños y adolescentes para siempre. Con la plasticidad del cerebro preparada para aprender a través de los medios de la sociedad de la información (casi) global. En una era donde la necesidad de archivar la información y el conocimiento disponible es cada vez mayor y cuando surge la urgencia de crear una inteligencia colectiva y artificial de acceso universal para mejorar nuestras vidas.

Es el resumen de varias predicciones que un grupo de científicos y pensadores han desgranado para Edge.org, la revista de la tercera cultura –unión de ciencia y cultura– editada por John Brockman que se ha convertido en una referencia.
Junto a advertencias sobre el cambio climático y la posibilidad de encontrar vida en otros planetas, o simplemente colonizarlos, varios autores abordan los cambios en el conocimiento, la tecnología y la vida cuando la biotecnología permite convertir los genes en pura información, distribuirlos por internet o almacenarlos en soporte digital.

Por eso Alison Gopnik alerta de que podemos ser ya aprendices perpetuos y apoyarnos en métodos de decisión artificiales o colectivos. El resultado es la civilización 1.0 de Michael Shermer, que trata de superar la actual crisis con una globalización con acceso universal a Internet donde el conocimiento esté digitalizado y el libre mercado sea tutelado por democracias sociales para evitar abusos. Es el superorganismo de Kevin Kelly, una nueva clase de mente formada por inteligencia artificial distribuida como la electricidad. Con tal ubicuidad gracias a Internet, la inteligencia colectiva y las nuevas tecnologías que llega a convertirse en las máquinas de memes (unidades de transmisión cultural) auto replicantes de Susan Blackmore, que no necesitarán el concurso de los humanos, sino que convertidos en temes (memes tecnológicos) sean transmitidos entre sí por las máquinas.

Será la hora de reemplazar el conocimiento humano con un sistema más avanzado. Otra revolución cambriana para hacer evolucionar un cerebro que no ha cambiado sustancialmente desde el Pleistoceno, advierte Gregory Paul cuando no se puede frenar la ciberrevolución. Para unos como Donald Hoffman esa mutación será facilitada por los ordenadores cuánticos, para otros la inteligencia ubicua en red está mucho más cerca, en los teléfonos móviles, preparados ya para acceder al superorganismo y los temes desde cualquier lugar, explica Keith Devlin.

Para los pensadores de Edge, ha llegado el momento robótico, como lo llama Sherry Turkle, una de las grandes investigadoras del ciberespacio. Máquinas con las que interactuar con el conocimiento y las emociones. Para lo que sigue haciendo falta una revolución educativa que permita aumentar la alfabetización digital y social para orientarnos entre tanta ubicuidad.

Trepar a los hombros

24 Nov 2008
09:05 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Agradezco mucho los ánimos de esos amigos lectores que aseguran aún puedo hacer ciencia a mi edad. No se preocupen, lo intento a diario (es mi trabajo) y a veces incluso me sale. Por otro lado, estudios como el de Benjamin Jones, que mencionaba el otro día, ofrecen resultados probabilísticos, no indican que desaparezca la capacidad de conseguir grandes innovaciones a determinada edad, sino que es mucho más probable lograrlo a otras. Y eso plantea un curioso dilema.

Se ha dicho hasta la saciedad, también en estas páginas, que la ciencia es un proceso acumulativo. Construimos sobre lo que han levantado otros. Es habitual recurrir a la afirmación, varios siglos anterior a Newton pero que él hizo célebre, según la cual si veía muy lejos era porque estaba subido en los hombros de gigantes. Se refería, evidentemente, al conocimiento acumulado de todos los que habían trabajado antes que él. El problema, hoy, es que esos gigantes son cada vez más altos, y un aprendiz de científico debe gastar mucho tiempo y energía para trepar hasta sus hombros.

No sé si es cierto, ni tampoco cómo puede estimarse, pero he leído en algún sitio que, actualmente, el conocimiento científico se duplica, aproximadamente, cada quince años. El periodo de formación de un científico, por tanto, resulta cada vez más arduo y por ello, se supone, debe prolongarse más tiempo. El propio Benjamin Jones lo ha comprobado. Si a comienzos del siglo XX el pico en el potencial para producir grandes innovaciones se alcanzaba alrededor de los 30 años de edad, un siglo después se consigue alrededor de los 40. Tal vez ocurra, pueden argüir, que la mayor calidad de vida haga que todos los procesos biológicos se retrasen: dependemos de los padres más tiempo, tenemos hijos siendo más mayores, innovamos más tarde, vivimos más. Todo eso es cierto, mas algo no se ha retrasado: la probabilidad de hacer un gran descubrimiento a partir de los 40 años no es hoy mayor que antes. ¿Qué quiere decir ello? Simplemente, que la horquilla se está cerrando. Desde que se alcanzan los hombros del gigante y se empieza a mirar, hasta que uno comienza a ver peor porque la vista cansada desdibuja los contornos, cada vez pasa menos tiempo.

No me negarán que el asunto provoca una difusa incomodidad. ¿Llegará un día en que se junten la cabecita y la cola, como en las pescadillas, y haya que escoger entre dedicar la vida a aprender o a descubrir? La conciencia de que nos falta mucho por aprender puede limitar psicológicamente nuestra capacidad para hacer investigación propia.

Saber en lo ignorado

01 Sep 2008
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

En su profesión, uno acostumbra a leer para documentarse sobre lo que otros conocen, y a escribir de lo poco que sabe para enseñar a los demás. Digamos que es parte del contrato, no escrito, entre el autor y sus lectores. Difícilmente se le ocurriría a nadie decir: “Voy a escribir de lo que ignoro”, entre otras cosas porque le resultaría complicado encontrar editor, y aún más dar con seguidores que no protestaran. Pese a ello, los jóvenes alemanes Kathrin Passig y Aleks Scholz han probado el interés de escribir sobre lo que no saben. Lo han hecho con un libro refrescante y formativo, que titulan Enciclopedia de la ignorancia. Cuestiones para las que no hay respuesta científica, y está dedicado “a todos los ratones de laboratorio y a su incansable lucha contra lo ignorado”.

Además de garantizarme una sonrisa casi permanente durante su lectura, dos aspectos del libro me han llamado especialmente la atención. Uno ha sido la variedad, no exenta de pintoresquismo, de los temas que abarca, todos ellos sometidos en algún momento a estudio científico sin respuestas claras. Como exclamó no sé qué torero cuando le explicaron que Ortega y Gasset vivía de pensar, “hay gente pa tó” también en la investigación. ¿Ustedes podían imaginar que, junto a más o menos conocidas polémicas acerca del origen de los humanos de América o la tectónica de placas, existieran sesudos análisis sobre las razones por las que uno da propinas o la naturaleza contagiosa del bostezo? El libro recoge 42 entradas, en forma de breves artículos, y todas ellas son cuando menos curiosas.

El segundo aspecto que sorprende es cuánto se sabe, y cuánto se puede aprender, de los asuntos sin respuesta. Amablemente, sin aparente esfuerzo y sin demandarlo tampoco del lector, Kathrin y Aleks dan cuenta de la forma en que progresa el conocimiento, de cómo unas hipótesis son testadas y rechazadas (total o parcialmente) y ciertas teorías complementan o sustituyen a otras. En el caso del bostezo, por ejemplo, ya presente en los peces, se dijo que era para inhalar más oxígeno, pero entonces ¿por qué bosteza el feto en el útero?, ¿por qué la gente a la que se provee de oxígeno adicional sigue bostezando igual? También se explicó como una indicación de cansancio, pero hay pruebas de que los bostezos preceden con frecuencia a fases de gran actividad, a modo de “motores de arranque” cerebrales. Por otro lado, puesto que en humanos y en chimpancés son contagiosos, ¿qué comunican los bostezos?

Este es el único libro, dicen los autores, tras cuya lectura usted sabrá menos que al empezar. “Pero, eso sí, con un nivel muy alto”. Tienen razón.

‘Jingle brains’

06 Ago 2008
13:42 
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ÁTOMOS CARGADOS // JAVIER YANES

Quizá sea por la tradición anglosajona, tan ligada al árbol de Navidad, que los científicos de aquellos países se pirran por la fMRI, una técnica de estudio cerebral que hoy gasta más tinta en las revistas del ramo que los tatuajes de toda la selección española de fútbol juntos.

El método consiste en lo siguiente: embútase a un sufrido voluntario en un sarcófago de chapa extremadamente sofisticado; sométasele a toda clase de absurdos estímulos, desde la foto de una gogó hasta el dibujo de un trilobites poniendo una lavadora; enciéndase la pantalla y anótese qué partes de su cerebro parpadean. Por último, elucúbrense conclusiones que hagan un titular gracioso: si la sonrisa de un bebé enciende los centros de recompensa de una mujer, es que actúa como una droga para ella. Si la imagen de Obama no dispara una tormenta de fuegos artificiales, es que los electores lo perciben con indiferencia (esto último fue así divulgado nada menos que por el New York Times).

Debe aclararse que esas lucecitas corresponden al bombeo de sangre, pero el cerebro no es un cuerpo cavernoso donde la sangre se lanza al montón, para sostener un órgano en voladizo, como ocurre ya sabe usted dónde. Nuestro conocimiento del cerebro aún equivale al de aquellos mapas ptolemaicos de la terra incognita.

Ante el despiporre de fMRI que invade la prensa especializada, Nature y Science han reaccionado con artículos que alertan sobre la alegría con la que muchos encienden ese árbol navideño y lo interpretan con la partitura que les regurgita la digestión. Tanta lucecita ya cansa.

Querido Santa Claus: seré bueno, pero no repartas más cacharros de esos, por favor.

Diario de excavaciones (V)

06 Ago 2008
13:24 
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Por María Martinón-Torres, investigadora del yacimiento de Atapuerca

Soy consciente de mi dificultad para separar la historia de Georgia de la del yacimiento de Dmanisi. La idiosincrasia del pueblo georgiano impregna de tal forma su discurrir histórico que sólo en su contexto se puede entender la dimensión de los hallazgos fósiles. David Lordkipanidze, director del equipo investigador, es un hombre joven e inteligente que entendió el conocimiento de nuestros ancestros como patrimonio cultural y derecho de todos los georgianos.

Generalmente, la inversión en ciencia suele ser un signo de la bonanza de un país, pero en este caso la ciencia fue motor de esa bonanza. Dmanisi colocó a Georgia en el mapa internacional y al tiempo que se promocionaba el pasado más remoto de una tierra en profunda crisis económica y política, se recuperaron otros pilares básicos de su identidad: se acometió una reforma monumental de todos los museos de la ciudad, se construyó un auditorio, se investigaron las raíces arqueológicas de tradiciones tan genuinas como la del vino y se acercó a la calle una información que proporcionó solidez y confianza en plena época de inestabilidad.

En un momento en que los países desarrollados manifiestan una crisis de los valores y relativizan la “utilidad” de las ciencias del pasado, Georgia dio una lección sobre cuáles son las prioridades en un país que aspira a crecer. Lordkipanidze, científico por vocación y casi político por inercia, proporcionó orgullo frente a la decepción, y cultura frente a la gran desesperanza. Ésta es la historia de David contra Goliat.

Ciencia y literatura

13 Jun 2008
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

En su sentido más amplio, tanto “ciencia” como “literatura” son términos que abarcan casi todo lo relativo al saber, y que por tanto vendrían a significar prácticamente lo mismo. Etimológicamente, ciencia es sinónimo de conocimiento, y la literatura incluye todo lo escrito, que es casi todo lo pensado. Sin embargo, en su acepción coloquial, se han convertido en términos poco menos que antitéticos, y este divorcio entre “ciencias” y “letras” perjudica a ambos hemisferios culturales. Nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado. Pero, a riesgo de desatar las iras de algunas gentes “de letras”, hay que señalar que la situación no es simétrica. La ciencia avanza cada vez más deprisa, mientras que la literatura convencional está cada vez más estancada (puede parecer la opinión triunfalista de un científico, pero en realidad es el lamento de un escritor, puesto que hace muchos años que dedico más tiempo a la literatura que a las matemáticas).

No en vano el epígrafe de estas páginas de divulgación, en su versión digital, es La ciencia es la única noticia, una cita de Stewart Brand que, por cierto, ha irritado a más de un lector. “Cuando hojeas un periódico o una revista –dice Brand–, los asuntos de interés humano son el mismo cotilleo de siempre; la parte de política y economía, los mismos dramas que se repiten una y otra vez; las modas, la patética ilusión de una novedad… La naturaleza humana no cambia de forma sustancial; la ciencia sí lo hace, y las innovaciones se acumulan una tras otra, alterando el mundo de forma irreversible”. Se puede no estar de acuerdo con las afirmaciones literales de Brand (yo mismo no lo estoy), pero apuntan en la dirección correcta.

Lamentablemente, la literatura rara vez se da por enterada de esa noticia permanente que es la ciencia, que, para no quedar excluida del universo literario, ha tenido que refugiarse en el dorado gueto de la ciencia ficción. Porque la literatura convencional, salvo rarísimas excepciones, no solo no incorpora los temas brindados por la ciencia, sino ni siquiera la nueva sensibilidad, la nueva visión del mundo que se desprende de los deslumbrantes logros científicos del último siglo. Lo que equivale a decir que, en más de un aspecto, muchos escritores actuales siguen anclados en el siglo XIX. Esperemos que los paladines de la “tercera cultura” acudan al rescate. Porque, parafraseando a Bernard Shaw, la literatura es demasiado importante para dejarla en manos de la gente de letras.

1892

01 May 2008
09:23 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

*Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear: Universidad de Sevilla

Al final del prólogo de libro Física de Eduardo Lozano se lee: “Permítasenos poner en duda los triunfos pedagógicos de los modernos partidarios de la enseñanza enciclopédica, porque una larga experiencia nos ha enseñado que, para aprender algo, es necesario estudiar mucho [las cursivas son suyas]; y creemos, contrariamente, que por aquel sistema se llegará más pronto a experimentar las graves consecuencias, para la cultura del país, de nuestros desaciertos en el ramo de la instrucción pública, que parecen fatalmente encaminados a convertir las Universidades e Institutos en fábricas de Doctores y de Bachilleres a poca costa, en corto tiempo y a bajo precio”. Si se cambia lo de enseñanza enciclopédica por nuevas tecnologías, psicopedagogía o algo así, ¿verdad que el alarmismo de don Eduardo suena actual y casi manido? Pues data de 1892. ¿Es esta apreciación subjetiva o realmente no hemos sabido resolver los problemas esenciales de la enseñanza a lo largo del siglo XX?

Una primera aproximación al asunto sería establecer un paralelismo con otros servicios sociales básicos. La respuesta es inmediata: las transformaciones del sistema sanitario y la defensa nacional, por ejemplo, han sido tales que no hay parangón posible con la situación de hace cien años. Si el ejercicio mental es demasiado complicado, que lo es, quedémonos sólo con los treinta años de democracia. Sostengo que los grandes éxitos que hemos tenido en infinidad de aspectos no se han conseguido en la enseñanza.

La actitud jeremíaca ante el problema es no sólo estéril sino injusta. El analfabetismo endémico de España ha desaparecido; el nivel educativo de la mayoría de los niños y los adolescentes es el mayor de la historia y comparable (aunque a la baja) con el de países vecinos; y la universidad es la mayor sede del sistema de ciencia y tecnología que, este sí, ha alcanzado uno de los éxitos históricos apuntados y está en vías de alcanzar nuevas cimas. ¿Entonces? ¿No es esto comparable al progreso en el sistema de salud o en el ejército? No; los inmensos desbarajustes en la educación no tienen parangón.

Los síntomas y las causas del mal son muchos y de todos conocidos: coexistencia en todos los niveles de alumnos motivados con forzados, no implicación de las familias en la educación, desprestigio social del maestro y de la cultura del esfuerzo, universidades regidas con criterios exclusivamente corporativos, diferencia salarial mínima cuando no invertida entre titulados superiores y obreros especializados, planes de estudio politizados, doble sistema público y privado (financiado por el estado) y un estremecedor etcétera. La solución sólo la puede dar un gran pacto de estado entre partidos que no se vislumbra. ¿Pasarán otros cien años ensanchándose la grieta entre prosperidad económica y educación?

Ciencia, conciencia y libertad (II)

23 Abr 2008
09:00 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos

La conciencia humana ha sido la fuente de la que ha manado la insaciable curiosidad por explorar y conocer. Los humanos hemos acumulado y transmitido conocimientos de generación en generación. Muchos de estos genes culturales se han borrado para siempre de nuestra memoria histórica; pero otros muchos han llegado hasta el presente. No importa si las viejas teorías han sido sustituidas por otras nuevas y mejor contrastadas. Este es el camino que ha seguido el conocimiento científico, esencia y fundamento de su propia identidad. Durante centenares de años, sólo algunos privilegiados tuvieron la fortuna de conservar, incrementar y disfrutar de los conocimientos científicos. Pero el privilegio de unos pocos se ha transformado poco a poco en un bien al alcance de muchos. En los últimos decenios, el conocimiento socializado ha producido un incremento exponencial e impresionante de los logros de la ciencia. Nuestro cerebro probablemente no se diferencia mucho del cerebro de los primeros sapiens que se expandieron fuera de África, hace 100.000 años. Pero la creciente estimulación que hemos recibido desde entonces ha creado un cerebro cada vez más complejo y operativo.

Sin apenas darnos cuenta, hemos dado un paso de gigante en nuestro particular camino evolutivo: ahora somos conscientes de que tenemos conciencia. También somos conscientes de lo poco que sabemos: otro paso adelante. El temor a lo desconocido ha dejado paso al deseo por conocer y de conocernos a nosotros mismos. Resulta fascinante el deseo casi obsesivo de batir nuestros propios registros. La posibilidad de conocer cada vez mejor las capacidades de nuestra mente es tal vez uno de los retos más importantes de la ciencia del futuro. La cada vez más compleja mente humana es capaz de analizar, valorar y juzgar con enorme rapidez. El conocimiento compartido nos ha dado libertad para decidir por nosotros mismos. Desafortunadamente, este privilegio sólo está al alcance de una parte muy pequeña de los millones de seres humanos que poblamos el planeta. Nuestros dioses se van quedando atrás. Ya sabemos que no van a resolver nuestros problemas. Lo queramos o no, nuestro mundo está cambiando y con inusitada rapidez. El conocimiento compartido ha propiciado el nacimiento de una nueva conciencia o, si lo preferimos, de un nuevo grado en ese rasgo humano que llamamos conciencia. Por supuesto, su base sigue siendo biológica, pero su interrelación con la cultura es evidente. El conocimiento científico nos ha dado libertad; así es. Pero también nos advierte de nuestra enorme responsabilidad. Los problemas no son pocos y la solución está en nuestras manos. La dificultad reside en que esa nueva conciencia, como una mutación beneficiosa, afecta todavía sólo a una pequeña parte de la humanidad.

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